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lunes, 17 de agosto de 2020

40TENA SELECCIÓN DE POEMAS & OTROS TEXTOS (XI)

 Una nueva entrega, que será la penúltima de esta tanda. Ya la cuarentena finalizó, sigue la pandemia. Ojo al piojo. Salute

Gerardo Burton (selección)

geburt@gmail.com


 Hoy el día es exactamente igual

al de ayer

y al de antes de ayer

y así para atrás.

Lo único diferente fue la noche.

Soñó fuerte.

Seguro que habló en sueños.

Influencia de horas de televisión

tan poco fructíferas

como todo en este tiempo.

Soñó que tenía un tatuaje

letras

que formaban unas palabras

que no se podían leer

porque se movían.

El lugar donde aparecía

era su brazo.

Le ardía

le picaba de color rojo.

Como un calor brotaba

de las líneas

las letras eran esas góticas

que asocia con los presos.

No sabe bien

de dónde le salen esas comparaciones.

Pero las marcas en el cuerpo

son algo que no sabe apreciar.

La peste debe dejar marcas.

El sol se hace rogar,

la casa huele a humedad

el satélite no aporta buenas nuevas

el jardín es un desastre

y ella misma

se mira al espejo

y ve a una mujer

que le pregunta

quién es.

Liliana Campazzo en fbk

martes, 19 de mayo de 2020

40TENA SELECCIÓN DE POEMAS & OTROS TEXTOS (V)

Nueva selección para este ¿último? tramo del aislamiento. Nadie podrá decir que no leímos poesía en estos tiempos, nadie que no tenemos palabras para que el virus no pase. Bueno, pasen y vean. No se lo pierdan que está bueno. Hasta la próxima.

Gerardo Burton
geburt@gmail.com



Oración de la ante-víspera 

Santa Eduviges del Valle
(porque hay una de los Montes, pero la conozco menos)
Vengo hoy a implorar tu gracia
tu intercesión ante quien corresponda
para encontrar la paz y el perdón
en vísperas del desconfinamiento.
Porque durante estos días de silencio, donde todo era posible
no hice yoga, ni chi kong, ni gimnasia;
no ordené las cajas de mi bodega
pero aprendí a reconocer las bodegas en las etiquetas de las botellas de tinto;
no cociné más que lo habitual
pero pasé tiempo escuchando a los elegantes y jóvenes chefs.
Contesté y firmé todos los petitorios, sin darles un solo peso;
multipliqué mi permanencia ante las pantallas, chicas y grandes,
hice estallar los desfasajes horarios
guasapeando a todos los rincones del mundo.
En síntesis, me comporté en la forma más lamentable que nunca hubiera podido suponer
y ahora se acerca el Juicio final.
A partir del lunes, las cosas volverán a ponerse en su lugar
y francamente, no sé qué cosas en qué lugares.
Santa Eduviges del Valle, sálvame.
He desperdiciado esta extraordinaria oportunidad que me daba la vida
y temo los reproches, el insomnio, la culpabilidad,
el exilio de toda nueva vida prometedora y resiliente.
¿Me escuchas, mi luminosa Eduviges?
¿Estás ahí?

Georgina Aguerre, por guasap sábado 9 de mayo 2020 en París (Versión castellana G.A. y g.b.)


Quien con monstruos lucha, cuide de convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti.

Friedrich Nietzsche (citado por Rocío Cánepa)


lunes, 18 de junio de 2018

Juan Laurentino Ortiz

Este texto fue publicado en Rosario/12, y lo reproduzco por la alegría que proporcionan la poesía y la amistad.

Por Jorge Isaías





En ese tiempo no lo sabíamos o era apenas una intuición, porque en nuestras visitas a ese viejo maestro en las orillas del Paraná escuchábamos fluir esa palabra suya que eludía las grandes definiciones y las opiniones tajantes.

miércoles, 21 de febrero de 2018

Zorzales patagónicos



Es sabido que en Argentina hay un centro y todo lo demás es periferia. Y en esa periferia, en ese margen se repite, analógicamente, esta vez entre capitales de provincias y ciudades y poblaciones menores de esas jurisdicciones, esta relación donde hay un punto central y lo demás son orillas.

Gerardo Burton
geburt@gmail.com










Son los últimos días de diciembre, y el poeta rosarino Jorge Isaías refiere por teléfono un hecho ocurrido en su ciudad hace poco: un director de teatro va a un café céntrico de la ciudad dispuesto a sentarse a una mesa con el diario Página/12 bajo el brazo. De inmediato, varios parroquianos inician una protesta que crece de sorda a absolutamente sonora: es una vergüenza, dice Isaías que dijeron, que todavía haya gente que lee eso; cierto, que reivindiquen a esos ladrones corruptos; no deberían estar sueltos; no entendieron nada. A medida que el coro subía de tono, el amigo de mi amigo poeta termina su café y decide optar por una retirada que, si bien no le eximirá de cierta vergüenza, le permitirá conservar su dignidad y, sobre todo, su integridad física.


Pero el llamado telefónico tiene otros motivos: saludarnos por el fin de año y reconstruir una solidaridad a la distancia -doce meses de adversidades, una sociedad que dejó de creer que “la patria es el otro” porque en estos días la patria es de los otros- y, sobre todo, hablar de su libro “Calle con paraísos añosos”, editado por Ciudad Gótica y que recopila sus artículos aparecidos como contratapas en Rosario/12.



Llama la atención el primer texto de ese volumen, “Zorzales”, que alude a dos poemas de un libro de Juan Carlos Moisés, un chubutense nacido en Capitán Sarmiento en 1954 y que también es dibujante y dramaturgo. Se trata de “El jugador de fútbol”, editado por La carta de Oliver poco más de dos años atrás. Moisés, en un mensaje por correo electrónico, dice esta semana que “El jugador .. está escrito con memoria y con presente, como buscando los puntos de relación o de contacto, en un ida y vuelta entre la vida cotidiana, familiar, y lo que observa el ojo como una especie de testigo”.
Casi sin quererlo se ha establecido un triángulo entre Neuquén, desde donde parte el llamado a Isaías; Rosario y Salta, donde ahora reside Moisés. Es, en realidad, Patagonia, el Litoral -o la pampa gringa, como gustéis- y el Noroeste. La Patagonia por partida doble porque son Capitán Sarmiento en Chubut, y Neuquén. En un ensayo de 2007, titulado “Arte en las márgenes: centro y periferia”, Moisés juega con varios conceptos, con el oficio de escritor -y de artista- y con las dicotomías que genera el poder al atribuir prestigio y jerarquías de manera arbitraria, caprichosa o interesada. Y cómo es posible vaciar ese poder y construir otro, cómo la periferia es el verdadero centro, según la certera afirmación del poeta de Viedma Raúl Artola, que también recuerda Moisés.

Para los escritores patagónicos el tema puede ser la Patagonia o no. Es una opción. De una o de otra forma, no va a ser más ni menos que literatura. No pocos narradores, dramaturgos y poetas, han hecho de la tierra y de sus habitantes materia de una literatura de valor testimonial y estético. Acaso sea la poesía, que suele tener registros más amplios, o menos puntuales, con relación al tema, el género que ofrece la posibilidad de escribir sin la carga de que se escribe sobre la Patagonia. Osadamente, también es posible escribir en contra de la idea de escribir sobre la Patagonia. Es posible escribir sin pensar que la Patagonia es el tema. A veces no lo es explícitamente. O también, a veces no se escribe lo que suele esperarse como literatura patagónica. Los registros conversan entre sí, con sus parecidos y sus diferencias. Dice Borges en El escritor argentino y la tradición: “…como si los argentinos sólo pudiéramos hablar de orillas y estancias y no del universo.”

También cita a Saer, cuando señalaba que Cervantes eligió, para el Quijote, La Mancha, “el lugar más pobre y menos prestigioso que pudo encontrar, en oposición a los lugares legendarios de que provienen los héroes de caballería.” Cervantes convierte el margen en centro, la carencia en abundancia y eso constituye “el desafío del escritor y es el nervio de lo escrito. La periferia, más que un lugar o un espacio geográfico, es un territorio que pertenece a la persona. A fuerza de trabajar con las palabras, a veces es posible percibir que se llega a un centro posible -aquel de Cervantes-, un centro al que tiende la escritura cuando adquiere sentido”.

Es sabido que en Argentina hay un centro y todo lo demás es periferia. Y en esa periferia, en ese margen se repite, analógicamente, esta vez entre capitales de provincias y ciudades y poblaciones menores de esas jurisdicciones, esta relación donde hay un punto central y lo demás son orillas. Como si no hubiera transcurrido el tiempo desde el mejor invento de Sarmiento cuando el Facundo lo fascinó y estableció esa zoncera que muchos hoy parecen suscribir: “el problema que aqueja al país es la extensión”. En todo caso, ambos aforismos -civilización o barbarie y el de la extensión- encubren el deseo de ser factoría, donde la clase dirigente ilustrada puede circular sin molestas interrupciones, piquetes o manifestaciones y donde los congresos pueden sesionar sin riesgos de torcer los proyectos oficiales. Es la nostalgia de un país que no fue, es el deseo de que la zanja de Alsina hubiera dado resultado y que la vuelta de Fierro no hubiera ocurrido. Y tampoco la historia posterior. A esa concepción del país que el poder pretende imponer se le oponen las sucesivas periferias que se constituyen en otros tantos centros que no son sólo geográficos: no pudieron, no pueden, no podrán conservarlos. La respuesta es política porque el arte y la poesía lo son. Mal que les pese a los entogados.

De regreso a “Zorzales”: “Son poemas hondos, dice Isaías,sentidos, que dicen de un gran amor que perdura en el tiempo y que esa historia los traía juntos desde una juventud que parece siempre cercana por la intensidad misma del amor... Mi amigo es capaz de escribir cosas como ésta: '¿Son otros o son los mismo de ayer/los zorzales que cantaron esta mañana/al reparo de los pinos del jardín?/¿y los que han vuelto al atardecer cuando la luz se perdía en la noche?/se me hace que son los mismos/por las ramas que han elegido y la altura/en la que se han posado para hacerse oír”. Esa cita es el pretexto, el punto de partida que remite a Isaías a su infancia en Los Quirquinchos, Santa Fe. Entonces, otro punto de contacto: un pueblo santafesino y otro en el sur, en Chubut.

Zorzales y Pessoas (fragmento)

¿Son otros o son los mismos de ayer
los zorzales que cantaron esta mañana
al reparo de los pinos del jardín?
¿Y los que han vuelto al atardecer
cuando la luz se perdía en la noche?
Se me hace que son los mismos
por las ramas que han elegido y la altura
en la que se han posado para hacerse oír.
Pero pueden ser otros, que ahora les toca
el turno de actuar y aprovechan el momento
para que les prestemos una rápida atención,
aun cuando repitan los gestos de la especie
y no puedan zafar del estilo musical.

Fernando António Nogueira Pessoa,
el hombre visible, el escritor invisible,
traductor del inglés, cuya patria fue la lengua
portuguesa, hubiera podido guiar a los zorzales
en un sentido similar al de sus heterónimos,
pero creo que no habría pasado de ser un
experimento fallido para la poesía, como
también, peligrosamente para la ornitología.
Por algo no lo hizo con otras criaturas
que no fueran sus pares, y los zorzales
llamados patagónicos, de patas y pico
de coloración anaranjada siguen oyéndose
como zorzales y Pessoa como Pessoa,
y también como Alberto Caeiro, Ricardo
Reis, Álvaro de Campos, el otro Pessoa
llamado, de a ratos, Bernardo Soares,
o el escritor de diarios Vicente Guedes
que se diluyó en la imaginación de sí mismo.


En lo que respecta a nosotros, seres de este barrio
del planeta con fecha de vencimiento, siempre
queremos contar con la opción de ir más allá
de la compleja naturalidad que nos fue dada.
Y no me presten atención si vuelvo a repetir
la palabra zorzales, no sólo porque me gusta
la manera como se articula el sonido en la boca:
zorzales..., zorzales..., a estas horas en que la
noche empieza a llegar y no puedo verlos entre
las ramas que no por casualidad han elegido y
a la altura en la que se han posado para hacerse oír.
Me gustaría saber, ahora, en la oscuridad, mientras
escribo, si los zorzales cantan porque lo pienso
o si lo pienso porque cantan, como cantaron
a todo berrinche con la primera luz de la mañana
en las ramas altas de los pinos del jardín.

En este poema, los zorzales patagónicos son heterónimos de los otros, y viceversa; más que máscaras, son otros y son el mismo y no manifestaciones diferentes. Explicar los heterónimos es como intentarlo con el dogma de la santísima Trinidad: son distintos, son el mismo. Pero ¿son distintos? ¿son el mismo? En el caso de los poemas, Moisés describe escenas cotidianas, habla de los objetos que utiliza u obstaculizan su vida, menciona frutos y animales que acompañan la existencia y, que justamente por esa razón, están en el merodeo de la poesía. Por ellos llega Moisés a la poesía. O a ellos lo conduce la poesía. Y no necesita demostrar nada sobre centros o márgenes.
Dice, en el mensaje electrónico citado, que “El jugador...” está escrito con memoria y con presente, como buscando los puntos de relación o de contacto, en un ida y vuelta entre la vida cotidiana, familiar, y lo que observa el ojo como una especie de testigo”. Menciona el “aliento narrativo” de los poemas, que exhiben un repertorio de temas recurrente en su poesía.
Es que la poesía ocurre en el silencio entre las palabras, en el blanco que queda en el papel cuando el poema queda dibujado como ideograma. Como si el poeta hubiese escrito con esa “tinta simpática” de los juegos infantiles otro poema por debajo o por detrás del que se lee y que puede entreverse al trasluz, sobre las llamas. Así son las palabras, y funcionan como un vehículo engañoso. Como un señuelo: indican una dirección, pero en realidad van por otro lado, conducen –o son conducidas por- la poesía hacia sendas y destinos no conocidos.



Bibliografía:
Isaías, Jorge: Calle con paraísos añosos, Rosario, Ciudad Gótica, 2017.
Moisés, Juan Carlos: El jugador de fútbol, Buenos Aires, La carta de Oliver, 2015
Moisés, Juan Carlos: Arte en las márgenes, centro y periferia,


Juan Carlos Moisés (Sarmiento, Chubut, 1954)
Poeta, dramaturgo, narrador y artista plástico. Se desempeñó como Profesor de Literatura y de Teatro en escuelas de nivel medio en su ciudad natal. En teatro, dirigió obras de su autoría con el grupo Los Comedidosmediante. La casa vieja (1991), Pintura Viva (1992), Muñecos, un cuento de locos (1993), El tragaluz (1994) y Desesperando (1997). Con estas tres últimas representó a Chubut en las Fiestas Nacionales de Teatro de Mendoza, Tucumán, y Catamarca, respectivamente. En 1994 El tragaluz se presentó en el Teatro Nacional Cervantes. Sus obras fueron representadas por grupos teatrales del país, entre ellos Sobretabla (San Juan), La contrapartida (Comodoro Rivadavia), Trampolín (Bariloche), Pitanga en flor (Misiones) y La Hormiga Circular (Río Negro). Sus dibujos fueron expuestos en exposiciones individuales y grupales en ciudades del Chubut. También fueron editados en revistas y páginas web. En poesía publicó, entre otros, Poemas encontrados en un huevo, 1977; Ese otro buen poema, 1983; Animal teórico, 2004; Palabras en juego, 2006; Museo de varias artes, 2006; Esta boca es nuestra, 2009; El jugador de fútbol, 2015


Jorge Isaías
Nació en Los Quirquinchos, Santa Fe, Argentina, en 1946. Vive en Rosario desde 1964, donde se graduó de Licenciado y Profesor Superior en Letras (Universidad Nacional de Rosario).
En 1971 fundó junto a Guillermo Colussi y Alejandro Pidello la revista y editorial La Cachimba.
Sus poemas fueron traducidos al francés, inglés e italiano y circulan junto a sus prosas en los manuales de EGB y Polimodal.
Publicó los libros de poesía: La búsqueda incesante (1970); Poemas a silbo y navajazo (1973); Oficios de Abdul (1975, 1999); Crónica Gringa (5 ediciones: 2 en 1976, 1983, 1990 y 2000); Cartas australianas (1978, 2004); Poemas de amor (1979, 1986); La memoria más antigua (1982); Y su memoria olvido (1985) ,Un verso recordado (1988); Violín de Octubre (1993); Arenas movedizas (1995); El cáliz recobrado (1997); Nuevos poemas de amor (2000); Lánguidamente su licor (2000); A los amigos (2000, 2007); Sombra de fresnos (2001); El pan en llamas (2001, antología); La persistencia del canto (1996, antología); Áspero cielo (2006); Donde supura el aire (2007).
También tiene varios volúmenes en prosa: Pintando la aldea (1989); El país de la infancia (1993); La mano sobre el recuerdo (1997); Las siete velas del clásico (2002); El último penal (2003); Como un caballo salido del mar (2004); Futboleras (2005); Las más rojas sandías del verano (2006, 2008).



sábado, 3 de diciembre de 2016

Poemas de Jorge Isaías - selección

Selección de poemas del santafesino Jorge Isaías, contemporáneo nacido en 1949



XII

Anduvo el aire
metido en erupción
alegre de calandrias
anduvo la calandria
persiguiendo torcacitas.
Anduvo el aire claro
deflagrando eneros y silencios.




XXXV

¿Habrá algo
en este día
que me cubra
de la miseria
de los hombres?

¿Y un poco
más
como un esfuerzo
extra
que me salve
de sentir miserias
personales?

de “El vuelo de la abeja”, 2008.


1

Era mayo
cuando brotó
la savia viva
de tus pechos?

O me confunde
el oro altivo
de los plátanos
y de este bello
sueño
soy el único culpable?


2

Nos amamos
en la rescindida
sueñera
de albas y de choclos.

Como si todo un día
fatalmente
no partiera.



4

En mi mano
circulan
viejas cartas,
solas, adormecidas,
de honda pena,
de quejosos silencios.

En mi mano,
que nada más pretende
sino el peso claro
de tus senos.


9

Tengo sed
de vos,
quiero que leas:
que también son tus pechos
que hacen renacer mis ojos
y tu vientre girando
sobre mi boca
y este Otoño
que nos separa
cuando en realidad
debiera
dulcemente juntarnos...


12

¿Ca el furor desprendido
de tu sexo o es el Otoño
que cose sin piedad
la pestaña abierta
de tu carne?

de “Poemas de amor”, 1986.

jueves, 10 de septiembre de 2015

Tramas




















Por Jorge Isaías



"Ningún cuerpo es tierra firme", escribe mi amigo, el poeta Jorge Boccanera. Este verso, limpio como una espada, pertenece a su último libro, el mejor de todos, y se llama Monólogo de un necio. Los textos que ha escrito mi amigo son impecables, como lo es mi memoria hecha de amaneceres aún no resueltos. Como éste en que escribo en el indeciso claroscuro del alba, cuando la ciudad se recuesta con letargo y pereza sobre su río, que no nos tiene en cuenta.

Pienso que debo tirar pacientemente del hilo que se asoma incipiente, laxo, como si durmiera bajo aquella frazada de trama basta, gruesa, cuyo origen era seguramente extranjero. La habrían tejido las manos de alguna bisabuela desconocida o tal vez una que sí conocí, breve como una pasa de higo o un ramito tembloroso de ramas secas y que tenía casi cien años y que fué traída por tio Nuncio luego de la Guerra. Se llamaba Dominga y era madre de mi abuela materna, andaba como perdida y perdida estaba en mí, en mi memoria pero ella no estaba perdida y hacía esfuerzos por aprender el idioma de un país desconocido pero generoso. Habría sido ella quien tejía esas frazadas. No lo sé. Ni tengo a quien preguntar ahora, me basta con arrebujarme en ese calor que me defendió del frío helado en los tiempos ya lejanos, por no exagerar y llamar remotos.

Pero ese hilo descubre otras tramas, que no son de gruesa lana, sino que se entretejen en un relato. Ese relato es tal vez el descubrimiento de un pasión que empezó como un juego, pero que devino en mito y cuando escribo esta palabra llego blandamente al gran piamontés, sí, adivinó lector, y voy a escribir su nombre: Cesare Pavese, un gran escritor, inimitable.

Y mi relato tiene que ver con un paisaje que para muchos no es paisaje, y se trata del escenario abierto que muestra la llanura. Esos grandes espacios abiertos que supieron ocupar las mariposas, las abejas y los pájaros sobre otro verdor, el que conlleva el recuerdo y el que no volverá.

Qué poca cosa y cuánto puede conjurarlo, quiero decir que para eso tenemos la palabra. Con ella hacemos lo que podemos, ya lo dijo Borges, uno no escribe lo que quiere sino lo que le es deparado, entiendo que habla de limitación y no de disponibilidad ni destino, ya que otro poeta, Leónidas Lamborghini aseveró con respecto a la creación:

"las intenciones son enormes, los resultados son deformes".

Buscar esos hilos sueltos, es decir los de la memoria, hacen que la ventura sea posible: seguir nuestra ambición que la modestia esconde.

Y si pudiera describir aquellos amaneceres donde las tropillas rompían con sus cascos la escarcha dura sobre los campos, o los potros intentaban saltar los alambrados podía ser un poco más feliz. O poder recuperar esa sombra donde el amanecer era una promesa aún y se enfrenaban los caballos para atar a los arados, y de sus bocas brotaba un vaho que mojaba sus belfos babeantes y alguno todavía permanecía dormido, como ese niño que salía al patio con un poncho sobre el hombro para ver esa tarea que lo fascinaba, hasta que alguno de los mayores lo introducía en la cocina para que sus narices recibieran el olor maternal del café con leche, esos grandes tazones inolvidables, ya que nunca más supe por qué en las chacras de entonces se usaban esos recipientes con la leche gorda, recién ordeñada, mezclada con el café bien caliente, y el pan recién horneado que acompañaba ese desayuno que se quedó solo y firme, imbatible en el principio de los tiempos.

El relato entonces tiene sentido cuando es capaz de tirar ese hilo perdido en principio, olvidado, pero que un acto casual lo trae al presente con su carga de placer pero también de dolor, porque está irremediablemente escondido hasta que uno tira una hilachita y lo trae al presente.

Pero sabe que nunca será igual, porque la memoria es traicionera e infiel.


Y ya sabemos que para todo hay que pagar un precio y como bien escribe mi amigo Jorge Boccanera: "El precio es lo de menos/ todo cuesta la vida".





http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-50888-2015-09-03.html

jueves, 25 de julio de 2013

De “Esas ramas altas”, de Jorge Isaías

Tres poemas elegidos al azar de este volumen editado por Ciudad Gótica en Rosario, en abril de 2013. Son textos cargados de lirismo y melancolía, que convocan a la introspección, a la meditación. Isaías demuestra que la contemplación no es patrimonio exclusivo de monjes o practicantes del budismo zen. Al final, una crítica de Ana Bugiolacchio.


XXII

En el ocaso
fue la sangre
del sol
entre las altas
llamaradas
de los pinos.
o el cobre
de los fresnos
en la quietud
de un abril
lejano
que abrió
como una llave
aquella luz
para siempre
recordada.




XXIV

Ahora que se fue
la miel de abril
al cielo azul
la nube
navegando
un aire diáfano
ahora que se fue
(yo creo para siempre)
la mariposa blanca
de diciembre
y aquel muchacho
vio cómo
el peine
se fue quedando
con todos sus cabellos
los amigos
se fueron yendo
espaciando sus visitas
y se quedó
solo
con su llanto
con sus libros
con ese porvenir
cada vez más módico
entrelazando
una memoria
algún recuerdo
es decir
casi nada
de sus sueños.


XXXII

Adónde llegará
el Otoño este año
con su carrera
matadora de hojas
pintando filamentos
sepias, rojizos, cobres
junto a la quietud del tordo
que con sus alas negras
sostiene la noche.
Al Otoño lo suspende
el hornero
con su piquito gris.



Cuando el recuerdo se hace pan entre el fuego y la lluvia. Reseña de los últimos poemarios de Jorge Isaías.


por Ana Bugiolacchio

En estos últimos dos años Jorge Isaías ha dado rienda suelta a su febril tarea poética y nos ha regalado cuatro libros de poemas esenciales y urgentes. Ellos son  “La Memoria más Antigua”, “El pan en llamas”, “Lluvia de marzo” y “Esas ramas altas”.
 “La memoria más antigua”   fue publicada por primera vez  en  1982 por Ediciones Trovador y reeditada  en 2011 por  Editorial Ciudad Gótica,  conservando el  minucioso Prólogo original de Angélica Gorodischer.
Dos son aquí los capítulos en los que el autor agrupa sus piezas poéticas: Deudas y Paisaje, y tal vez en esta somera catalogación se encierre la respuesta tan anhelada por el  poeta al escribir y recordar.
El paisaje es la propia manera de ver la vida, un paisaje que se vuelve a recorrer insistentemente buscando en él  seres y territorios perdidos, que, al tiempo que se recuperan,  se diluyen de manera veloz  y huidiza, tomando el color de la hora del día o de la estación del año en que la letra roza el papel.
 La escritura poética  -veloz y rasgada-  de Isaías revela  también en sus trazos esa misma búsqueda asombrada y perpleja que se vislumbra en  los ojos al recordar, entornándose un poco a veces  y encandilándose  otras. Los rostros y voces regresan con la luz mortecina y traen risas y recuerdos minúsculos que  tienen siempre el permiso de aparecer.
 Jorge Isaías dijo alguna vez que él escribe no para los que no quisieron hablar sino para los que no pudieron. El silencio, la vergüenza y el olvido  privan al hombre de la poesía y dejan al paisaje absolutamente solo.  “La memoria más antigua” lucha contra esa soledad e ingresa de modo susurrante como canción infantil o como una  especie de acertijo del mundo antes del mundo, del mundo puramente feliz,  donde no hubiera  lugar para la “intemperie” del olvido.
El “El Pan en Llamas”  se trata de una antología bellamente prologada  y seleccionada por Graciela Krapacher.  Los poemas  de Isaías aquí recogidos  provienen no sólo de textos clásicos como lo son Crónica Gringa, El Fabulador y otras Sepias o Poemas a Silbo y navajazo  sino también de antologías perdidas u olvidadas que la compiladora rescató “sin tener en cuenta las limitaciones cronológicas” y “bajo una especie de borradura demarcatoria” simplemente siguiendo el camino errático de “la desocultación de lo valioso”. Como en un rito chamánico, los grandes temas arden en esa gran hoguera:  el viaje, el sexo,  la pérdida de los orígenes, la transformación y el amor.
El tercer poemario, “Lluvia de Marzo”   nos regresa al mes propicio a las lluvias, mes en que las flores se aletargan y las hojas se preparan para regar los caminos. Jorge Isaías, como siempre en otoño, no deja pasar el tiempo y puede escribir -en la suspensión de las gotas cayendo-  el exacto rememorar del sonido de la lluvia “sobre un techo de cinc paciente y entregado.”  Los poemas transmiten la fascinación ante la lluvia y la certeza de sabernos invadidos y resguardados en ese previsible acontecer de agua que da comienzo a un nuevo ciclo.
Isaías logra en sus versos un doble movimiento que llega desde afuera hacia dentro y vuelve a llevarnos hacia la intemperie.  Funda así un tipo de percepción que es a la vez íntima y arquetípica. Los poemas son gotas, también, de un fluir perpetuo,, simple y a la vez hondo y desgarrado. La luz del escampe se avista a través de una pequeña ventana de la vieja casa de infancia -que es también nuestra casa- regada por todas las lluvias pero incorruptible como el árbol “donde mueren /los insectos/ y la última araña/ huye con su tela/ destruida/con su inevitable pena/sin saber/ qué hacer/en esta furia del cielo/hasta hace poco tan/ límpido y perfecto”.
 Por si la magia de estos tres poemarios fuera poca,  en abril de este año, Isaías publica una cuarta antología: “Esas ramas altas”  donde la geografía del árbol se nos ofrece para hospedarnos de la intemperie del olvido. Entre el intermitente canto de los pájaros y el aroma a resina, los versos se bifurcan como en un caleidoscopio donde las imágenes cambian a un tiempo de color y de formas. Al desdibujarse, producen símbolos superpuestos que pueden descifrarse de a uno o como totalidad siguiendo las reglas compositivas del deseo, la intuición  o el recuerdo.  A través de las ramas del árbol, percibimos el color rojo del fuego -que se enciende o se extingue-   entre los versos, mientras se está a punto de captar aquello que de inefable tiene la poesía. Una poesía que se percibe como profética, benéfica y  reveladora al mantener vivo el fuego minúsculo e inextinguible  que logra encender la memoria colectiva.
Todos podemos decidir tomar ese trozo de eternidad, devorarlo como un pan en llamas y  en esa comunión secreta,  nunca más volver a ser los mismos.
                                                                       

lunes, 21 de febrero de 2011

Jorge Isaías: los inicios del poeta


La editorial Ciudad Gótica publicó el primer tomo de poesía de Jorge Isaías en una labor de rescate de los textos iniciales que definen en general y en este caso en particular, el rumbo de una obra. El autor es uno de los principales integrantes de la generación poética de finales de los años sesenta y comienzos de los setenta. (Publicado en El Extremo Sur, Comodoro Rivadavia, nº 103, diciembre 2010-enero 2011)

Por Gerardo Burton
geburt@gmail.com

NEUQUÉN.- Cuando todavía no se sabe que una obra va a ser tal, y su autor conoce qué caminos no quiere andar más que los que elegirá para transitar, es posible elaborar hipótesis que se verificarán o no. Hay otros casos en que la obra ya tiene, en sus inicios, los elementos constitutivos principales, que la definirán en el futuro: una voz, un determinado uso de las palabras y las imágenes, un cierto tratamiento de los temas, esa ternura por la que circulan el lirismo y, a veces, la épica.
A esta segunda categoría pertenece Jorge Isaías, un poeta santafesino nacido en Los Quirquinchos en 1946 y residente desde 1964 en Rosario.
Si bien el lirismo es el eje principal en torno del cual se vertebra su obra, y toma del verso español todas las formas y posibilidades expresivas, también están las influencias de las vanguardias latinoamericanas y europeas: así César Vallejo, Vicente Huidobro, Pablo Neruda, Oliverio Girondo y otros argentinos “escondidos” como Juan L. Ortiz y Felipe Aldana. También, para no olvidar, José Pedroni.
Isaías es, además, uno de los principales animadores de las generaciones poéticas rosarinas desde finales de los sesenta: con Hugo Diz, Alejandro Pidello, Eduardo D’Anna, los Gandolfo (Francisco y Elvio), para mencionar sólo algunos, constituyó esa contracara de la historia de la poesía que, como tantas cosas en la Argentina, se cree sólo ocurrida en Buenos Aires.
Cierto, mientras las vanguardias porteñas ya habían atraído a numerosos poetas –el caso del también santafesino Francisco Urondo, que ya estaba en Buenos Aires y compartía experiencias con Raúl Gustavo Aguirre, Rodolfo Alonso, Edgar Bailey y otros, o el de Miguel Brascó-, en Rosario los poetas hallaban sus formas expresivas sobre la base de su historia y su geografía con un carácter universal y cosmopolita muy otro del que se generaba en la capital.
Isaías fue fundador del grupo La Cachimba y participó activamente en la organización y desarrollo de varias ediciones del festival internacional de poesía de Rosario, un acontecimiento que reúne poetas de todos los continentes cada año y al que asisten jóvenes de las escuelas secundarias de la ciudad, escritores, investigadores y poetas de todo el país.
En el último trimestre de 2010, la editorial Ciudad Gótica de Rosario produjo un estallido de baja densidad que permite el acceso a la obra inicial de Isaías. Publicó el primer tomo de “Poesía reunida”, que recopila su obra en seis años, de 1970 a 1976. Con prólogo de Graciela Kapracher, el volumen reúne “La búsqueda incesante”; “Conatos de un vicio”; “Poemas a silbo y navajazo”; “Pájaro anual”, “Oficios de Abdul”; y una sección de “Poemas no incluidos en libro” que corresponden a las ediciones de La Cachimba, publicaciones en revistas y en hojas sueltas o plaquetas, de autoría individual o colectiva.
Esta parte de la obra de Isaías se encontraba dispersa o agotada, o en ambos estados. No había posibilidad, dado el tiempo transcurrido y la curiosa circulación del libro de poesía en la Argentina, de acceder a estos poemas. Y entonces viene el lector, ese que descubre que el lirismo estaba desde el principio, que el amor, el dolor, la muerte, la alegría son los grandes temas de la poesía. Desde el descubrimiento de la mujer y del amor, del erotismo sencillo y hondo de estos poemas hasta la crónica de la infancia en el pueblo natal, en el barrio de tres manzanas –Isaías ha dicho que él no es un poeta regional sino “barrial”- hasta las denuncias y las profecías luego de la masacre de Trelew en agosto de 1972, el poeta se levanta desde el lenguaje para decir su palabra, para que su voz se oiga.
Como aquellas pinturas japonesas que reproducen con la pincelada el movimiento de la planta al crecer, vertical desde el suelo, así los poemas de Isaías se levantan con toda la energía de la tierra en un movimiento cósmico que devuelve la poesía a su fraternidad con el mito.



Los asedios de la lluvia

Llueve una lluvia de clavos
ateridos,
de paraguas incoloros,
de impetuosas vírgenes
violadas,
de pájaros pesados
que veo caer pesadamente,
llueve una lluvia
triste de tristeza,
llueve cabalgando peces velocísimos,
mordiendo frutales indefensos,
llueve esta lluvia sólida,
insolente,
alejada de una vez y para siempre
en mi soledad
en mi esternón, mi desamparo


Limitaciones

Comprenderán ciertas limitaciones
con que juego,
en última instancia
no soy más que un mediocre
poeta de provincia;
acosado por lentas lecturas
que no he podido digerir muy bien,
ciertos muslos sensuales de muchacha
que me han quitado consecuentemente
el sueño o la vigilia,
algunas que otras frustraciones
que como una culpa arrastro,
vindicaciones que desde hace tiempo espero,
mientras hablo no sin cierto aburrimiento
de mí mismo y mis cositas.



De antes

Parladoras fembras
acucian
este aire institutriz
y pendenciero


Folgadores mozos
acobardan
el revolotear desordenado
de tanta mariposa