Primera parte de la traducción al castellano. Versión de Gerardo Burton
Aullido y otros poemas
por Allen Ginsberg
"¡Arranquen las cerraduras de las puertas!
¡Arranquen las mismas puertas de sus quicios!"
Dedicatoria a
Jack Kerouac, nuevo Buda de la prosa norteamericana, que escupió su inteligencia en once libros escritos en la mitad de los años 1951-1956 -"En la carretera", "Visiones de Neal", "Dr. Sax", "Springtime Mary", "Los subterráneos", "San Francisco Blues", "Vagabundos del Dharma", "Libro de los sueños", "Levántense", "México City Blues" y "Visiones de Gérard"- y creó una prosodia bop y una literatura clásica original. Varias frases y el título de "Aullido" se tomaron de sus obras.
William Seward Burroughs, autor de "El festín desnudo", una novela sin fin que volverá locos a todos.
Neal Cassady, autor de "El primer tercero", una autobiografía (1949) que iluminó a Buda.
Todos estos libros se publican en el Cielo.
Aullido, para Carl Solomon,
por William Carlos Williams
Cuando él y yo éramos más jóvenes, conocí a Allen Ginsberg, un joven poeta que vivía en Paterson, New Jersey, donde él, hijo de un reconocido poeta, había nacido y crecido.
Ginsberg era físicamente de constitución débil y mentalmente estaba conmovido por la vida con que se había topado durante aquellos años inmediatamente posteriores a la primera guerra mundial tal como se la mostraba en Nueva York. Estaba siempre a punto de irse, no importaba dónde; me alteraba. Nunca pensé que viviría para evolucionar y escribir un libro de poemas. Su capacidad para sobrevivir, viajar y seguir escribiendo me asombra. Y no es menos asombroso que haya continuado desarrollando y perfeccionando su arte.
Ahora, él se aparece quince o veinte años después con un poema impresionante. Literalmente, y sin ninguna duda, ha atravesado los infiernos. En el camino, conoció a un hombre llamado Carl Solomon, con quien compartió entre los dientes y el excremento de su vida algo que no puede descubrirse sino en las palabras que utiliza.
Este es un alarido de derrota. No una derrota total porque ha pasado por ella como si fuera una experiencia trivial. Todos somos derrotados en esta vida, pero si uno es un hombre, no está vencido.
Allen Ginsberg es un poeta que ha pasado, con su propio cuerpo, a través de las horripilantes experiencias de vida narradas en estas páginas. Lo asombroso de la cuestión no es que haya sobrevivido, sino que, desde las mismas profundidades encontrase a un individuo a quien amar. Un amor que celebra en estos poemas sin mirar al costado. Digan lo que quieran, él nos prueba que, pese a las experiencias más envilecedoras, el espíritu del amor sobrevive para ennoblecer nuestras vidas si tenemos el ingenio, el coraje y la fe (¡y el arte!) de perseverar.
La fe en el arte de la poesía va de la mano con este hombre en su Gólgota, desde ese matadero parecido en su forma al de los judíos en la guerra pasada. Pero esto ocurre en nuestro país, en nuestras más queridas proximidades. Estamos ciegos y vivimos nuestras ciegas existencias en absoluta ceguera. Los poetas están condenados pero no son ciegos, ven con los ojos de los ángeles. Este poeta ve a través y alrededor de los horrores que participa en los más íntimos detalles de su poema. No evita nada, por el contrario, experimenta todo a fondo. Lo contiene. Lo reclama como propio y creemos, se ríe de él y tiene el tiempo y el desafío de amar a un compañero de su elección y registrar ese amor en este bello poema.
Levanten el borde de sus faldas, damas, estamos ingresando en el infierno.
Aullido, para Carl Solomon
I
Yo vi las mejores mentes de mi generación destruidas por la
locura, hambreadas, histéricas, desnudas
arrastrarse por las calles de los negros en el crepúsculo en busca de
un pico desesperado,
hipsters de cabeza de ángel ardiendo por la antigua conexión celestial al motor estelar en la maquinaria nocturna,
esos que en la pobreza y en andrajos y con ojos huecos y en lo alto se
incorporan fumando en la oscuridad sobrenatural de los
departamentos con agua fría corriente y flotan cruzando los
techos de las ciudades y contemplando el jazz,
esos que desnudaron sus sesos al cielo bajo el Empire State y vieron
a los ángeles mahometanos vacilando sobre los techos iluminados de los conventillos,
esos que pasaron por universidades con radiantes ojos tibios alucinando
Arkansas y Blake -una tragedia leve entre los eruditos de la
guerra,
esos que fueron expulsados de las academias por locos y por haber publicado odas obscenas en las ventanas de la calavera,
esos que se agacharon en ropa interior en las habitaciones,
sin afeitar, quemando su dinero en basureros y escuchando el
terror a través de la pared,
esos que se quebraron en su vello púbico mientras volvían de Laredo hacia New York con un cinturón repleto de marihuana,
esos que comieron fuego en pintura en los hoteles o bebieron trementina en el callejón del Paraíso, murieron o purgaron sus torsos noche
tras noche
con sueños, con drogas, con pesadillas en vigilia, alcohol y coca y tragos interminables,
incomparables calles ciegas de nubes temblorosas y relámpagos en la
mente, saltando hacia los postes de Canadá & Paterson, iluminando todo el mundo inmóvil del entre Tiempo
solidez del peyote en los salones, amaneceres del cementerio del árbol
verde en el patio trasero, borrachera de vino sobre los tejados,
fachadas de almacenes municipales picadas de neón eludiendo los
semáforos, vibraciones de sol y luna y árbol en las rugientes
oscuridades invernales de Brooklyn, ceniceros delirantes y
majestuosa luz de la mente;
esos que se encadenaron a los subterráneos para un viaje sin fin desde
Battery al Santo Bronx en benzedrina hasta que el ruido de las
ruedas y los chicos los llevaron a un naufragio estremecedor con
el apaleado desierto del cerebro totalmente vaciado de brillo en
la lóbrega luz del zoológico,
esos que se sumergieron en la luz submarina de Brickford's, salieron a flote y se sentaron ante una cerveza rancia por la
tarde en el desolado Fugazzi's mientras oían el juicio final del tocadiscos automático de hidrógeno,
esos que hablaron continuamente durante setenta horas desde el parque al colchón al bar a Bellevue al museo al puente de Brooklyn,
una patrulla perdida de conversadores platónicos saltando desde los
escalones de las salidas de emergencia de los antepechos de las
ventanas del Empire State hasta la luna,
rebuznando chillando vomitando susurrando hechos y memorias y anécdotas y patadas en el ojo y electroshocks en los hospitales
y cárceles y guerras
íntegros intelectos lanzados en una convocatoria de siete días con sus
noches y ojos brillantes, carne para la sinagoga arrojada sobre el pavimento,
esos que se esfumaron hacia ningún lado Zen de Nueva Jersey dejando un
rastro de ambiguas postales de Atlantic City Hall,
sufriendo exudaciones orientales, quebrantaduras de huesos de Tánger
y migrañas de China con pitadas de cáñamo en una habitación amueblada y sin abrigo de Newark,
esos que vagabundearon en círculos en la medianoche en la carretera
preguntándose dónde ir, y fueron, sin dejar corazones rotos,
esos que encendieron cigarrillos en vagones haciendo lío a través de la nieve hasta las solitarias granjas en la noche del abuelo,
esos que estudiaron Plotino Poe San Juan de la Cruz telepatía y cábala bop porque el cosmos vibraba por instinto a sus pies en Kansas,
esos que abandonaron todo en las calles de Idaho viendo visionarios
ángeles indios que eran visionarios ángeles indios,
esos que pensaron que apenas estaban locos cuando Baltimore relampagueó en un éxtasis sobrenatural,
esos que saltaron dentro de limusinas con el chino de Oklahoma al
impulso de la luz de la calle en la medianoche de invierno,
lluviosa de la pequeña ciudad,
esos que haraganearon hambrientos y solitarios por Houston buscando
jazz o sexo o sopa, y siguieron al talentoso español para conversar sobre América y la eternidad, una tarea sin esperanza, y entonces tomaron un barco a África,
esos que desaparecieron en los volcanes de México sin dejar nada atrás
salvo la sombra de los pantalones y la lava y la ceniza de la
poesía desparramada en el hogar de Chicago,
esos que reaparecieron en la costa oeste investigando al FBI en barbas y pantaloncitos con grandes ojos pacifistas y sensuales
en su oscura piel saliendo de folletos incomprensibles,
esos que hicieron agujeros en sus brazos con cigarrillos para protestar contra la niebla de tabaco del capitalismo,
esos que distribuyeron panfletos supercomunistas en la plaza Unión sollozando y desvistiéndose mientras las sirenas de Los Álamos los lloraban, y gemían en Wall, y el ferry de la isla Staten también se lamentaba,
esos que irrumpieron llorando en blancos gimnasios desnudos y temblando delante de la maquinaria de otros esqueletos,
esos que golpearon a los detectives en el cuello y chillaron con deleite en los patrulleros no por cometer crímenes sino por su propia pederastia e intoxicación salvajes,
esos que aullaron de rodillas en el subte y fueron arrastrados fuera
del techo agitando sus genitales y manuscritos
esos que dejaron que los cogieran por atrás santos motociclistas y chillaron de gozo,
esos que convidaron y fueron convidados por esos serafines humanos,
los marineros, con caricias de amor atlántico y caribeño,
esos que bailaron en la mañana y en las tardes en jardines de rosas y
en el césped de parques públicos y cementerios desparramando su
semen libremente a quien quiera que ojalá viniera,
esos que hipaban interminablemente intentando contener la risa pero
acabaron en un sollozo tras un tabique en un baño turco donde el
ángel rubio y desnudo vino para penetrarlos con una espada,
esos que perdieron a sus efebos con las tres arpías del destino: la
arpía tuerta del dólar heterosexual, la arpía tuerta que disimula su vientre y la arpía tuerta que no hace nada excepto sentarse sobre su culo y tijeretear los intelectuales
hilos dorados del telar del artesano,
esos que copulaban extáticos e insaciables con una botella de cerveza
y un amate, un atado de cigarrillos una vela y se cayeron de la
cama, y continuaron en el piso y abajo en el vestíbulo y
terminaron desfallecidos contra la pared con una visión de la
última cuenta y vinieron eludiendo el último relámpago de
conciencia,
esos que mitigaron el rapto de un millón de chicas temblando en el
ocaso, y tenían los ojos enrojecidos por la mañana pero se
prepararon para endulzar el arrebato de la salida del sol, destellando las nalgas en los graneros y desnudos en el lago,
esos qiue se fueron a putañear por Colorado en una miríada de autos robados de noche, Neal Cassady, héroe secreto de estos poemas, padrillo y Adonis de Denver, gozo por la memoria de su interminable lista de chicas en baldíos & patios traseros de los comederos, cines, raquíticas hileras en cavernas sobre las
cimas de las montañas o con camareras flacas en las banquinas familiares solitarias enaguas levantadas & sobre todo estaciones de servicio secretas solipsismos de juanes & callejones de la ciudad natal también,
esos que se desvanecieron en infinitas películas sórdidas, fueron transportados en sueños, despertaron de repente en Manhattan y se levantaron de los basamentos, se colgaron con una cruel Tokay y los horrores de la 3a. avenida, sueños de hierro & tropezaron contra las oficinas de desempleo,
esos que caminaron toda la noche con sus zapatos llenos de sangre en la nieve de los desembarcaderos de la ribera esperando que una
puerta en el East River se abriera a una habitación llena de
vapor y opio,
esos que crearon grandes dramas suicidas en el departamento acantilado
del Hudson bajo el reflector azul de la luna durante la guerra
& sus cabezas serán coronadas con laurel en el olvido
esos qzue comieron el guiso de cordero de la imaginación o digirieron
el cangrejo en el fangoso cauce de los ríos de Bowery,
esos que lloraron por el idilio de las calles con sus carretillas repletas de cebollas y música en la oscuridad bajo el puente, y
se levantaron a construir clavicordios en sus altillos,
esos que tosieron en el sexto piso de Harlem coronados con llamas bajo
el cielo tuberculoso rodeado por embalajes anaranjados de
teología,
esos que garabatearon toda la noche bamboleándose y rodando sobre
excelsos conjuros que en la mañana amarilla se convirtieron en
estrofas de jerigonza,
esos que cocinaron carroña de animales bofe corazón patas colas borsht
& "tortillas" soñando con el puro reino vegetal,
esos que se zambulleron bajo furgones de carne buscando su huevo,
esos que arrojaron sus relojes desde el techo para abandonar su cédula
por toda la eternidad fuera del tiempo, & los despertadores cayeron sobre sus cabezas cada día en la próxima década,
esos que cortaron sus muñecas tres veces sucesivas sin éxito,
renunciaron y fueron forzados a abrir antiguos almacenes donde pensaron que envejecerían y lloraron,
esos que fueron quemados vivos en sus inocentes trajes de franela entre ráfagas de versos plomizos & el martilleo metálico de los regimientos de hierro de la moda & los chillidos de nitroglicerina de las hadas de la publicidad & el gas de mostaza de los siniestros editores inteligentes, o fueron cazados por los taxímetros borrachos de la Realidad Absoluta,
esos que saltaron desde el puente de Brooklyn esto actualmente sucedió
y se perdieron caminando, desconocidos y olvidados en el
fantasmal deslumbramiento de una sopa de Chinatown, callejones
y autobombas, sin siquiera una cerveza gratis,
esos que cantaron desesperados desde sus ventanas, se arrojaron por la
ventanilla del subte, saltaron en el inmundo Passaic, se montaron
a los negros, lloraron todos en la calle, bailaron descalzos
sobre vasos rotos quebraron discos pornográficos del nostálgico
jazz alemán de la Europa del '30 se terminaron el whisky y se
lanzaron gruñendo en el sangriento retrete, quejidos en sus oídos
y la ráfaga de colosales silbidos de vapor,
esos que barrenaron los caminos del pasado recorriendo de uno a otro
el caliente azote del Gólgota la mirada de soledad en la cárcel
o la encarnación del jazz en Birmingham,
esos que manejaron a campo traviesa setenta y dos horas para descubrir
si yo tenía una visión o tú tenías una visión o él tenía una
visión para hallar la Eternidad,
esos que viajaron a Denver, que murieron en Denver, que regresaron a
Denver & esperaron en vano, que vigilaron Denver & se cobijaron & se aislaron y finalmente se fueron a encontrar el Tiempo, & ahora Denver está abandonada para sus héroes,
esos que se arrodillaron en catedrales sin esperanza rezando por la
salvación de cada uno y la luz y los pechos, hasta que el alma
iluminó su cabellera por un segundo,
esos que estrellaron sus mentes en prisión esperando a imposibles
criminales con cabezas doradas y el encanto de la realidad en
sus corazones que cantaban dulces blues e Alcatraz,
esos que se retiraron a México a cultivar un hábito o a las Montañas
Rocosas hacia Buda el tierno o a Tánger hacia los muchachos o al Pacífico sur en la negra locomotora o a Harvard al Narciso a Woodlawn a las margaritas o a la tumba,
esos que exigieron juicios de salud acusando a la radio de hipnotismo
& los dejaron con su demencia & sus manos & un jurado en
desacuerdo,
esos que arrojaron ensalada de papas a los conferencistas sobre
dadaísmo del Centro Cultural de New York y después se presentaron
en las escalinatas de granito del manicomio con las cabezas
afeitadas y arlequines discursos de suicidio, exigiendo la
inmediata lobotomía,
y a quienes en lugar del vacío concreto de la insulina se les dio metrasol electricidad hidroterapia terapia ocupacional ping pong
y amnesia,
esos que en una protesta sin humor dieron vuelta sólo una simbólica
mesa de ping pong, reposando brevemente catatónicos,
volviendo años después calvos de veras salvo una peluca de sangre, y
lágrimas y dedos, hacia la sentencia visible del enajenado de los
custodios de las dementes ciudades del Este,
los fétidos vestíbulos de Pilgrim State, Rockland y Greystone
murmurando con los ecos del alma, golpeando y rodando en la
soledad de medianoche en los bancos dolménicos reinos del amor, el sueño de la vida una pesadilla, cuerpos convertidos en piedra, tan pesados como la luna,
con la madre finalmente ****** y el último libro fantástico arrojado desde la ventana de trementina y la última puerta cerrada a las
4 a.m. y el último teléfono estrellado contra la pared como
respuesta y la última habitación amueblada vaciada hasta el último mueble mental, una rosa amarilla de papel enroscada en una percha de alambre en el ropero, y aun eso es imaginario, nada sino un esperanzado pedacito de alucinación,
ah, Carl, mientras no te salves, yo no me salvaré, y ahora tú estás en
la animal sopa total del tiempo
y quienes en consecuencia corrieron por las calles heladas obsesionados con un repentino relámpago de la alquimia del uso
de la elipse el catálogo el metro y el plano vibratorio
quienes soñaron e hicieron encarnar brechas en Tiempo & Espacio a
través de imágenes yuxtapuestas, y atraparon al arcángel del alma
entre dos imágenes visuales y unieron los verbos elementales y fijaron el sustantivo y el golpe de conciencia juntos saltando con la sensación del Pater Omnipotens Aeterna Deus
para recrear la sintaxis y medir la pobre prosa humana y quedarse ante ti sin palabras e inteligente y sacudiéndose con vergüenza,
rehusando aún confesar el alma para conformar el ritmo del
pensamiento en su desnuda cabeza sin fin,
la vagancia del enajenado y el golpe del ángel en el Tiempo, desconocido, todavía puesto aquí lo que podía dejarse para decir en el tiempo después de la muerte,
y se alzaron reencarnados en las fantasmales ropas del jazz en la
sombra de la trompeta de la banda y tocaron el sufrimiento de
la mente desnuda de América para amar en un lamento de saxofón
como un eli eli lammma lamma sabactahani que sacudió a las ciudades hasta la última radio
con el corazón absoluto del poema de la vida carnal de sus propios cuerpos buenos para comer mil años.
jueves, 26 de febrero de 2015
Aullidos en el tiempo
Esta introducción a la poesía de Allen Ginsberg prepara la publicación de "Aullido", una versión en castellano realizada hace algunos años, en homenaje al poeta norteamericano. Los textos del libro serán publicados paulatinamente. (Foto: Ginsberg recita "Aullido")
por Gerardo Burton
En su acepción común, profeta es un adivino, un augur. El pronos-ticador de un futuro más o menos inmediato. Ejerce las artes mán-ticas y resulta muy funcional en el esquema de ideas de la new age: puede leer el destino de cada uno y de la sociedad entre las borrosas líneas de la mano, las rayas quebradas o enteras del I Ching y las bellas cartas ilustradas del Tarot. También incursiona en la pseudopsiquiatría, las ciencias sociales, la gramática y el esperanto.
Otra versión del profetismo es la judeocristiana: habla del hombre que lee los acontecimientos, que denuncia los desvíos que utilizan los hombres y las sociedades de los caminos trazados hacia su propio encuentro, o al de la divinidad en todo caso. Allen Ginsberg se reía de esta segunda mirada, tomaba distancia de ella, pero no dejó de utilizarla. “Aullido” fue un revulsivo contra el destino manifiesto desde su misma composición: un judío homosexual con drogas hasta las orejas escribió, durante cuarenta horas el poema que vio el revés de la trama del capitalismo norteamericano.
Como Walt Whitman en el siglo anterior, Ginsberg levantó muy alto la humanidad, la demasiada humanidad del cuerpo y los sentidos. El desorden querido por Jean Arthur Rimbaud, ese joven subversivo anclado en el más allá; la desnuda muerte de Vincent van Gogh en un pueblito francés, las narices asomadas al abismo de Antonin Artaud y los dieciocho whiskies de Dylan Thomas no fueron más que la heroína de Charlie Parker y William Burroughs, el LSD de John Lennon & compañía o el mezcal de Henri Michaux y Aldous Huxley.
Demasiado para Ginsberg: quería él aullar de placer, mezclar el placer y el arte y llevarse por delante la vida con su gay vivir. Demasiado para el pobre Allen, con tantos locos en la familia y adoptando a un loco como Ezra Pound como un faro.
Demasiado para el pobrecito nacido en New Jersey en 1926, de madre comunista y emigrada rusa y padre maestro de escuela y poeta de ratos libres, muerto setenta años después. Las drogas fueron una clave para su búsqueda y luego, por su hígado enfermo debió alternarlas y casi reemplazarlas por la meditación budista zen, que también “actúa por acumulación”.
Howl, publicado en 1956, es una de las tres obras que caracterizan los beatniks, una camada de escritores y artistas surgida luego de la generación perdida de la entreguerra. Las otras dos pertenecen al maestro de todos ellos, William Burroughs –“El festín desnudo”- y a Jack Kerouac, compañero de correrías de Ginsberg: “En el camino” –o “En la ruta”-. El grupo estaba integrado también por Neal Cassady; Gregory Corso; Lawrence Ferlinghetti –fundador y propietario de City Light Books, la editorial que los publicó a todos-; Gary Snyder y, un poco más allá, Norman Mailer y Peter Orlovsky. Dentro de ellos corría sangre, benzedrina, anfetaminas, whisky, marihuana, lisérgico y heroína, entre otras sustancias más o menos legales. La base, según la escuela de Burroughs, era la experimentación. Lo que importaba no era el efecto instantáneo causado por las drogas sino el residuo de las alucinaciones, materia prima de la escritura. El grupo recurría de esa manera a una especie de mística oriental que se condensó en la adopción del budismo zen. Kerouac y Snyder son dos ejemplos: el primero publicó luego “Los vagabundos del Dharma”, y el segundo se recluyó a escribir poemas breves de estilo japonés. Pero el budismo zen también resultaba más una excusa literaria que el fin de una búsqueda religiosa.
Algo sobre el beat
El término inglés beat significa golpe, pero también, en un sentido figurado, exhausto, en el fondo del mundo, mirando hacia fuera o hacia arriba, insomne. La mirada de los beatniks –los que están golpeados, o exhaustos- es con los ojos bien abiertos, perceptivos. Ellos están expulsados de la sociedad, solos, en la calle.
Kerouac dijo que beatnik nunca significó delincuente juvenil, pero se trataba de una posición estética con caracteres de una espiritualidad especial.
Más tarde, beat definió una desesperación formal transformada en una rebelión contra todas las fórmulas políticas y literarias; un nuevo concepto que instintivamente arribó a una actitud personal que no está en nuestro vocabulario. Los beatniks son gente muy cansada, cansada de haber vivido antes de empezar a vivir
El origen está muy vinculado con el be-bop, con Charlie Parker, Dizzie Gillespie y Thelonius Monk. Los beatniks traducen al len-guaje literario el habla de la calle, y el habla improvisada de los instrumentos de jazz en el be-bop. El fraseo se vuelve ritmo, y es en “Aullido” (“Yo vi las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura,...”) donde adquiere su mayor hondura y volumen. El peso específico que viene de Ezra Pound y que consiste en incorporar las luces de neón, los desechos industriales a la manera de un collage de Antonio Berni y el sonido de las calles transmutado en música, eso hace “Aullido”.
La historia no se congela: en los sesentas vienen los Beatles y la cuestión sigue, pero la relación de Ginsberg, fuera de San Francisco –la ciudad que había elegido para vivir- es con Andy Warhol y su grupo en Nueva York, y en Inglaterra se une al circuito de poetas lectores del Royal Albert Hall. Allí también tiene sus experiencias con lisérgico de la mano de Mick Jagger, aunque también resulta famoso un encuentro con John Lennon y los otros tres, entre otros artistas.
Integró como baterista una de las bandas en gira de Bob Dylan –Rolling Thunder Review Tour- y se metió en el punk cuando éste se puso a subvertir el roc’nrol: estuvo en el disco de The Clash, Combat Rock.
Luego eligió compañeros de ruta entre la “intelligentsia” neoyor-quina y rockera: Yoko Ono, siguió con Dylan, Patti Smith. Ginsberg era una especie de tótem que venía –por haberla creado- de una subcultura beatnik. Pidió por la paz en Saigón, y la paz en el mundo tanto desde la India como desde su amada Frisco. En Inglaterra y Estados Unidos hizo lecturas de sus poemas y de los de William Blake, poeta que le abrió el paso a los paraísos artificiales del LSD.
Poemas suyos fueron musicalizados por Bill Firsell y Arto Lindsay con el título ”The lion for real”; escribió en colaboración la ópera Hydrogen Jukebox y editó una versión, con el Kronos Quartet, de Howl.
Un poco sobre “Aullido”
El verso de Whitman es la clave. La sordidez descriptiva de Blake, la segunda. Y Pound, mucho Pound con las yuxtaposiciones. La analogía es la siguiente: el provenzal y el griego son a Pound lo que los letreros luminosos y la industria es a Ginsberg. La soledad de Federico García Lorca en Nueva York: los negros que sacan los ojos con cucharas, las relumbrantes aguas del Hudson como la piel aceitunada de los andaluces. Allí están Ginsberg y García Lorca, lejos de la muerte del segundo, lejos de la persecución al primero.
La sociedad no los espera sino para aniquilarlos. “Howl” es dema-siado para soportarse en los andamios, las estructuras de hierro y vidrio, el aire polucionado. El grito de las entrañas, el aullido del lobo solitario, el alcohol desparramado en el vómito en las góndolas del supermercado.
Leer hasta quedar sin aliento, como escribir hasta quedar sin aliento, como vivir hasta quedar sin aliento. Ése es el juego de trasposiciones y correspondencias. Mirar y mirar, virar de un es-tado al otro y volver a lo mismo. El sutra relata el regreso del espíritu de las generaciones desde la locura, la muerte, la esquizofrenia, las desnudeces, el hambre. Sólo es menester mirar el girasol destrozado como si fuera un chakra y repetir la palabra elegida hasta casi el desvanecimiento, o la iluminación. Aullido.
por Gerardo Burton
En su acepción común, profeta es un adivino, un augur. El pronos-ticador de un futuro más o menos inmediato. Ejerce las artes mán-ticas y resulta muy funcional en el esquema de ideas de la new age: puede leer el destino de cada uno y de la sociedad entre las borrosas líneas de la mano, las rayas quebradas o enteras del I Ching y las bellas cartas ilustradas del Tarot. También incursiona en la pseudopsiquiatría, las ciencias sociales, la gramática y el esperanto.
Otra versión del profetismo es la judeocristiana: habla del hombre que lee los acontecimientos, que denuncia los desvíos que utilizan los hombres y las sociedades de los caminos trazados hacia su propio encuentro, o al de la divinidad en todo caso. Allen Ginsberg se reía de esta segunda mirada, tomaba distancia de ella, pero no dejó de utilizarla. “Aullido” fue un revulsivo contra el destino manifiesto desde su misma composición: un judío homosexual con drogas hasta las orejas escribió, durante cuarenta horas el poema que vio el revés de la trama del capitalismo norteamericano.
Como Walt Whitman en el siglo anterior, Ginsberg levantó muy alto la humanidad, la demasiada humanidad del cuerpo y los sentidos. El desorden querido por Jean Arthur Rimbaud, ese joven subversivo anclado en el más allá; la desnuda muerte de Vincent van Gogh en un pueblito francés, las narices asomadas al abismo de Antonin Artaud y los dieciocho whiskies de Dylan Thomas no fueron más que la heroína de Charlie Parker y William Burroughs, el LSD de John Lennon & compañía o el mezcal de Henri Michaux y Aldous Huxley.
Demasiado para Ginsberg: quería él aullar de placer, mezclar el placer y el arte y llevarse por delante la vida con su gay vivir. Demasiado para el pobre Allen, con tantos locos en la familia y adoptando a un loco como Ezra Pound como un faro.
Demasiado para el pobrecito nacido en New Jersey en 1926, de madre comunista y emigrada rusa y padre maestro de escuela y poeta de ratos libres, muerto setenta años después. Las drogas fueron una clave para su búsqueda y luego, por su hígado enfermo debió alternarlas y casi reemplazarlas por la meditación budista zen, que también “actúa por acumulación”.
Howl, publicado en 1956, es una de las tres obras que caracterizan los beatniks, una camada de escritores y artistas surgida luego de la generación perdida de la entreguerra. Las otras dos pertenecen al maestro de todos ellos, William Burroughs –“El festín desnudo”- y a Jack Kerouac, compañero de correrías de Ginsberg: “En el camino” –o “En la ruta”-. El grupo estaba integrado también por Neal Cassady; Gregory Corso; Lawrence Ferlinghetti –fundador y propietario de City Light Books, la editorial que los publicó a todos-; Gary Snyder y, un poco más allá, Norman Mailer y Peter Orlovsky. Dentro de ellos corría sangre, benzedrina, anfetaminas, whisky, marihuana, lisérgico y heroína, entre otras sustancias más o menos legales. La base, según la escuela de Burroughs, era la experimentación. Lo que importaba no era el efecto instantáneo causado por las drogas sino el residuo de las alucinaciones, materia prima de la escritura. El grupo recurría de esa manera a una especie de mística oriental que se condensó en la adopción del budismo zen. Kerouac y Snyder son dos ejemplos: el primero publicó luego “Los vagabundos del Dharma”, y el segundo se recluyó a escribir poemas breves de estilo japonés. Pero el budismo zen también resultaba más una excusa literaria que el fin de una búsqueda religiosa.
Algo sobre el beat
El término inglés beat significa golpe, pero también, en un sentido figurado, exhausto, en el fondo del mundo, mirando hacia fuera o hacia arriba, insomne. La mirada de los beatniks –los que están golpeados, o exhaustos- es con los ojos bien abiertos, perceptivos. Ellos están expulsados de la sociedad, solos, en la calle.
Kerouac dijo que beatnik nunca significó delincuente juvenil, pero se trataba de una posición estética con caracteres de una espiritualidad especial.
Más tarde, beat definió una desesperación formal transformada en una rebelión contra todas las fórmulas políticas y literarias; un nuevo concepto que instintivamente arribó a una actitud personal que no está en nuestro vocabulario. Los beatniks son gente muy cansada, cansada de haber vivido antes de empezar a vivir
El origen está muy vinculado con el be-bop, con Charlie Parker, Dizzie Gillespie y Thelonius Monk. Los beatniks traducen al len-guaje literario el habla de la calle, y el habla improvisada de los instrumentos de jazz en el be-bop. El fraseo se vuelve ritmo, y es en “Aullido” (“Yo vi las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura,...”) donde adquiere su mayor hondura y volumen. El peso específico que viene de Ezra Pound y que consiste en incorporar las luces de neón, los desechos industriales a la manera de un collage de Antonio Berni y el sonido de las calles transmutado en música, eso hace “Aullido”.
La historia no se congela: en los sesentas vienen los Beatles y la cuestión sigue, pero la relación de Ginsberg, fuera de San Francisco –la ciudad que había elegido para vivir- es con Andy Warhol y su grupo en Nueva York, y en Inglaterra se une al circuito de poetas lectores del Royal Albert Hall. Allí también tiene sus experiencias con lisérgico de la mano de Mick Jagger, aunque también resulta famoso un encuentro con John Lennon y los otros tres, entre otros artistas.
Integró como baterista una de las bandas en gira de Bob Dylan –Rolling Thunder Review Tour- y se metió en el punk cuando éste se puso a subvertir el roc’nrol: estuvo en el disco de The Clash, Combat Rock.
Luego eligió compañeros de ruta entre la “intelligentsia” neoyor-quina y rockera: Yoko Ono, siguió con Dylan, Patti Smith. Ginsberg era una especie de tótem que venía –por haberla creado- de una subcultura beatnik. Pidió por la paz en Saigón, y la paz en el mundo tanto desde la India como desde su amada Frisco. En Inglaterra y Estados Unidos hizo lecturas de sus poemas y de los de William Blake, poeta que le abrió el paso a los paraísos artificiales del LSD.
Poemas suyos fueron musicalizados por Bill Firsell y Arto Lindsay con el título ”The lion for real”; escribió en colaboración la ópera Hydrogen Jukebox y editó una versión, con el Kronos Quartet, de Howl.
Un poco sobre “Aullido”
El verso de Whitman es la clave. La sordidez descriptiva de Blake, la segunda. Y Pound, mucho Pound con las yuxtaposiciones. La analogía es la siguiente: el provenzal y el griego son a Pound lo que los letreros luminosos y la industria es a Ginsberg. La soledad de Federico García Lorca en Nueva York: los negros que sacan los ojos con cucharas, las relumbrantes aguas del Hudson como la piel aceitunada de los andaluces. Allí están Ginsberg y García Lorca, lejos de la muerte del segundo, lejos de la persecución al primero.
La sociedad no los espera sino para aniquilarlos. “Howl” es dema-siado para soportarse en los andamios, las estructuras de hierro y vidrio, el aire polucionado. El grito de las entrañas, el aullido del lobo solitario, el alcohol desparramado en el vómito en las góndolas del supermercado.
Leer hasta quedar sin aliento, como escribir hasta quedar sin aliento, como vivir hasta quedar sin aliento. Ése es el juego de trasposiciones y correspondencias. Mirar y mirar, virar de un es-tado al otro y volver a lo mismo. El sutra relata el regreso del espíritu de las generaciones desde la locura, la muerte, la esquizofrenia, las desnudeces, el hambre. Sólo es menester mirar el girasol destrozado como si fuera un chakra y repetir la palabra elegida hasta casi el desvanecimiento, o la iluminación. Aullido.
martes, 18 de noviembre de 2014
Macky Corbalán: hacia una construcción de la identidad poética
Murió en Neuquén en la madrugada del 14 de septiembre pasado. Había nacido en 1963 en Cutral Co, ciudad que amaba y que constituía el lugar de sus raíces más profundas y a la que volvía en su poesía y en su pensamiento. Era periodista y licenciada en servicio social. Su voz ya está entre las más originales de la poesía actual de la Argentina. Se definía como “poeta, lesbiana, feminista”. Como tal, participó activamente de grupos de agitación y reflexión en defensa de los derechos de la mujer y por la libre elección y práctica de la orientación sexual.
Por Gerardo Burton
geburt@gmail.com
NEUQUÉN.- Nacida como Miryam Adriana Corbalán en el auge del Cutral Co petrolero a comienzos de la década de 1960, su primera identidad poética fue Macky Corbalán, de donde mutó a mac, luego a macky poeta. En su última publicación en vida, dijo de sí misma en la contratapa: “macky poeta es una ficción de su autor(aeiou), que también es una ficción, tal como tú: -mon semblable,-mon frère! Al personaje le tocó (cree que eligió) moverse en este mundo raro como lesbiana, feminista, queer, activista por los derechos de animales no humanos y de las plantas (también se acerca amorosamente a lo inorgánico). Y la poesía, su imprescindible link con el aire que respirar o el aire que respira" (Anima(i)s, 2013). Se trata de un proceso –un procedimiento- continuo de construcción, desarrollo y demolición de la personalidad en el cual ella se corre del lugar protagónico para que la poesía se transforme en el soporte y la guía, en el origen primordial y el destino natural para que la poeta no hable sino que sea hablada.
Con esa cita de la contratapa, Macky Corbalán definía un territorio sin límites ni fronteras, una extensa piel permeable únicamente a la poesía que, desde ese lugar, increpa a los poderes establecidos de la política, la academia, las canonjías, el sistema económico y, por encima de todo, el lenguaje.
Etiquetas:
macky corbalán,
poesía argentina,
poesía patagónica
Macky Corbalán: hacia una construcción de la identidad poética
Murió en Neuquén en la madrugada del 14 de septiembre pasado. Había nacido en 1963 en Cutral Co, ciudad que amaba y que constituía el lugar de sus raíces más profundas y a la que volvía en su poesía y en su pensamiento. Era periodista y licenciada en servicio social. Su voz ya está entre las más originales de la poesía actual de la Argentina. Se definía como “poeta, lesbiana, feminista”. Como tal, participó activamente de grupos de agitación y reflexión en defensa de los derechos de la mujer y por la libre elección y práctica de la orientación sexual.
Por Gerardo Burton
geburt@gmail.com
NEUQUÉN.- Nacida como Miryam Adriana Corbalán en el auge del Cutral Co petrolero a comienzos de la década de 1960, su primera identidad poética fue Macky Corbalán, de donde mutó a mac, luego a macky poeta. En su última publicación en vida, dijo de sí misma en la contratapa: “macky poeta es una ficción de su autor(aeiou), que también es una ficción, tal como tú: -mon semblable,-mon frère! Al personaje le tocó (cree que eligió) moverse en este mundo raro como lesbiana, feminista, queer, activista por los derechos de animales no humanos y de las plantas (también se acerca amorosamente a lo inorgánico). Y la poesía, su imprescindible link con el aire que respirar o el aire que respira" (Anima(i)s, 2013). Se trata de un proceso –un procedimiento- continuo de construcción, desarrollo y demolición de la personalidad en el cual ella se corre del lugar protagónico para que la poesía se transforme en el soporte y la guía, en el origen primordial y el destino natural para que la poeta no hable sino que sea hablada.
Con esa cita de la contratapa, Macky Corbalán definía un territorio sin límites ni fronteras, una extensa piel permeable únicamente a la poesía que, desde ese lugar, increpa a los poderes establecidos de la política, la academia, las canonjías, el sistema económico y, por encima de todo, el lenguaje.
Al respecto, en una entrevista que realizaron Luciana Mellado, Mónica Baeza y Jorge Maldonado y apareció en este suplemento (ver Confines, número correspondiente a abril-mayo de 2011), Corbalán decía: “No creo en los límites geográficos, no creo en ningún tipo de límites. Creo que hay límites que se respetan por una cuestión de supervivencia y sobre todo de costumbre, pero no creo en las entelequias del poder. La poesía va a usar todos los disfraces que necesite para seguir operando desde lo subterráneo para socavar el poder”. Por eso concebía una proximidad entre la poesía y la política: “toda poesía es política”.
Tres ejes ordenaron la práctica poética de sus últimos tiempos: ritmo, lenguaje y poder. La poesía los cuestiona esos pues propone un ritmo existencial que le es propio y al que alimenta; hace un lenguaje que a su vez hace a quien habla cuando la intensidad poética es la requerida y suficiente y demuele los criterios establecidos por las buenas conciencias: el patriarcado, la uniformidad, la heterosexualidad; y finalmente, critica el poder, porque la poesía no sólo es alternativa sino que es el cuestionamiento básico (desde lo subterráneo) de todo lo instaurado, de lo normatizado, lo reglado y que pretende imponerse sobre las conciencias y las existencias (para socavar el poder).
La tarea realizada por Corbalán toma como punto de partida la palabra: en su origen, ella trabaja con palabras, pero luego lo hace con imágenes con una guía a través de los textos. Primero está la escritura porque “como ciega, necia y sorda, (la poesía) no me puede decir directamente ‘ey, necesito esto de vos’, te lo indica a través de los textos” (cfr. Entrevista citada). Esa busca se convierte en guía, en senda a seguir y entonces “la poesía me pide escribir versos cortos, con mayor carga de imágenes… y así. Todo a través de la lectura, la poesía y la práctica” y las lecturas de Maurice Blanchot, Nelly Sachs o Paul Celan, por ejemplo.
Este camino tiene su paralelo con una mística de la que no se excluye la contemplación cotidiana y constante. Es una actitud próxima a la del monje que cultiva el Wu Wei: no hacer nada, no dejar nada sin hacer, ni en la vida ni en la poesía, y así asomarse al pensamiento poético puro, un caudaloso y manso río por el cual transcurre la vida, donde la poesía es a la vez el andar y el destino. Es la inacción que deja hacer y que deja hacer-se por el río vital.
Y ese derrotero está marcado por sus libros: su poesía escrita tuvo esa misma evolución, ese igual crecimiento. Desde los inicios deslumbrados con César Vallejo primero y luego con Alejandra Pizarnik y Juan Gelman, Corbalán dio pasos que abrían una multiplicidad de posibilidades. Cada recodo que adoptaba su escritura era una nueva propuesta, y por esa razón un nuevo libro era una sorpresa, en primer lugar para ella misma, y luego para su creciente núcleo de lectores.
Lo interesante –y ella misma lo dijo en frecuentes entrevistas- es que nunca intentó hacer de su camino un modelo para otros poetas. Como a ella le ocurrió con ese ámbito favorable a la expresión de la poesía cada vez más pura, lo enseñó casi inadvertidamente. En la entrevista mencionada, lo explicaba así: “creo –con una heterodoxa fe personal, que no busca evangelizar– en una poesía del momento, conjugada en un continuo presente. No tengo aspiraciones, no tengo objetivos ni finalidad con la poesía. Poesía es sinónimo de vida, de vida en el lenguaje; marca de intensidad suprema en el lenguaje, alejándolo de su ser primero: lenguaje del poder”.
Y también: “mi idea de la poesía, que no predico ni enseño, es que es una marca de intensidad en el lenguaje; como el verde de la planta en el paisaje. Es una forma de transformar el mundo, pero no una forma cualquiera, para mí es la forma, porque se centra en la cuestión del lenguaje. El lenguaje no nos hace humanos, sino el afán por el lenguaje”.
Estos conceptos resultan nodales en su busca. Cierto, desde sus primeros poemas escritos al final de la adolescencia, cuando integró el grupo de escritores editores de la revista Coirón, hubo una progresiva expansión de su conciencia poética. Dejó como la piel de una serpiente la literatura para quedar en la carne viva de la poesía. Para ella, la entre una y otra es la dicotomía existente entre la erudición o la acumulación de cartones, publicaciones o diplomas y la pulsión vital. Fue más allá: planteó que la brecha está dada entre el simulacro y la vibración vital, pero la poesía es eso que opera desde el exterior del lenguaje “como una guerrillera, como una terrorista” y desde ahí ataca lo que es pura representación. Entonces, la poeta –Macky Corbalán- no habla a través de la poesía sino que “soy hablada por ella: la poesía me habla, la poesía me vive”.
Esa convicción tuvo consecuencias: privilegió el contacto intergeneracional, esa red casi tácita que se construyó pacientemente entre los poetas residentes en la Patagonia y que invita a los frecuentes viajes, tanto que muchas veces el intercambio ocurre entre rutas y caminos, lejos de los centros más poblados, como contracara de la municipalización de la poesía en el país (ver nota aparte).
Ella definía esta situación como “capilaridades poéticas” que permitían la formación de comunidades cuya dinámica subvertía las tradiciones –del lenguaje, de la literatura, de los cánones, de lo establecido institucional- y conformaba espacios de encuentro “con sus poéticas y sus encarnaciones”. Estas últimas son citas de una exposición que ofreció en el Centro Cultural de la Cooperación, en Buenos Aires, hace dos años.
La evolución del poema, desde la narración original hasta la austeridad de los últimos textos tuvo un paralelo: el pensamiento y la práctica militante de Macky Corbalán en las hendijas del poder, para que estalle, para subvertirlo, también tuvo varias pieles: la feminista del principio, la lesbiana luego y más recientemente la que ponía el cuerpo para las (tras)mutaciones donde toda permeabilidad permitía el paso de la única realidad, su madama: la poesía.
Sobre todo, ese proceso de disolución del yo de la autora para dejar que la poesía sea implicó una expansión: ya no el vehículo de la palabra sino la acción que permite intersección de diferentes artes y disciplinas, donde el rectángulo cerrado del libro se abre para salir de los circuitos industriales y comerciales –próximos al poder- y se vuelve a cerrar desde la periferia, desde lo alternativo. Desde la intemperie, el único lugar propicio, el verdadero limo generador.
Selección:
De “La pasajera de arena” (1992)
Acaricio su rostro con el pie.
Su piel es fresca,
aun cuando afuera
puede oírse el alarido del aire
incendiándose.
Ahora interpone su cuerpo
entre la lámpara
y esto que la mira,
entonces la luz es una forma,
una delicada ondulación de la carne,
un eclipse presentido
y esperado por siglos.
Vasca
desviada
desviada
sigo
por el camino correcto
Monet
La mosca sobrevuela, interesada,
la gota de sangre
que brilla sobre el piso mugroso.
Zumba, se posa,
huele
el infierno de la carne.
--
Poemas de “Inferno” (1999)
Cutral Có
I
Tuvo río sólo por un día. Arrastró
casas, perros y
gente por
kilómetros,
durante un marzo hecho
enteramente
de agua.
II
Un desierto lo rodea.
Por las noches, a un tiempo,
los pequeños animales que
lo pueblan,
abren sus ojos,
y otra luz se hace.
III
La leche por la mañana, las tizas
de colores, las rodillas dolientes, los
árboles sacudidos violentamente
en una tarde marrón de arena
y cardos rusos.
Ben Hur en la tele.
Mi temor al ridículo, sobre
el mantel de una mesa rodeada
de sonrojadas amigas calladas.
IV
Suena fuerte buena música
del terreno vecino. Ellos han sacado
sus sillas al fresco y charlan,
y ríen. Otros días, algo más malos,
se recriminan duramente
las horas opresivas, los hijos
inesperados.
V
Mis padres se amaron
un tiempo razonable. Luego,
se dedicaron a criar a sus hijos,
a trabajar, a pasar los años.
Ahora, teme uno la falta del otro.
Como suelen decir:
lo sobrenatural es
lo más natural.
--
Poemas del libro “Como mil flores” (2007):
Regalos
1
Te di una piedra, fantástica
combinación de brisa, sol
marino, arena y tiempo
y creíste que te daba el corazón.
2
De apuro, con las ruedas de
la bicicleta apenas detenidas,
trajiste manzanas. Y seguiste
rauda, el camino que no has
de cambiar. Pero, pequeña,
las manzanas eran rojas, brillantes
abrían su corazón dulce al
mordisco, al ansia, a
la sed de mi urgencia.
Frutas e insectos
1
Muerdo el aire en que estuvo
tu boca, el vacío me devuelve
el aliento zumbón de los
muebles que miran, piadosos
el abrazo asfixiante
del rechazo, esta otra piel
que arde sin sol que la toque.
2
¿Te dije o imaginé
decirte: abríme, horadame,
grabá tu nombre en
el revés de la piel?
¿Te dije o soñé decirte:
sé mi hormiga particular,
mi obsesivo insecto,
mi fruta firme, ácida
manzanita?
3
Esperé de vos y de mí
ser una. Contra todos
los augurios y consejos,
que la vida y la muerte
nos tejiera con hilos
de transparente,
indisoluble unidad.
Únicas. Una. Ambas.
No éstas, dos que cruzan la
calle para no saludar.
La llave
La miro con detenimiento,
con fruición. Es diferente: brilla
con luz y oscuridad, su forma
quiso parecer un corazón
pero quedó a la mitad.
Sonríe y mira.
"La llave de mi corazón" decís al
ponerla sobre mi mano,
y vuelvo a mirarla por si fuera cierto,
como si sólo debiera elegir
el momento, el modo de la entrada.
Creer en las palabras, en el
latir que las empuja hasta la dicción,
que lo que dicen es cierto,
de alguna manera.
Creer en lo que se ve, en lo que el cuerpo
recibe, agradecido, y que el sudor deja
más que sal piel adentro.
Antes que la religión, el amor
es materia de fe.
--
Poemas del libro “El acuerdo” (2012):
Cutral Co
La afinidad es una medida
de distancia, una forma de hermandad
previa a la sangre.
Imposible el adiós, sí su iconografía,
sucesión de imágenes y saludos en manos
agrietadas, quieto lamento
quieto.
Las despedidas también en juegos de la luz.
El pueblo le es fuego, un color
de agua en la memoria.
***
Muchas tardes, sentada en el
carro herrumbrado, esperó bajo
el añoso aguaribay. Prieta
de calor contra los ojos
de flores habitadas por un dios
medio atontado.
Lo que para ella fue revelación, firme
movimiento fue del tío, aplastando
con piedra certera,
el serpenteo
de la cabeza ciega.
***
Soñaba cuando niña, con
un país de lluvias constantes, atronadoras
luces y el cielo negado de la noche
iluminando mi temblor; las manos
bajo la sábana, huyendo de abstracciones
y conceptos como la luciérnaga, sabían
producir luz en contacto con el oxígeno.
***
Dame fuerzas, Tú, quien
quiera que seas: cielo diáfano,
coirón ardiendo en la pampa
helada, sola luz,
luz entrando de pronto en la habitación
cerrada.
***
Un pan bien distinto
al de la biblia, poesía gana
a diario. Restos silábicos que
no alimentan, mantienen en
sobrevida lo que muere
por vivir. La rabia
con que muerdo lo sazona
--
Poemas de “Anima(i)s” (plaqueta, 2013)
1
la gata bebe
extasiada la sombra
de su rostro
3
suave
pisa extenso
grávida de
ritmo
5
cada paso destituye
al anterior, no
lo suplanta
--
La danza
1
Una danza el amor, en la que cambia
la coreografía a cada paso. No hay certezas
con los años, las figuras se aprenden
en la práctica, aunque nunca han variado.
No es preciso entender, sólo copiar
la regularidad de su dibujo, hacer
lo que todos: mantenerse en movimiento.
--
Poema de “La rama” (inédito):
Una mañana, un propósito.
Un mantra que repetir hasta que
se haga ritmo, sanguíneo circular
entre los huesos. Ir y venir, por afuera
cotidiana y confiable, por adentro, bomba
de relojería. Tic tac, el amor tic tac.
***
Poema de “Conversaciones acerca del amor” (inédito):
Estar en el amor es estar
en recogimiento, en la
perseverancia de la escritura:
se escribe para materializar
un infinito irreductible, se ama
por idéntica razón. Un dibujo
de figuras impregnadas de
sentido, formas huecas que
sedimentamos de psiquis e
intenciones. Y las nombramos:
Amor. Nos amamos en él.
La otra está allí como el necesario
refuerzo de la contrafigura.
Pese a todo este desatino, te veo,
todavía sombra, que atraviesa
los párpados cerrados, con su luz.
Publicada en Confines nº 58, Comodoro Rivadavia, octubre de 2014
Etiquetas:
corbalán,
macky,
poesía argentina,
poesía patagónica
miércoles, 24 de septiembre de 2014
La fotografía pone rostro a las literatura española
Ver enlaces: http://www.rtve.es/mediateca/fotos/20140923/rostro-letras-escritores-fotografos-espana-desde-romanticismo-hasta-generacion-1914/144155.shtml
http://www.rtve.es/noticias/20140924/fotografia-pone-rostro-literatura-espanola/1017502
domingo, 31 de agosto de 2014
Raymond Carver - Selección de poemas
El rasguño
Me desperté con una mancha de sangre reseca
pegoteada sobre uno de mis párpados. Un arañazo,
profundo, cruza transversalmente las arrugas de mi frente.
Sin embargo, últimamente, he estado durmiendo solo.
Y me pregunto por qué un hombre, incluso en un mal sueño,
alzaría la propia mano para lastimarse la cara.
Esta mañana pretendo responder esta pregunta
y otras similares, mientras observo en silencio
mi rostro que se refleja en los cristales de la ventana.
Sala de autopsias
En esos tiempos yo era joven y la fuerza
de diez hombres habitaba mi cuerpo,
para lo que mandaran.
Trabajaba en el hospital en el turno noche
y una de mis responsabilidades
cuando el forense terminaba sus tareas
era la de limpiar la sala de autopsias.
Ellos no tenían horario, algunas veces
terminaban temprano, otras demasiado tarde.
Y para que el personal de limpieza no se aburriera
dejaban objetos olvidados en la mesa de trabajo.
Un pequeño bebé quieto como una piedra
y más frío que la nieve. Un negro corpulento de pelo blanco
con el pecho partido al medio y los órganos vitales
flotando en una bandeja a un costado de su cabeza.
Yo siempre estaba solo, ahí. La manguera derramaba agua.
Las luces colgadas del techo encandilaban.
Una vez dejaron sobre la mesa una pierna,
una pierna de mujer de formas perfectas
y excesiva palidez.
Yo sabía para qué era la pierna,
en ocasiones los había observado.
A pesar de eso me quedé sin respiración.
De madrugada en casa mi mujer
me decía “Dulce, todo va a salir bien. Podemos hacer cambios,
vivir de otra manera”. Pero no es tan fácil.
Ella agarraba mi mano entre las suyas, con fuerza,
yo me reclinaba en el sillón y cerraba los ojos.
Yo pensaba en… cualquier cosa. No sabía en qué.
Yo dejaba que ella llevara mi mano a sus tetas.
Yo abría los ojos y miraba el cielorraso o el piso,
qué importa…
Mis dedos se arrastraban hacia su pierna, tibia y bien formada,
que ante la más suave caricia temblaba y se levantaba delicadamente.
Mi mente estaba confundida y cómo decirlo ¿sacudida?
No pasaba nada. Todo estaba pasando.
La vida era una piedra
que lentamente se iba gastando
y afilando.
El don de la ternura
Tarde en la noche. Comenzó a nevar.
Los copos húmedos caían
más allá del cristal de las ventanas,
surcando el aire frío
ocultaban el resplandor de la ciudad.
Observamos un rato la tormenta
sorprendidos, felices, satisfechos
de estar allí y no en otro sitio.
Puse un leño en el hogar,
me pediste que regulara
el tiro de la chimenea.
Nos metimos en la cama.
Cerré mis ojos, de inmediato,
pero
por razones que desconozco
antes de dormirme
el aeropuerto de Buenos Aires
atravesó mi memoria.
Recordé esa tarde,
la temprana oscuridad, las sombras.
Reconstruí la escena:
regresé a ese paisaje desolado
donde flotaba un silencio sepulcral
interrumpido únicamente por el rugido
de las turbinas del avión que carreteaba
lentamente bajo una lluvia de granizo,
tan fino que lo confundimos con nieve.
En las ventanas de los edificios no había luz.
Un lugar realmente solitario.
Sólo pasillos abandonados, hangares vacíos.
No vimos a una sola persona.
“Es como si todo estuviera de luto,”
fue tu comentario.
Abrí mis ojos.
El ritmo de tu respiración
me dijo que estabas profundamente dormida.
Te cubrí el cuerpo con uno de mis brazos.
Mis evocaciones
me trasladaron de la Argentina
a un departamento en el que pasé
un tiempo de mi vida, en Palo Alto.
No nieva en esa ciudad,
pero el departamento disponía
de un amplio ventanal desde donde
podríamos haber mirado por horas
la autopista que rodea la bahía.
La heladera estaba al lado de la cama.
Las noches calurosas, sofocantes,
cuando me despertaba con la garganta seca
sólo tenía que estirar el brazo, abrir la puerta
y dejarme guiar por la luz interior
hasta el botellón con agua refrescante.
En el baño un pequeño calentador eléctrico
descansaba cerca del lavatorio.
Todas las mañanas mientras me afeitaba
calentaba agua en una vieja sartén,
el frasco de café instantáneo,
siempre a mano, en el botiquín.
Un mañana me senté en la cama
vestido, recién afeitado,
bebiendo sorbos de café caliente
intentando olvidar planes,
proyectos, todas esas cosas
que había decidido realizar.
Finalmente disqué el número
de Jim Houston que vive en Santa Cruz,
le pedí prestados 75 dólares.
Me contestó que estaba sin fondos.
Su mujer había viajado a México
por unos días y él ya no tenía dinero,
no llegaba a fin de mes.
“Está bien”, le dije. “Te entiendo.”
Y así era,
no necesité explicaciones.
Hablamos un poco más y cortamos.
Terminé el café cuando el avión
comenzaba a elevarse en mi recuerdo
y yo desde la ventanilla miraba
por última vez las luces de Buenos Aires.
Después cerré los ojos
iniciando el largo regreso.
Esta mañana hay nieve por todos lados.
Hablamos sobre la tormenta.
Me comentás que no dormiste bien.
Te digo que yo tampoco.
Tuviste una noche terrible. “Yo también.”
Estamos tranquilos el uno con el otro,
nos asistimos tiernamente
como si comprendiéramos nuestro estado de ánimo,
las mutuas inseguridades.
Creemos adivinar los sentimientos del otro,
no podemos, por supuesto, nunca podremos.
No tiene importancia.
En realidad es la ternura la que me interesa.
Ése es el don que me conmueve, que me sostiene,
esta mañana, igual que todas las mañanas.
El caballete
He perdido el tiempo esta mañana,
y estoy profundamente avergonzado.
Ayer noche me acosté pensando en mi padre.
En el riachuelo donde pescábamos -Butte Creek-
cerca del lago Almanor. El agua me arrullaba en sueños.
En el sueño, estaba por todas partes
y yo no podía levantarme ni moverme.
Pero cuando desperté esta mañana temprano
fui al teléfono. Aunque
el río fluía allá abajo en el valle,
en la pradera, corriendo entre los tréboles.
Pinos se alzaban a ambos lados de la pradera.
Y yo estaba allí.
Un niño sentado en un caballete de madera,
mirando hacia abajo.
Viendo a mi padre beber agua con las manos.
Luego dijo: "El agua está tan buena.
Me gustaría poder llevarle a mi madre un poco de este agua"
Mi padre todavía la quería, aunque estaba muerta
y él había pasado mucho tiempo lejos de ella.
Tuvo que esperar algunos años más
hasta que pudo ir a donde estaba. Pero él quería
a esta región donde se encontró a sí mismo. El Oeste.
Durante treinta años la tuvo en el corazón,
y luego la dejó ir. Se acostó una noche
en un pueblo del norte de California
y no despertó. ¿Hay algo más sencillo?
Me gustaría que mi vida y mi muerte fueran tan sencillas.
De modo que cuando despierte
una hermosa mañana como ésta,
después de estar en algún sitio
donde quería estar toda la noche,
algún sitio importante, pudiera moverme del modo más natural
y sin pensar en ello, hasta mi mesa de trabajo.
Digamos que lo hice, del modo más sencillo que he descrito.
De la cama a la mesa de trabajo de la infancia.
Desde aquí no hay mucho hasta el caballete.
Y desde el caballete podría mirar hacia abajo
y ver a mi padre cuando necesitara verlo.
Mi padre bebiendo aquel agua fresca. Mi dulce padre.
El río, sus praderas, y pinos, y el caballete.
Ese. Donde estuve una vez.
Me gustaría hacer eso
sin tener que disculparme ante mí mismo por ello.
Ni sentirme mal por interesarme por cosas menos importantes.
Sé que es hora de cambiar de vida.
Esta vida -con sus complicaciones
y llamadas telefónicas- es indecente,
y una pérdida de tiempo.
Quiero hundir mis manos en agua fresca.
Del modo en que lo hizo él. Otra vez y otra vez y otra.
Raymond Carver nació en Clatskanie, el 25 de agosto de 1938, y murió el 2 de agosto de 1998 en Port Angels, Estados Unidos. Sus relatos breves impusieron un modelo narrativo denominado por la crítica "realismo sucio", porque sólo trataba temas cotidianos (sin nada heroico o excepcional) con un estilo seco y sin concesiones metafóricas. Para mantener a su esposa y a los dos hijos de ambos tuvo que aceptar trabajos de baja calificación y peor salario (asistente de una gasolinera, portero...) durante una etapa de su vida cuya inestabilidad económica lo marcaría para siempre. En 1958 empezó a interesarse seriamente por la narrativa después de haber asistido a un curso de escritura creativa en el Chico State College.
Publicó sus primeros cuentos cortos en revistas, mientras estudiaba en el Humboldt State College de California, en 1963. Carver declaraba que eran tantas sus preocupaciones con los niños que apenas tenía tiempo para escribir, lo que determinó la brevedad de sus cuentos y que descartase la novela como género. Empezó a beber descontroladamente a partir de 1967 y hasta 1977, y llegó a ser incluso hospitalizado por alcoholismo.
En 1976 alcanzó reputación con la colección de cuentos ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? En 1983 obtuvo un importante premio monetario de la Academia Norteamericana y el Instituto de Arte y Literatura, que le permitió reservar tiempo para escribir. Sus cuentos pueden dividirse en dos grandes etapas: la primera hasta principios de la década de 1980, y la segunda desde allí hasta su muerte.
Sus poemas reflejan el estilo duro y directo con que abordaba los problemas de la existencia humana: el absurdo, la fragilidad de las relaciones humanas y el sinsentido de muchas de las convenciones sociales.
Me desperté con una mancha de sangre reseca
pegoteada sobre uno de mis párpados. Un arañazo,
profundo, cruza transversalmente las arrugas de mi frente.
Sin embargo, últimamente, he estado durmiendo solo.
Y me pregunto por qué un hombre, incluso en un mal sueño,
alzaría la propia mano para lastimarse la cara.
Esta mañana pretendo responder esta pregunta
y otras similares, mientras observo en silencio
mi rostro que se refleja en los cristales de la ventana.
Sala de autopsias
En esos tiempos yo era joven y la fuerza
de diez hombres habitaba mi cuerpo,
para lo que mandaran.
Trabajaba en el hospital en el turno noche
y una de mis responsabilidades
cuando el forense terminaba sus tareas
era la de limpiar la sala de autopsias.
Ellos no tenían horario, algunas veces
terminaban temprano, otras demasiado tarde.
Y para que el personal de limpieza no se aburriera
dejaban objetos olvidados en la mesa de trabajo.
Un pequeño bebé quieto como una piedra
y más frío que la nieve. Un negro corpulento de pelo blanco
con el pecho partido al medio y los órganos vitales
flotando en una bandeja a un costado de su cabeza.
Yo siempre estaba solo, ahí. La manguera derramaba agua.
Las luces colgadas del techo encandilaban.
Una vez dejaron sobre la mesa una pierna,
una pierna de mujer de formas perfectas
y excesiva palidez.
Yo sabía para qué era la pierna,
en ocasiones los había observado.
A pesar de eso me quedé sin respiración.
De madrugada en casa mi mujer
me decía “Dulce, todo va a salir bien. Podemos hacer cambios,
vivir de otra manera”. Pero no es tan fácil.
Ella agarraba mi mano entre las suyas, con fuerza,
yo me reclinaba en el sillón y cerraba los ojos.
Yo pensaba en… cualquier cosa. No sabía en qué.
Yo dejaba que ella llevara mi mano a sus tetas.
Yo abría los ojos y miraba el cielorraso o el piso,
qué importa…
Mis dedos se arrastraban hacia su pierna, tibia y bien formada,
que ante la más suave caricia temblaba y se levantaba delicadamente.
Mi mente estaba confundida y cómo decirlo ¿sacudida?
No pasaba nada. Todo estaba pasando.
La vida era una piedra
que lentamente se iba gastando
y afilando.
El don de la ternura
Tarde en la noche. Comenzó a nevar.
Los copos húmedos caían
más allá del cristal de las ventanas,
surcando el aire frío
ocultaban el resplandor de la ciudad.
Observamos un rato la tormenta
sorprendidos, felices, satisfechos
de estar allí y no en otro sitio.
Puse un leño en el hogar,
me pediste que regulara
el tiro de la chimenea.
Nos metimos en la cama.
Cerré mis ojos, de inmediato,
pero
por razones que desconozco
antes de dormirme
el aeropuerto de Buenos Aires
atravesó mi memoria.
Recordé esa tarde,
la temprana oscuridad, las sombras.
Reconstruí la escena:
regresé a ese paisaje desolado
donde flotaba un silencio sepulcral
interrumpido únicamente por el rugido
de las turbinas del avión que carreteaba
lentamente bajo una lluvia de granizo,
tan fino que lo confundimos con nieve.
En las ventanas de los edificios no había luz.
Un lugar realmente solitario.
Sólo pasillos abandonados, hangares vacíos.
No vimos a una sola persona.
“Es como si todo estuviera de luto,”
fue tu comentario.
Abrí mis ojos.
El ritmo de tu respiración
me dijo que estabas profundamente dormida.
Te cubrí el cuerpo con uno de mis brazos.
Mis evocaciones
me trasladaron de la Argentina
a un departamento en el que pasé
un tiempo de mi vida, en Palo Alto.
No nieva en esa ciudad,
pero el departamento disponía
de un amplio ventanal desde donde
podríamos haber mirado por horas
la autopista que rodea la bahía.
La heladera estaba al lado de la cama.
Las noches calurosas, sofocantes,
cuando me despertaba con la garganta seca
sólo tenía que estirar el brazo, abrir la puerta
y dejarme guiar por la luz interior
hasta el botellón con agua refrescante.
En el baño un pequeño calentador eléctrico
descansaba cerca del lavatorio.
Todas las mañanas mientras me afeitaba
calentaba agua en una vieja sartén,
el frasco de café instantáneo,
siempre a mano, en el botiquín.
Un mañana me senté en la cama
vestido, recién afeitado,
bebiendo sorbos de café caliente
intentando olvidar planes,
proyectos, todas esas cosas
que había decidido realizar.
Finalmente disqué el número
de Jim Houston que vive en Santa Cruz,
le pedí prestados 75 dólares.
Me contestó que estaba sin fondos.
Su mujer había viajado a México
por unos días y él ya no tenía dinero,
no llegaba a fin de mes.
“Está bien”, le dije. “Te entiendo.”
Y así era,
no necesité explicaciones.
Hablamos un poco más y cortamos.
Terminé el café cuando el avión
comenzaba a elevarse en mi recuerdo
y yo desde la ventanilla miraba
por última vez las luces de Buenos Aires.
Después cerré los ojos
iniciando el largo regreso.
Esta mañana hay nieve por todos lados.
Hablamos sobre la tormenta.
Me comentás que no dormiste bien.
Te digo que yo tampoco.
Tuviste una noche terrible. “Yo también.”
Estamos tranquilos el uno con el otro,
nos asistimos tiernamente
como si comprendiéramos nuestro estado de ánimo,
las mutuas inseguridades.
Creemos adivinar los sentimientos del otro,
no podemos, por supuesto, nunca podremos.
No tiene importancia.
En realidad es la ternura la que me interesa.
Ése es el don que me conmueve, que me sostiene,
esta mañana, igual que todas las mañanas.
El caballete
He perdido el tiempo esta mañana,
y estoy profundamente avergonzado.
Ayer noche me acosté pensando en mi padre.
En el riachuelo donde pescábamos -Butte Creek-
cerca del lago Almanor. El agua me arrullaba en sueños.
En el sueño, estaba por todas partes
y yo no podía levantarme ni moverme.
Pero cuando desperté esta mañana temprano
fui al teléfono. Aunque
el río fluía allá abajo en el valle,
en la pradera, corriendo entre los tréboles.
Pinos se alzaban a ambos lados de la pradera.
Y yo estaba allí.
Un niño sentado en un caballete de madera,
mirando hacia abajo.
Viendo a mi padre beber agua con las manos.
Luego dijo: "El agua está tan buena.
Me gustaría poder llevarle a mi madre un poco de este agua"
Mi padre todavía la quería, aunque estaba muerta
y él había pasado mucho tiempo lejos de ella.
Tuvo que esperar algunos años más
hasta que pudo ir a donde estaba. Pero él quería
a esta región donde se encontró a sí mismo. El Oeste.
Durante treinta años la tuvo en el corazón,
y luego la dejó ir. Se acostó una noche
en un pueblo del norte de California
y no despertó. ¿Hay algo más sencillo?
Me gustaría que mi vida y mi muerte fueran tan sencillas.
De modo que cuando despierte
una hermosa mañana como ésta,
después de estar en algún sitio
donde quería estar toda la noche,
algún sitio importante, pudiera moverme del modo más natural
y sin pensar en ello, hasta mi mesa de trabajo.
Digamos que lo hice, del modo más sencillo que he descrito.
De la cama a la mesa de trabajo de la infancia.
Desde aquí no hay mucho hasta el caballete.
Y desde el caballete podría mirar hacia abajo
y ver a mi padre cuando necesitara verlo.
Mi padre bebiendo aquel agua fresca. Mi dulce padre.
El río, sus praderas, y pinos, y el caballete.
Ese. Donde estuve una vez.
Me gustaría hacer eso
sin tener que disculparme ante mí mismo por ello.
Ni sentirme mal por interesarme por cosas menos importantes.
Sé que es hora de cambiar de vida.
Esta vida -con sus complicaciones
y llamadas telefónicas- es indecente,
y una pérdida de tiempo.
Quiero hundir mis manos en agua fresca.
Del modo en que lo hizo él. Otra vez y otra vez y otra.
Raymond Carver nació en Clatskanie, el 25 de agosto de 1938, y murió el 2 de agosto de 1998 en Port Angels, Estados Unidos. Sus relatos breves impusieron un modelo narrativo denominado por la crítica "realismo sucio", porque sólo trataba temas cotidianos (sin nada heroico o excepcional) con un estilo seco y sin concesiones metafóricas. Para mantener a su esposa y a los dos hijos de ambos tuvo que aceptar trabajos de baja calificación y peor salario (asistente de una gasolinera, portero...) durante una etapa de su vida cuya inestabilidad económica lo marcaría para siempre. En 1958 empezó a interesarse seriamente por la narrativa después de haber asistido a un curso de escritura creativa en el Chico State College.
Publicó sus primeros cuentos cortos en revistas, mientras estudiaba en el Humboldt State College de California, en 1963. Carver declaraba que eran tantas sus preocupaciones con los niños que apenas tenía tiempo para escribir, lo que determinó la brevedad de sus cuentos y que descartase la novela como género. Empezó a beber descontroladamente a partir de 1967 y hasta 1977, y llegó a ser incluso hospitalizado por alcoholismo.
En 1976 alcanzó reputación con la colección de cuentos ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? En 1983 obtuvo un importante premio monetario de la Academia Norteamericana y el Instituto de Arte y Literatura, que le permitió reservar tiempo para escribir. Sus cuentos pueden dividirse en dos grandes etapas: la primera hasta principios de la década de 1980, y la segunda desde allí hasta su muerte.
Sus poemas reflejan el estilo duro y directo con que abordaba los problemas de la existencia humana: el absurdo, la fragilidad de las relaciones humanas y el sinsentido de muchas de las convenciones sociales.
jueves, 10 de julio de 2014
Manual del pequeño ahorrista (para Jorge Fernández Díaz)
Publicado en Página 12 el 10 de julio de 2014, en respuesta a comentarios del periodista mencionado aparecidos en el diario La Nación.
Por Horacio González *
Escribo estas rápidas instrucciones para mí mismo, pero también para todos los potenciales ahorristas del país que quieran seguir participando de los debates en curso pero ansíen economizar una irradiación permanente de injurias, prejuicios y lugares comunes. Dedico este sucinto breviario, muy en especial, al amigo Fernández Díaz, coreuta, augur y examinador graduado del diario La Nación, al que veo desperdiciar sus desbordantes conjeturas en fútiles objetivos. Ahorremos lo que usualmente dilapidamos, no gastemos el talento en balde y demos curso a nuestra capacidad de ser sobrios en una época en que las facilidades que tiene el insulto ad hominem son pavorosas, por lo que todos los días plumas atinadas si no esbeltas caen en el chapucerismo moral de la chicana facilonga. Cuando podían escribir sus Antimemorias como un Malraux, escriben con su memoria para el vejamen rápido, apremiados por la rauda expedición hacia el menosprecio.
Por Horacio González *
Escribo estas rápidas instrucciones para mí mismo, pero también para todos los potenciales ahorristas del país que quieran seguir participando de los debates en curso pero ansíen economizar una irradiación permanente de injurias, prejuicios y lugares comunes. Dedico este sucinto breviario, muy en especial, al amigo Fernández Díaz, coreuta, augur y examinador graduado del diario La Nación, al que veo desperdiciar sus desbordantes conjeturas en fútiles objetivos. Ahorremos lo que usualmente dilapidamos, no gastemos el talento en balde y demos curso a nuestra capacidad de ser sobrios en una época en que las facilidades que tiene el insulto ad hominem son pavorosas, por lo que todos los días plumas atinadas si no esbeltas caen en el chapucerismo moral de la chicana facilonga. Cuando podían escribir sus Antimemorias como un Malraux, escriben con su memoria para el vejamen rápido, apremiados por la rauda expedición hacia el menosprecio.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)




