lunes, 22 de abril de 2013

Ni un ladrillo

La Argentina está acostumbrada a los fascismos de baja densidad.
Desde 1955, el país vivió una democracia controlada,tutelada que obvió la participación de las mayorías. El punto culminante de esos ejercicios pseudodemocráticos fue el demócrata radical Arturo Illia, que obtuvo el 23 por ciento de los votos con la proscripción del peronismo.
Hoy en día, hay dos versiones de ese fascismo blando: el de la oracular Elisa Carrió, a todas luces descartable y prescindible, y el más peligroso de los medios de comunicación y el establishment.
En este punto tenemos que focalizarnos: como herencia de las jornadas de 2001, la autoridad que tenía el papel impreso de los diarios, ahora la autoridad moral es de las organizaciones no gubernamentales, rebautizadas de "la sociedad civil" para que no tengan ningún punto de contacto ni deuda con la política.
La realidad es que están vaciando -o queriendo vaciar- la política de contenido. Allá ellos. Hay que responder con Eva: no dejar ni un ladrillo que no sea peronista.

lunes, 15 de abril de 2013

Un tanguero en el desierto

Entrevista de Mauricio Bertuzzi publicada en el blog de la revista Ruleta China


Gerardo Burton en los estudios de radio UNC-CALF



http://revistaruletachina.blogspot.com.ar/2013/03/entrevista-gerardo-burton-un-tanguero.html?spref=fb

Escribir, pese a los malos entendidos


Reflexiones sobre el acto de escribir. Aportes para una discusión.

http://rionegro.com.ar/diario/gerardo-burton-malos-entendidos-1140017-9544-nota.aspx

jueves, 4 de abril de 2013

Yo es otro, a propósito de "Rayuela"


En ocasión de recordarse la publicación de la novela de Julio Cortázar en los años sesenta.


por Gerardo Burton


Una rayuela es el ascenso de la tierra al cielo realizado a la intemperie. O del infierno al cielo, y la intemperie está atemperada por un laberinto. Pero se llega al cielo. Un premio pobre, si se quiere, un Grial devaluado al que el caballero andante accede mediante el deliberado desorden de los sentidos que lo acompaña todo el itinerario. Es “la oscura necesidad de evadir el estado de homo sapiens hacia… ¿qué homo?”
Pero en “Rayuela”, Julio Cortázar inicia también un descenso que supone abandonar las seguridades burguesas y las firmezas del pensamiento del “sapiens”, abre la posibilidad de desdoblarse en un otro que alienta la busca incesante y desmonta con una paciencia metafísica los mecanismos de hipocresía a fuerza de arte y surrealismo. Vencer al dragón, conquistar la dama y encontrar esa vida que “está en otra parte”.
Este descenso implica una épica, esa épica del perdedor a sabiendas que mira, desde Heráclito y desde los pensadores del margen que quedaron a la intemperie, las alturas a que ha llegado la civilización occidental de la década del sesenta.
Hay un estrecho vínculo entre la ruptura de la novela tradicional, el lenguaje dislocado y la metafísica occidental que estalla en pedazos a partir de “Rayuela”. El rescate de las esquirlas como indicios de lo nuevo y de lo otro en tanto totalmente otro tiene dos articulaciones: la palabra y el erotismo, y a veces sólo este último, y la música, el jazz que es el paisaje sonoro más importante del texto.
Lo fragmentario anticipa la posmodernidad de fin de siglo, la caída de las metafísicas ya flexibilización de las religiones. Además, la intemperie como lugar en el mundo cumple la profecía con que años después Cortázar saludará a los estudiantes de París: “ustedes son la guerrilla contra la muerte climatizada que se les quiere vender como porvenir”.
La única respuesta está en el otro y en la ironía como método de conocimiento y de re-conocimiento en la intemperie. Cortázar en “Rayuela” llevó al límite los postulados de Rimbaud pero, en lugar de traficar armas en Etiopía, desmontó el sujeto de la modernidad y de la razón y sus monstruos.
En ambos –Rimbaud y Cortázar- la vida está en juego, sin retorno. Nada hay más desolador que el agua de la lluvia metiéndose por el cuello de la canadiense de Oliveira cuando el viaje por París termina y él queda como un Ulises de utilería, sin Itaca ni Penélope. Sólo vuelve la pregunta inicial, que se repite como un mantra: “¿Encontraría a la Maga?”