miércoles, 28 de abril de 2010

Apuntes a propósito de acuerdos y desacuerdos en la poesía patagónica en las “Conversaciones de Otoño 2010”.


Lectura de poesía, el sábado 17 de abril de 2010.





Gerardo Burton
geburt@gmail.com


Acuerdos y desacuerdos se plantearon en las “Conversaciones de Otoño 2010” como un pretexto para indagar sobre el escenario donde se produce la poesía en particular y la literatura en general en la región llamada Patagonia. Un grupo de veinte poetas comenzaron, en la mañana del sábado 17 de abril, un sendero que no terminó, que apenas fue esbozado como planteo discursivo y que enfrentó posiciones en algunos casos.
Fue una discusión imposible de instalar treinta años atrás. La historia jalonada por los encuentros de literatura de Puerto Madryn, mantenidos con una tozudez a prueba de tiempo y displicencias oficiales; las distancias vencidas a costa de escrituras y libros; los resquemores diluidos en un espacio creado por los organizadores –Silvia Butfilovsky y Chelo Candia- y transformado en un ámbito que se constituyó en el reino de lo “real maravilloso”.
Afortunadamente esta vez no hubo casi menciones al presunto carácter fundacional de la literatura patagónica: ya está fundada debidamente, los viajeros dejaron de viajar o, los que siguen haciéndolo, desterraron ese espíritu de pioneros muy estilo siglo XIX. Por lo menos, los descubrimientos y hallazgos corren por cuenta de los que indagan: ya no hay esa predisposición a la novedad que termina con esa forma laica del bautismo denominada nominalismo.
Se mantiene, sin embargo, esa actitud de prepotencia de trabajo que tanto caracteriza a la poesía, a la literatura y a los modos de hacer cultura en la región. Nada de jerarquías ni títulos de nobleza: éstas no son las sociedades del norte del país y las colectividades que mantienen sus tradiciones se plantan frente a cualquier intento de adornar las academias o de honrar tradiciones que no les son útiles ni necesarias.
La poesía patagónica se propone como lenguaje en construcción; como un espacio donde confluyen tres lenguas: el castellano, el mapuche y el galés, por separado o entremezcladas según las regiones. Se trata de un cosmopolitismo sui géneris, con sus acentos propios, sus tiempos y sus historias. Cualquiera de las tres tradiciones lingüísticas mencionadas puede intentar dominar; cualquiera puede aparecer como vencida según se proponga como dominante ante las demás –la castellana- o como dominada ante el extranjero –y cuarta lengua, el inglés-.
Lo cierto es que los poetas edificaron, en el lapso de una generación –si se entiende por ésta un período de veinte a veinticinco años, aproximadamente-, un espacio propio dentro de la literatura argentina. Dieron el salto de lo regional sin dejar de ser locales; pagaron y cobraron todos los peajes habidos y por haber en la producción literaria y ahora se asientan sobre una escritura que adquiere un rostro multicultural, con tantas aristas como grupos, colectividades y creadores existen. La prepotencia del trabajo los eximió de constituir escuelas; todavía no hay “poeta patagónico” laureado y, por el contrario, existe un equilibrio inestable en un escenario favorecido –y embellecido- por la fuerte presencia ideológica y estética de las mujeres.
En el sendero de salida del neoliberalismo y de la reasunción de las funciones de lo estatal, de lo público y de lo comunitario, no es casual que haya una crisis de lenguaje: se vacían de contenido las concepciones tradicionales –históricas, culturales, patriarcales- y ocurre la necesidad de resignificar hasta los sentidos más comunes, más elementales y cotidianos. Liliana Campazzo describió las diferencias que la palabra “agua” podía suponer para habitantes de la costa atlántica, de la meseta central y de la cordillera, sin ir más lejos. Hay un proceso de resignificación que “nos excede”, dijo.
Luego se propuso analizar el proceso histórico en América Latina en la globalización y la posmodernidad, que también resignifica lo ocurrido en décadas anteriores -1960, 1970-: paradigmas, formas de pensar la cultura; formas de producir literatura. Como resultado de ese camino, “las batallas culturales de esas décadas no son las mismas que las actuales”.
Así, Sergio De Mateo apuntó que en la Argentina actual se consideran una literatura mayor y una literatura menor. La primera está asentada fundamentalmente en Buenos Aires y se relaciona estrechamente con la industria editorial; es tributaria de ella. Esta literatura mayor legitima una literatura, una forma de hacer literatura según las configuraciones impuestas por el mercado.
En contra de la poesía turística: se trata de una caracterización del madrynense Miguel Oyarzábal, y se refiere a la poética que se corresponde con lo que el imaginario social y cultural espera de la producción patagónica. Sin embargo, sea por opción personal, sea por –y contra- las características del mercado, los escritores y poetas de la Patagonia están en los márgenes: quizá por eso De Matteo indicó que “es bueno estar fuera del interés industrial”. El rasgo distintivo de la cultura patagónica –su cerril oposición a las academias y su pertinaz elusión de los canales institucionales oficiales- tiñe la producción literaria. Así, mientras la narrativa en general en el país pelea contra la imposición de la industria, y muchas veces cede ante ella, la poesía prácticamente no tiene presiones del mercado ni del sistema. De eso se salvan la literatura patagónica en general y casi en absoluto la poesía compuesta en estas provincias.
La mayor virulencia de esta situación, entonces, se verifica en la narrativa, y sobre todo en la producida en la Ciudad Autónoma y su zona de influencia. En cambio, y a modo de repetición conviene citar a De Matteo: el estar en -y ser parte de- una literatura menor “implica poder decir algo siempre contestatario y político”. La literatura menor, entonces, otorga autonomía, independencia, es plural.
A esta consideración se añaden las consecuencias de la etapa neoliberal en la Argentina y la fuga y cuasi desaparición del Estado como tal. La función del Estado como dador de sentido y organizador de la vida comunitaria no es la misma hoy que la de veinte años atrás. En ese lapso de casi una generación, el ciudadano pasó de sujeto a consumidor; y la familia y la escuela dejaron de ser las instituciones instituyentes de la identidad. Fue una fuga de lo estatal que culminó con los sucesos de diciembre de 2001, una fecha que puede considerarse como el estallido del modelo iniciado en 1975 y consolidado a partir de la instauración de la dictadura cívico-militar en marzo de 1976.
Como consecuencia de ese hecho, además de “pensar sin Estado”, los poetas también debieron “escribir, producir, publicar y distribuir” su poesía sin el Estado. No contra ni aparte, sino “sin el Estado, en virtud de la ausencia de políticas culturales” sostenidas.
Se plantearon varios ejemplos: la gestión de los fondos editoriales rionegrino y neuquino, cada uno con sus costados criticables y, por contraposición, la realización de jornadas sin la participación institucional de organismos públicos. Ejemplo palmario: las “Conversaciones de Otoño” que, en su cuarta edición, se constituyen en ese espacio caracterizado como “epifánico” por Macky Corbalán o como parte de lo real maravilloso propio de nuestra América.
Un punto particular lo constituye la cuestión editorial. Para un fondo oficial –el FEN o el FER- “podría plantearse una solución” mediante acuerdos con los libreros y distribuidores locales, como punto de partida.
La ausencia, la falta de vínculo, la ruptura de los lazos entre las instituciones estatales y la producción cultural no implica necesariamente quedar en los márgenes. Tampoco acceder a los espacios generados por lo mercantil o lo industrial. Hay un espacio de fisura desde donde se pivotea y a partir del cual se puede reclamar la presencia de lo público y del Estado, ya que se trata de un patrimonio común. En ese punto, no sólo se habla de una estructura administrativa gigante y ominosa, sino de un espacio de representación que, como a otros, también pertenece a los creadores.

1 comentario:

maría dijo...

Pensando que la forma también es contenido: ese momento de las conversaciones , como casi todas las Conversaciones, no tuvo moderador ni mesa central. Hablábamos y nos escuchábamos de mesita de café a mesita de café, un detalle que afirma lo que decís en la nota.