martes, 1 de noviembre de 2016

Rogelio Martínez Furé: cimarrón de palabras

El festival de poesía estaba a punto de terminar, y Ada y Sinecio habían insistido en que ir a verlo. “Es premio nacional de Literatura del año pasado”, decían, como para convencer. Y en La Habana, esa tarde del 27 de mayo hacía calor, un calor húmedo que se reflejaba en el incendio que las flores del flamboyán de la plaza ponían entre cielo y tierra.
La cita era en el aula de poesía de Amnios, una revista cubana que dirige el poeta Alpidio Alonso. En una pequeña sala, con las butacas colmadas, estaba Rogelio Martínez Furé acompañado por dos de sus discípulos: Carmen González y Sinecio Verdecia y el anfitrión. Martínez Furé, sentado contra un rincón, conversaba en una entrevista. Alto, con una camisola de fondo azul con arabescos blancos, un pantalón de liencillo también blanco y su mirada hacia arriba, como en busca de las palabras que iría a pronunciar. Es el “ashé”, que carga a la palabra hablada, que le pesa y le otorga ese sentido profundo que la hace fundamental, originaria, permanente en su fragilidad.



Es una palabra que se relaciona con rituales, hechizos y conjuros mágicos y que no se traduce con exactitud y precisión. Puede significar un don concedido; todo lo bueno y también se vincula con el poder, con la energía, con la fuerza que tiene toda existencia humana. Así cantaba:

Aquí estoy:
Nombro las cosas
y me apodero de su esencia
al nombrarlas.
El ashé de la Palabra
me torna Palabra.
Fundadora,
iconoclasta y libre.

Martínez Furé es poeta, folklorista, etnólogo e investigador. Fundó el Conjunto Folklórico Nacional de Cuba y recibió numerosos premios, y el de literatura es el último de ellos. Es autor de una extensa obra poética, suya y anónima africana, que ha recopilado por décadas. Es famosa su edición  de Poesía anónima africana; del Tarikh y del Diwan, que recogen poemas y fragmentos de poemas y pensamientos de pueblos originarios del África.

A sus 79 años, el glaucoma le impide ver lo que transcurre pero sin embargo lo habilita para asomarse al revés de varias tramas. Y desde allí habla: de la oralidad en la poesía, del componente oral de la expresión como un camino propio, que eligió muy joven. Ese sesgo personal, dijo esa tarde calurosa y húmeda, con nubes panzonas con presagio de tormenta, se verificó apenas publicó sus dos primeros libros: Barriendo la república y La disyuntiva. Ya allí aparecían los elementos principales de la cultura popular cubana, atravesada por África, por la esclavitud, por la supervivencia ante el sometimiento aniquilador. Con la poesía es posible contar la otra historia de Cuba: el cimarrón de palabras inicia sus “descargas” poéticas, llenas de sentido, plenas de poder, del otro poder: el del pobre, el del negro, el del esclavo, el del marginado, el de que encontrará su camino a la liberación.

La obra de Martínez Furé, junto con la de Nancy Morejón, Excilia Saldaña y Georgina Herrera, entre otros, fue fundacional para la recuperación de la oralidad en la poesía cubana, tras la huella de Nicolás Guillén. De esa escuela surgieron Carmen González, Sinecio Verdecia, Israel Domínguez, Micael Iglesias y más aún. Verdecia proviene del grupo Chequendeque cuyos integrantes acompañan sus intervenciones poéticas con tumbadoras, cajón, palos de agua y otros instrumentos de percusión fabricados con semillas, caracoles, cuerdas; en fin, objetos de uso cotidiano con los que se comunicaban los mensajes en el pasado.

En ese intercambio -a veces no exento de tensión- entre la oralidad y la escritura de la poesía se sitúa Martínez Furé. Y a veces parece lamentar la lengua en que habla y por eso la mezcla con otras más antiguas, de sabores que le llegan del fondo de la garganta: lucumíes, yorubas, bantú. Del poeta martinico Aimé Césaire, adoptó conceptos que le permitieron analizar la realidad del Caribe y de América en el contexto del postcolonialismo. Y entonces se pone de pie y exclama:

Esta lengua,
otrora imperial y negrera,
la aprendieron mis abuelos
a latigazos cepo y bocabajo.

Hoy es mía, nuestra,
materna.
Como cabello sangre y sudor.
Por eso, lengua amada,
haré lo que desee contigo.
Nadie podrá impedirlo.

Su ascendencia es rica y diversa, pues Martínez Furé viene de mandingas, franceses, lucumíes, españoles, chinos y, muy probable, de algún indio en lontananza. Contaba que en su barrio vivían chinos, judíos, gallegos, catalanes, congos, arará, iyesá, abakuá, gangá..., mientras los guajiros venían desde el Valle de Yumurí cantando sus pregones o sus puntos guajiros. Todo eso en Matanzas. Es el Caribe su centro y desde allí recuerda:

¿O acaso mi abuela Carlota
cimarrona en el “Año del Cuero”,
que renací en Angola?

A veces se dedica interpretar música folklórica cubana, brasileña y antillana y obras de vanguardia. Algunas composiciones suyas también son ejecutadas por otros poetas-músicos.


Poco antes de terminar el encuentro, Martínez Furé recordó que el viernes siguiente sería el de la maka mensual, una reunión donde los asistentes discuten, conversan, intercambian poemas, músicas y abordan un tema diferente. Ese viernes, el primero del mes de junio, también era una tarde bochornosa. La cita era en la sala Villena del edificio de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Cerca del monumento a Guillén, la gente se reunía para guarecerse del sol. Pocos minutos después, un aguacero se abatió sobre los árboles, sobre los tejados y sobre los que esperaban al poeta que estaba dentro de la sala preparando los instrumentos.


Martínez Furé aludió a la lluvia, que probablemente hubiera acobardado a varios contertulios y empezó. Recordó a Anacaona, la cacica taína de Haití, que sse sublevó contra los españoles hasta que fue vencida y finalmente ahorcada a once años de la llegada de Colón a la isla. Por eso, dijo que la relación de Europa con América, que no fue un descubrimiento, tampoco fue un encuentro. “En todo caso, un encontronazo, porque luego de eso hubo diásporas eternas”.
Se definió como “un cimarrón de palabras, un clonador de identidades porque nombro a las cosas y me apropio de ellas”.

Se definió en contra del “jineterismo pseudo cultural o pseudo religioso” que construye identidades falsas en las sociedades americanas. Por caso, recordó que muchos desconocen que usamos habitualmente más de cinco mil vocablos de origen árabe -almohada, alcohol, álgebra, azahar, albahaca, alcalde, almirante, ojalá- y “no destacamos la riqueza de ese patrimonio”
Entonces, antes de cantar el poema final de la maka, recordó que la oralidad cimarrona se opone total y fundamentalmente a los regímenes postcoloniales que enseñorean en el mundo:

Mi identidad
no la vendo
ni la presto
ni regalo.

Me acompañará por siempre
adonde quiera que vaya.
Hasta después de la muerte
seguiré siendo cubano.
Y eso que asumo y proclamo:
¡caribeño! (“Carné de identidad”)



Enlaces https://www.youtube.com/watch?v=zDeYPp49U98
https://www.youtube.com/watch?v=QczfGtzrWzQ


Aimé, Cachita, el café

Aimé es socióloga pero ahora se dedica a orientar y alojar turistas en un piso del edificio donde tiene su casa. Allí hay tres habitaciones –dobles o triples, según el caso, con baño privado cada una-, un comedor de diario y una sala que da a dos ventanales frente a la Universidad de La Habana, un lugar histórico con escalinatas dignas, según un poeta argentino, de una nueva versión del cochecito con bebé de la película “Acorazado Potemkin”. Durante la dictadura de Batista hubo allí una gran represión a una manifestación estudiantil.



El lugar es ideal para la charla y la bebida: poesía y ron, se sabe. Y una música suave que llegue de atrás, desde el parietal o más allá. Un jazz tranquilo, un bolero o un tanguito. Quizás mejor un tanguito.

domingo, 2 de octubre de 2016

El concepto de vanguardia, por Francisco Urondo

Este artículo está tomado del blog Del Amasijo, que gestiona la poeta María del Carmen Colombo. Originalmente fue publicado en la revista Crisis número 17, de septiembre de 1974. Y se publica en esta página porque creemos que toda poesía es política.



I


"El concepto de vanguardia, incorporado a la teoría revolucionaria universalmente, es una verdad científica ampliamente verificada en distintas épocas de este siglo y en diversas latitudes de este mundo. La íntima relación que existe entre los problemas culturales y los problemas político-sociales e históricos, la imposibilidad de separar a unos de otros. Incluso para el análisis, permitiría aventurar la idea de incorporación del concepto de vanguardia para la resolución del campo específicamente cultural.Por ese camino podrían ser evitadas las desviaciones populistas. También las desviaciones de izquierda, con su carga natural de ideologismo. Como en los problemas estrictamente políticos, tanto una desviación como la otra puede ser conjurada a través de una vanguardia que impida ignorar la experiencia concreta del pueblo que la rodea, como suele ocurrirle a la izquierda, pero que tampoco idealice a ese pueblo, como suelen hacerlo los populistas.Los hombres que den los primeros pasos, que encaminen la construcción de esa vanguardia, tendrán que identificarse con el campo popular –sin idealizarlo--, aunque no pertenezcan naturalmente a la clase productiva. Deberán hacerse cargo de la problemática de esta clase. No es suficiente estar cerca de los trabajadores para conocerlos. No es suficiente estar cerca o conocer las realidades de un pueblo, sino que hay que identificarse con esa realidad, correr la suerte del agredido.

Un segundo requisito fundamental para la construcción de esa vanguardia será actuar dentro del marco histórico adecuado y en observancia de las fuerzas que operan en ese marco, remitirse al momento histórico y a las fuerzas que lo componen. Tener en cuenta –como cualquier vanguardia política— al enemigo principal y la contradicción principal. En esta etapa, se define que esa contradicción es imperialismo-nación; reconocer entonces claramente a quienes en lo que hace a la cultura, pertenecen al campo del imperialismo y a quienes están en el campo de la Nación; rechazar a los primeros y establecer acuerdos con los segundos.
Los intelectuales y artistas que se aboquen a la construcción de una vanguardia cultural, no solamente deberán atender a la composición social de esa vanguardia y a los grados de identificación en relación con los intereses del pueblo; no sólo deberán tener en cuenta el marco histórico y, dentro de él, diferenciar aliados, amigos y enemigos, sino que tendrán que luchar contra un enemigo difícilmente identificable e interceptable. Un enemigo difícil de aislar y de aniquilar. Este enemigo son ellos mismos. O, dicho de otra manera, a estos trabajadores de las ideologías, lo que más les obstaculiza la tarea es la propia ideología.A partir de esta realidad, reconociéndola, se podrá seguir. Seguramente analizando el propio trabajo. Sabiendo para quiénes y cómo han producido, podrán salir adelante. Porque allí está el pecado original de intelectuales y artistas: en su práctica y no en su origen de clase. Allí subyacen una cantidad de cosas que hacen explicables sus problemas; por lo tanto pueden ser trascendidos y no convertirse en un mero estigma que los cristaliza y termina marginándolos.
El problema, entonces, está en las prácticas y en cómo están destinadas esas prácticas. Para quién se trabaja. No en la clase originaria. Los artistas, intelectuales, científicos, técnicos, generalmente hemos tenido que trabajar dentro de los cánones de la ideología burguesa, aunque pudiéramos suponer en algún momento que la estábamos enfrentando. Como ha trabajado aisladamente, el del intelectual es un trabajo solitario, aunque algunos técnicos, científicos hayan creído trabajar en equipo, sin advertir que se trataba de equipos aislados del todo.


II

Los hechos históricos que estamos viviendo, y que están siendo bien registrados por su natural protagonista –el pueblo– todavía no han sido captados por nuestros artistas e intelectuales. No se ha producido todavía la inmersión de estos grupos en la realidad cabal que se vive en el campo del pueblo. Hay trabas, debilidades objetivas para esta identificación y sólo la práctica, la imaginación y la capacidad creativa de estos artistas e intelectuales irán encontrando los caminos, superando las dificultades hasta que sean suyas las alegrías y las preocupaciones del pueblo.Pero la superación de estas dificultades objetivas sólo puede darse en la medida en que encaren simultáneamente los problemas ideológicos. El individualismo, el descompromiso, toda la sintomatología del liberalismo, estarán sumándose a las dificultades objetivas que intelectuales y artistas tienen para aportar su tarea a la causa del pueblo.
Por ejemplo, si alguien convierte su dignidad en susceptibilidad no sólo se aísla, trabado por la reticencia, sino que por ese camino indigno, por esa necesidad, deja de respetarse. Y quien deja de amarse no quiere a nadie. Y quien no quiere a nadie, no puede querer a su pueblo, no puede estar metido seriamente en una revolución que el pueblo hace para liberarse. El Che decía que la revolución es un acto de amor. Y es cierto, porque los actos de amor requieren entrega y lucidez."Osar morir de vida", me recordaba Lezama Lima que alguna vez dijo José Martí. Cuando se considera a la vida una propiedad privada, sólo el heroísmo, con su carga de posteridad o en el mejor de los casos, de búsqueda de inmortalidad, permite la osadía de ponerla en riesgo. Pero el sentido de la osadía que propone Martí no es individualista, sino que responde a una concepción ideológicamente más generosa. Porque la vida no es una propiedad privada, sino el producto del esfuerzo de muchos. Así, la muerte es algo que uno no solamente no define, que no sólo no define el enemigo ni el azar, que tampoco puede ponerse en juego por una determinación privada, ya que no se tiene derecho sobre ella: es el pueblo, una vez más, quien determina la suerte de la vida y de la muerte de sus hijos. Y la osadía de morir, de dar y, consecuentemente, ganar esa vida, es un derecho que debe obtenerse inexcusablemente.


III

Los problemas ideológicos impuestos a todo el mundo por la clase dominante se patentizan con más ahínco en los intelectuales y artistas. Tal vez por esto, ellos presentan una característica singular: generalmente --con razón o sin razones--, aunque haya entre ellos buenos y malos, son tratados como si fueran siempre malos. Suscitan una desconfianza a priori, un prejuicio. Y esto es malo, porque los prejuicios empujan, quitan espacio, alientan debilidades, sectarizan y terminan convirtiendo al destinatario de esa subjetividad, en algo bastante parecido a lo que el prejuicio anunciaba. Y no se trata de que el prejuicio venga a ser algo así como una presunción. Más que profetizar, el prejuicio prefigura.
Kim Il Sun, refiriéndose a los intelectuales de su país y recordando que aunque habían sido formados y servido en instituciones económicas y culturales pertenecientes al imperialismo, luego se pusieron al servicio de la patria, dijo: "Ellos se han transformado notablemente en los últimos seis años y han demostrado devoción e iniciativa en los últimos seis años de la construcción democrática. Una abrumadora mayoría de ellos luchó valientemente por la patria durante la guerra, muchos llegaron hasta la línea del río Raktongang para combatir al enemigo y durante la retirada temporal retrocedieron siguiendo a nuestro partido y venciendo todas las dificultades. Qué más podemos pedirles a esos intelectuales y por qué hemos de desconfiar de ellos".
No llenemos de piedras el camino. Es necesaria la presencia de los intelectuales en las organizaciones populares. Son importantes para el cuerpo global de la sociedad y para la clase que debe homogeneizar el proceso revolucionario. Habrá que combatir las deformaciones ideológicas, pero no con prejuicios, sino con realidades.


IV

Cuando existe una apelación al prejuicio es porque no hay buenas razones, y los revolucionarios deben tener buenas razones. Especialmente en problemas tan delicados como éstos, donde una misma actitud puede suponer --por ejemplo-- liberalismo o, contrariamente, combatividad: depende del momento y del medio. Una crítica puede ser tomada como hipercrítica si se observa con espíritu burocrático o formalista. Se puede ver indisciplina donde hay imaginación, especialmente cuando la dureza de la lucha o la magnitud del proyecto imponen --indebidamente-- su peso y no dejan actuar con la sutileza que demandan esos matices. Y las teorías revolucionarias más perfectas para nada sirven si se aplican de manera mecanicista. Es lo mismo que no aplicarlas: carecen de una política, de la mediación necesaria que las haga efectivas, en armonía con el grado de desarrollo que ha alcanzado en su conciencia el conjunto del pueblo. Que le permita estructurar a ese pueblo, a través de su vanguardia, los medios organizativos que han ido tomando formas aptas para esa política. Esas formas organizativas que, según Lukacs, vinculan la teoría con la práctica.
En la tarea cultural, en la producción cultural, ocurre lo mismo que en la política. Sin un referente a la realidad, no habrá verificación práctica. Y este referente debe ser visto con una ética política, determinante de las posibles modificaciones de la realidad. Porque condicionarse a una situación dada, tanto en lo estrictamente cultural como en lo político, es aceptar un estado de cosas. Y las cosas están como están y la gente --incluso ideológicamente-- está como está, para favorecer la explotación, el sometimiento social y político. El populismo siempre aceptó las cosas como estaban. Lo contrario, desentenderse del estado de cosas, arrastra a posiciones ultra izquierdistas. En cultura, esto suele conocerse con el nombre de vanguardismo. Y ahora se trata de conformar una vanguardia, no de hacer vanguardismo.
Todo esto parecería desembocar en una hipótesis de negación de izquierdas y derechas en el terreno cultural. Existen, y también existen en el campo del pueblo. Pero la cosa no pasa por ubicar un punto medio: el centro impoluto, como les gusta tanto a los liberales. Se trata de ser fieles a un mecanismo dialéctico que sirva al análisis y a la síntesis entre la teoría y la práctica, entre la tarea cultural del pueblo y la producción de intelectuales y artistas."


* Paco Urondo había nacido en la provincia de Santa Fe, Argentina, en 1930 y fue asesinado por la dictadura en Mendoza, en 1976.

Con Violeta



Pese al frío de la mañana de junio, la Alameda está en ebullición. A la salida de la estación Baquedano del subte, a pocos metros de la Plaza Italia, caminan apurados oficinistas, vendedores ambulantes, trabajadores públicos, estudiantes, pocos chicos. Más tranquilos, los turistas y los ancianos se dejan bañar por la luz algo turbia del sol sobre Santiago.
Y más todavía: en las esquinas, los carabineros parecen perezosos al lado de sus vehículos artillados. Pero es añagaza: en cualquier momento los estudiantes universitarios protestarán contra las reformas a la ley de educación superior y entonces se armará el jaleo, es decir, se aplicará el protocolo antidisturbios con gases, camiones hidrantes y corridas. Son aves que no se asustan de animal ni policía, cantaba Violeta Parra. Es que el sistema actual posterga y excluye a la mayoría de los jóvenes y los arroja a trabajos de subsistencia, sin la mínima posibilidad de realización personal. Alguien dirá es el capitalismo, estúpido. Y acertará.

lunes, 26 de septiembre de 2016

poema en la habana - 2016



un escorzo de ella
como la calle neptuno
en la habana
sus colores rumorosos
las mujeres que cantan
en un baile de caderas


un escorzo de ella
entre juegos y pícaros
mientras la guerra
deja edificios desdentados
cadáveres de ventanas
y de puertas
que son el arte en el aire
de la habana
como en su cuerpo extendido

el mapa de su piel
orografía e hidrografía
amadas
flora y fauna de un cuerpo
que descansa
languidece
despierta
en la calle neptuno de la habana
y en cualquier
calle
de este mundo triste
sin alma
al que se vuelve
sin haberlo dejado
nunca



miércoles, 21 de septiembre de 2016

¿A quién se dirige la poesía?*

por Giorgio Agamben


Traducción de Gerardo Muñoz & Pablo Domínguez Galbraith

¿A quién se dirige la poesía? Solo es posible responder esta pregunta si se entiende que el destinatario del poema no es una persona real sino una exigencia.

Una exigencia nunca coincide con las categorías modales con las que estamos familiarizados. El objeto de la exigencia no es ni necesario ni contingente, no es posible o imposible.



Se puede decir, en cambio, que una cosa ‘exige’ (‘exacts’) o demanda otra, cuando sucede que, si la primera cosa es, la otra también tiene que ser, sin que necesariamente la primera esté implicando lógicamente a la segunda o forzándola a existir en el ámbito de los hechos. Una exigencia es simplemente algo más allá de toda necesidad y toda posibilidad. Es similar a una promesa que solo puede ser cumplida por aquel que la recibe.

Benjamin escribió alguna vez que la vida del Príncipe Myshkin exige permanecer inolvidable, aun cuando todos la olviden. De la misma forma, el poema exige ser leído, aun cuando nadie lo lea.

Esto mismo puede expresarse diciendo que en la medida en que la poesía demanda ser leída, debe permanecer ilegible. Estrictamente hablando, no hay un lector de poesía.

Es esto quizás lo que Cesar Vallejo tenía en mente cuando, al definir la intención última y la dedicatoria de casi toda su poesía, no encontró otras palabras más que decir por el analfabeto a quien escribo. Es importante detenernos en la formulación aparentemente redundante “por el analfabeto a quien escribo”. Aquí “por” significa menos “para” que en “lugar de”; tal como Primo Levi dijo que él daba testimonio por –esto es, “en el lugar de”– aquellos llamados Muselmanner que, en la jerga de Auschwitz, nunca pudieron dar testimonio.

El verdadero destinatario de la poesía es aquel que no está habilitado para leerla. Pero esto también significa que el libro, que es destinado a quien nunca lo leerá –el iletrado– ha sido escrito por una mano que, en cierto sentido, no sabe leer y que es, por lo tanto, una mano iletrada. La poesía es aquello que regresa la escritura hacia el lugar de ilegibilidad de donde proviene, a donde ella sigue dirigiéndose.



[*Este ensayo fue publicado originalmente en la revista New Observations, N.130, 2015. Originalmente traducido al inglés por Daniel Heller-Roazen. Traducido al castellano específicamente para Infrapolitical-Deconstruction Collective. No reproducir sin incluir la fuente.]

lunes, 19 de septiembre de 2016

Palabras de presentación de las plaquetas de La Mano en la Sed


1.- FERIA DEL LIBRO

Alguna vez, un periodista le preguntó a Juan Gelman por qué no escribía una novela. Algo que ocurre a menudo a los poetas: ¿para cuándo una novela, un libro en serio? Y Gelman contestó que para qué. Que soy poeta. Y escribo poesía. Y eso basta. Él lo dijo seguramente mejor.
El jueves de esta semana, Marta Dillon decía que estamos viviendo una época en la que es necesario nombrar. ¿Nombrar qué? Esas cosas, esos hechos, esas realidades que nos constituyen, ese territorio desde donde nos movemos porque es nuestro y está lleno de nuestra historia, de nuestros afectos, de nuestro futuro. De nuestra voluntad.
Porque sabemos que la revolución de la alegría no es la revolución de la alegría y que el sinceramiento es una mentir ay una expoliación y que armonizar es perder derechos. En contra de ese vaciamiento se levanta la poesía: para recuperar, para resistir.
Estamos hoy ante una acción poética que es una acción política. La confluencia -palabra que tanto gusta por aquí- de esfuerzos de poetas, artistas plásticos, instituciones. Una verdadera confluencia de voluntades independientes que unió a la Asociación La Mano en la Sed, la ANAP y el sello la cebolla de vidrio ediciones para hacer, en menos de 45 días, una tirada de 50 ejemplares de diez títulos de otros tantos autores y autoras.
Éste es el hecho. Ésta es la afirmación de la poesía, de que es posible plantarse a los estados y las empresas indiferentes en el mejor de los casos. Prescindir de ellos. Pasar de ellos, como dicen los españoles.
Y mostrar, desde un lugar en el margen, que es posible. Que hay confianza en la propia producción. Que la poesía que componemos es de verdad: dice lo que nadie dice, nombra lo que es necesario nombrar.
Yo les agradezco a Mariángeles Abelli Bonardi, Mirta Agostino, Juan Aguilar, Alexis Paola Balco, Eugenia Cavallín, Lautaro Gutiérrez, Aldo Novelli, Fernando Quatrini, Hernán Riveiro, Denise Sánchez Ippi, los artistas plásticos Daniel Schalbetter, Victoria Aragón, Juan Cruz Castro, Romina González Johnny Azaguata, María Luz Hernández, Klaudja Kuhanik que hayan querido confluir con la cebolla de vidrio para gestar este hecho inédito, al menos en esta ciudad: diez títulos al hilo. Muchas gracias.


2.- SALA DE ANAP

Hace dos fines de semana presentamos este esfuerzo colectivo en la Feria del Libro. Y ayer me preguntaba qué palabras nuevas ponerle a esta presentación de hoy.
Me temo que este hecho: diez títulos nuevos de poesía y narrativa, con ilustraciones de artistas plásticos y una edición artesanal de 50 ejemplares por título, sigue siendo algo inédito. Aquí, en esta ciudad al menos. Y es, sobre todo, un hecho político. Y un hecho poético.
Miren: esto es poesía por mano propia. Es poesía de la que nos apropiamos para decir, para estar en un espacio que resiste a los gurúes del sistema y a los mandarines de la erudición.
Es desde otro lado, de éste, del nuestro, que vienen estas plaquetas, que se hacen en una casa, con fotocopias, y se terminan a mano. Este espacio, creado entre La Mano en la Sed, ANAP, la cebolla de vidrio, los artistas plásticos y supone una muestra, un manifiesto de esta forma de ser, de pararnos en esta existencia. Decimos, sin decirlo, no pasarán. Y esto, lo decimos los que están en esta movida editorial, y muchos más.
En esta ocasión estamos Mariángeles Abelli Bonardi, Mirta Agostino, Juan Aguilar, Alexis Paola Balco, Eugenia Cavallín, Lautaro Gutiérrez, Aldo Novelli, Fernando Quatrini, Hernán Riveiro, Denise Sánchez Ippi, los artistas plásticos Daniel Schalbetter, Victoria Aragón, Juan Cruz Castro, Romina González Johnny Azaguata, María Luz Hernández, Klaudja Kuhanik, pero vendrán otros.
Acá venimos de otros grupos. Y pienso en los viejos coirones de finales de la dictadura, en Poesía en Trámite, en la Casa de la Poesía. En tantos.

Bueno, esos ejemplos confirman lo que dije hace un rato: un hecho poético es un hecho político. Acá estamos los originarios, los cimarrones, los matreros, en femenino y masculino, y las mujeres. Que vengan, entonces, con su nueva campaña al desierto. Muchas gracias.