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lunes, 8 de julio de 2024

(DI)VERSIONES/Poemas del inglés en castellano, por gerardo burton

Esta entrada del blog reúne un grupo de poemas de poetas de habla inglesa, seleccionados al azar y por mera intención lúdica. Fueron publicados en una plaqueta de la cebolla de vidrio ediciones en junio de 2024. El listado es el siguiente, e incluye los libros o publicaciones de donde fueron tomados los textos. A continuación de la versión castellana, se transcribe el original en inglés.

* WALT WHITMAN: West Hills, Nueva York, EE.UU., 1819-Nueva Jersey, EE.UU., 1892 (HOJAS DE HIERBA * LEAVES OF GRASS, 1855)

* JOHN LENNON: Liverpool, Inglaterra, 1940-Nueva York, Estados Unidos, 1980 (RUBBER SOUL, 1965; THE BEATLES, 1968)

* SYLVIA PLATH: Boston, EE.UU., 1932-Londres, Inglaterra, 1963 (SELECTED POEMS, selección de Ted Hughes, 1981)

* PHILIP LARKIN: Coventry, 1922-Yorkshire, Inglaterra, 1985 (THE WHITSUN WEDDINGS, 1964)

* DENISE LEVERTOV: Ilford, Essex, Inglaterra, 1923-Seattle, EEUU., 1997 (SELECTED POEMS, 1994)

* EMILY DICKINSON: Amherst, Massachusetts, EE.UU., 1830-1886 (COLLECTED POEMS, THREE SERIES, 1890, 1891, 1896. Poemas tomados de las secciones Life y de Love)

* WILLIAM WORDSWORTH; Cockermouth, Inglaterra, 1770-Rydal Mount and Gardens, Inglaterra, 1850. (LYRICAL BALLADS, POEMS OF LUCY, 1798-1800)

* TED HUGHES; Yorkshire, 1930-Londres, Inglaterra, 1998. (BIRTHDAY LETTERS/CARTAS DE CUMPLEAÑOS, 1998)

* DYLAN THOMAS: Swansea, Gales, 1914-Nueva York, EE.UU., 1953, (MUERTE Y ENTRADAS, 1946/EL MAPA DEL AMOR, 1939)


jueves, 28 de enero de 2016

Aullido, por Allen Ginsberg, última parte

Un asfódelo



Oh, estimado, dulce y rosado
deseo inasequible
...  ¡qué triste, no hay manera
de cambiar el loco
y cultivado asfódelo, la
realidad visible ...


y los pétalos aterradores
de la piel – cómo me inspiré
para estar tan yaciente en la sala
borracho y desnudo
y soñando, en la ausencia
de electricidad...
dale que dale comiendo la raíz inferior
del asfódelo,
el destino gris...

buscando procrear
sobre el sofá floreado
como sobre un banco en Arden‑
esta noche mi única rosa es el placer
de mi propia desnudez.



La Canción

El peso del mundo
es amor.
Debajo la carga
de soledad,
debajo la carga
de descontento

el peso,
el peso nosotros llevamos
es amor.

¿Quién puede negarlo?
En sueños
toca
el cuerpo,
en el pensamiento
construye
un milagro,
en la imaginación
agoniza
hasta nacer
en el humano ‑

cuidado con el corazón
que arde de pureza ‑
pues el lastre de la vida
es amor,

pero nosotros llevamos el  peso
con fatiga,
y por lo tanto debemos descansar
en los brazos del amor
al final,
debemos descansar en los brazos
del amor.

No hay descanso
sin amor,
no se puede dormir
sin sueños
de amor ‑
estar loco o estremecido
y obsesionado con los ángeles
o las máquinas,
el deseo final
es amor
‑ no puede ser más amargo,
no se lo puede negar,
ni se lo puede detener
si se niega:

el peso es demasiado pesado

‑ debemos dar
sin esperar nada a cambio
como el pensamiento
se da
en soledad
en toda la excelencia
de su exceso.

Los cuerpos cálidos
brillan juntos
en la oscuridad,
la mano se mueve
hacia el centro
de la carne,
la piel tiembla
de felicidad
y el alma viene
alegre al ojo ‑

sí, sí,
esto es lo que
yo quise,
siempre,
Yo siempre quise,
volver
al cuerpo
donde yo nací.



El huérfano silvestre


Suavemente, la madre
lo lleva vagando
por el ferrocarril y por el río
‑es el hijo de lo escondido
el ángel del hot rod‑
y él imagina automóviles
y los pasea en sus sueños,

tan solitario creciendo arriba entre
los automóviles imaginarios
y muertas almas de Tarrytown

para crear
fuera de su imaginación propia
la belleza de sus salvajes
antepasados ‑ una mitología
que él no puede heredar.

¿Alucinará él luego
 sus dioses? ¿Despertará
entre misterios con
un destello loco
de reminiscencias?

El reconocimiento ‑
algo tan raro
en su alma,
se encuentra sólo en sueños
‑ nostalgias
de otra vida.

Una pregunta desde el alma.
y los ofendidos
pierden todo agravio
en su inocencia
‑ un gallo, una cruz,
una excelencia de amor.

Y el padre se aflige
en una posada de mala muerte
-complejidades de la memoria-
a unas mil de millas
lejos, ignorando
que el inesperado
forastero juvenil
vagabundea hacia su puerta.
En el dorso de lo real

en el patio del ferrocarril en San José
yo vagué desolado
frente a una fábrica de tanques
y me senté en un banco
cerca de la cabaña del guardabarrera.

una flor yace en el heno sobre
la carretera de asfalto
‑ el terror de la flor de heno
yo pensé ‑ tuvo un
quebradizo tallo negro y
la corola de la amarillenta y sucia
espiga como la corona de espinas
de Jesús y un sucio
penacho de algodón seco en el centro
como una brocha de afeitar usada
que queda olvidada bajo
el garaje por un año.

¡Flor amarilla, amarilla, y
flor de la industria,
rústica flor espigada y horrible,
florece sin embargo,
con la forma de la rosa grande y amarilla
en tu mente!
Ésta es la flor del Mundo.

Aullido, por Allen Ginsberg, parte cinco

En el depósito de equipaje de Greyhound


I.
En las profundidades de la terminal Greyhound
sentado en silencio sobre un furgón de equipaje mirando al cielo esperando la partida del expreso a Los Ángeles
preocupado por la eternidad sobre el techo de la Oficina de Correos en el cielo rojo de la noche en el centro,
mirando a través de mis anteojos me di cuenta en un temblor que esos pensamientos no son eternos, ni la pobreza de nuestras vidas, irritable equipaje de empleados de tienda,
ni los millones de parientes sollozando alrededor de los omnibuses agitando adioses,
ni los restantes millones de pobres que se precipitan de ciudad en ciudad para ver a sus seres queridos,
ni un indio muerto de miedo hablando a un enorme cana al lado de la máquina de coca cola,
ni esta vieja dama temblorosa como una caña que toma el último viaje de su vida,
ni el portero cínico vestido de rojo recolectando sus moneditas y sonriendo sobre el equipaje destrozado,
ni yo mirando alrededor al horrible sueño
ni el negro bigotudo Empleado Operativo llamado Spade, negociando con su mano larga y maravillosa el destino de miles de encomiendas,

ni Sam el hada en el sótano rengueando cada tranco como plomo
ni Joe en el mostrador con su depresión nerviosa sonriendo cobardemente a los clientes,
ni el desván interior verde gris como estómago de ballena donde guardamos el equipaje en estantes horrendos,
cientos de valijas llenas de tragedia que se mueven atrás y adelante esperando ser abiertas,
ni el equipaje perdido, ni las manijas dañadas, los rótulos borrados, los alambres reventados & las sogas rotas, los baúles enteros explotando en el piso de cemento
ni los bolsos vacíos en la noches en el almacén de destino.


II.
Encima Spade me recordó a Ángel, descargando un autobús,
vestido con el mameluco azul la cara negra y la gorra de oficial trabajador de Ángel
empujando con su barriga un caballo enorme de estaño con el equipaje negro apilado encima,
mirando mientras pasaba la lamparita de luz amarilla del desván
y sosteniendo alto en su brazo un cayado de pastor de hierro.

III.

Eran los estantes, me di cuenta, sentado en el más alto de ellos ahora como es mi costumbre en el almuerzo para reposar mi pie cansado,
eran los guarda-equipajes, grandes estantes de madera y postes de puntales y vigas ensambladas del piso al techo confundidos con el equipaje
- el blanco baúl metálico japonés de posguerra floreado ostentosamente apuntado hacia Fort Bragg
un paquete mexicano de papel verde con soga morada adornado con nombres para Nogales,
centenares de radiadores de un golpe para Eureka,
cajas de calzoncillos hawaianos,
rollos de carteles esparcidos sobre la Península, nueces para Sacramento,
un ojo humano para Napa,
una caja de aluminio de sangre humana para Stockton
y un pequeño paquete rojo de dientes para Calistoga ‑
eran los estantes y esto sobre los estantes es lo que yo vi desnudo a la luz eléctrica la noche antes de abandonar,
los estantes se crearon para colgar nuestras pertenencias, para  mantenernos juntos, un cambio temporal en el espacio,
la única manera que tuvo Dios para construir la desvencijada estructura del Tiempo,
sostener las valijas a enviar sobre las carreteras, cargar nuestro equipaje de lugar en lugar
buscando un autobús para llevarnos a casa desde la Eternidad donde el corazón fue olvidado y comienzan las lágrimas de despedida.

IV.

Un enjambre de equipaje se acomoda junto al mostrador mientras arranca el ómnibus transcontinental.
El reloj da las 12.15 AM, 9 de mayo, 1956, la segunda mano avanzando, rojo.
Me preparo para cargar mi último autobús. ‑ Despedida, Riachuelo Walnut Richmond Vallejo Portland autopista del Pacífico
Ligero como Mercurio, Dios de lo transitorio.
Un último paquete queda acomodado solo en la medianoche adherido arriba en el estante del Costero alto como la fluorescente luz polvorienta.

El jornal que nos pagan es demasiado bajo para vivir. La tragedia se redujo a números.
Esto para los pastores pobres. Yo soy un comunista.

Chau, me despido de vos, sí, del Greyhound donde tanto sufrí,
me lastimé la rodilla y raspé mi mano y tallé mis pectorales grandes como una vagina.

Aullido, por Allen Ginsberg, parte 4

América
 Ginsberg lee su poema en una universidad


América, yo te di todo y ahora no soy nada.
América dos dólares y veintisiete centavos enero 17 de 1956.
No puedo soportarme a mí mismo.
América, ¿cuándo terminaremos la guerra humana?
Andá a hacerte coger con tu bomba atómica.
No me siento bien no me molestes.
No escribiré el poema hasta que esté justo en mi mente.
América, ¿cuándo tendrás ángel?
¿Cuándo te sacarás tus ropas?
¿Cuándo te mirarás a ti misma a través de la tumba?
¿Cuándo serás merecedora de tu millón de trotskistas?
América ¿por qué tus  bibliotecas están llenas de lágrimas?
América ¿cuándo mandarás tus huevos a la India?
Estoy enfermo de tus demandas insanas.

¿Cuándo puedo ir al supermercado y comprar lo que necesito con mis buenas miradas?
América después de todo tú y yo somos perfectos y no el mundo futuro
Tu maquinaria es demasiado para mí.
Tú hiciste que quisiera ser un santo.
Debe haber alguna otra manera para sostener este argumento.
Burroughs está en Tánger no creo que él vuelva es siniestro
¿Estás siendo siniestro o es alguna forma de broma pesada?
Yo trato de venir a secas
Y rehúso abandonar mi obsesión.
América deja de empujarme sé lo que estoy haciendo.
América los brotes de ciruelos caen.
Leí los periódicos durante meses, cada día alguien es juzgado por asesinato.
América me siento sentimental por los que vacilan.
América yo solía ser comunista cuando joven no me arrepiento.
Fumé marihuana cada vez que conseguí.
Me siento en mi casa al final de cada día y miro las rosas en el ropero.
Cuando voy a Chinatown me emborracho y nunca me acuesto.
Mi mente está preparada para ir donde hay problemas
Me deberías haber visto leyendo a Marx.
Mi psicoanalista piensa que estoy perfectamente bien.
No puedo decir la Plegaria del Señor.
Tengo visiones místicas y vibraciones cósmicas.
América todavía no te conté qué le hiciste al tío Max después que vino desde Rusia.

Yo te llamo.
¿Te vas para dejar que tu vida emocional transcurra por la revista Time?
Me obsesiona la revista Time.
La leo cada semana.
Su portada me mira cada vez que me deslizo por el kiosco de la esquina.
Lo leo en el sótano de la Biblioteca Pública de Berkeley.
Siempre me hablan sobre la responsabilidad. Los empresarios son serios. Los productores de cinematógrafo son serios. Todos son serios excepto yo.
Se me ocurre que soy América.
Me hablo a mí mismo de nuevo.

Asia se está levantando contra mí.
No tengo la oportunidad de un chino.
Mejor que considere mis recursos nacionales
Mis recursos nacionales consisten en dos porros millones de genitales y literatura privada impublicable que va a 1.400 millas por hora y veinticinco mil instituciones mentales.
No digo nada sobre mis prisiones ni sobre los millones de menesterosos que viven en mis macetas bajo la luz de quinientos soles.
Abolí los prostíbulos de Francia, Tánger es el próximo.
Mi ambición es ser presidente a pesar del hecho de que soy católico.

América, ¿cómo puedo escribir una letanía santa en tu tonto estilo?
Continuaré como Henry Ford mis estrofas son tan individuales como sus automóviles sólo que ellas son de todos los sexos diferentes.
América yo te venderé estrofas a 2.500 dólares cada una 500 $ por tu vieja estrofa.
América libera a Toma Mooney
América salva a los leales de España
América Sacco & Vanzetti no deben morir
América yo soy los chicos de Scottsboro
América cuando yo tenía ocho años mami me llevó a los encuentros de la célula comunista  ellos nos vendían garbanzos un puñado por boleto el boleto cuesta un níquel y los discursos eran gratis cada uno estaba seráfico y sentimental en relación con los trabajadores era todo tan sincero que tú no tienes idea qué bueno era el partido en 1835 Scott Nearing era un viejo grandioso un verdadero menchevique  Mamá Bloor me hizo llorar  una vez vi a Israel Amter humilde. Todos deben haber sido espías.
América tú no quieres realmente ir a la guerra.
América son ellos los rusos malos
Ellos los rusos ellos los rusos y ellos los chinos. Y ellos los rusos.
Rusia quiere comernos vivos. Rusia es un poder loco. Ella quiere robar nuestros autos de nuestros propios garajes.
Quiere adueñarse de Chicago. Necesita un Reader's Digest rojo. Quiere nuestras plantas de automóviles en Siberia. Que su gran burocracia administre nuestras estaciones de servicio.

Eso no es bueno. Uf. Él hizo que los indios aprendieran a leer. Él necesita los grandes y negros negros. Ajá. Ella nos hace trabajar a todos dieciséis horas diarias. Socorro.
América esto es absolutamente grave.
América esta es la impresión que tengo al mirar la televisión.
América ¿esto es correcto?
Mejor me voy directamente al trabajo.
Es verdad no quiero unirme al ejército ni hacer girar los tornos en las fábricas de partes de precisión, soy miope y psicópata de cualquier manera.
América estoy poniendo mi agudo hombro en la rueda.


viernes, 8 de enero de 2016

Aullido, de Allen Ginsberg, tercera parte




El sutra del girasol


Yo caminé por las riberas del muelle de hojalata y bananas y me senté debajo de la enorme sombra de una locomotora del Southern Pacific para mirar la puesta del sol sobre las colinas de la  boletería y gritar.

Jack Kerouac se sentó a mi lado sobre un poste de hierro oxidado, compañero, nosotros teníamos los mismos pensamientos del alma, estábamos desabrigados y melancólicos y con la mirada triste, rodeados por las retorcidas raíces de acero de árboles de las máquinas.

El agua aceitosa sobre el río reflejaba el cielo rojo, el sol se hundía en lo alto de los últimos picos de Frisco, ningún pez en esa corriente, ningún ermitaño en esos montes, simplemente nosotros mismos, con los ojos reumáticos y colgados como los vagabundos viejos sobre las orillas del río, cansados y taimados.

Mira el girasol, dijo él, había una sombra gris muerta contra el cielo, grande como un hombre que está sentado y aburrido  en lo alto de una montaña de aserrín viejo-

-yo me precipité arriba encantado - era mi primer girasol - las memorias de Blake - mis visiones- el Harlem.

y los Infiernos de los ríos orientales, los puentes rechinando como emparedados de Joe Grasoso, carritos de bebés muertos, llantas negras sin pedal olvidadas y sin recapar, el poema de las orillas del río, preservativos y ollas, cuchillos de acero, ninguno inoxidable, sólo la bosta húmeda y los afilados elementos de afeitar que se hunden en el pasado ‑

y el girasol gris en reposo contra el ocaso desierto, crujiente y polvoriento con el tizne y smog y humo de locomotoras antiguas en su ojo ‑

la corola de la nublada espiga puesta hacia abajo y rota como una corona golpeada, las semillas caídas de su cara, una boca con un aire de sol dentro de poco desdentada, los rayos de sol borrados de su cabeza como el seco alambre de una telaraña

las hojas quedaron clavadas como brazos fuera del tallo, gestos desde la raíz del aserrín, rompió pedazos de yeso caídos de las ramitas negras, una mosca muerta en su oreja,


Tú eras esa cosa vieja y golpeada, mi girasol oh mi alma, ¡yo te amaba entonces!

La mugre no era de ningún hombre sino de la muerte y de las locomotoras humanas,

todos los que visten de polvo, el velo de la piel oscurecida de la carretera, ese smog de mejilla, ese párpado de negra miseria, esa mano tiznada o el falo o la protuberancia de algo peor-que-mugre artificial - industrial - moderna - todo eso con que la civilización está manchando tu dorada corona

y esos pensamientos turbios de muerte y los ojos polvorientos y marchitos, y los finales y las raíces mustias, en la hoguera de arena y aserrín, facturas de goma a un dólar, piel de la maquinaria, las tripas y entrañas del auto que llora y tose, las latas vacías y solitarias con sus lenguas oxidadas hacia afuera, qué más puedo mencionar, las humeantes cenizas de algún cigarro de coca, las manijas de una carretilla y los pechos lechosos de loa automóviles; culos deshilachados fuera de las silla y esfínteres de dínamos - todo esto

enredada en nuestra momificada raíz – y vos allí, delante de mí en el crepúsculo, ¡toda tu gloria en tu forma!

¡La belleza perfecta de un girasol! ¡Una existencia perfecta, excelente, amable de girasol! ¡Un dulce ojo natural hacia la nueva luna melancólica, despierta, viva y excitada aferrando en el crepúsculo la sombra del alba, dorada brisa del mes.

¿Cuántas moscas zumbaron a tu alrededor, inocentes de tu mugre, mientras tú maldecías los cielos del ferrocarril y tu alma de flor?

¿Pobre flor muerta? ¿Cuándo olvidaste que eras una flor? ¿Cuándo miraste tu piel y decidiste que eras una vieja locomotora sucia e impotente? ¿El espíritu de una locomotora? ¿El espectro y la sombra de lo que una vez fue una poderosa y loca locomotora americana?

¡Tú nunca fuiste una locomotora, Girasol, tú eras un girasol! ¡Y tú, locomotora, tú eres una locomotora, no me olvides!

Entonces yo icé el esqueleto grueso del girasol y lo clavé a mi lado como un cetro.

y entregué el sermón a mi alma, y al alma de Jack también, y a la de cualquiera que pueda escuchar.

- No estamos fuera de nuestra piel de mugre, no estamos fuera de nuestra locomotora sin imagen, temible, desértica, polvorienta, somos todos girasoles hermosos y dorados en nuestro interior, estamos benditos por nuestra propia semilla & por la consumación de los cuerpos desnudos de cabellos dorados creciendo dentro de girasoles locos y formales en el crepúsculo que espiaban la visión sentados sobre nuestros ojos bajo la sombra de la locomotora loca en las orillas del crepúsculo de Frisco en la montaña de latas en la tarde.

Berkeley 1955

Traducción por Gerardo Burton

Aullido, de Allen Ginsberg, segunda parte

Segunda parte. Versión de Gerardo Burton




II
¿Qué esfinge de cemento y aluminio abrió de golpe sus cráneos y devoró su cerebro y su imaginación?
¡Moloc! ¡Soledad! ¡Mugre! ¡Repugnancia! ¡Tachos de basura y dólares inalcanzables! ¡Chicos gritando bajo las escaleras! ¡Muchachos que sollozan en los ejércitos! ¡Ancianos gimiendo en los parques!
¡Moloc! ¡Moloc! ¡Pesadilla de Moloc! ¡Moloc el sin amor! ¡Moloc mental! ¡Moloc el duro juez de los hombres!
¡Moloc, la prisión incomprensible! ¡Moloc, penitenciaría sin alma y de huesos cruzados y congreso de las penas! ¡Moloc cuyos edificios son sentencias! ¡Moloc la vasta piedra de la guerra! ¡Moloc los aturdidos gobiernos!
¡Moloc cuya mente es pura maquinaria! ¡Moloc cuya sangre es moneda corriente! ¡Moloc cuyos dedos son diez ejércitos! ¡Moloc cuyo oído es una tumba humeante!
¡Moloc cuyos ojos son mil ventanas ciegas! ¡Moloc cuyos rascacielos están en las largas calles como Jehováes infinitos! ¡Moloc, cuyas fábricas sueñan y gruñen en la bruma! ¡Moloc, cuyas chimeneas y antenas coronan las ciudades!
¡Moloc cuyo amor es petróleo y piedra eternos! ¡Moloc cuya alma es electricidad y bancos! ¡Moloc cuya pobreza es el espectro del genio! ¡Moloc cuyo destino es una nube de hidrógeno asexuada! ¡Moloc cuyo nombre es la Mente!

¡Moloc, en quien yo me siento solo! ¡Moloc, en quien yo sueño Ángeles! ¡Loco en Moloc! ¡Chupapija en Moloc! ¡Falto de amor y sin hombre en Moloc!
¡Moloc que entró temprano en mi alma! ¡Moloc en quien soy una conciencia sin cuerpo! ¡Moloc que me espantó de mi éxtasis natural! ¡Moloc en quien me abandono! ¡Levántate en Moloc! ¡Corriente luminosa del cielo!
¡Moloc! ¡Moloc! ¡Departamentos robóticos! ¡Suburbios invisibles! ¡Tesoros esqueléticos! ¡Capitales ciegos! ¡Industrias demoníacas! ¡Naciones espectrales! ¡Manicomios invencibles! ¡Pijas de granito! ¡Bombas monstruosas!
¡Ellos se rompieron la espalda para elevar a Moloc al cielo! ¡Pavimentos, árboles, radios, toneladas llevando la ciudad al Cielo que existe y está en todos lados encima de nosotros!
¡Visiones! ¡Augurios! ¡Alucinaciones! ¡Milagros! ¡Éxtasis hundidos en el río norteamericano!
¡Sueños! ¡Adoraciones! ¡Iluminaciones! el lastre completo de la mierda sensible!
¡Rajaduras sobre el río! ¡Saltos mortales y crucifixiones hundidos en la creciente! ¡Alturas! ¡Epifanías! ¡Desesperaciones! ¡Gritos de animales y suicidios durante diez años! ¡Mentes! ¡Amores nuevos! ¡Generación loca sepultada por las rocas del Tiempo!
¡Risa real y santa en el río! ¡Todos la vieron! ¡Los ojos salvajes! ¡Los alaridos santos! ¡Ellos se despidieron! ¡Saltaron de los tejados hacia la soledad, haciendo señas, llevando flores hacia el río, en la calle!

III


¡Carl Solomon! Estoy con vos en Rockland donde vos estás más loco que yo
Estoy con vos en Rockland
donde debés sentirte muy extraño
Estoy con vos en Rockland
donde vos imitás la sombra de mi madre
Estoy con vos en Rockland
donde asesinaste a tus doce secretarias
Estoy con vos en Rockland
donde reís ante este humor invisible
Estoy con vos en Rockland
donde somos grandes escritores con la misma espantosa máquina de escribir
Estoy con vos en Rockland
donde tu situación se agravó y se difunde por la radio
Estoy con vos en Rockland
donde las facultades del cráneo no admiten ya los gusanos de los sentidos
Estoy con vos en Rockland
donde tomás el té de los pechos de las solteronas de Útica
Estoy con vos en Rockland
donde hacés juegos de palabras sobre los cuerpos de tus enfermeras las arpías del Bronx
Estoy con vos en Rockland
donde gritás en un chaleco de fuerza que estás perdiendo el real pingpong del abismo
Estoy con vos en Rockland
donde disparás sobre el piano catatónico el alma es inocente e inmortal nunca morirá impiadosamente en un manicomio armado
Estoy con vos en Rockland
donde cincuenta electroshocks más no devolverán a su cuerpo tu alma de su peregrinaje hacia una cruz en el vacío
Estoy con vos en Rockland
donde acusás de demencia a tus médicos y tramás la revolución socialista hebrea contra el Gólgota nazifascista
Estoy con vos en Rockland
donde separás los cielos de Long Island y resucitás tu Jesús humano y viviente de la tumba sobrehumana
Estoy con vos en Rockland
donde hay veinticinco mil camaradas locos cantando todos juntos las últimas estrofas de La Internacional
Estoy con vos en Rockland
donde abrazamos y besamos a los Estados Unidos bajo nuestras frazadas los Estados Unidos que tosen toda la noche y no nos dejan dormir
Estoy con vos en Rockland
donde nos levantamos electrocutados fuera del coma por los aeroplanos de nuestras almas que rugen sobre el techo han venido a arrojar bombas angélicas el hospital se ilumina se desmoronan las paredes imaginarias  Oh, las flacas legiones corren afuera  Oh, choque de misericordia de estrellas y barras de la guerra eterna está aquí  Oh victoria olvida tu ropa interior estamos aquí
Estoy con vos en Rockland
en mis sueños caminás chorreando de un viaje por mar en la autopista a través de Norteamérica llorando hasta la puerta de mi cabaña en la noche del Oeste.

San Francisco, 1955/56

ºNota al pie de "Aullido"

¡Santo! ¡Santo! ¡Santo! ¡Santo! ¡Santo! ¡Santo! ¡Santo! ¡Santo! ¡Santo! ¡Santo! ¡Santo! ¡Santo! ¡Santo! ¡Santo!
¡El murmullo es santo! ¡El alma es santa! ¡La piel es santa! ¡La nariz es santa! ¡La lengua y la pija y la mano y el culo son santos!
¡Todas las cosas son santas! ¡Todos los hombres son santos! ¡Todos los lugares son santos! ¡Cada día es eternidad! ¡Cada hombre es un ángel!
¡El vago es tan santo como un serafín! ¡El demente es santo como tú, mi alma, lo eres!
¡Santos Peter, santo Allen, santo Solomon, santo Lucien, santo Kerouac, santo Huncke, santo Burroughs, santo Cassady, santos los desconocidos sodomitas y mendigos sufrientes santos los ángeles humanos horribles!
¡Santa mi madre en el asilo de dementes! ¡Santas las vergas de los abuelos de Kansas!
¡Santo el gimiente saxofón! ¡Santo el apocalipsis bop! ¡Santas las bandas de jazz, la marihuana, los hipsters, la paz, el junk, las baterías!
¡Santas las soledades de los rascacielos y los asfaltos! ¡Santas las cafeterías con los millones! ¡Santos los misteriosos ríos de lágrimas bajo las calles!
¡Santo el solitario holocausto! ¡Santo el cordero enorme de la clase media! ¡Santos los locos pastores de la rebelión! ¡Quien entierra a Los Ángeles es Los Ángeles!
¡Santa Nueva York! ¡Santa San Francisco! ¡Santas Peoria & Seattle! ¡Santa Tánger, Santa Moscú, Santa Estambul!
¡Santo tiempo en la eternidad santa eternidad en el tiempo santos los relojes en el espacio santa la cuarta dimensión santa la quinta Internacional santo el ángel en Moloc!
¡Santo el mar, santo el desierto santa la autopista santa la locomotora santas las visiones santas las alucinaciones santos los milagros santo el globo ocular santo el abismo!
¡Santo el perdón! ¡piedad! ¡caridad! ¡fe! ¡santos! ¡Lo nuestro! ¡Cuerpos sufrientes! ¡Magnanimidad! ¡Santa la sobrenatural extra brillante e inteligente amabilidad del alma!

Un supermercado en California

Qué pensamientos tuve anoche de ti, Walt Whitman, mientras caminaba por las veredas bajo los árboles con un autoconciente dolor de cabeza mirando la luna llena
¡En mi fatiga hambrienta, mientras compraba imágenes, entré en el supermercado de fruta de neón, soñando tus enumeraciones!
¡Qué duraznos y qué penumbras! ¡Familias enteras comprando de noche! ¡Pasillos llenos de maridos! ¡Esposas en las paltas, bebés en los tomates! ¿y vos, García Lorca, qué estabas haciendo entre las sandías?

Yo te vi, Walt Whitman, sin hijos, solitario y anciano arrancador de pasto, hurgando la comida en la heladera y mirando a los muchachos de los almacenes
Yo te escuché preguntar a cada uno: ¿quién mató al cerdo? ¿A qué precio las bananas? ¿Vos sos mi ángel?
Yo vagué dentro y fuera de las brillantes pilas de latas persiguiéndote, y seguí en mi imaginación cerca del guardia del supermercado
Juntos dimos zancadas bajo los corredores abiertos en nuestra solitaria fantasía mientras probamos alcauciles, nos apoderamos de cada golosina congelada y nunca pasamos la cajera.

¿Dónde estamos yendo, Walt Whitman? Las puertas cierran en una hora. ¿Hacia qué caminos apunta tu barba esta noche?
(Yo toco tu libro y sueño con nuestra odisea en el supermercado y me siento absurdo)
¿Vamos a caminar toda la noche a través de calles solitarias? Los árboles agregan sombra a la sombra, las luces fuera y dentro de las casas, ambos estaremos solos.
¿Vagaremos soñando con la perdida Norteamérica, con el pasado amor, azules automóviles en las carreteras, hogar en nuestra silenciosa cabaña?
Ah, querido padre, viejo y solitario maestro corajudo de la barba gris, ¿qué América tuviste cuando Caronte dejó de empujar su barca y te arrojaste en una orilla humeante y quedaste mirando cómo el bote desaparecía en las negras aguas de Letea?

Berkeley, 1955

Transcripción de música de órgano

La flor en el frasco de vidrio de los manís hace tiempo en la cocina se torcía para encontrar un lugar en la luz,
la puerta del armario, abierta porque la usé antes, y estaba amablemente abierta aguardándome a mí, su dueño.

Yo empecé a sentir mi miseria en el colchón sobre el piso, escuchando música, mi miseria, por eso es que quiero cantar.
La habitación se cerró sobre mí, y esperé la presencia del Creador, vi mis paredes pintadas de gris, el cielorraso, y ellos contenían mi habitación, y a mí,
como el cielo contenía mi jardín
y abrí la puerta.
La parra ascendió a la columna de la cabaña, las hojas en la noche permanecían donde el día las había puesto, las cabezas de animal de las flores donde habían abierto
para pensar ante el sol.


¿Puedo volver atrás las palabras? ¿Algún pensamiento de transcripción nublará mi abierto ojo mental?

La amable búsqueda de crecimiento, el gracioso deseo de existir de las flores, mi casi éxtasis de existir entre ellos
El privilegio de sabiduría en mi existencia - tú también debes buscar el sol...

Mis libros apilados delante de mí para usarlos
esperando en el espacio donde los coloqué, ellos no han desaparecido, el tiempo les dejó sus remanentes y cualidades para que yo las use - mis palabras apiladas, mis textos, mis manuscritos, mis amores.

Yo tuve un momento de claridad, vi el sentimiento en el corazón de las cosas, caminé hacia el jardín llorando.
Vi los rojos capullos a la luz nocturna, el sol se había ido, todos habían crecido, en un momento, y estaban esperando detenidos en el tiempo la vuelta del sol diurno y que les diera...
Las flores que como en un sueño a la puesta del sol yo regaba fielmente sin saber cuánto las amaba.
Yo estoy tan solo en mi gloria  ‑ salvo ellos demasiado fuera allí ‑ yo busqué ‑ esos brotes rojos de arbustos tentando y escudriñando en la ventana que aguarda en el amor ciego, sus hojas también esperan y están vueltas hacia el cielo para recibir ‑ toda la creación abierta para recibir ‑ la misma tierra entera.

La música desciende, como hace el tallo alto del brote pesado, porque debe hacerlo, para permanecer  vivo, para continuar hasta la última gota de regocijo.
El mundo conoce el amor que está en su pecho como en la flor, el mundo solitario y sufriente.
El Padre es misericordioso.

El portalámparas está mal instalado en el cielorraso, después de construida la casa, como para admitir sin problemas un enchufe, y sirve ahora para mi tocadiscos...


La puerta del armario está abierta, donde yo la dejé, desde que la dejé abierta quedó graciosamente abierta.
La cocina no tiene puerta, el agujero me admitirá yo quisiera en la cocina.
Recuerdo cuando yo me acosté primero, H.P. se tomó graciosamente mi cherry, me senté en los muelles de Provincetown, tenía 23, estaba alegre, elevado en mi esperanza en el Padre, la puerta del vientre estaba abierta para admitirme si hubiera deseado entrar.

Hay electricidad inutilizada enchufes por toda mi casa por si yo los pudiera necesitar.
La ventana de cocina está abierta, para que entre el aire...
El teléfono ‑ triste para relacionar ‑ está sentado  en el piso ‑ no tengo dinero para conectarlo ‑

Quiero que la  gente se incline cuando me ve y diga él tiene el don de la poesía, él ha visto la presencia del Creador.
Y el Creador me sacudió con su presencia para gratificar mi deseo, para que no engañarme en mi anhelo de él.

Berkeley 1955.

lunes, 2 de noviembre de 2015

Jack Hirschman: la poesía en la calle

Durante la reciente edición del Festival Cuba Poesía, en La Habana, participó el poeta norteamericano Jack Hirschman, compañero de generación y amigo de Karl Shapiro, Allen Ginsberg y Lawrence Ferlinghetti. Sus posiciones de izquierda y antisistema, en especial por su militancia contra la guerra de Vietnam, le valieron la expulsión de la Universidad de Los Ángeles.

Por Gerardo Burton
geburt@gmail.com




La tarde es calurosa en el barrio del este de La Habana, donde uno de los vecinos que cuida la casa de la hija de Alex Pausides riega las plantas del jardín, aplastadas por el bochorno del verano cubano. Este hombre es veterano de guerra, fue oficial del ejército cubano y tiene como segundo -o primer- oficio el contar épicas historias de su participación en la revolución y en su defensa. Ahora trabaja como chofer, custodio y jardinero de Pausides, el poeta que dirige la sección literatura de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, Uneac.

La poesía en la calle - Jack Hirschman

Durante la reciente edición del Festival Cuba Poesía, en La Habana, participó el poeta norteamericano Jack Hirschman, compañero de generación y amigo de Karl Shapiro, Allen Ginsberg y Lawrence Ferlinghetti. Sus posiciones de izquierda y antisistema, en especial por su militancia contra la guerra de Vietnam, le valieron la expulsión de la Universidad de Los Ángeles.

Por Gerardo Burton
geburt@gmail.com




La tarde es calurosa en el barrio del este de La Habana, donde uno de los vecinos que cuida la casa de la hija de Alex Pausides riega las plantas del jardín, aplastadas por el bochorno del verano cubano. Este hombre es veterano de guerra, fue oficial del ejército cubano y tiene como segundo -o primer- oficio el contar épicas historias de su participación en la revolución y en su defensa. Ahora trabaja como chofer, custodio y jardinero de Pausides, el poeta que dirige la sección literatura de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, Uneac.

Es la despedida del XV Festival Cuba Poesía que reunió durante una semana a unos cincuenta poetas de las Américas -Brasil, México, El Salvador, Estados Unidos, Colombia, Argentina y, por supuesto, Cuba- en un intenso intercambio de estéticas, maneras de decir y hacer la poesía según geografías, ideologías, luchas y esperanzas muchas veces distintas pero más veces todavía, comunes.
En dos de esos inmensos automóviles de finales de los años cincuenta, brillantes y majestuosos como transatlánticos recién pintados con colores que desafían al arco iris -los famosos “almendrones”- los poetas van llegando a la casa del encuentro. Allí, entre tragos de ron, vodka y otros alcoholes acompañados por agua, gaseosas y tamales, aceitunas, jamón y queso, culmina el festival.
La casa parece deshabitada o apenas preparada como albergue de transitorios pasajeros. Es así: Jack Hirschman, un octogenario poeta norteamericano socialista perteneciente a la generación beat, pasó aquí el festival. Alto, con una sonrisa socarrona techada por un bigotazo y enmarcada por una larga cabellera canosa, se sienta a beber de un vaso un líquido que parece agua y que luego se descubrirá que había sido vodka.
La charla comienza como quien no quiere la cosa: dice que nació en el Bronx, en Nueva York, hace más de 80 años -en realidad, en este mayo suma 82-, exclama con orgullo que es “el único poeta comunista de los Estados Unidos. Editó una cantidad enorme de libros y plaquetas en ediciones alternativas, tradujo y analizó la obra de poetas de todos los tiempos y países y vive en tres ciudades de dos continentes, contando esa en la que nació. Editó en City Lights, la editorial de Lawrence Ferlinghetti y, como parte de esa generación, fue amigo de Allen Ginsberg “y de los otros”.
En noviembre de 1953, Hirschman fue a una de las lecturas que Dylan Thomas tenía programadas en Nueva York. Prescinde de la pregunta ya convertida en un lugar común sobre los 18 whiskies y afirma que Thomas “era un gran lector, un excelente lector de poesía. Decía los textos de una manera admirable, con cadencia, con música. Había sido invitado a Nueva York por el éxito que había tenido con sus programas en la BBC en Londres”. Cierto: como había sido rechazado para sumarse al ejército británico en la guerra contra Alemania y los países del eje, Thomas buscó empleo en la empresa estatal de radio para hacer propaganda a favor de la causa aliada y programas de poesía y narrativa. Y desde esa época fue uno de las principales fuentes de trabajo del galés.
En la lectura que menciona Hirschman, Dylan Thomas “leyó poemas de Yeats y de Eliot. Fue fantástico. Entonces, le pregunté por qué no leía poemas suyos y se sorprendió: 'Ah, pero usted conoce mi poesía', dijo, y entonces recitó de memoria 'En mi oficio o arte sombrío'”.
Niega veracidad a la -ahora legendaria borrachera de los 18 whiskies que supuestamente mataron a Thomas: él “padecía diabetes, y su muerte fue a partir de un coma apresurado por el alcohol, pues en realidad bebía mucho”.
Luego la charla se dirige hacia Allen Ginsberg y su importancia en la poesía norteamericana y occidental y sobre el verso de Walt Whitman y la renovación que introdujo en la poesía anglosajona. Coincide en que los poetas actuales somos herederos de Whitman y Baudelaire y que a partir de ellos escribimos.
Hirschman cuenta que tradujo el Finnegan's Wake, de Joyce, al italiano, y afirma que esa obra, que es “la mejor del irlandés”, junto con El sonido y la furia y Absalón, Absalón, de William Faulkner, “cambiaron la literatura moderna”,
Sin embargo, no coincide “para nada” en la valoración de Virginia Woolf, cuyas novelas Las olas o Mrs. Dalloway han sido equiparadas a las que mencionó antes.
Hirschman, que es uno de los traductores de Neruda al inglés y ha seguido la obra del chileno en sus distintas etapas, se pregunta por qué en la Argentina se publicaron póstumamente siete libros. Quizás se deba a que Neruda cruzó los Andes al exilio durante la dictadura de González Videla, quizás a su largo matrimonio con Delia del Carril, la pintora que perteneció a una familia de la oligarquía porteña ligada al negocio editorial.
San Francisco, Nueva York y Londres son las ciudades de residencia de Hirschman, que se alternan según los diagramas laborales y familiares. Tiene que ver con los viajes de su mujer, Agnetta -Aggie- Falk, pintora y también poeta. Ella reside en Suecia con sus hijos pero comparte con Hirschman numerosas actividades -recitales, distribución y lectura callejera de poemas, participación en el Movimiento Poético Mundial, entre otras organizaciones de poetas.
Sus padres, cuenta, eran judíos de Bielorrusia y emigraron a Italia, donde se instalaron transitoriamente hasta radicarse en forma definitiva en los Estados Unidos. Allí, dice, conoció a los mejores poetas de la generación beat, con quienes comenzó su trayectoria como poeta con una conciencia muy sólida acerca de la estrecha relación entre la creación artística y la política, la transformación de la sociedad en marcha al socialismo. De ahí su “buenísima, excelente relación con Cuba y los cubanos, porque son un pueblo que ha resistido un bloqueo que es casi una guerra declarada durante más de medio siglo”.
Contradice a Mallarmé: asegura que “un golpe de dados sí puede abolir el azar”, y añade que hay, en la poesía, un alto componente de azar, que, en este caso, no puede abolirse.
Sus poemas circularon siempre en libros o plaquetas de tiradas reducidas, en ediciones artesanales o impresos en editoriales alternativas, como City Lights o New Directions.
Dice que la poesía es la lucha contra la sociedad de consumo y por eso circula con prescindencia de los mecanismos habituales del mercado. No tiene necesidad de los rigores y oropeles de la academia, asegura, porque la poesía está “más en la calle que en las librerías y en las aulas”, acaso recordando que fue expulsado de la universidad de Los Ángeles por sus posiciones antisistema y por militar activamente contra la guerra de Vietnam.
Hirschman compone una poesía decididamente política, que expresa una posición tomada frente a la historia y apela a imágenes cargadas y a veces muy retóricas. Su presencia y sus lecturas enfervorizaron a los chicos en las escuelas primarias y secundarias que recorrió durante el festival, junto con su compatriota Dorothy Payne. Quizás sus poemas tengan ese componente agitador, revolucionario, con consignas e imágenes duras sobre las realidades históricas y entonces esa combinación resulte muy atractiva para su público.
También su manera de leer los textos, la vehemencia de su voz y su gesto histriónico, la fuerte retórica socialista y las consignas, aparentemente fuera de tiempo, le merecieron los elogios y homenajes que recibió.



El festival

Hacia finales de mayo, Jorge Fornet, director de Casa de las Américas recibió, de una delegación de seis poetas patagónicos, la donación de 175 libros de poesía editados en la región. Fornet recordó que en 2010, el jurado del premio de poesía le informó que se había elegido a un argentino y que pensó entonces que no era novedad. Cuando le dijeron que era de la Patagonia consideró que sería el único en esa región.
Se trataba de Bruno Di Benedetto, el poeta residente en Puerto Madryn, que había sido premiado por su Crónica de muertes dudosas.
Di Benedetto, con Liliana Campazzo y Silvia Castro, de Río Negro y Sergio Sarachu, Raúl Mansilla y Gerardo Burton de Neuquén, participó a finales de mayo de la décimo quinta edición del Festival Internacional Cuba Poesía en La Habana. Durante su realización, además de conformarse la biblioteca de poesía patagónica en Casa de las Américas, se realizaron lecturas en la sede de la Unión de Escritores y Artistas Cubanos (UNEAC), en librerías, escuelas primarias y secundarias y en el patio arbolado de la Fragua Martiana.
También participaron además poetas de Estados Unidos, Colombia, Brasil, México, El Salvador y los propios cubanos.
Además, Di Benedetto expuso su reciente libro Cámara de Niebla; Campazzo su “A boca de pájaro; Castro, Isondú, mientras que Sarachu, Mansilla y Burton presentaron el libro “Poetas de Neuquén en La Habana”, que incluye textos de la recientemente fallecida Macky Corbalán.
Además, la historia del maestro Carlos Fuentealba, que murió baleado por un policía durante una manifestación en 2007 en Arroyito, a pocos kilómetros de la capital neuquina, será incluido en la cátedra de Maestros Luchadores de América Latina por la Escuela Pedagógica Fulgencio Oroz Gómez, de la ciudad de La Habana, Cuba. La institución cubana, una de las más tradicionales en la formación de alfabetizadores y maestros de la isla, envió una serie de libros que forman parte del contenido pedagógico y recibirá próximamente la visita de educadores neuquinos.
La gestión, realizada por los poetas Sarachu, Mansilla y Burton en su reciente visita a Cuba, fue parte de un compromiso realizado con la Asociación de Trabajadores de la Educación de Neuquén (ATEN).
Según indicaron los escritores neuquinos “mantuvimos un encuentro con las vicedirectoras de la institución, Tamara Díaz y María Luisa Martínez; la bibliotecaria, Nora Cruz y la docente Bárbara Vázquez; y luego se sumó la directora de la Escuela, quien venía de una reunión sobre Educación entre ese país y Estados Unidos. Precisamente en ese encuentro, una educadora argentina de la UBA, había mencionado el legado pedagógico y el testimonio de lucha de Carlos”.



Datos biográficos 

Jack Hirschman nació en Nueva York en 1933 y es considerado por la crítica norteamericana a la vez como sobreviviente de la generación beat y como un radical poeta socialista, casi único en su género en los Estados Unidos. Es un habitante de las dos costas y ocasionalmente también residente en Italia -su mujer vive en Suecia, con sus hijos, y se reúnen por temporadas en la península-.
Fue estudiante y luego profesor universitario pero su compromiso fundamental fue con la poesía y con la política. Integró la Unión de Poetas Callejeros, que tenían la costumbre de difundir sus textos en panfletos, y, en San Francisco, constituyó con otros colegas la Unión de Escritores de Izquierda de esa ciudad, que lo ungió como poeta laureado en 2006.
Es un prolífico poeta, publica en pequeñas tiradas de no más de 150 ejemplares en editoriales alternativas, muchas veces artesanales o caseras y distribuye sus publicaciones fuera de cualquier circuito comercial. También tradujo al inglés a Vladimir Maiakovski, Stéphane Mallarmé, Jean Cocteau, Pablo Neruda, Roque Dalton, César Vallejo y otros, y es autor de ensayos sobre literatura y poesía.
Entre sus publicaciones figuran Una correspondencia de norteamericanos, con prólogo de Karl Shapiro, Lyripol -un juego de palabras entre lírica y política-; Líneas del frente: poemas elegidos, Todo es izquierda; Los arcanos -considerado por la crítica su obra maestra-, que se publicó en 2006. Este último se trata de un texto escrito a lo largo de décadas, a la manera de las Hojas de hierba de Walt Whitman y “describe el progreso de una conciencia individual a través de los paisajes atestados con la horrible gloria de la vida moderna”, según Alan Kaufman.


Dos poemas

Nunca más

Ellos fueron gaseados, quemados por millones
por el simple hecho de existir.
Aquellos que sobrevivieron dijeron: ¡Nunca más!
Se les pidió que vinieran a Hanoi
y continuaran la revolución socialista.
Contestaron: ¡Nunca más!

Nunca más confiaremos en ningún gobierno.
Haremos nuestro hogar en Palestina,
venceremos a los árabes allí, los dispersaremos o
los dejaremos vivir como sombras irregulares
en los campos de nuestra ocupación.
Viviremos en y entre la capital de América,

como Israel, por nombre, como la nación Judía,
y nunca más sufriremos holocaustos
por el simple crimen de existir.
Pero aunque Israel creció y prosperó,
aquellos a quienes desplazó y arrestó
estaban susurrando: ¡Nunca más!

Pobres y desterrados, construyen su resistencia
y luchas y pierden una y otra vez
ante la armada sionista de armas americanas.
El lenguaje del socialismo, de la fraternidad
y la armonía de los pueblos de diferentes culturas
murió de agotamiento en el Medio Oeste, por
el dinero. Ofertas. Estúpidas comidas. Ominosas mulas.

Mudas moles. Porciones de momia*. La Estrella
de David desenrollada sobre la tierra,
pero los verdaderos David estaban en las calles
arrojando piedras al Goliat.
Oh filistea ironía y reverso del hebreo.

Aquellos que son más pobres y sin estado,
que han convertido su odio a la sumisión
a la esclavitud en mártires brigadas de humanas
armas suicidas, y han llamado a su linaje
a unirse a su ataque sobre la feroz colonia
de los Estados Unidos de la Explotación;

ellos, los más pobres y desarraigados, para quienes
la única solución aún respira, la única
solución que no es el genocidio ni el fratricidio
ni una solución final ella misma, donde apretones de mano
y palabras pueden aún abrir las puertas al
lenguaje del futuro socialismo de una Nueva

Israel y una Nueva Palestina,
---donde ¡nunca más!
estará el llanto unido
de ambos, apuntando
a la tierra del fraude
y la casa de la codicia.


* N.T. Juegos de palabras y sonidos: "Dunny - Doomy - Dummy - Mummy" y "meals - mules - moles - doles" de imposible reproducción en español.

* * *

Los niños

Por doquier se recordarán
sus brazos, sus piernas,
los espacios amputados
serán Nada contramarcada
en sus pequeñas almas,
para nunca olvidar, Israel,
tú destrozaste sus navíos
con tu cañón, cagaste en
la palabra, le dijiste jódete
al feto en el vientre.

Tú y no ellos orinaste
tu propio tetragrámaton
totalmente profano, sus letras
un fraude y una farsa.
Quisiera poder alimentarte con
granadas de mano en tu tazón,
quisiera rellenar con niños muertos
tus ojos, amantes de aprender
mentiras.

Pueda la Selah romperse
en tu boca, pueda el amén
no encontrar capítulo ni versículo,
pueda tu comida convertirse
en las extremidades gangrenosas
de los niños que derribaste,
esos pequeños árboles de chispas.
Has matado a David una
y otra vez, tú, estrella de muerte.

¡Oh Aliyah, cuán bajo!

¡Oh victoria de frustración!

¡Oh que crecen en
el apretón de puños
enfurecidos,

contra ti
cascabel de huesos!

jueves, 26 de febrero de 2015

"Aullido", por Allen Ginsberg (1)

Primera parte de la traducción al castellano. Versión de Gerardo Burton


 



Aullido y otros poemas
por Allen Ginsberg
"¡Arranquen las cerraduras de las puertas!
¡Arranquen las mismas puertas de sus quicios!"

Dedicatoria a
Jack Kerouac, nuevo Buda de la prosa norteamericana, que escupió su inteligencia en once libros escritos en la mitad de los años 1951-1956 -"En la carretera", "Visiones de Neal", "Dr. Sax", "Springtime Mary", "Los subterráneos", "San Francisco Blues", "Vagabundos del Dharma", "Libro de los sueños", "Levántense", "México City  Blues" y "Visiones de Gérard"- y  creó una prosodia bop y una literatura clásica original. Varias frases y el título de "Aullido" se tomaron de sus obras.


William Seward Burroughs, autor de "El festín desnudo", una novela sin fin que volverá locos a todos.

Neal Cassady, autor de "El primer tercero", una autobiografía (1949) que iluminó a Buda.
Todos estos libros se publican en el Cielo.


Aullido, para Carl Solomon,
por William Carlos Williams

Cuando él y yo éramos más jóvenes, conocí a Allen Ginsberg, un joven poeta que vivía en Paterson, New Jersey, donde él, hijo de un reconocido poeta, había nacido y crecido.
Ginsberg era físicamente de constitución débil y mentalmente estaba conmovido por la vida con que se había topado durante aquellos años inmediatamente posteriores a la primera guerra mundial tal como se la mostraba en Nueva York. Estaba siempre a punto de irse, no importaba dónde; me alteraba. Nunca pensé que viviría para evolucionar y escribir un libro de poemas. Su capacidad para sobrevivir, viajar y seguir escribiendo me asombra. Y no es menos asombroso que haya continuado desarrollando y perfeccionando su arte.
Ahora, él se aparece quince o veinte años después con un poema impresionante. Literalmente, y sin ninguna duda, ha atravesado los infiernos. En el camino, conoció a un hombre llamado Carl Solomon, con quien compartió entre los dientes y el excremento de su vida algo que no puede descubrirse sino en las palabras que utiliza.
Este es un alarido de derrota. No una derrota total porque ha pasado por ella como si fuera una experiencia trivial. Todos somos derrotados en esta vida, pero si uno es un hombre, no está vencido.
Allen Ginsberg es un poeta que ha pasado, con su propio cuerpo, a través de las horripilantes experiencias de vida narradas en estas páginas. Lo asombroso de la cuestión no es que haya sobrevivido, sino que, desde las mismas profundidades encontrase a un individuo a quien amar. Un amor que celebra en estos poemas sin mirar al costado. Digan lo que quieran, él nos prueba que, pese a las experiencias más envilecedoras, el espíritu del amor sobrevive para ennoblecer nuestras vidas si tenemos el ingenio, el coraje y la fe (¡y el arte!) de perseverar.
La fe en el arte de la poesía va de la mano con este hombre en su Gólgota, desde ese matadero parecido en su forma al de los judíos en la guerra pasada. Pero esto ocurre en nuestro país, en nuestras más queridas proximidades. Estamos ciegos y vivimos nuestras ciegas existencias en absoluta ceguera. Los poetas están condenados pero no son ciegos, ven con los ojos de los ángeles. Este poeta ve a través y alrededor de los horrores que participa en los más íntimos detalles de su poema. No evita nada, por el contrario, experimenta todo a fondo. Lo contiene. Lo reclama como propio y creemos, se ríe de él y tiene el tiempo y el desafío de amar a un compañero de su elección y registrar ese amor en este bello poema.
Levanten el borde de sus faldas, damas, estamos ingresando en el infierno.


Aullido, para Carl Solomon

I

Yo vi las mejores mentes de mi generación destruidas por la
    locura, hambreadas, histéricas, desnudas
arrastrarse por las calles de los negros en el crepúsculo en busca de
    un pico desesperado,
hipsters de cabeza de ángel ardiendo por la antigua conexión     celestial al motor estelar en la maquinaria nocturna,
esos que en la pobreza y en andrajos y con ojos huecos y en lo alto se
    incorporan fumando en la oscuridad sobrenatural de los
    departamentos con agua fría corriente y flotan cruzando los
    techos de las ciudades y contemplando el jazz,
esos que desnudaron sus sesos al cielo bajo el Empire State y vieron
    a los ángeles mahometanos vacilando sobre los techos     iluminados de los conventillos,
esos que pasaron por universidades con radiantes ojos tibios alucinando
    Arkansas y Blake -una tragedia leve entre los eruditos de la
    guerra,
esos que fueron expulsados de las academias por locos y por haber     publicado odas obscenas en las ventanas de la calavera,
esos que se agacharon en ropa interior en las habitaciones,
sin afeitar, quemando su dinero en basureros y escuchando el
terror a través de la pared,
esos que se quebraron en su vello púbico mientras volvían de Laredo     hacia New York con un cinturón repleto de marihuana,
esos que comieron fuego en pintura en los hoteles o bebieron trementina     en el callejón del Paraíso, murieron o purgaron sus torsos noche
    tras noche
con sueños, con drogas, con pesadillas en vigilia, alcohol y coca     y tragos interminables,
incomparables calles ciegas de nubes temblorosas y relámpagos en     la
    mente, saltando hacia los postes de Canadá & Paterson,     iluminando todo el mundo inmóvil del entre Tiempo
solidez del peyote en los salones, amaneceres del cementerio del árbol
    verde en el patio trasero, borrachera de vino sobre los tejados,
    fachadas de almacenes municipales  picadas de neón eludiendo los
    semáforos, vibraciones de sol y luna y árbol en las rugientes
    oscuridades invernales de     Brooklyn, ceniceros delirantes y
    majestuosa luz de la mente;
esos que se encadenaron a los subterráneos para un viaje sin fin desde
    Battery al Santo Bronx en benzedrina hasta que el ruido de las
    ruedas y los chicos los llevaron a un naufragio estremecedor con
    el apaleado desierto del cerebro totalmente vaciado de brillo en
    la lóbrega luz del zoológico,
esos que se sumergieron en la luz submarina de Brickford's,     salieron a flote y se sentaron ante una cerveza rancia por la
    tarde en el desolado Fugazzi's mientras oían el juicio final del tocadiscos automático de hidrógeno,
esos que hablaron continuamente durante setenta horas desde el     parque al colchón al bar a Bellevue al museo al puente de     Brooklyn,

una patrulla perdida de conversadores platónicos saltando desde los
    escalones de las salidas de emergencia de los antepechos de las
    ventanas del Empire State hasta la luna,
rebuznando chillando vomitando susurrando hechos y memorias y     anécdotas y patadas en el ojo y electroshocks en los     hospitales
    y cárceles y guerras
íntegros intelectos lanzados en una convocatoria de siete días con sus
    noches y ojos brillantes, carne para la sinagoga     arrojada sobre el pavimento,
esos que se esfumaron hacia ningún lado Zen de Nueva Jersey    dejando un
    rastro de ambiguas postales de Atlantic City Hall,
sufriendo exudaciones orientales, quebrantaduras de huesos de Tánger
y migrañas de China con pitadas de cáñamo en una habitación amueblada y sin abrigo de Newark,
esos que vagabundearon en círculos en la medianoche en la carretera
    preguntándose dónde ir, y fueron, sin dejar corazones rotos,
esos que encendieron cigarrillos en vagones haciendo lío a través     de la nieve hasta las solitarias granjas en la noche del     abuelo,
esos que estudiaron Plotino Poe San Juan de la Cruz telepatía y     cábala bop porque el cosmos vibraba por instinto a sus pies     en Kansas,
esos que abandonaron todo en las calles de Idaho viendo visionarios
    ángeles indios que eran visionarios ángeles    indios,
esos que pensaron que apenas estaban locos cuando Baltimore         relampagueó en un éxtasis sobrenatural,
esos que saltaron dentro de limusinas con el chino de Oklahoma al
    impulso de la luz de la calle en la medianoche de invierno,
    lluviosa de la pequeña ciudad,
esos que haraganearon hambrientos y solitarios por Houston     buscando
jazz o sexo o sopa, y siguieron al talentoso español para conversar sobre América y la eternidad, una tarea sin esperanza, y entonces tomaron un barco a África,
esos que desaparecieron en los volcanes de México sin dejar nada atrás
    salvo la sombra de los pantalones y la lava y la     ceniza de la
    poesía desparramada en el hogar de Chicago,
esos que reaparecieron en la costa oeste investigando al FBI en     barbas y pantaloncitos con grandes ojos pacifistas y sensuales
    en su oscura piel saliendo de folletos incomprensibles,
esos que hicieron agujeros en sus brazos con cigarrillos para     protestar contra la niebla de tabaco del capitalismo,
esos que distribuyeron panfletos supercomunistas en la plaza Unión     sollozando y desvistiéndose mientras las sirenas de Los     Álamos los lloraban, y gemían en Wall, y el ferry de la isla     Staten también se lamentaba,
esos que irrumpieron llorando en blancos gimnasios desnudos y     temblando delante de la maquinaria de otros esqueletos,

esos que golpearon a los detectives en el cuello y chillaron con     deleite en los patrulleros no por cometer crímenes sino por     su propia pederastia e intoxicación salvajes,
esos que aullaron de rodillas en el subte y fueron arrastrados fuera
    del techo agitando sus genitales y manuscritos
esos que dejaron que los cogieran por atrás santos motociclistas     y chillaron de gozo,
esos que convidaron y fueron convidados por esos serafines     humanos,
    los marineros, con caricias de amor atlántico y caribeño,
esos que bailaron en la mañana y en las tardes en jardines de rosas y
    en el césped de parques públicos y cementerios desparramando su
    semen libremente a quien quiera que ojalá viniera,
esos que hipaban interminablemente intentando contener la risa pero
    acabaron en un sollozo tras un tabique en un baño turco donde el
    ángel rubio y desnudo vino para penetrarlos con una espada,
esos que perdieron a sus efebos con las tres arpías del destino: la
    arpía tuerta del dólar heterosexual, la arpía tuerta que     disimula su vientre y la arpía tuerta que no hace nada     excepto sentarse sobre su culo y tijeretear los intelectuales
    hilos dorados del telar del artesano,
esos que copulaban extáticos e insaciables con una botella de cerveza
    y un amate, un atado de cigarrillos una vela y se cayeron de la
    cama, y continuaron en el piso y abajo en el vestíbulo y
    terminaron desfallecidos contra la pared con una     visión de la
    última cuenta y vinieron eludiendo el último relámpago de
    conciencia,
esos que mitigaron el rapto de un millón de chicas temblando en el
    ocaso, y tenían los ojos enrojecidos por la mañana pero se
    prepararon para endulzar el arrebato de la salida del     sol, destellando las nalgas en los graneros y desnudos en     el lago,
esos qiue se fueron a putañear por Colorado en una miríada de autos     robados de noche, Neal Cassady, héroe secreto de estos     poemas, padrillo y Adonis de Denver, gozo por la memoria de     su interminable lista de chicas en baldíos & patios traseros     de los comederos, cines, raquíticas hileras en cavernas sobre las
    cimas de las montañas o con camareras flacas en     las banquinas familiares solitarias enaguas levantadas &     sobre todo estaciones de servicio secretas solipsismos de juanes & callejones de la ciudad natal también,
esos que se desvanecieron en infinitas películas sórdidas, fueron     transportados en sueños, despertaron de repente en Manhattan     y se levantaron de los basamentos, se colgaron con una cruel     Tokay y los horrores de la 3a. avenida, sueños de hierro &     tropezaron contra las oficinas de desempleo,
esos que caminaron toda la noche con sus zapatos llenos de sangre     en la nieve de los desembarcaderos de la ribera esperando que una
    puerta en el East River se abriera a una habitación llena de
    vapor y opio,

esos que crearon grandes dramas suicidas en el departamento acantilado
    del Hudson bajo el reflector azul de la luna durante la guerra
    & sus cabezas serán coronadas con laurel en el olvido
esos qzue comieron el guiso de cordero de la imaginación o digirieron
    el cangrejo en el fangoso cauce de los ríos de Bowery,
esos que lloraron por el idilio de las calles con sus carretillas     repletas de cebollas y música en la oscuridad bajo el     puente, y
    se levantaron a construir clavicordios en sus altillos,
esos que tosieron en el sexto piso de Harlem coronados con llamas bajo
    el cielo tuberculoso rodeado por embalajes anaranjados de
    teología,
esos que garabatearon toda la noche bamboleándose y rodando sobre
    excelsos conjuros que en la mañana amarilla se convirtieron en
    estrofas de jerigonza,
esos que cocinaron carroña de animales bofe corazón patas colas borsht
    & "tortillas" soñando con el puro reino vegetal,
esos que se zambulleron bajo furgones de carne buscando su huevo,
esos que arrojaron sus relojes desde el techo para abandonar su cédula
por toda la eternidad fuera del tiempo, & los despertadores cayeron sobre sus cabezas cada día en la próxima década,
esos que cortaron sus muñecas tres veces sucesivas sin éxito,
renunciaron y fueron forzados a abrir antiguos almacenes donde pensaron que envejecerían y lloraron,
esos que fueron quemados vivos en sus inocentes trajes de franela     entre ráfagas de versos plomizos & el martilleo metálico de     los regimientos de hierro de la moda & los chillidos de     nitroglicerina de las hadas de la publicidad & el gas de     mostaza de los siniestros editores inteligentes, o fueron     cazados por los taxímetros borrachos de la Realidad     Absoluta,
esos que saltaron desde el puente de Brooklyn esto actualmente sucedió
    y se perdieron caminando, desconocidos y olvidados en el
    fantasmal deslumbramiento de una sopa de Chinatown, callejones
    y autobombas, sin siquiera una cerveza gratis,
esos que cantaron desesperados desde sus ventanas, se arrojaron por la
    ventanilla del subte, saltaron en el inmundo Passaic, se montaron
    a los negros, lloraron todos en la calle, bailaron descalzos
    sobre vasos rotos quebraron discos pornográficos del nostálgico
    jazz alemán de la Europa del '30 se terminaron el whisky y se
    lanzaron gruñendo en el sangriento retrete, quejidos en sus oídos
    y la ráfaga de colosales silbidos de vapor,
esos que barrenaron los caminos del pasado recorriendo de uno a otro
    el caliente azote del Gólgota la mirada de soledad en     la cárcel
    o la encarnación del jazz en Birmingham,
esos que manejaron a campo traviesa setenta y dos horas para descubrir
    si yo tenía una visión o tú tenías una visión o él tenía una
    visión para hallar la Eternidad,

esos que viajaron a Denver, que murieron en Denver, que regresaron a
Denver & esperaron en vano, que vigilaron Denver & se cobijaron & se aislaron y finalmente se fueron     a encontrar el Tiempo, & ahora Denver está abandonada para sus héroes,
esos que se arrodillaron en catedrales sin esperanza rezando por     la
    salvación de cada uno y la luz y los pechos, hasta que el alma
    iluminó su cabellera por un segundo,
esos que estrellaron sus mentes en prisión esperando a imposibles
    criminales con cabezas doradas y el encanto de la realidad     en
    sus corazones que cantaban dulces blues e Alcatraz,
esos que se retiraron a México a cultivar un hábito o a las Montañas
Rocosas hacia Buda el tierno o a Tánger hacia los muchachos o al Pacífico sur en la negra locomotora o a Harvard al Narciso a Woodlawn a las margaritas o a la tumba,
esos que exigieron juicios de salud acusando a la radio de     hipnotismo
    & los dejaron con su demencia & sus manos & un jurado en
    desacuerdo,
esos que arrojaron ensalada de papas a los conferencistas sobre
    dadaísmo del Centro Cultural de New York y después se presentaron
    en las escalinatas de granito del manicomio con     las cabezas
    afeitadas y arlequines discursos de suicidio, exigiendo la
    inmediata lobotomía,
y a quienes en lugar del vacío concreto de la insulina se les dio     metrasol electricidad hidroterapia  terapia ocupacional ping pong
    y amnesia,
esos que en una protesta sin humor dieron vuelta sólo una simbólica
    mesa de ping pong, reposando brevemente catatónicos,
volviendo años después calvos de veras salvo una peluca de     sangre, y
    lágrimas y dedos, hacia la sentencia visible del enajenado de los
    custodios de las dementes ciudades del Este,
los fétidos vestíbulos de Pilgrim State, Rockland y Greystone
    murmurando con los ecos del alma, golpeando y rodando en la
soledad de medianoche en los bancos dolménicos reinos del amor, el sueño de la vida una pesadilla, cuerpos convertidos en piedra, tan pesados como la luna,
con la madre finalmente ****** y el último libro fantástico arrojado     desde la ventana de trementina y la última puerta cerrada a las
    4 a.m. y el último teléfono estrellado contra la pared como
respuesta y la última habitación amueblada vaciada hasta el último mueble mental, una rosa amarilla de papel     enroscada en una percha de alambre en el ropero, y aun eso es imaginario, nada sino un esperanzado pedacito de     alucinación,
ah, Carl, mientras no te salves, yo no me salvaré, y ahora tú estás en
    la animal sopa total del tiempo
y quienes en consecuencia corrieron por las calles heladas     obsesionados con un repentino relámpago de la alquimia del     uso
    de la elipse el catálogo el metro y el plano vibratorio
quienes soñaron e hicieron encarnar brechas en Tiempo & Espacio a
    través de imágenes yuxtapuestas, y atraparon al arcángel del alma
    entre dos imágenes visuales y unieron los verbos     elementales y fijaron el sustantivo y el golpe de conciencia juntos saltando con la sensación del Pater Omnipotens     Aeterna Deus

para recrear la sintaxis y medir la pobre prosa humana y quedarse     ante ti sin palabras e inteligente y sacudiéndose con     vergüenza,
    rehusando aún confesar el alma para conformar el     ritmo del
    pensamiento en su desnuda cabeza sin fin,
la vagancia del enajenado y el golpe del ángel en el Tiempo,     desconocido, todavía puesto aquí lo que podía dejarse para     decir en el tiempo después de la muerte,
y se alzaron reencarnados en las fantasmales ropas del jazz en la
    sombra de la trompeta de la banda y tocaron el     sufrimiento de
    la mente desnuda de América para amar en un lamento de saxofón
como un eli eli lammma lamma sabactahani que sacudió a las ciudades hasta la última radio
con el corazón absoluto del poema de la vida carnal de sus     propios cuerpos buenos para comer mil años.








Aullidos en el tiempo

Esta introducción a la poesía de Allen Ginsberg prepara la publicación de "Aullido", una versión en castellano realizada hace algunos años, en homenaje al poeta norteamericano. Los textos del libro serán publicados paulatinamente. (Foto: Ginsberg recita "Aullido")



por Gerardo Burton

En su acepción común, profeta es un adivino, un augur. El pronos-ticador de un futuro más o menos inmediato. Ejerce las artes mán-ticas y resulta muy funcional en el esquema de ideas de la new age: puede leer el destino de cada uno y de la sociedad entre las borrosas líneas de la mano, las rayas quebradas o enteras del I Ching y las bellas cartas ilustradas del Tarot. También incursiona en la pseudopsiquiatría, las ciencias sociales, la gramática y el esperanto.

Otra versión del profetismo es la judeocristiana: habla del hombre que lee los acontecimientos, que denuncia los desvíos que utilizan los hombres y las sociedades de los caminos trazados hacia su propio encuentro, o al de la divinidad en todo caso. Allen Ginsberg se reía de esta segunda mirada, tomaba distancia de ella, pero no dejó de utilizarla. “Aullido” fue un revulsivo contra el destino manifiesto desde su misma composición: un judío homosexual con drogas hasta las orejas escribió, durante cuarenta horas el poema que vio el revés de la trama del capitalismo norteamericano.
Como Walt Whitman en el siglo anterior, Ginsberg levantó muy alto la humanidad, la demasiada humanidad del cuerpo y los sentidos. El desorden querido por Jean Arthur Rimbaud, ese joven subversivo anclado en el más allá; la desnuda muerte de Vincent van Gogh en un pueblito francés, las narices asomadas al abismo de Antonin Artaud y los dieciocho whiskies de Dylan Thomas no fueron más que la heroína de Charlie Parker y William Burroughs, el LSD de John Lennon & compañía o el mezcal de Henri Michaux y Aldous Huxley.
Demasiado para Ginsberg: quería él aullar de placer, mezclar el placer y el arte y llevarse por delante la vida con su gay vivir. Demasiado para el pobre Allen, con tantos locos en la familia y adoptando a un loco como Ezra Pound como un faro.
Demasiado para el pobrecito nacido en New Jersey en 1926, de madre comunista y emigrada rusa y padre maestro de escuela y poeta de ratos libres, muerto setenta años después. Las drogas fueron una clave para su búsqueda y luego, por su hígado enfermo debió alternarlas y casi reemplazarlas por la meditación budista zen, que también “actúa por acumulación”.
Howl, publicado en 1956, es una de las tres obras que caracterizan los beatniks, una camada de escritores y artistas surgida luego de la generación perdida de la entreguerra. Las otras dos pertenecen al maestro de todos ellos, William Burroughs –“El festín desnudo”- y a Jack Kerouac, compañero de correrías de Ginsberg: “En el camino” –o “En la ruta”-. El grupo estaba integrado también por Neal Cassady; Gregory Corso; Lawrence Ferlinghetti –fundador y propietario de City Light Books, la editorial que los publicó a todos-; Gary Snyder y, un poco más allá, Norman Mailer y Peter Orlovsky. Dentro de ellos corría sangre, benzedrina, anfetaminas, whisky, marihuana, lisérgico y heroína, entre otras sustancias más o menos legales. La base, según la escuela de Burroughs, era la experimentación. Lo que importaba no era el efecto instantáneo causado por las drogas sino el residuo de las alucinaciones, materia prima de la escritura. El grupo recurría de esa manera a una especie de mística oriental que se condensó en la adopción del budismo zen. Kerouac y Snyder son dos ejemplos: el primero publicó luego “Los vagabundos del Dharma”, y el segundo se recluyó a escribir poemas breves de estilo japonés. Pero el budismo zen también resultaba más una excusa literaria que el fin de una búsqueda religiosa.


Algo sobre el beat

El término inglés beat significa golpe, pero también, en un sentido figurado, exhausto, en el fondo del mundo, mirando hacia fuera o hacia arriba, insomne. La mirada de los beatniks –los que están golpeados, o exhaustos- es con los ojos bien abiertos, perceptivos. Ellos están expulsados de la sociedad, solos, en la calle.
Kerouac dijo que beatnik nunca significó delincuente juvenil, pero se trataba de una posición estética con caracteres de una espiritualidad especial.
Más tarde, beat definió una desesperación formal transformada en una rebelión contra todas las fórmulas políticas y literarias; un nuevo concepto que instintivamente arribó a una actitud personal que no está en nuestro vocabulario. Los beatniks son gente muy cansada, cansada de haber vivido antes de empezar a vivir
El origen está muy vinculado con el be-bop, con Charlie Parker, Dizzie Gillespie y Thelonius Monk. Los beatniks traducen al len-guaje literario el habla de la calle, y el habla improvisada de los instrumentos de jazz en el be-bop. El fraseo se vuelve ritmo, y es en “Aullido” (“Yo vi las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura,...”) donde adquiere su mayor hondura y volumen. El peso específico que viene de Ezra Pound y que consiste en incorporar las luces de neón, los desechos industriales a la manera de un collage de Antonio Berni y el sonido de las calles transmutado en música, eso hace “Aullido”.
La historia no se congela: en los sesentas vienen los Beatles y la cuestión sigue, pero la relación de Ginsberg, fuera de San Francisco –la ciudad que había elegido para vivir- es con Andy Warhol y su grupo en Nueva York, y en Inglaterra se une al circuito de poetas lectores del Royal Albert Hall. Allí también tiene sus experiencias con lisérgico de la mano de Mick Jagger, aunque también resulta famoso un encuentro con John Lennon y los otros tres, entre otros artistas.
Integró como baterista una de las bandas en gira de Bob Dylan –Rolling Thunder Review Tour- y se metió en el punk cuando éste se puso a subvertir el roc’nrol: estuvo en el disco de The Clash, Combat Rock.
Luego eligió compañeros de ruta entre la “intelligentsia” neoyor-quina y rockera: Yoko Ono, siguió con Dylan, Patti Smith. Ginsberg era una especie de tótem que venía –por haberla creado- de una subcultura beatnik. Pidió por la paz en Saigón, y la paz en el mundo tanto desde la India como desde su amada Frisco. En Inglaterra y Estados Unidos hizo lecturas de sus poemas y de los de  William Blake, poeta que le abrió el paso a los paraísos artificiales del LSD.
Poemas suyos fueron musicalizados por Bill Firsell y Arto Lindsay con el título ”The lion for real”; escribió en colaboración la ópera Hydrogen Jukebox y editó una versión, con el Kronos Quartet, de Howl.

Un poco sobre “Aullido”

El verso de Whitman es la clave. La sordidez descriptiva de Blake, la segunda. Y Pound, mucho Pound con las yuxtaposiciones. La analogía es la siguiente: el provenzal y el griego son a Pound lo que los letreros luminosos y la industria es a Ginsberg. La soledad de Federico García Lorca en Nueva York: los negros que sacan los ojos con cucharas, las relumbrantes aguas del Hudson como la piel aceitunada de los andaluces. Allí están Ginsberg y García Lorca, lejos de la muerte del segundo, lejos de la persecución al primero.
La sociedad no los espera sino para aniquilarlos. “Howl” es dema-siado para soportarse en los andamios, las estructuras de hierro y vidrio, el aire polucionado. El grito de las entrañas, el aullido del lobo solitario, el alcohol desparramado en el vómito en las góndolas del supermercado.
Leer hasta quedar sin aliento, como escribir hasta quedar sin aliento, como vivir hasta quedar sin aliento. Ése es el juego de trasposiciones y correspondencias. Mirar y mirar, virar de un es-tado al otro y volver a lo mismo. El sutra relata el regreso del espíritu de las generaciones desde la locura, la muerte, la esquizofrenia, las desnudeces, el hambre. Sólo es menester mirar el girasol destrozado como si fuera un chakra y repetir la palabra elegida hasta casi el desvanecimiento, o la iluminación. Aullido.





domingo, 31 de agosto de 2014

Raymond Carver - Selección de poemas

El rasguño

    Me desperté con una mancha de sangre reseca
    pegoteada sobre uno de mis párpados. Un arañazo,
    profundo, cruza transversalmente las arrugas de mi frente.
    Sin embargo, últimamente, he estado durmiendo solo.
    Y me pregunto por qué un hombre, incluso en un mal sueño,
    alzaría la propia mano para lastimarse la cara.


    Esta mañana pretendo responder esta pregunta
    y otras similares, mientras observo en silencio
    mi rostro que se refleja en los cristales de la ventana.

Sala de autopsias

    En esos tiempos yo era joven y la fuerza
    de diez hombres habitaba mi cuerpo,
    para lo que mandaran.
    Trabajaba en el hospital en el turno noche
    y una de mis responsabilidades
    cuando el forense terminaba sus tareas
    era la de limpiar la sala de autopsias.
    Ellos no tenían horario, algunas veces
    terminaban temprano, otras demasiado tarde.
    Y para que el personal de limpieza no se aburriera
    dejaban objetos olvidados en la mesa de trabajo.
    Un pequeño bebé quieto como una piedra
    y más frío que la nieve. Un negro corpulento de pelo blanco
    con el pecho partido al medio y los órganos vitales
    flotando en una bandeja a un costado de su cabeza.
    Yo siempre estaba solo, ahí. La manguera derramaba agua.
    Las luces colgadas del techo encandilaban.
    Una vez dejaron sobre la mesa una pierna,
    una pierna de mujer de formas perfectas
    y excesiva palidez.
    Yo sabía para qué era la pierna,
    en ocasiones los había observado.
    A pesar de eso me quedé sin respiración.

    De madrugada en casa mi mujer
    me decía “Dulce, todo va a salir bien. Podemos hacer cambios,
    vivir de otra manera”. Pero no es tan fácil.
    Ella agarraba mi mano entre las suyas, con fuerza,
    yo me reclinaba en el sillón y cerraba los ojos.
    Yo pensaba en… cualquier cosa. No sabía en qué.
    Yo dejaba que ella llevara mi mano a sus tetas.
    Yo abría los ojos y miraba el cielorraso o el piso,
    qué importa…
    Mis dedos se arrastraban hacia su pierna, tibia y bien formada,
    que ante la más suave caricia temblaba y se levantaba delicadamente.
    Mi mente estaba confundida y cómo decirlo ¿sacudida?
    No pasaba nada. Todo estaba pasando.
    La vida era una piedra
    que lentamente se iba gastando
                                                                    y afilando.

El don de la ternura

    Tarde en la noche. Comenzó a nevar.
    Los copos húmedos caían
    más allá del cristal de las ventanas,
    surcando el aire frío
    ocultaban el resplandor de la ciudad.
    Observamos un rato la tormenta
    sorprendidos, felices, satisfechos
    de estar allí y no en otro sitio.
    Puse un leño en el hogar,
    me pediste que regulara
    el tiro de la chimenea.
    Nos metimos en la cama.
    Cerré mis ojos, de inmediato,
    pero
    por razones que desconozco
    antes de dormirme
    el aeropuerto de Buenos Aires
    atravesó mi memoria.
    Recordé esa tarde,
    la temprana oscuridad, las sombras.
    Reconstruí la escena:
    regresé a ese paisaje desolado
    donde flotaba un silencio sepulcral
    interrumpido únicamente por el rugido
    de las turbinas del avión que carreteaba
    lentamente bajo una lluvia de granizo,
    tan fino que lo confundimos con nieve.
    En las ventanas de los edificios no había luz.
    Un lugar realmente solitario.
    Sólo pasillos abandonados, hangares vacíos.
    No vimos a una sola persona.
    “Es como si todo estuviera de luto,”
    fue tu comentario.

    Abrí mis ojos.
    El ritmo de tu respiración
    me dijo que estabas profundamente dormida.
    Te cubrí el cuerpo con uno de mis brazos.
    Mis evocaciones
    me trasladaron de la Argentina
    a un departamento en el que pasé
    un tiempo de mi vida, en Palo Alto.
    No nieva en esa ciudad,
    pero el departamento disponía
    de un amplio ventanal desde donde
    podríamos haber mirado por horas
    la autopista que rodea la bahía.
    La heladera estaba al lado de la cama.
    Las noches calurosas, sofocantes,
    cuando me despertaba con la garganta seca
    sólo tenía que estirar el brazo, abrir la puerta
    y dejarme guiar por la luz interior
    hasta el botellón con agua refrescante.
    En el baño un pequeño calentador eléctrico
    descansaba cerca del lavatorio.
    Todas las mañanas mientras me afeitaba
    calentaba agua en una vieja sartén,
    el frasco de café instantáneo,
    siempre a mano, en el botiquín.

    Un mañana me senté en la cama
    vestido, recién afeitado,
    bebiendo sorbos de café caliente
    intentando olvidar planes,
    proyectos, todas esas cosas
    que había decidido realizar.
    Finalmente disqué el número
    de Jim Houston que vive en Santa Cruz,
    le pedí prestados 75 dólares.
    Me contestó que estaba sin fondos.
    Su mujer había viajado a México
    por unos días y él ya no tenía dinero,
    no llegaba a fin de mes.
    “Está bien”, le dije. “Te entiendo.”
    Y así era,
    no necesité explicaciones.
    Hablamos un poco más y cortamos.
    Terminé el café cuando el avión
    comenzaba a elevarse en mi recuerdo
    y yo desde la ventanilla miraba
    por última vez las luces de Buenos Aires.
    Después cerré los ojos
    iniciando el largo regreso.

    Esta mañana hay nieve por todos lados.
    Hablamos sobre la tormenta.
    Me comentás que no dormiste bien.
    Te digo que yo tampoco.
    Tuviste una noche terrible. “Yo también.”
    Estamos tranquilos el uno con el otro,
    nos asistimos tiernamente
    como si comprendiéramos nuestro estado de ánimo,
    las mutuas inseguridades.
    Creemos adivinar los sentimientos del otro,
    no podemos, por supuesto, nunca podremos.
    No tiene importancia.
    En realidad es la ternura la que me interesa.
    Ése es el don que me conmueve, que me sostiene,
    esta mañana, igual que todas las mañanas.

El caballete

    He perdido el tiempo esta mañana,
    y estoy profundamente avergonzado.
    Ayer noche me acosté pensando en mi padre.
    En el riachuelo donde pescábamos -Butte Creek-
    cerca del lago Almanor. El agua me arrullaba en sueños.
    En el sueño, estaba por todas partes
    y yo no podía levantarme ni moverme.
    Pero cuando desperté esta mañana temprano
    fui al teléfono. Aunque
    el río fluía allá abajo en el valle,
    en la pradera, corriendo entre los tréboles.

    Pinos se alzaban a ambos lados de la pradera.
    Y yo estaba allí.
    Un niño sentado en un caballete de madera,
    mirando hacia abajo.
    Viendo a mi padre beber agua con las manos.
    Luego dijo: "El agua está tan buena.
    Me gustaría poder llevarle a mi madre un poco de este agua"
    Mi padre todavía la quería, aunque estaba muerta
    y él había pasado mucho tiempo lejos de ella.

    Tuvo que esperar algunos años más
    hasta que pudo ir a donde estaba. Pero él quería
    a esta región donde se encontró a sí mismo. El Oeste.
    Durante treinta años la tuvo en el corazón,
    y luego la dejó ir. Se acostó una noche
    en un pueblo del norte de California
    y no despertó. ¿Hay algo más sencillo?

    Me gustaría que mi vida y mi muerte fueran tan sencillas.
    De modo que cuando despierte
    una hermosa mañana como ésta,
    después de estar en algún sitio
    donde quería estar toda la noche,
    algún sitio importante, pudiera moverme del modo más natural
    y sin pensar en ello, hasta mi mesa de trabajo.

    Digamos que lo hice, del modo más sencillo que he descrito.
    De la cama a la mesa de trabajo de la infancia.
    Desde aquí no hay mucho hasta el caballete.
    Y desde el caballete podría mirar hacia abajo
    y ver a mi padre cuando necesitara verlo.
    Mi padre bebiendo aquel agua fresca. Mi dulce padre.
    El río, sus praderas, y pinos, y el caballete.
    Ese. Donde estuve una vez.

    Me gustaría hacer eso
    sin tener que disculparme ante mí mismo por ello.
    Ni sentirme mal por interesarme por cosas menos importantes.
    Sé que es hora de cambiar de vida.
    Esta vida -con sus complicaciones
    y llamadas telefónicas- es indecente,
    y una pérdida de tiempo.

    Quiero hundir mis manos en agua fresca.
    Del modo en que lo hizo él. Otra vez y otra vez y otra.







Raymond Carver nació en Clatskanie, el 25 de agosto de 1938, y murió el 2 de agosto de 1998 en  Port Angels, Estados Unidos. Sus relatos breves impusieron un modelo narrativo denominado por la crítica "realismo sucio", porque sólo trataba temas cotidianos (sin nada heroico o excepcional) con un estilo seco y sin concesiones metafóricas. Para mantener a su esposa y a los dos hijos de ambos tuvo que aceptar trabajos de baja calificación y peor salario (asistente de una gasolinera, portero...) durante una etapa de su vida cuya inestabilidad económica lo marcaría para siempre. En 1958 empezó a interesarse seriamente por la narrativa después de haber asistido a un curso de escritura creativa en el Chico State College.
   Publicó sus primeros cuentos cortos en revistas, mientras estudiaba en el Humboldt State College de California, en 1963. Carver declaraba que eran tantas sus preocupaciones con los niños que apenas tenía tiempo para escribir, lo que determinó la brevedad de sus cuentos y que descartase la novela como género. Empezó a beber descontroladamente a partir de 1967 y hasta 1977, y llegó a ser incluso hospitalizado por alcoholismo.
   En 1976 alcanzó reputación con la colección de cuentos ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? En 1983 obtuvo un importante premio monetario de la Academia Norteamericana y el Instituto de Arte y Literatura, que le permitió reservar tiempo para escribir. Sus cuentos pueden dividirse en dos grandes etapas: la primera hasta principios de la década de 1980, y la segunda desde allí hasta su muerte.
Sus poemas reflejan el estilo duro y directo con que abordaba los problemas de la existencia humana: el absurdo, la fragilidad de las relaciones humanas y el sinsentido de muchas de las convenciones sociales.