miércoles, 11 de junio de 2014

Sobre Marechal, por Pedro Orgambide

En el aniversario del nacimiento de Leopoldo Marechal, se publica este texto


(foto: Sara Facio)


La obra de Leopoldo Marechal puede observarse como una totalidad, como una Poética que incluye la poesía y el teatro, el ensayo y la novela. Más allá del mayor o menor mérito que corresponde a cada uno de los trabajos, lo que importa señalar como detalle significativo es la coherencia de la obra, su elaboración a partir de ideas y sentimientos que conforman una concepción del mundo. En esta concepción confluyen diversos intereses  estéticos, filosóficos y religiosos que se integran en la madurez vital y creativa del poeta.
El universo platónico, la interpretación de la Biblia a partir de sus significados proféticos, la visión del hombre como criatura trascendente, son invariantes de la obra de Marechal, y constitu-yen el basamento e ideología de su poética. De allí surgen otras ideas temporales  e inmediatas relacionadas con el arte, la lite-ratura, la historia o la política. Pero las mismas siempre responden a esa concepción unitaria del mundo y de la vida.

Así, cuando intuye el carácter cíclico del arte, cuatro estaciones -clasicismo, academismo, romanticismo, neoclasicismo- "por las cuales el arte vive, se corrompe y vuelve a resucitar en el orden del tiempo, como las estaciones del ciclo anual", o cuando a través de los protagonistas de sus novelas repite el viaje del hombre amenazado por su propia finitud o por las fuerzas que mediatizan o destruyen sus posibilidades, o cuando, finalmente, lo argentino asoma como constante en sus poemas o su teatro pero en una proyección que trasciende la mera  referencia geográfica e histórica. Sus ideas políticas, a la vez, se inscriben también en este universo y el carácter profético con que señala una Nueva Argentina demuestra que más allá de su adhesión al nacionalismo católico primero y más tarde al peronismo, hay en él una voluntad de coherencia y de armonía que se impone sobre lo episódico. Todos estos  elementos que hacen a su personalidad se reflejan naturalmente en su obra.
 La misma, en sus aspectos específicamente literarios, muestra una gran riqueza, una línea ascendente, el cumplimiento riguroso de su propio planteo estético. En 1922 publica su primer libro: Los Aguiluchos. En él se advierten diferentes influencias, resonancias de un cercano pasado modernista, pero su propia voz se percibe en cierta entonación vital, en el reconocimiento gozoso de la Naturaleza, en la exaltación pastoral que le permite revivir "el perfume salvaje de la tierra", y nombrar, con pasión, los seres y las cosas. Esta dirección de su poesía, esta fuerza que en Los Aguiluchos no termina de encauzar el canto, se define, por fin, en 1926, en su libro Días como flechas. La experiencia del ultraísmo (véase), la utilización de la metáfora en su más alto valor expresivo, la traducción, por medio de la imagen, de la realidad observada con una óptica subjetiva, son algunos elementos que encuadran al libro dentro del movimiento renovador de su generación. A la vez, Días como flechas afirma la singularidad del poeta que, con esos elementos, define lo que había quedado como intención en su primer libro. También aquí aparece la exaltación de la Naturaleza, también aquí lo pastoral, pero en un plano de mayor rigor formal. También aquí la pasión pero esta vez gobernada. Uno de sus poemas: "Largo día de cólera", puede ejemplificar esta actitud: "Lo esencial es romper el silencio, y el agua / de los grandes mutismos / Y el silencio es un buey que se arrodilla, / fustigado de voces. El  reconocimiento de su propia voz, de su identidad poética, es, al mismo tiempo, motivo de canto: "Todo está bien, ya soy un poco dios / en esta soledad / con este orgullo que ha tendido a las horas / una ballesta de palabras".
De allí en adelante, Leopoldo Marechal, consciente de su instru-mento expresivo, organiza su Poética, buscando cada vez más el  equilibrio, una serena contemplación de lo vivido, que ha de tra-ducirse, de acuerdo con las premisas de su universo platónico, en un orden, una armonía-peso, medida, número-que de algún modo alude a la Creación tanto como a lo curativo de sus versos. Así, en Odas para el hombre y la mujer (1929) reaparece lo pastoral, pero esta vez como sentimiento evocado desde la ciudad del poeta, más como esencia de lo poético que como realidad inmediata. En su poema '¡De la rosa bermeja", dice: "Porque la rosa roja se aprieta, y es un nudo que guarda su secreto"... " ¡Pero no descubramos lo que la rosa es fuera de nosotros!" Hasta en la mención de lo geográfico y lo histórico, se manifiesta esta actitud trascendente, por ejemplo, cuando dice en su oda "De la Patria Joven": "La Patria es un dolor que nuestros ojos no aprenden a llorar". El que invoca, el que la nombra, siempre está lejos y cerca, en la misma ambigüedad de espacio y tiempo del poema:

 

Extranjero soy: llevo mi soledad cogida de la mano
y oigo cantar el tiempo bajo los rotos puentes.

Hablé con los marinos que levantan el alba en sus anzuelos

Extranjero soy en un país grato al mar:
el nuevo día llora, recién nacido y pobre.

 

Cantada en una lejanía)

 

"Mi canción, ya perdida ya en bienaventuranza / será un idioma puesto sobre justa balanza", expresa Marechal en el primer poema de Laberinto de amor (1936) Ese idioma, deliberadamente sobrio, parece indicar un nuevo período que se continúa en Poemas Austra-les (1937), en los Sonetos a Sophia (1940), en El Centauro (1940), y en El Viaje de la Primavera (1945). En medio del orden, del peso, la medida la balanza del justo, surge entonces una nueva serie de canciones de amor que indican una nueva dirección -afectiva y expresiva- del poeta. Son las Canciones elbitences, dedicadas a Elbia (o Elbiamor como quiere el poeta), canciones que se incluyen en la Antología Poética, publicada en 1950. En Heptamerón (1966) reaparece el tema de Elbiamor:

 

Elbiamor, tu memoria se parece
a un dichoso año que resucita
Elbiamor, cuando piensas, tu Razón
Elbiamor, cuando sueñas,
la construcción del mundo
es una risa de albañiles.

 

En Heptamerón, Marechal reúne algunos trabajos publicados ante-riormente: La poética (1959); La Patria (1960) y La alegropeya (1962). Ese mismo año se publican Poemas de Marechal y El poema de Robot. Es el tiempo también en que su obra narrativa sale del olvido, en que se redescubre Adán Buenosayres suscitando el interés de los jóvenes por Marechal novelista. En 1965, Leopoldo Marechal publica su segunda novela: El banquete de Severo Arcángelo. Mientras Adán Buenosayres (1948) significa la mayor experiencia formal realizada en la novela argentina hasta entonces, El banquete de Severo Arcángelo se expresa en un idioma sereno, sin sobresaltos, con cierta sobriedad clásica que no excluye el humor o la ironía. Adán Buenosayres significaría, en lo narrativo, lo que Días como flechas significó en lo poético, en tanto El banquete de Severo Arcángelo sería la transcripción, en prosa, del segundo período poético de Marechal. Esta relación no es antojadiza sino que surge del equilibrio y correspondencia entre las partes de una Poética totalizadora, donde confluyen alternativamente, la pasión y el orden. Esto es válido tanto  para la comprensión de su poesía, como para su narrativa, sus ensayos y su teatro. La premisa romántica de reelaborar mitos a través de personajes y episodios nacionales y cierta voluntad clásica coinciden en el teatro de Leopoldo Marechal. Otra característica es el sentido épico-trágico que aparece como consecuencia de esa actitud, el carácter mítico del héroe que cumple su destino, impulsado no tanto por las circunstancias sino por la fuerza oscura e irreversible de su sino. Esto se evidencia en Antígona Vélez, obra estrenada en 1951. Un oratorio: El canto de San Martín (1950) y Las tres caras de Venus, publicada en 1966, completan la labor de este autor que tiene inéditas once obras de teatro. Pero "lo teatral" más allá de su técnica y expresión específica, puede encontrarse también como un elemento complementario de los recursos narrativos de Marechal. Son "teatrales" los nombres y apariciones simbólicas y fugaces como ciertas actitudes de numerosos personajes de Adán Buenosayres, como es "teatral" el planteo y presentación de El banquete de Severo Arcángelo, en la acepción de "teatro del mundo", representación de lo real y lo ilusorio. La relación novela-teatro debe unirse a la relación novela-ensayo, ya que en la obra de Marechal el planteo cuenta tanto como el medio expresivo.

Sus dos novelas, al fin, ejemplifican muchas de las ideas del en-sayista, a la vez que éste se vale de imágenes propias de la na-rrativa o la poesía para expresar su pensamiento. En Cuadernos de navegación (1966), Marechal vuelve sobre sus temas, reitera anti-guas obsesiones. Su sentido religioso, esa "problemática viva" que se instala como centro de su pensamiento a partir de Descenso y ascenso del alma por la belleza (1939), se une a la  contemplación estética, propia de su poesía a la revelación de ciertas claves de su novelística, a sus juicios sobre el arte ("Las cuatro estaciones del arte", "La autopsia de Creso"). De alguna manera esta “navegación” recoge las experiencias del poeta, del narrador, del ensayista, del actor y contemplador de su propia obra, y es un viaje paralelo a la travesía vital de su autor, un examen y ordenamiento de lo pensado y lo vivido.

 




jueves, 3 de abril de 2014

Carlos Fuentealba - 4 de abril, 2007



4 de abril, 2007


arroyo, arroyito de mi alma
que le han dado la muerte
al maestro fuentealba

sombras en el valle del viento, luz
y miedo, sombras voraces
con nombres conocidos en diarios aparecen
más sangre
en el valle del viento


arroyo, arroyito de mi alma
el viento lleva la muerte
al maestro fuentealba

alzan de dolor los brazos y las voces
            locos entre lágrimas
locos los gritos en la huida

            ¿qué cosecha el poder de los pocos
            salvo odios, y la sonrisa
            de los muchos entre hogueras?

arroyo, arroyito de mi alma
qué muerte terrible
para el maestro fuentealba

hay dolores, hay cárceles de abiertas
            puertas para los esclavos del poder
hay dolores en los barrios del borde
            donde apenas calientan el aire los rescoldos

se incendia el invierno en las casas
donde esperan al maestro
            que retorne
desde ese día en el valle
            sin justicia todavía

arroyo, arroyito de mi alma
qué muerte tan sin justicia
la del maestro fuentealba

inquilinos del otoño
vientos duros en la meseta
apenas abren las ventanas, enlazan
las ropas tendidas
            casi en un aire
de ardientes caricias

arroyo, arroyito de mi alma
no dejemos en la muerte
al maestro fuentealba



gerardo burton
neuquén, abril de 2014


martes, 1 de abril de 2014

SONETOS DEL AMOR OSCURO Federico García Lorca

Es una colección de once textos rescatados de los papeles del poeta más de cincuenta años después de su fusilamiento por parte de las tropas de Francisco Franco.







AY VOZ SECRETA DEL AMOR OSCURO

¡Ay voz secreta del amor oscuro!
¡ay balido sin lanas! ¡ay herida!
¡ay aguja de hiel, camelia hundida!
¡ay corriente sin mar, ciudad sin muro!


¡Ay noche inmensa de perfil seguro,
montaña celestial de angustia erguida!
¡Ay perro en corazón, voz perseguida,
silencio sin confín, lirio maduro!

Huye de mí, caliente voz de hielo,
no me quieras perder en la maleza
donde sin fruto gimen carne y cielo.

¡Dejo el duro marfil de mi cabeza,
apiádate de mí, rompe mi duelo!
¡que soy amor, que soy naturaleza! 



EL POETA DICE LA VERDAD 

Quiero llorar mi pena y te lo digo
para que tú me quieras y me llores
en un anochecer de ruiseñores,
con un puñal, con besos y contigo.

Quiero matar al único testigo
para el asesinato de mis flores
y convertir mi llanto y mis sudores
en eterno montón de duro trigo.

Que no se acabe nunca la madeja
del te quiero me quieres, siempre ardida
con decrépito sol y luna vieja.

Que lo que no me des y no te pida
será para la muerte, que no deja
ni sombra por la carne estremecida. 



SONETO GONGORINO EN QUE EL POETA MANDA  A SU AMOR UNA PALOMA

Este pichón del Turia que te mando, 
de dulces ojos y de blanca pluma, 
sobre laurel de Grecia vierte y suma 
llama lenta de amor do estoy parando.

Su cándida virtud, su cuello blando, 
en limo doble de caliente espuma, 
con un temblor de escarcha, perla y bruma
la ausencia de tu boca está marcando.

Pasa la mano sobre su blancura 
y verás qué nevada melodía 
esparce en copos sobre tu hermosura. 

Así mi corazón de noche y día, 
preso en la cárcel del amor oscura, 
llora sin verte su melancolía. 





LLAGAS DE AMOR

Esta luz, este fuego que devora. 
Este paisaje gris que me rodea.
Este dolor por una sola idea. 
Esta angustia de cielo, mundo y hora.

Este llanto de sangre que decora 
lira sin pulso ya, lúbrica tea.
Este peso del mar que me golpea.
Este alacrán que por mi pecho mora.

Son guirnalda de amor, cama de herido, 
donde sin sueño, sueño tu presencia
entre las ruinas de mi pecho hundido.

Y aunque busco la cumbre de prudencia 
me da tu corazón valle tendido
con cicuta y pasión de amarga ciencia. 



SONETO DE LA GUIRNALDA DE LAS ROSAS

¡Esa guirnalda! ¡Pronto! ¡Que me muero! 
¡Teje deprisa! ¡Cantal ¡Gime! ¡Canta!
Que la sombra me enturbia la garganta 
y otra vez viene y mil la luz de enero.

Entre lo que me quieres y te quiero, 
aire de estrellas y temblor de planta 
espesura de anémonas levanta 
con oscuro gemir un año entero. 

Goza el fresco paisaje de mi herida, 
quiebra juncos y arroyos delicados, 
bebe en muslo de miel sangre vertida. 

Pronto ¡prontol! Que unidos, enlazados,
boca rota de amor y alma mordida, 
el tiempo nos encuentre destrozados. 



EL POETA PIDE A SU AMOR QUE LE ESCRIBA 

Amor de mis entrañas, viva muerte, 
en vano espero tu palabra escrita
y pienso, con la flor que se marchita, 
que si vivo sin mí quiero perderte. 

El aire es inmortal, la piedra inerte 
ni conoce la sombra ni la evita. 
Corazón interior no necesita 
la miel helada que la luna vierte. 

Pero yo te sufrí, rasgué mis venas, 
tigre y paloma, sobre tu cintura 
en duelo de mordiscos y azucenas. 

Llena, pues, de palabras mi locura 
o déjame vivir en mi serena noche 
del alma para siempre oscura. 




SONETO DE LA DULCE QUEJA 

Tengo miedo a perder la maravilla
de tus ojos de estatua y el acento 
que me pone de noche en la mejilla 
la solitaria rosa de tu aliento.

Tengo pena de ser en esta orilla 
tronco sin ramas, y lo que más siento 
es no tener la flor, pulpa o arcilla, 
para el gusano de mi sufrimiento.

Si tú eres el tesoro oculto mío,
si eres mi cruz y mi dolor mojado, 
si soy el perro de tu señorío.

No me dejes perder lo que he ganado
y decora las aguas de tu río
con hojas de mi Otoño enajenado. 



NOCHE DEL AMOR INSOMNE

Noche arriba los dos con luna llena,
yo me puse a llorar y tú reías.
Tu desdén era un dios, las quejas mías
momentos y palomas en cadena

Noche abajo los dos. Cristal de pena,
llorabas tú por hondas lejanías.
Mi dolor era un grupo de agonías
sobre tu débil corazón de arena.

La aurora nos unió sobre la cama,
las bocas puestas sobre el chorro helado 
de una sangre sin fin que se derrama. 

Y el sol entró por el balcón cerrado 
y el coral de la vida abrió su rama 
sobre mi corazón amortajado. 




EL POETA PREGUNTA A SU AMOR POR LA CIUDAD ENCANTADA DE CUENCA

¿Te gustó la ciudad que gota a gota 
labró el agua en el centro de los pinos? 
¿Viste sueños y rostros y caminos 
y muros de dolor que el aire azota?

¿Viste la grieta azul de luna rota
que el Júcar moja de cristal y trinos? 
¿Han besado tus dedos los espinos 
que coronan de amor piedra remota?

Te acordaste de mí cuando subías 
al silencio que sufre la serpiente, 
prisionera de grillos y de umbrías?

¿No viste por el aire transparente 
una dalia de penas y alegrías 
que te mandó mi corazón caliente?





EL AMOR DUERME EN EL PECHO DEL POETA

Tú nunca entenderás lo que te quiero 
porque duermes en mí y estás dormido. 
Yo te oculto llorando, perseguido
por una voz de penetrante acero.

Norma que agita igual carne y lucero 
traspasa ya mi pecho dolorido
y las turbias palabras han mordido 
las alas de tu espíritu severo.

Grupo de gente salta en los jardines
esperando tu cuerpo y mi agonía
en caballos de luz y verdes crines. 

Pero sigue durmiendo, vida mía.
Oye mi sangre rota en los violines.
¡Mira que nos acechan todavía!



EL POETA HABLA POR TELÉFONO CON EL AMOR

Tu voz regó la duna de mi pecho
en la dulce cabina de madera.
Por el sur de mis pies fue primavera
y al norte de mi frente flor de helecho.

Pino de luz por el espacio estrecho
cantó sin alborada y sementera
y mi llanto prendió por vez primera
coronas de esperanza por el techo.

Dulce y lejana voz por mí vertida.
Dulce y lejana voz por mí gustada.

Lejana y dulce voz amortecida.

Lejana como oscura corza herida.
Dulce como un sollozo en la nevada.
¡Lejana y dulce en tuétano metida!



Federico García Lorca (Fuentevaqueros, Granada, 1898-Granada 1936). Uno de los poetas más claros de la lengua castellana, y uno de los más altos en el universo. Fue un poeta de tiempo completo: su concepción de duende explica cómo la poesía lo atravesaba y atravesaba su existencia. Estos “sonetos de amor oscuro” fueron escritos en 1935 mientras García Lorca mantenía una tormentosa relación amorosa con Rafael Rodriguez Rapún. El manuscrito fue ocultado a tal punto que nunca apareció en las ediciones de la obra completa publicadas por Aguilar y realizadas por Jorge Guillén y Pedro Salinas. Su familia tampoco estuvo interesada en su difusión debido al carácter explícito del amor homosexual. Se publicaron recién en la primera década del siglo XXI.

domingo, 2 de febrero de 2014

jueves, 2 de enero de 2014

domingo, 29 de diciembre de 2013

Itálicas, por Giuseppe Ungaretti

“Las páginas aquí reunidas, en sus seis primeras partes, fueron escritas entre 1931 y 1934. Aparecieron entonces en la Gazzeta del Popolo, de Turín. La fecha de cada capítulo corresponde a la de la publicación en ese diario, pero se trata de páginas elaboradas sobre apuntes hechos durante esos viajes, de uno y, a veces, de dos meses antes…”, escribió Ungaretti en el prefacio de Il deserto e dopo, (1931-1946, Milano, Mondadori, 1961). Se trata de un excepcional diario de viaje y, al mismo tiempo, de un libro con páginas de excelente poesía diseminada en relatos, ensayos y estudios sobre el espíritu religioso y filosófico de varios pueblos. Pero tal vez los textos más intensos y entrañados sean los dedicados a su Alejandría natal, esa Alejandría espléndida y andrajosa, turbulenta y fatalista.(Traducción de Guillermo Fernández. Publicado en la revista Tierra Adentro, México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, número 61, octubre de 1992)



Perfume de algas

Ahora sueño al percibir otra vez el perfume de las algas de este mar. Un perfume único en el mundo. Su frescura punzante aquí es enorme, como la náusea que la acompaña.



Alejandro Magno

“¿Por qué esos hombres escarban como hormigas bajo esa mezquita, en tumbas de santones y bajás en todas esas galerías?”
“Buscan la sema donde Alejandro Magno recibió su sepultura y honores como un dios”.
Quizá no regrese a la luz, en su féretro de cristal, el cuerpo embalsamado del venturoso monarca; pero esta ciudad que él erigió sobre la arena fue, durante nueve siglos, la caldera en que se consumieron y fundieron los sueños de Oriente y Occidente. El hecho de sacarla a la luz es algo que merece toda la veneración en siglos venideros.
Alejandro, lleno de ceñuda gracia sobre el ímpetu del caballo, como puede verse en antiguas figuras, de los veinte a los treinta y tres años de su rápida existencia, realizó prodigios, y siempre lo he admirado como el modelo de la juventud.
Nació cuando comenzaba a propagarse la idea de que ser griego no dependía de la sangre sino de la educación; cuando corría la voz de que digno de llamarse griego era quien, en virtud de sentirse tal, demostraba ser hombre verdadero al colocar su dignidad en la plenitud humana. Nació cuando surgía el helenismo, esa corriente de ideas que impelía al griego a sentir su misión no como algo municipal sino universal. El discípulo de Aristóteles también era fruto de una tierra a la antigua.
A Filipo, su padre –del cual fue heredero a los veinte años de edad-, debió el ordenamiento rural de la Macedonia, de la que fue rey, y la lúcida energía que impuso al comando en la guerra de los demás estados griegos, presa ya de las discordias civiles. Olimpia, su madre, era de sangre furibunda: portaba como collar una serpiente viva. Era natural que Alejandro no pudiese concebir la idea del helenismo, que también la animaba, sino mediante una fantasía homérica.
Basta echar una ojeada a un mapa para medir la vastedad de su aventura, la primera grande de Occidente. Empleando los nombres actuales, ésta incluía Egipto y Cirenaica; en Asia Menor, Siria, Palestina, Armenia, Kurdistán, Mesopotamia, Persia, Bujara, Afganistán y Beluchistán. Cruzó el Indo.
El imperio se desmembra al morir Alejandro; pero no cesa, en vastas zonas, el dominio helénico; y no cesa lo que habría de tener consecuencias memorables incluso en la India: la prosecución espiritual de la aventura. Se establece una prolongada convivencia de la civilización europea con varios mundos orientales, una lenta corrupción de pensamientos y de formas que renovaría el mundo.
Se ha dicho que Alejandría fue la caldera donde el complejo tormento antiguo alcanzó la solución. Y por muchas razones. En principio, me parece, porque Alejandría se convirtió en el puerto del mundo; por surgir más acá del umbral de Egipto, en cierto sentido, Alejandría no formaba parte de Egipto. Ciudad extranjera, distante del Nilo, Egipto es un oasis cerrado. La suya fue una civilización singular, que recibió de la naturaleza y pidió al arte todas las precauciones para permanecer impenetrable en torno de su río.

En defensa del espíritu griego

Bajo el dominio de Ptolomeo Sotero, el primero de los Lagidas, muerto Alejandro, el espíritu griego se instaló en Alejandría con todas sus armas. Un espíritu ya declinante, pero armado con todos los recursos a los cuales recurre el espíritu cuando el instinto va apagándose. Puede decirse aún más: que por primera vez en Alejandría se organiza un espíritu para no dejarse abatir por la pobreza de la sangre. Aquí se osó desafiar incluso el sentimiento religioso; aquí comenzó la práctica de la anatomía y las ciencias tuvieron su primer desarrollo positivo. Alejandría vio nacer el espíritu crítico. Fue la ciudad de los proto-profesores. Los astrónomos, los poetas, los gramáticos, los filósofos y los historiadores que en el Museo –“la jaula de las Musas”, como lo llamaban entonces con sarcasmo- hacían vida en común a expensas del monarca y constituyen la primera universidad profana de que se tenga memoria. Realizaron la primera edición rudita de las obras de Homero; recogieron sistemáticamente los textos de la literatura griega; compilaron en 120 libros el catálogo general de la biblioteca, dirigida por el poeta Calimaco, clasificando las 700 mil obras que contenía, por orden de género y, los muy modestos, por origen de mérito. El espíritu griego organizó bien su defensa.
Sin embargo, apenas treinta años después de la muerte de Alejandro, Teócrito, poeta de moda en la corte de Filadelfo, reduce el soplo dórico de su Siracusa en figuras frívolas y mordaces. Y la Sicilia de los bueyes del sol, de la feliz visión homérica, de la verdad natural después de los engaños de la naturaleza, es para Teócrito una cosa nostálgica, una Sicilia bucólica. El arte, en medio de tanta sintaxis y métrica, ¿es ya puro juego?
Euclides demuestra, en la escuela que formó al ser llamado por Sotero, que de la forma de las cosas ya sólo es posible recabar argumentos para fijar la ley de las relaciones. ¿Problemas y juegos de lógica? ¿La filosofía es solamente elocuencia de geómetras?

Júpiter burlón

Este espíritu precioso, elegante y cincelador, que se irrita de su ligereza y pedantería, de la brevedad de los mundos que, por su impaciencia, cambian cada cinco minutos y es árbitro del gusto en el mundo; por el corte de los vestidos, por ungüentos y juguetes; por la gulosidad y las agudezas del placer amoroso, las indagaciones intelectuales, las formas e la fantasía y las novedades; este espíritu tan apegado a la vida –y en todo Egipto surgen gimnasios y estadios para los griegos; hasta las mujeres tienen un cuerpo efébico, como podemos verlo en las figuritas de terracota del Museo Greco-Romano de este municipio-. Este espíritu no se halla lejos de entonar las alabanzas de la muerte.
El clero egipcio puede subordinarse a los Lagidas; los Lagidas se hacen consagrar como faraones y casarse, de acuerdo con la costumbre egipcia, con cercanos consanguíneos, para mantener la pureza de la casta. El pueblo egipcio se mantiene encerrado en sí mismo y se subleva cuando puede.
Los Lagidas pueden ir aún más lejos: inventan un dios para Egipto y lo instalan como jefe del panteón egipcio. Y el dios Serapis querrá parecerse al Osor-Apis, a la idea pura, colectiva, de los toros sagrados, de los Apis muertos en el reino de Osiris, el cual es la eternidad de la muerte. Oh, Serapis. En los museos lo vemos con una barba florecida, con labios carnosos que tanto saben y una frente que parece sabia y oculta en el infierno; es un Júpiter burlón, un hombre sensual, un loco de su tiempo. El nuevo ídolo representa a Dionisos, a la existencia apresurada, a Zeus omnipotente, pero también al Hades y a una especie de esculapio curador, fusión de vida y muerte con lo eterno, piadoso ante la enfermedad. Comienza a manifestarse la conversión de los griegos. Ya medita acerca de la muerte; la vida y la enfermedad se unen en su inquietud. Comienza a cantar la debilidad y la miseria de la vida quien antes la miraba en la fuerza y en la hermosura.

Muerte y eternidad

La leyenda reza que, antes de la fundación de Alejandría, ya existían Egipto, Moisés, los etruscos, Pitágoras y Platón. Es posible. Pero en los etruscos el sentimiento de la muerte se manifiesta con horror: desde el nacimiento anhelaban, con horrenda complacencia, la llegada de los gusanos. Distinto sentimiento encontramos en el puño cerrado, en la gravedad de la desnudez y en la actitud decidida a no ceder de los faraones. Es posible que la contemplación de los templos construidos minuciosamente para no acabar, que esa perfección y esa armonía definitivas hayan sugerido a los griegos la idea del número y la mística del número: la perfección conmovedora, la estética. Pero al labrar los planos de las piedras duras de sus desiertos, en un aprendizaje milenario, de padre a hijo, dedicados por generaciones al mismo arte hasta alcanzar un estilo preciso, respetuoso en milésimas de milímetro, que jamás volverá a alcanzarse, todo este esfuerzo de los egipcios tiene la intención de asegurar la eternidad de la tumba. Y también su nominalismo –que quizá impresionó a Platón y animó la metafísica griega-, al poner tanto cuidado en la resistencia de un nombre esculpido y en su evocadora duración entre los vivos, pone de manifiesto la muerte, el umbral de lo eterno. Con su nominalismo, ellos debieron pensar que una persona o una cosa encarna, materializa una idea eterna, es nombre particular, símbolo momentáneo de una idea eterna; y al hacer imperecedero este nombre particular, una persona o una cosa resultan eternamente vivas, evocables para siempre. Le dieron un inmenso valor a la potencia de la palabra, a la magia. Ahora bien, si los griegos obtuvieron perfección y armonía del número, fue para aprehender perfección y armonía en la existencia, no sin amargura para la juventud, momento que no dura. Tuvieron el sentimiento trágico de la vida, pero en el cuerpo vivo pusieron todo cuidado, todo temor de desmesura estival. Si el misterio es rozado en Platón y, por lo poco que sabemos, en Pitágoras, lo es para hacer más sereno y menos ilusorio nuestro paso en esta tierra, o para que las sensaciones resulten más intensas y resonantes en la contemplación.

El último paso hacia el cristianismo

En  fin, es posible que Moisés haya tenido en Egipto la intuición de una teología y de una moral. Ante la justicia, en el reino de la muerte; ante Osiris, Señor de la Muerte, el egipcio declara haberse abstenido siempre de cometer culpas semejantes a las que aparecen en el Decálogo. Por ende, la idea de codificar esas leyes de la conciencia es también una idea egipcia. Y Jehová se parece un poco a Osiris. Y es posible que la idea del Pueblo Elegido sea también una intuición tenida en Egipto. Pero el dios hebreo no es imaginable. Con su soplo tremendo arideció al hombre, por una culpa original que debe ser expiada. La expiación será la larga ausencia del Eterno, el Eterno inimaginable. Y cuando sea expiada, el Pueblo Elegido recuperará la felicidad y el Paraíso volverá a ser terrestre. El hebreo anhela la felicidad terrenal; el egipcio anhela la eternidad por medio de la tumba, y conoce sus figuras.
Los hebreos eran numerosos en Alejandría y ocupaba un vasto sector. Muchos de ellos ignoraban la lengua materna y sólo hablaban el griego. Setenta de ellos tradujeron la Biblia. Muchos de ellos eran doctores. Neoplatónicos muy sutiles. De las ocultas doctrinas del Nilo y el racional espíritu griego surgieron las sectas hebraicas que fueron el último paso hacia el cristianismo. Está por anunciarse el trascendente te ipsum. El hombre está a punto de superarse a sí mismo.
Como prefigurando el cristianismo, existía la figura de Osiris, que vivió y murió como mártir por causa de un hermano, que resucitó gracias a la piedad de la naturaleza misteriosa, la hermana y mujer Isis, innumerablemente velada. Pero resucitó en la Eternidad como Rey de la Muerte, de la vida verdadera, la eterna. Y de Isis tuvo un hijo, Horus, sol y halcón, el espíritu eterno.