martes, 1 de noviembre de 2016

Aimé, Cachita, el café

Aimé es socióloga pero ahora se dedica a orientar y alojar turistas en un piso del edificio donde tiene su casa. Allí hay tres habitaciones –dobles o triples, según el caso, con baño privado cada una-, un comedor de diario y una sala que da a dos ventanales frente a la Universidad de La Habana, un lugar histórico con escalinatas dignas, según un poeta argentino, de una nueva versión del cochecito con bebé de la película “Acorazado Potemkin”. Durante la dictadura de Batista hubo allí una gran represión a una manifestación estudiantil.



El lugar es ideal para la charla y la bebida: poesía y ron, se sabe. Y una música suave que llegue de atrás, desde el parietal o más allá. Un jazz tranquilo, un bolero o un tanguito. Quizás mejor un tanguito.


Recuerda con lágrimas en los ojos cómo defendió quedarse en Cuba durante el período especial, mientras se iban sus padres y su hermano, quien huyó en una de las balsas a Miami.
De las balsas también se acuerda Cachita, que, como Aimé, tiene habitaciones en alquiler en su casa, un piso más arriba. Mientras nos alcanza un licuado de guayaba, cuenta que durante esa etapa feroz, cuando Cuba y su gente estuvieron a punto de desbarrancar, un sobrino de ella, que acompañaba a sus amigos casi adolescentes a la playa desde donde salían las balsas, un día subió y llegó a Miami no sin peripecias. Dos o tres semanas estuvo desaparecido, hasta que dio señales de vida. Y allí está todavía, tras haber atravesado un proceso kafkiano entre trámites e irregularidades en Estados Unidos.

Hay muchas leyendas sobre el período especial: cuentan que algunos vendían en el mercado negro medicamentos que les sobraban, o de los cuales se privaban para canjearlos por comida. En sordina, la leyenda negra refiere que se comercializaban cueros de zapatos o cinturones como ingredientes para comidas. Lo cierto es que la falta absoluta de combustible tras la implosión de la Unión Soviética, cuando Rusia dejó de proveerlo y hubo que buscar otros socios comerciales, obligó a los cubanos a salir en masa a las calles: caminando, en bicicleta, cubrían el trayecto entre sus casas y el trabajo, la escuela o la universidad, el hospital o el paseo. Nunca faltó, pese a todo, la asistencia del estado. A todos. Pese a que la contención era precaria, y se veía la mishiadura, como decimos acá, la revolución garantizó la enseñanza, la cobertura médica, las jubilaciones.

Cachita, en ese entonces, viajaba en bicicleta quince kilómetros diarios de ida y otros tantos de vuelta entre su casa en El Vedado y su empleo en Alamar. Aimé dice que hizo toda su carrera de socióloga en bicicleta, mientras su madre, que ya estaba en Estados Unidos, la arengaba a irse con ella, casi implorando.

Todos los parientes de Aimé hicieron carrera allá, en Miami: los padres se convirtieron en propietarios de una clínica radiológica. El hermano es comerciante y empresario. Pero ahora, que no saben si van a volver o no, elogian su decisión: “Hijita, qué bien que hiciste”, dice ella que le dice la madre ahora que el período especial está en la memoria.

Y ella lamenta, con los ojos que siguen brillando, que sus padres estén lejos; que su hermano ya ni piense en retornar. Cree que sus padres, por ancianos y por su negocio, ya no lo harán. El hermano, quizás por convicción. Pero el padre tuvo una enfermedad coronaria y debían hacerle una operación en las arterias. Lo cierto es que en Estados Unidos lo derivaban a una clínica en Colorado o Nueva Jersey donde debía pagar una fortuna.

“Pero él tenía la doble nacionalidad, todavía”, recuerda Aimé. “Vino aquí, se internó en el hospital y se operó. Al día siguiente, le dijeron: ‘Abuelo, ya está bien. Vaya a su casa’. Y él volvió, comenta Aimé. A casa, y después a Miami. Y no pagó un dólar, ni un peso cubano -convertible o no-, y volvió a la Florida”.

“Eso es Cuba, asegura, y por eso estoy orgullosa, por el pueblo y por la revolución. Es mi país. Y lamento que no estén ellos acá: pero esto es mío, y lo quiero, y lo defiendo”.

Un piso más arriba, una tarde, alguien le pregunta a Cachita por un cuadro colgado en el recibidor. Es un original, y se ve que la mano que lo pintó sabía de pinceles y óleos. Una marina: la vista al mar desde alguna playa cubana. Las olas, protagonistas, lucen delicadas espumas y un liviano reflejo dorado logrado con economía y habilidad.




“Está sin terminar”, dice Cachita. “Lo pinté antes del período especial. Fue una época dura. No había para comer. Una vez vinieron unas amigas italianas y tuvieron la generosidad de llenarme la despensa. Por esa época yo preparaba mi exposición, unos diez o doce cuadros. Así que en agradecimiento se los regalé todos. Todos. Por allá andarán mis cuadros, en Roma”,  - dice, y sonríe, y va a la cocina a preparar el café para Humberto, su marido, que acaba de regresar del trabajo.

Después del período especial Cachita enfermó de los ojos hasta quedar casi ciega. “Hace poco me hicieron un tratamiento y recuperé bastante la vista”- dice mientras sirve el café en unas delicadas tazas blancas. “Y no, no volví a pintar. Los óleos están muy caros. Y, más que nada, es que no tengo ganas”...

La sala se ilumina con las luces de afuera; los bocinazos de taxis, almendrones y buses acallan la conversación. Aimé mira a los costados y busca, con sus ojos, algo donde aferrarse. Repite que el período especial fue terrible, pero que gracias -¿a quién?- ya lo pasaron, y ahora están mejor. Y que Cuba es bella y enamoradiza. Y que ella ama a su país: sus flores, sus plantas, su música, su bebida. Y canta en un susurro mientras va hacia la cocina porque el café está listo.

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