miércoles, 21 de febrero de 2018

Al sur de Lima



En Cerro Azul conviven el trabajo artesanal y hereditario de los pescadores con el negocio turístico y resabios de la colonia: sobre la costanera están las casillas de los “serenazgos”, cuyos encargados verifican que durante noches y madrugadas las cosas estén en orden.

Gerardo Burton



Cerro Azul es un pequeño pueblo de pescadores ubicado a algo más de 100 kilómetros al sur de Lima, sobre el Pacífico. Poco a poco va mutando en balneario turístico: la caleta de los pescadores es una curiosidad colorida con los barcos que descansan luego de la faena, mientras en los puestos las familias que viven de la pesca preparan peces y mariscos para la venta. Algunos restoranes del pueblo, residentes temporarios y pobladores de las afueras son sus clientes. Fue puerto con fortaleza en los primeros años de la colonia, cuando desembarcaban los esclavos traídos de África; luego se convirtió en puerta de entrada de inmigrantes italianos, chinos y japoneses, que llegaban a Perú para trabajar.
Ahora, con algo más de siete mil habitantes, en Cerro Azul conviven el trabajo artesanal y hereditario de los pescadores con el negocio turístico y resabios de la colonia: sobre la costanera están las casillas de los “serenazgos”, cuyos encargados verifican que durante noches y madrugadas las cosas estén en orden.
El virrey Hurtado de Mendoza, enviado por el emperador Carlos I, hizo fundar, alrededor de finales de la década de 1550, una serie de poblaciones en el “pie de monte Pacífico”: el primero fue esta fortaleza, en abril de 1558, y los asentamientos siguieron rumbo al este y desde ahí hacia el sur: es la región de Cañete. Así la denominó el virrey, que procedía de una localidad con ese nombre en Cuenca, España.
Cerro Azul es, entonces, la primera de varias localidades de pequeños productores: aquí son pescadores, pero hacia la sierra son agropecuarios -huertas y árboles frutales, ganado menor, aves. Y hay algo que parece coincidencia, pero no, es apenas una premonición: en una de las viviendas del condominio de las paredes rosadas, al frente del edificio, vive con su familia el documentalista Javier Becerra Heraud, sobrino nieto del poeta Javier Heraud, muerto en una acción guerrillera en 1963, a los 21 años. Más tarde y ya de regreso, un poema del guerrillero con música compuesta por Chabuca Granda, se hallará en una navegación de internet en la voz de Susana Baca, la cantante y ex ministra de Cultura peruana.

La producción de esta zona confluye en los grandes mercados mayoristas ubicados en torno de la carretera Panamericana Sur, en las localidades de San Luis y San Vicente de Cañete, afirman la amiga peruana y su marido, el galés convertido en sudamericano por enamoramiento doble: de la amiga y del Perú, sus ritmos, sus comidas, su historia y su cultura. Su gente, en síntesis.
Cañete es la zona del arte afroperuano: en esta región apiñaban a los esclavos traficados de África los comerciantes europeos -la mayoría no españoles: la religión católica y las leyes de Indias no les permitían el comercio de seres humanos, pero sí vivir de su trabajo-. Aquí nacieron los sones negros del Perú que recopiló y cantó Nicomedes Santa Cruz y que más cerca en el tiempo fueron reivindicados luego de décadas de negacionismo. Tras la recuperación de la cultura afro peruana de la costa, lo mismo ocurrió con los cholos y con los indios en un país que es multilingüe y donde solamente el castellano de los españoles se aceptaba como moneda de cambio verbal. Arguedas no se rinde, parece, y menos el cholo de Santiago de Chuco.
Este universo de pie no cede un centímetro de terreno a la invasión imperial: los nombres de los hijos y las hijas pueden haber sido copiados de alguna serie hollywoodense o de alguna película prestigiosa de la California norteamericana; pueden mirarse en espejos opacados por el uso o los medios de comunicación pero permanece, siempre a mano, ese foco de sincretismo que resulta el último sitio de resistencia, igual que durante la conquista y la colonia españolas.
De Cerro Azul, unos pocos kilómetros al sur por la misma Panamericana que termina en una Argentina tan hipotética como ajena por la distancia, a media hora o más se llega en automóvil de alquiler a Cañete, una región fundamentalmente agrícola. Antiguamente, las plantaciones de azúcar y algodón fueron mantenidas por mano de obra esclava. De esos tiempos son testigos los túneles y celdas de castigo y, sobre todo, el arte negro que se levanta con orgullo contra el baldón esclavista del poder blanco. Esa cultura permanece saludable también en Huaraz, Lima, Callao, Chincha, Nazca, Zaña y otros sitios. Acaso sea ese origen esclavo -y negro- el que haya inspirado a Ricardo Palma el refrán que aparece en un diálogo de Ambrosio el inglés y Juanito el montañés en Tradiciones peruanas, cuando ambos especulan sobre un futuro esperanzador. Dice uno de ellos “con menos, Dios hizo a Cañete, y lo deshizo de un puñete”.

La carretera va paralela al océano: una masa gris, verde, a veces celeste bajo la bruma que por momentos se convierte en calabobos, esa llovizna imperceptible que se mete en los intersticios de la ropa, por cualquier abertura del automóvil y que difiere tanto de la garúa que conocemos en el sur de América. Casi al mediodía, la luz del sol vence toda neblina, toda humedad: el cielo parece los del sur patagónico. De los primeros pobladores de San Luis y San Vicente de Cañete -esclavos y sus descendientes que se asentaron por aquí para servir en las explotaciones agrícolas en los siglos XVII y XVIII- llega la música. Y más allá: desde el corazón del África viene esa línea suave y sólida que no pueden vencer las tiranías o los sometimientos: la alegría de la música esclava y sus canciones, sus plegarias, ganó la batalla. Es sábado, pero los bancos están abiertos: hay una extendida clientela que necesita cambiar moneda -soles peruanos, pesos chilenos, dólares norteamericanos. Todos venden y compran, por eso se necesita que los bancos atiendan al menos media jornada. Los vendedores callejeros de dólares están en las esquinas: se los identifica porque usan unos chalecos o sobrepellices amarillos o anaranjados, como los que hace poco se obliga a usar a los de la calle Florida, en Buenos Aires.


A ambos lados de la carretera hay mercados mayoristas, puestos infinitos administrados en su mayoría por mujeres de cualquier edad, vestidas con los trajes de la sierra, otras totalmente urbanas y modernas, la mayoría como pobladoras y productoras rurales. Hay adolescentes y jóvenes madres que cuidan con un ojo al niño que amamantan mientras con el otro vigilan a los clientes y calculan su venta. Otras, con más experiencia, parecen dormitar bajo sus ponchos y con una especie de rosario en las manos. Sin embargo sus dedos son tan ágiles para las cuentas de los avemarías como para la calculadora electrónica o el teléfono celular que duermen en sus rodillas.
Los mercados tienen nombres relacionados con la zona: Imperial, como una de las avenidas; Señor de la Ascensión de Cachina, uno de los patronos de este pueblo de algo más de 54 mil habitantes -en San Luis viven casi 12 mil-.Ambos establecimientos están sobre la avenida 28 de Julio, en el trazado de la carretera panamericana. Un enorme letrero explica algo del pasado de uno de ellos: fundado el 11 de enero de 1902, dice. Los puestos se llaman Mis engreídos; Dayron y Leisey, entre otros nombres curiosos. Al lado está el Mercado Mayorista de Frutos Don Mariano. Son altos galpones de material y chapa de zinc con pasillos, donde los compradores ingresan con sus vehículos -autos, camionetas, mototaxis- y así cargan la mercadería. En la penumbra, todo es más fresco que afuera, donde, a pesar de ser recién comenzado noviembre, el calor aprieta.

Desde el acceso al mercado, dos chicas que pretenden haber salido de la adolescencia caminan por los pasillos con contoneos más apropiados para un cortejo que para una transacción en esa pasarela llena de frutas y verduras, carnicerías y pescaderías y pilas y electrodomésticos de bajo precio, atestada de gente que busca precios baratos u ofrece, según de qué lado esté, mercadería de la sierra en el mar.
Los aromas de las frutas, de los pescados y mariscos, de la carne de vaca o cerdo o pollo opacan los perfumes de estas dos chicas que hablan por sus teléfonos móviles con novios adivinados. Los ojos, las manos y los brazos inventan con sus gestos a la pareja ausente, al hombre que se intuye del otro lado de la conexión satelital. Y el otro, del otro lado, será tan simulador como ellas: inventará las palabras de amor, los gestos sensuales, los mohínes apenas insinuados. La seducción sigue por el celular, y entonces es posible volver a Palma y una copla que evoca en sus Tradiciones:

A tus labios rosados,
niña graciosa,
van a buscar almíbar
las mariposas.


La mezcolanza de aromas se corresponde con la fusión musical: cumbias estridentes e ininteligibles se yuxtaponen con valsecitos peruanos y sones negros. El cajón peruano alterna con la guitarra y los güiros y las y los cantantes parecen esforzarse por inventar un idioma nuevo: Babel nace otra vez en este mercado entre nísperos, toronjas, papayas, guayabas, mango, carambolas, choclos de varios colores, que van del blanco puro al morado, con granos enormes, como dientes de adultos; semillas: porotos, girasol, camote, yuca.
Afuera, los vehículos continuamente en marcha aportan lo suyo al aire pleno de húmedos olores. Camionetas chinas y japonesas; automóviles convertidos en utilitarios; furgonetas de varios modelos y años hasta las viejas combis de Volkswagen fabricadas hace mucho en el siglo pasado. Una nube de pequeños vehículos ocupa la mayor parte de los estacionamientos: son las motocicletas de baja cilindrada -no más de 250 centímetros cúbicos- con carrocerías de plástico duro o más flexible, de colores e inclusive con algún carrito donde llevar los productos de la compra, los famosos mototaxis.
Los comerciantes y los clientes, y gran parte de la población están en las calles, en los bares, algunos improvisados bajo tinglados recién erigidos. Un par juega a las cartas por dinero mientras otro hace el arqueo de las ventas de la mañana, cuando terminan las operaciones, y un cuarto limpia una palangana que tuvo vísceras de vacuno con el agua que le llega a través de una manguera. En los rincones menos transitados de estas calles, a las puertas de los bares y en el costado de los accesos a los mercados conviven restos de frutas y verduras, pieles y restos de animales -vacas, cerdos, corderos- que se disputan perros flacos y gatos no más robustos. Más allá quedan las huellas de los jugos que acaban de preparar en los puestos rodantes y que desbordan los tachos de desperdicios. Los mercados se alternan con edificios de tres pisos que son inquilinatos baratos, económicos, justo para la gente que trabaja en el mercado.

La mercadería se convertirá en la comida que la región ofrece a propios y extraños, preparada en ollas de barro y en cocina de leña: camarones, sopa chola, pachamanca a la piedra, cebiche, arroz con pato, tamales, chicharrones, adobo de cerdo y, entre los dulces, mazamorra morada, dulce de níspero, picarones, dulce de higos. Dicen, además, que acá se produce el mejor pisco del país -llamado pisco “puro”-, gracias a que el valle del río Cañete, en la zona yunga, está entre los 550 y 650 metros de altura, en la ladera de los cerros. Pero acá, en los mercados, no se vende ni una botella.






La isla de la fantasía


En la intersección de la avenida Alemania y la calle Ricardo de Ferrari, en la cima del cerro Florida y dominando la bahía, está La Sebastiana, la casa de Pablo Neruda en Valparaíso. Es el tercer punto de un triángulo que completan La Chascona en Santiago e Isla Negra.







Gerardo Burton


Los cerros son verdes; las casas, multicolores. Son viviendas para una familia y también hay edificios de departamentos, emplazados sobre las laderas y las cimas con un desprecio absoluto por esa convención que la física conoce como ley de gravedad. El misterio no está en cómo se sostienen en el aire, sino también en qué consiste la destreza de los porteños (los nacidos aquí son porteños, como los de Buenos Aires, en el otro lado del continente). Hay algo desconocido que los habilita para que en las más variadas circunstancias, tanto físicas como psíquicas y fisiológicas y en las condiciones que sean (hambrientos, borrachos, en medio de una serenata, cargados como estibadores o caminando con bastones o muletas), puedan acceder a sus moradas después de andar por las calles que serpean hacia arriba, hacia abajo y otra vez hacia arriba.

En la intersección de la avenida Alemania y la calle Ricardo de Ferrari, en la cima del cerro Florida y dominando la bahía, está La Sebastiana, la casa de Pablo Neruda en Valparaíso. Es el tercer punto de un triángulo que completan La Chascona en Santiago e Isla Negra, también sobre el mar, cerca del El Quisco, un balneario ubicado poco más al sur de aquí. Una fundación cuida la casa y los objetos que rememoran y confirman el costado sibarítico del bardo. Caracolas, mascarones de proa, piedras, porcelana antigua y monárquica, espejos y jofainas aristocráticas: de todo. Y retratos del poeta al óleo, fotografiados, a la acuarela y dibujados. Muchos.

También hay una biblioteca de la potente poesía chilena que atornilla en los asientos a los visitantes. Por un amplio ventanal se cuelan el sol, el cielo azulísimo, los cerros y el mar abajo, lejos, con buques multicolores de diferente calado que operan en el puerto. Una antología de Jaime Huenún Villa detiene la mirada: “Lof sitiado” es el título y es un “homenaje poético al pueblo mapuche de Chile”, editado por Lom en 2011. La sorpresa es que una de las voces viene del otro lado de la cordillera, del argentino: la zapalina Silvia Mellado. Es un nuevo motivo de regocijo, que se suma al reencuentro con libros de Rosabetty Muñoz, Enrique Lihn, Óscar Han y el redescubrimiento de Pedro Lastra, cuyas ediciones están completas en los anaqueles.

Dos, tres poemarios de Lastra son leídos en ese rato, y un regreso a una época feroz: Lastra tenía una casa de veraneo en Algarrobo, una localidad vecina a Isla Negra. En 1975 hablaba de poesía en general y de Neruda en particular con un joven que borroneaba versos sin rumbo. De pronto, tomó una moldura de madera con pintura dorada que habría decorado un templo, aunque terminó en una cabaña sobre el mar, donde Neruda se recluía. Ese año ambas, la cabaña y la casa de Isla Negra estaban devastadas por el odio pinochetista. Al terminar la conversación, Lastra ofreció la pieza de madera a ese muchacho que sólo hablaba del otro poeta, muerto hacía dos años y que todavía lo encandilaba desde su “Residencia en la tierra”.

En el sueño inventé para ti una canción,
tus ojos alejaban en ella a la muerte
y tus manos venían
a borrar el celaje de algunas estaciones
sombrías del amor,
un invierno muy frío en el sur.

Huyó de mí en el día la canción,
fue hacia ti
que eras la voz amada
de ese coro de sombras. (Madrigal, Pedro Lastra)


Se sube por la calle Cumming, camino a la vieja cárcel devenida en centro cultural: el alojamiento está antes, una casa verde con empinadas escaleras. Se camina por calles sucias, veredas mugrientas. A la puerta de los bares y cervecerías, sobre las baldosas se distinguen pegotes de orina, de cerveza y excrementos de gatos y perros. Latas, bolsas plásticas, botellas por doquier conviven con los graffiti. Es un arte que se multiplica en los muros de esta ciudad que parece copada por artistas callejeros, incipientes o consumados. Los caminantes en este cerro Panteón son en su mayoría jóvenes. Visten ropas desteñidas o rotas, o ambas cosas a la vez. Muchos las usan de uno o dos talles más grandes, sin problemas aparentes con el espejo; los negros son arratonados, casi marrones o castaños muy oscuros. Los perros duermen sobre cartones, los linyeras utilizan sillones, sofás despanzurrados o colchones recién abandonados por sus dueños y los usan como viviendas, acomodándolos contra los frentes de los edificios o en las ochavas. Estos espacios se comparten con chicos que pintaron leyendas anarquistas y ocupan casas en trance de abandono (demolición, dejadez). También aparecen hippies no jubilados, turistas europeos jóvenes (algunos estudian en universidades a las que volverán como académicos y catedráticos después de la treintena).

El salón principal de la Universidad de Valparaíso lleva el nombre de Rubén Darío, quien escribió, en el “Álbum porteño”, de su libro “Azul” sobre la ciudad. Decía el nicaragüense que el “cerro Alegre, gallardo como una gran roca florecida, luce sus flancos verdes, sus montículos coronados de casas risueñas escalonadas en la altura, rodeadas de jardines, con ondeantes cortinas de enredaderas, jaulas de pájaros, jarras de flores, rejas vistosas y niños rubios de caras angélicas”. Y después indicaba que “más allá, el mar, acerado, brumoso, los barcos en grupos, el horizonte azul y lejano. Arriba, entre opacidades, el sol”.

Del zaguán de una casa en la calle Cumming emana una fragancia que somete cualquier olfato: venden empanadas de mariscos. Al fondo del pasillo, en el recibidor de la vivienda, dos muchachos toman cerveza mientras admiran, sobre una mesa ratona, una montaña de empanadas que acumula una chica a medida que las cocina en una habitación lindera. Durante la compra, uno de los bebedores informa sobre un lugar donde “se toca música porteña, cueca porteña: ¡es la bohemia, cabaiero!”, casi grita. Mañana domingo apenas pasado el mediodía, comienzan las actividades en “La isla de la fantasía”, una peña en el patio de una casa familiar; allí “está la verdadera música popular”, asegura. A continuación explica cómo llegar: es en un itinerario que no sabe de esquinas ni intersecciones. Acá el damero está sustituido por un laberinto de curvas que circunda las laderas hacia arriba y hacia abajo y es muy posible que uno siempre vuelva, al final de la caminata, al lugar de donde salió.

El domingo, después del almuerzo, se sube por la calle Cumming hasta Ecuador, ya en el cerro La Loma. Las vueltas parecen eternas: se escucha la música que a veces parece venir de la izquierda, otras de la derecha, luego se pierde. La fortuna está de parte de los que caminan: ahora la cueca parece a media cuadra. Pero no, está lejos todavía, la calle indicada no aparece y los datos que dan los vecinos se chocan con la realidad: sea porque la paleta de colores no es la misma o porque el reflejo del sol los modifica, pero la casa amarilla de referencia no aparece jamás. Sin embargo, el milagro ocurre porque en un callejón la música sube su volumen: es Cornejo Guzmán, a cuyo fondo, en la intersección con Camila, está la base del cerro San Juan de Dios y la entrada a la ramada de la peña: un planeta dentro de otro. Es una verdadera isla en plena ciudad y su espacio nada tiene que ver con el exterior. Hay varias mesas largas, algunas son tablas sobre caballetes, una pista de baile y un escenario al fondo. Todo bajo un techo de paja y ramas, el piso es de tierra y recién está recién rociado. La gente va y viene desde la barra, desde el interior de la casa con botellas, vasos, platos. Hablan a los gritos, ríen, cantan, hacen bromas y saludan a los que llegan. Suena, en vivo, música criolla. Dicen que hay cuecas, que vienen las cantoras, y también se ejecutan boleros, valses peruanos y tonadas.


En escena está Lucy Briceño con Los del Rincón. Es una agrupación con guitarrista, percusionista (cajón peruano), acordeón y piano, donde Lucy, una mujer de más de 80 años, canta una cueca acompañándose con pandereta. Después estarán Lorena Huenchuñir y Gloria Cáceres. Lucy es Lucinda Gioconda Briceño Riquelme y nació en Valparaíso. Es tan famosa e importante para la música popular que dio su nombre a un tradicional club de cueca en el barrio Puerto. Lucy y su pareja Armando Hernández recorrieron como bailarines Perú, Argentina y todo Chile. Luego se dedicó al canto, donde tuvo problemas con la dictadura pinochetista, que también reprimió las expresiones populares y la bohemia porteña, por lo cual mantuvo su trabajo como modista. Integró los conjuntos “Los Sureños”; “El Nunca se Supo” y “Los Paleteados del Puerto”, entre otros.

Entre gaseosas, cervezas y empanadas, mujeres y varones bailan cuecas, valses y tonadas. Las parejas se arman de manera espontánea y se intercambian con los mirones, que aguardan su turno contra los postes y en las mesas que rodean la ramada, casi en los límites de la casa. Desde la entrada se ve el mar, lejos, con los barcos que duermen la siesta ajenos a las canciones en el cerro San Juan de Dios. Ya casi en el atardecer, un afiche con un homenaje a Violeta Parra (“Centésimas a Violeta”), del poeta popular Claudio Lazcano, saluda al dejar la isla.

Una vez pedí a Violeta
Por dos de sus dimensiones,
Que me dé tres de sus dones
En cuatro de mis facetas.
Ser cinco veces poeta
Y ser seis veces cantor;
Siete vidas al folclor,
Dar ocho por cada obra,
Ser el nueve en mis maniobras
Pa´ diez textos de dolor.

Once veces ya le ruego
Que me dé doce miradas,
Pa dar trece pinceladas
En catorce de mis juegos.
Tres por cinco quince fuegos
En dieciséis de mis venas;
Quemar diecisiete penas
Por dieciocho motivos,
Un paro y nueve latidos
Atado a veinte cadenas.

Veintiún poemas perdí
En veintidós de mis viajes,
Veintitrés aterrizajes
Y en veinticuatro caí.
Veinticinco letras dí
Y unos veintiséis poderes;
La tinta me da deberes
Con veintiocho destellos,
Son veintinueve Atropellos
En mis treinta atardeceres.

Tres cuecas y una botella
Treinta y dos veces insisto,
Treinta y tres como un tal cristo
En treinta y cuatro epopeyas.
Treinta y cinco las doncellas
Que treinta y seis besos dan;
Tres de siete siempre están
En treinta y ocho locuras,
Treinta y nueve preciosuras
Cuarenta amores tendrán.

Hay cuarenta y un aristas
En cuarenta y dos poetas,
Cuarenta y tres por Violeta
Cuarenta y cuatro a la artista.
Cuarenta y cinco conquistas
En cuarenta y seis canciones;
Cuarenta y siete emociones
En cuarenta y ocho llantos,
Cuarenta y nueve quebrantos
En cincuenta corazones.

Cincuenta y un testimonios
Y cincuenta y dos personas,
Cincuenta y tres no perdonan
Cincuenta y cuatro demonios.
Se queman los patrimonios
En cincuenta y seis infiernos;
Existen en los gobiernos
Cincuenta y ocho ladrones,
Cincuenta y nueve bribones,
Sesenta rayos de invierno.

Doy sesenta y un respetos
Pero sesenta y dos traje,
Sesenta y tres homenajes
Sesenta y cuatro en concreto.
Sesenta y cinco me reto
Sesenta y seis que estudié;
Q´el sesenta y siete dé
Respuestas porque volaste,
Ya que al cielo le cantaste
Las setenta que escuché.

Son setenta y un guitarras
Setenta y dos en mis décimas,
Siete y tres a esta centésima
Cual métrica de su parra.
En setenta y cinco amarras
Setenta y seis furibundos;
Setenta y siete fecundos
Por setenta y ocho amantes,
Setenta y nueve diamantes
Ochenta versos al mundo.

Ochenta y un versos tristes
Y en ochenta y dos se lloran,
Ochenta y tres que enamoran
Ochenta y cuatro desvisten.
Ochenta y cinco consisten
En ochenta y seis romances;
Pues ochenta y siete lances
Ochenta y ocho caricias,
Ochenta y nueve me envician
Y en noventa estoy en trance

Doy noventa y un cosquillas
Si me das noventa y dos,
Noventa y tres con mi voz
Nueve y cuatro a tu mejilla.
Nueve y cinco maravillas
En noventa y seis relatos;
Noventa y siete retratos,
Noventa y ocho me mueven,
Llegar a noventa y nueve
En cien frases que desato. (http://www.lavidaenversos.cl)

Documental “La isla de la fantasía”, de Magdalena Gissi, Valparaíso, 2010: https://www.youtube.com/watch?v=k_ft0sCq3II



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jueves, 16 de noviembre de 2017

La poesía y los poetas, por Jorge Isaías


https://www.pagina12.com.ar/75917-la-poesia-y-los-poetas

¿Para qué sirve un poeta? se interrogaba Isidoro Blaisten. Según cómo se formule la pregunta, podríamos agregar que para nada. Pero el poeta es el único que no ve pasar el cadáver de su enemigo frente a su casa. Ve pasar su propio cadáver.

Ya lo escribió el gran poeta alemán Angelus Silesious tan caro a Borges: "La rosa es sin porqué", y no puede interpretar que la belleza no tiene lugar en el mercado, suponiendo que existiera un mercado para ello. Y suponiendo que la poesía -de eso se trata- pudiera tener una definición o un fin práctico en el mundo donde todo se pignora, se canjea o se transforma en una triste mercancía.

Tenemos en las artes muchas formas de desinterés, pero ninguno tan despojado, último gramo de intemperie sin fin a la que apelaba Juan L. Ortiz y que no es otra que la poesía. Alejada de los halagos, confundida con la confesión y lo subjetivo, nadie puede vivir sin ella, aunque sea una sola vez en la vida. Aun los socarrones que la ignoran y la insultan, porque ante una mujer bella se puede decir "es un poema", escribió Blaisten, no se dice "es una comedia festiva en un acto, es un entremés".

¿Quiere decir lo más alto? Y si es así, ¿por qué Pedroni decía que era "un arte de bajo precio"?

La poesía es palabra en el tiempo, decía Antonio Machado. O como escribió mi amigo Juan Manuel Inchauspe: "Nosotros sabemos que el poema es un objeto hecho de palabras trabajadas a lo largo del tiempo, vividas con el cuerpo, rescatadas por la memoria", no dice que se puede llegar a ella en tres lecciones en un taller literario al uso.

Tal vez la poesía, o mejor sin tal vez, la poesía es la palabra que se amasa con las vísceras y -como temía Blaisten- tal vez lleve a la locura, y él llegó a ser un perfecto cuentista porque no se animó a seguir escribiendo poesía. Pero de algún modo era un auténtico poeta, a juzgar por cómo trató al idioma respetando sus matices, hasta los más íntimos, hasta los más leves, hasta los más secretos.

También supo escribir: "Terca la memoria olvida. Y estoy autorizado a creer que lo obvio es la lucidez de un fantasma".

Ya lo escribió Cesare Pavese brillantemente, para que lo supieran para siempre: "Es necesario saber que no alcanzamos nunca a ver las cosas la primera vez, sino solo en la segunda. Entonces las descubrimos y las recordamos".

También estoy persuadido de que solo los que frecuentan los poemas de los grandes, inmensos, inalcanzables poetas de todos los tiempos son los verdaderos lectores del mundo. Los que se apoyan en la trama, en la argumentación lineal de un texto en prosa cabal nada tienen que ver con ser lector.

Nada menos que William Faulkner, entre otros grandes, puso en primerísimo plano a la poesía. Y supo escribir: "Yo empecé con la poesía, lo más perfecto, lo más sublime y fracasé. Pasé al otro género casi tan riguroso: el cuento. Fracasé. Entonces decidí ser novelista, por descarte".

Y termino con este fragmento de las Anticonferencias de Blaisten: "Todos los poetas han ido escribiendo desde el centro del dolor. Entonces todo ser humano desde el necio al soberbio va a recordar al suicida que escribió 'y vendrá la muerte y tendrá tus ojos', al fusilado que dijo 'no le tapen la cara con pañuelos para que se acostumbre a la muerte que lleva', y al negado que una vez dijo 'con el número dos nace la pena'".

Para eso sirve un poeta.

domingo, 22 de octubre de 2017

Alda Merini, poemas

HUIDA DE LOBA

A quien me pregunta
cuántos amores he tenido
le respondo que mire
en los bosques para ver
en cuántas trampas ha quedado
mi pelo.


***


Su esperma bebido por mis labios
era la comunión con la tierra.
Bebía con mi magnífica
exaltación
mirando sus ojos negros
que huían como gacelas.
Y jamás una manta fue más cálida y lejana
y jamás fue más feroz
el placer dentro de la carne.
Nos partíamos en dos
como el timón de una nave
que se abría para un largo viaje.
Teníamos con nosotros los víveres
para muchos años todavía
y besos y esperanzas
y no creíamos más en Dios
porque éramos felices.


***


AHORA QUE VES A DIOS


Si tú callas
más allá del mar
si tú conoces
el ala del Ángel
si tú dejas la madre tierra
que te ha devastado tanto
ahora puedes decir
que está la tierra del pobre
la tierra del poeta
toda ensangrentada por la soledad
y ahora que ves a Dios
reconoces en ti mismo
la flor de su lengua.


***


EL BESO

Qué flor me nace sobre la boca
apenas me miras
y temes ser despedazado.
Inundaciones imprevistas
son tus ojos ardientes
pero la flor no quiere morir
se queda allí sin carne
a esperar la muerte.



Alda Merini, en traducción de Delfina Muschietti. “Soy una pequeña abeja furibunda. Me gusta cambiar de color. Me gusta cambiar de medida”. Alda Merini eligió estas palabras para abrir su página web. Nació en Milán en 1931, donde murió en 2009, a causa de un tumor óseo. Fumaba 70 u 80 cigarrillos al día, pero a sus 78 años sostenía que el tabaco le había alargado la vida. Siempre llevaba un collar de perlas, pero vivía y murió en la indigencia por elección personal.
Se la considera una de las voces más claras y profundas de la poesía italiana del siglo XX. Con lucidez extrema, Merini narró en sus poemas la experiencia de la locura (vivió casi 20 años en manicomios, de 1961 a 1978) y de la estrechez física y económica. “Me inquieto mucho cuando me atan al espacio”, escribió.
En 1953 publicó su primer libro, Presencia de Orfeo. Empezó a escribir siendo una niña, y uno de sus primeros poemas se lo dedicó al legendario banquero Enrico Cuccia. “Una vez me lo crucé por la calle y le dije: ‘Yo tengo hambre’. Él contestó: ‘Buena señal’. Y tiró derecho”.
“La poesía nace de un terreno de dulzura, de amor. Las verdades me vienen de los sueños, los muertos me visitan”, contaba.
Escribió también prosa y aforismos, y en 1996 fue propuesta para el Premio Nobel de Literatura por la Academia francesa. Su gran obra, La Terra Santa, le valió en 1993 el Premio Eugenio Montale. Otros de sus libros son Testamento, Vuoto d’amore, Ballate non pagate, Superba è la notte, L’anima innamorata, Corpo d’amore, La carne degli Angeli, Più bella della poesia è stata la mia vita o Clinica dell’abbandono.

miércoles, 14 de junio de 2017

Las despedidas de Mariana Rosa

Texto leído en la presentación de las plaquetas "Vestal" y "Un Abrigo Errante", de Mariana Rosa, de la cebolla de vidrio ediciones, en la sala Alicia Fernández Rego, el 7 de junio de 2017, en Neuquén.

por Gerardo Burton


Para Mariana Rosa la escritura es un camino abierto, aunque desde Crónica de un Salto hasta Primeros fríos, un poemario aún inédito, esté a punto de completar un ciclo. En medio, estas dos plaquetas que presentamos hoy, con las que la cebolla de vidrio ediciones completa un número redondo: treinta títulos en diez años.


Vestal y Un Abrigo Errante son dos poemarios breves y diferentes: el primero registra una tensión donde la poeta se abisma ante un cambio que requiere protagonizar una decisión. Recuerda, en el poema IV, que era “una amazona/que atravesaba al galope los páramos de la Patagonia”.

Heridas que no cierran: La traición de Gerardo

Este texto fue leído por Ruth Zurbriggen en ocasión de la presentación del libro, el 6 de junio de 2017 en ATEN Provincia, ciudad de Neuquén (Fotos: Oscar Virginillo)




por Ruth Zurbriggen
Activista feminista en La Revuelta


“No entender... Algo tan vasto que traspasa cualquier entender. 
Entender es siempre limitado, pero no entender puede no tener límite. Siento que soy mucho más completa cuando no entiendo. 
No entender es un don. Pero no se trata del no entender como no entienden los pobres de espíritu. Lo bueno es ser inteligente y no entender. 
Esta bendición es como padecer locura y no estar dolida, es un desinterés manso, una dulce burrada... 
Sólo que de vez en cuando me viene la inquietud y quiero entender un poco. No demasiado, por lo menos entender que no entiendo”. 
Clarice Lispector


El libro está dedicado a Macky Corbalán.
Este libro es un acto de traición. Un acto de traición a los pactos patriarcales.
Es un varón que habla a través de la poesía sobre la violencia femicida ejercida por varones.
¿Cómo se hace poesía del y con el espanto de los femicidios?
¿Qué escuchó Gerardo para escribir estos poemas?
¿Qué pudo escuchar de lo que escuchó en sus rastreos periodísticos?
¿Qué sensación del mundo tiene Gerardo que lo lleva a esta escritura?
La nombra como poesía política y de la emergencia.
¿Qué nos comparte en esa emergencia?
Nos comparte su traición al mandato y a las cofradías masculinas.
Y realiza esa traición a través de un doble juego: 1-con las imágenes de los femicidas y 2-con la poesía que es capaz de producir.
La pone a circular.
Se preocupa en mostrar, indicar, señalar, poner las cosas en otro foco. El foco y la foto centrada en los femicidas.
Hace circular una posibilidad: que ese pacto con la masculinidad, que ese pacto esperado puede no pactarse.
Y más aún, que esa traición (¿esa infidelidad?) vale decirla, escribirla, circularla en el escenario social, cultural, político.
Cuanto menos, entiendo que la poesía de Gerardo Burton, en Heridas que no cierran, hace trazos para que esa traición se filtre.
¿Por qué hablo de las traiciones? ¿Qué estoy queriendo decir al respecto?
Estoy fuerte y altamente convencida que para interpelar los mandatos de las violencias heterror-sexistas los varones tienen que mostrar su vergüenza. Tienen que sentirse profundamente avergonzados. Tristemente avergonzados.
Ya sabemos que acá no se trata de pensar esencialistamente que per se, que los cuerpos masculinos ejercerán violencias y per se los cuerpos portadores de vaginas, de vaginoplastías, los cuerpos que viven sus géneros de manera feminizada no van o no vamos a ejercerlas.
Sin embargo, los hechos alimentan el esencialismo (en todo caso) porque las asesinadas son las mujeres, las travestis y todas aquellas personas que viven sus cuerpos y géneros a partir de tránsitos feminizados.
Y los asesinos son varones. Los femicidas son varones.
Lo sabemos, el femicidio es un crimen político.





Es un acto de poder y dominación masculina y misógina.

Nosotras seguiremos andando este camino sin retorno, en mi opinión.

Este camino de agruparnos, organizarnos, rebelarnos, producir fiestas y luchas creativas, porque sabemos que nos merecemos otra vida.
Seguiremos en el camino de danzar la posibilidad del acuerpamiento, de acuerparnos, como sugiere Lorena Cabnal (feminista comunitaria):  “Acuerpar/acuerparnos como la acción colectiva de nuestros cuerpos indignados ente las injusticias que viven otros cuerpos. Que se autoconvocan para proveerse energía política para resistir y actuar contra múltiples opresiones patriarcales, colonialistas, racistas y capitalistas. El acuerpamiento genera energías afectivas y espirituales y rompe fronteras y el tiempo impuesto. Nos provee cercanía, indignación colectiva pero también revitalización y nuevas fuerzas para recuperar la alegría sin perder la indignación”.

Sin embargo, hasta que los varones no manifiesten su desilusión con la clase masculina de la que son parte, algo faltará. No alcanza con nuestra interpelación, estoy convencida. De hecho los femicidas nos odian. ¿Por qué van a sentir que lo que hacemos es digno de ser considerado para que cambien su idea sobre lo que pueden sobre nosotras?
La gran interpelación a la masculinidad hegemónica tiene que venir de los propios varones.
Quiero decir, los violentos, los sexistas, los violadores, los femicidas tienen que ser puestos bajo sospecha, repudiados, no tolerados también y fundamentalmente, por quienes todo el tiempo han armado pactos entre caballeros para desplegar sus privilegios y modos de estar en el mundo. No es sólo para los 3 de junio, no es sólo para los 8 de marzo ni para las convocatorias del feminismo. Es de para y con todos los días.

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¿Quiénes son los femicidas de Heridas que no cierran? Varones que están entre nosotrxs, varones que han transitado por nuestras escuelas, universidades, clubes, sindicatos… Los hay trabajadores de empresas de seguridad, administradores de un hostel, profesores de taekwondo, policías, empleados. Asesinan –las más de las veces- con cuchillos, decapitan, apuñalan a quienes dijeron querer –también, las más de las veces.

Las caras de los femicidas demarcan y marcan una barrera para atravesar el libro. Es la que tuve que poder traspasar para poder leer los textos. No es sencillo, debo “confesar” que cuando fui leyendo borradores que generosamente Gerardo me iba compartiendo las sensaciones corporales y afectivas eran otras diferentes a la de ver ya sus caras estampadas allí tiempo después. Sabía que ese “detalle” faltaba, no imaginé hasta ver el primer borrador con las fotografías que otras cosas sucederían ahí o me sucederían.
Eso, ver sus rostros encabezando cada poema, adquirió otro nivel u ¿otro espanto? cuando tuve el libro en la mano.
Gerardo nos explicó sus motivos en esta presentación y en medios de prensa estos días sobre el porqué de esas imágenes en el libro.

Es posible que comparta todas y cada una de sus razones, así y todo la operatoria que nos propone es incómoda, molesta, difícil, controvertida, áspera, tensa, afectada.
No produce satisfacción ni calma.
Hay algo del orden del espanto.
Digo todo esto, y parece que voy contra el deseo de Gerardo de ser leído. De ser escuchado.

Carlos Skliar, escribe ensayos educativos y filosóficos. Define la palabra poema en su libro “Lo dicho. Lo escrito. Lo ignorado” (2011):

“Poema: palabra que Derrida pronuncia y define como “el demonio del corazón” y que parece como un ovillo que rápidamente se transforma en erizo y vuelve a la posición ovillada. Poema no sólo designa un texto diferente a otros textos, sino una disposición distinta de la memoria, la perplejidad, la experiencia y el deseo. A veces en único testimonio de lo que ocurrió. Otras veces crea la sensación de lo inaudito. Hecho con las mismas palabras que proceden de la misma lengua, su pronunciación se desliza desde un cuerpo hacia otro cuerpo. Se advierte, a menudo, una falsa pronunciación. Prescindir del poema es prescindir de la humanidad”.

Éste es un libro de poesía de la emergencia. Es un libro incómodo, porque nos hace ver también que los femicidas no actúan en el vacío social, que el sistema de valores heteropatriarcales se difumina por doquier.
Ojalá la poesía de Gerardo contagie a otros a traicionar sus fidelidades con el mandato heteropatriarcal del macho violento.
Porque necesitamos más producciones culturales contra los femicidios y los femicidas, necesitamos poesía, música, cine, literatura, teatro, arte callejero, arte grafitero, arte popular, arte arte arte que nos ayude a entender que no vamos a entender jamás.
Necesitamos también más feminismo para salvarnos.


Neuquén, 6 de junio de 2017

sábado, 10 de junio de 2017

El poeta de radiofotos escarba el filo de la carne

Este texto fue leído durante la presentación de heridas que no cierran (espacio Hudson, mayo de 2017), poemas sobre femicidios, de Gerardo Burton, que se hizo en el local del gremio docente ATEN provincia en la ciudad de Neuquén el 06 de junio de 2017 (Fotos: Oscar Virginillo)
por Silvia Mellado




Hace cuatro años casi, en agosto de 2013, se presentaba también acá, en Neuquén, tranvía 4 (ediciones con doble zeta), el décimo séptimo libro de Gerardo Burton. Después vino la plaqueta beatlemania  (la cebolla de vidrio, 2016) y ahora heridas que no cierran.

Traigo a la memoria la presentación de tranvía, no porque quiera resaltar la figura de autor, autoridad o la idea de trayectoria –creo que Gerardo no usufructúa esas etiquetas ni como poeta, ni como periodista, ni como editor e incluso ni como religador cultural. Más bien, todo lo contrario, a veces creo que a Gerardo le resultan incómodas algunas referencias sobre su obra en términos de lugares consagrados, fundacionales o de inicios de tal o cual literatura en la zona.

Decía que traigo a la memoria la presentación de tranvía porque en aquella ocasión fue Macky Corbalán, poeta – lesbiana - feminista, quien introducía la poesía de su amigo. Y no rememoro aquella celebración por un simple trazo afectivo sino porque a ella está dedicado Heridas que no cierran y sabemos que ese lazo en la amistad y en la poesía ha generado o propulsado el gesto de Gerardo de elaborar estos quince poemas. En aquella presentación de 2013, macky decía algo así como “el poema (en los versos de Gerardo) se hace carne y se entrega a las bocas abiertas, sedientos para siempre”. En efecto, estos poemas de heridas que no cierran continúan esa intensidad: la poesía de Gerardo se entrega atravesada por la necesidad y la urgencia de decir, de escarbar entre los destellos enceguecedores de los múltiples relatos y las falsas informaciones; escarbar para mostrar los rostros de los verdugos, la mirada de los asesinos. Escarba digo, entonces, hurga, desentierra las matrices que nos ponen a nosotras todavía en el lugar de vidas desechables y, al mismo tiempo, nos adjudican un lugar de minas/canteras/yacimientos que sostiene el mismo sistema que nos oprime.

Es el poeta de radiofotos (último reino, 2004) quien aquí también, en heridas que no cierran, bebe de sus muchas actividades –la de poeta y las de sus investigaciones en el ámbito de la prensa, principalmente–  y traza de modo doloroso aquellas historias no dichas o tergiversadas para hacer que el poema muestre una fisura, la contradicción, exhiba la maquinaria racional que pretende la mayoría de las veces teñirse con relatos de pasión.

Hace unos días, pudimos charlar un momento acerca del libro y él me decía que había una imagen que había sobrevolado esta búsqueda o momento anterior a la escritura de estos poemas: la imagen del cuchillo. El cuchillo / faca / facón  como herramienta que se vuelve arma, erecta y viril, una prolongación de la mano del compadrito que marca, taja y sacrifica. Y pensaba en qué imagen del poemario contrarresta o le hace frente a la imagen del cuchillo y se me aparecía, entonces, ‘la barrera de álamos’ del poema “playa serena, mar del plata, buenos aires”:

y la distancia
es también el amor
la voluntad de un amor
que no deja
pasar, la barrera de mujeres
altas como los álamos
y los Sauces
sonoras como el agua
de los canales y del río 

Es esa imagen de una barrera, una imagen anclada en el imaginario de nuestro lugar y que desde aquí emerge revolucionaria en el sentido de que tuerce el orden, promete que el mundo puede ser de otro modo. Contra la imagen del cuchillo se alza una barrera de álamos, una valla que impide pasar, un cerco que no va a dejar avanzar

troncos, tan altos, que pueden caerte a vos, cuchillo, encima 
y revertir tu filo, hacerlo líquido
nada
esta barrera de mujeres cosidas 
con los hilos de la solidaridad, la colectividad, la lucha, la militancia

Una barrera de álamos que mira a los ojos de quienes, a modo de viajeros victorianos, todavía creen que pueden erigir tranquilos el ojo poseedor de todo lo que mira.
Ya no somos todas esas niñas que no se atreven a mirar el ojo del cuchillo. Un poema de La pasajera de arena (macky,  tierra firme 1992) dice:

Ser sola
como cuando -apenas nacidas- 
miramos el mundo y supimos 
que nos habíamos equivocado

es este mundo el que hemos venido a cambiar, es este mundo de heridas que no cierran que la poesía colectiva, polifónica y política también puede cambiar.