viernes, 11 de marzo de 2011

A propósito de Varguitas


Consideraciones sobre la repercusión de la invitación a Mario Vargas Llosa a inaugurar la próxima Feria del Libro en Buenos Aires.


por Gerardo Burton

La controversia generada por la invitación al escritor nacido peruano y nacionalizado español Mario Vargas Llosa a inaugurar la próxima edición de la Feria del Libro en Buenos Aires, un megaespacio de exhibición y venta de libros y objetos más o menos conexos, habilitó una discusión antes impensada por lo masivo sobre política cultural y negocio editorial.
El primer aspecto observado es que la elección recae en uno de los autores-éxito del conglomerado de editoriales extranjeras que, desde poco más de una década atrás, adquirió los principales sellos nacionales y concentra más del 80 por ciento del negocio en la actualidad. En ese lote no es menor la presencia del Grupo Prisa, propietario, además, del diario El País, notorio opositor a la política del gobierno de la Argentina. Esto dicho sin formular un juicio de valor sobre Vargas Llosa ni sobre su derecho a expresarse como se le antoje.
Pero en segundo plano aparece una discusión de fondo que tiene que ver con considerar al lenguaje como un recurso natural y como un medio de producción que contiene a la literatura pero la trasciende. El lenguaje abarca a todo lo que se hace con las palabras dichas, oídas, escritas, leídas, pensadas, recordadas, sentidas.
En palabras organizadas circula el idioma: a través de radios, diarios, televisión, revistas, libros, teléfonos, teléfonos celulares, la web, correos electrónicos, mensajes de texto. Los medios son incontables, siempre son más. El lenguaje atraviesa y es atravesado por toda la realidad: la política, la cultura, la sociedad, la economía. El lenguaje es un medio de producción sin opresores ni oprimidos, pero que expresa (y denuncia) quién es quién en este juego. Por lo tanto, se puede hablar también de resistencia cultural.
Porque se trata del castellano que se habla en este país, del castellano que se escribe (si se puede) y del que se utiliza (o utilizaba) para traducir idiomas extranjeros. También se trata de cómo y qué se escribe, esto es, si un texto (preferentemente en prosa) es reconociblemente escrito en la Argentina, en el Uruguay, en Chile, o da lo mismo que se escriba en París, Roma, Londres, Bombay, Buenos Aires o Madrid. Es decir, se trata de la forma de hablar, de la forma de escribir y de la forma de leer, y de cuál es el castellano que se utiliza como código, el de la ve corta o el de la uve, por ejemplo.
Para los autores y para los lectores no es menor este planteo. Entre los primeros, los hay al menos de dos clases: los narradores y los poetas. Estos cultivan un género que no ingresa ni siquiera en el horizonte lejano de los planes editoriales, a menos que se trate de algún monstruo sagrado. Sus obras circulan por autoedición, publicaciones que ellos mismos pagan o nadan en la web, en blogs y páginas más o menos diagramadas.
Pero en el caso de los narradores, la cuestión tiene connotaciones más económicas, por no decir de mercado. Hay formatos expresos o implícitos que las editoriales vía los suplementos literarios y culturales inoculan. Aunque no parezca deliberado, se impulsa la utilización de un castellano (le dicen español) neutro, carente de modismos y alejado de todo color local. Ese lenguaje es una caricatura del habla, de la misma manera que son caricaturas esos adolescentes globales uniformados con patinetas, gorras de beisbolista, camisetas multicolores y una jerigonza rapera de dibujo animado doblado al castellano.
Un poco más abajo hay otra pelea: la disputa por el idioma no es menor. No se está hablando aquí de bienes espirituales sino de productos industriales. Tan así es que la Real Academia Española decidió el año pasado uniformar la ortografía según la península ibérica y más, según el centro de España, Madrid y sus arrabales. A la manera de nuevas carabelas timoneadas por las fundaciones de las grandes empresas españolas (Telefónica, Repsol), los diccionarios, los fondos de las editoriales más importantes, los suplementos y revistas literarias y culturales, que trabajan como propaladores de esas compañías, y las instituciones de difusión del “español”, constituyen una nueva avanzada de adelantados sobre estas costas. Esta vez la depredación será con la lengua, que es designada casi universalmente como la única patria que queda a los pueblos, ahora que los territorios ya no definen la nación y las fronteras se diluyen.
Vale citar como ejemplo un artículo aparecido a finales de febrero en el suplemento económico del diario Clarín (I-Eco) titulado “Seseoso Rico, Seseoso Pobre: cuánto vale el idioma español”. Su autor, Sebastián Campanario, refiere una encuesta realizada por una investigación de la Universidad del Cema sobre el ingreso medio anual de los hispanohablantes.
Así, clasificando en diez regiones el mundo de gente que habla castellano (castellano peninsular, peninsular estándar, andaluz-canario, mexicano-centroamericano, caribeño, andino moderno, andino tradicional, chileno, rioplatense y paraguayo), pudo determinar que el ingreso anual promedio de toda la zona hispanoparlante es de 13.568 dólares. Este valor es un 153,26 por ciento superior en la zona del español peninsular estándar; y un 61,72 por ciento inferior en la zona del español paraguayo, que es la que tiene menor ingreso per cápita. Para quienes hablan la modalidad “rioplatense”, el ingreso es levemente superior al promedio: 14.702 dólares por año. Los que hablan con la zeta tienen un ingreso anual promedio de casi 34 mil dólares, que representa el 291 por ciento más que el promedio de los hablantes seseantes (los que pronuncian la zeta como ese). Esta curiosa distribución también refleja acaso las prioridades del mercado editorial en el momento de definir los lectores, y así se definen los rasgos de uniformidad de la escritura.
En España, hay grupos y fundaciones (Asociación del Progreso del Español como Recurso Económico, Eduespaña) que consideran que el idioma aporta el 15 por ciento del Producto Bruto Interno del reino. Existe, entonces, una mentalidad empresarial que abreva en el neoliberalismo pero que también pretende imponer con criterios neocoloniales su particular visión de la lengua en congresos, foros, academias y, sobre todo, mercados.

jueves, 3 de marzo de 2011

Racismo, Sociedad y Política en Argentina




Por Rubén Américo Liggera*
(para La Tecla Eñe)


Desde la invasión española en América el prejuicio racista tiene que ver con las relaciones de poder político y de control económico y social. Es decir que, desde el fondo mismo de la historia, en nuestra Argentina, hemos vivido períodos de violencia que fueron variando de forma y virulencia según las circunstancias.
Los hijos de la tierra fueron sometidos por la maquinaria bélica europea para efectivizar su insaciable rapiña en las minas de Potosí. Más al sur, la Ciudad de los Césares no fue más que un espejismo. Sin embargo, el criollo, descendiente de aquellos pueblos originarios hacia los días de la independencia no formaba parte de la gente “decente” o “vecinos” con capacidad de decisión. Pero como siempre el pueblo “quiere saber de qué se trata” se hizo presente en la plaza para presionar a los cabildantes.
Los esclavos traídos desde Africa por traficantes ingleses y portugueses hasta Colonia del Sacramento, a falta de explotaciones intensivas se transformaron por estas costas en diligentes sirvientes de la burguesía comercial rioplatense.
Indios, negros y criollos pobres en el Río de la Plata conformaron la escala social más baja de la sociedad. Y aunque la Asamblea del XIII había terminado con la esclavitud los afroamericanos continuaron siendo discriminados.
Políticamente, descendientes de estas clases sociales apoyaron luego la causa federal; ante participaron activamente en los ejércitos libertadores. Leales al “partido americano” vistieron la divisa punzó en las guerras civiles contra los representantes del “partido europeo”. La chusma iletrada, los gauchos, los indios, negros y mulatos advirtieron prontamente que Rosas y los caudillos provinciales eran los líderes populares que representaban sus intereses contra el centralismo porteño.
Desde 1820 a 1852 la taba cayó suerte y a veces culo para el paisanaje y sus conductores, pero el período rosista significó en los hechos el más alentador para las clases bajas. Civilización versus barbarie fue el denominador común de intensas y diversas maneras de enfrentamiento entre los defensores de un federalismo popular y un centralismo elitista.
Después de 1853, ya dictada la Constitución Nacional, las guerras intestinas continuarán hasta mucho después de la anexión de Buenos Aires a la Confederación Argentina. La llamada “organización nacional” se conquistará a sangre y fuego, total, para educados como Sarmiento la sangre de gaucho no valía un pito…
“Gobernar es poblar” fue el lema generacional imaginado por Alberdi. La inmigración europea, entonces, irá conformando en el imaginario argentino aquello que dice que “descendemos de los barcos”. Acerca de este mito nacional del “crisol de razas” resulta muy esclarecedora la investigación de Ezequiel Adamovsky en Historia de la Clase Media Argentina. Apogeo y decadencia de una ilusión, 1919-2003 (Bs. As., 2009)
Adamovsky habla de un “ciudadano ideal” en estos términos: ”Todos estos mensajes/ culturales, implícitos y explícitos/ (…)realizaron verdaderas ´operaciones de clasificación´ que apuntaban a crear o reforzar jerarquías sociales y contrarrestar los vínculos de solidaridad que se estaban creando entre gente de diferente condición y los sueños de una vida nueva que a menudo los acompañaban. Parte de estos mensajes involucraron la creación y difusión de una imagen del argentino ´ideal´, un modelo de lo que cada uno debía ser y cómo debía comportarse. El ciudadano ´correcto´ era el que dedicaba sus mayores esfuerzos a su bienestar material y al progreso de su familia”…Era el que accedía a determinado nivel de consumo, era capaz de comportarse como alguien “civilizado”, participaba en política correctamente. En esta sociedad machista (otra forma de discriminación agregamos nosotros) la mujer ocupaba en este ideal un lugar secundario ocupándose del hogar. Y concluye este pasaje: ”Así, se nos hizo visible en varias ocasiones, que la norma del argentino ´ideal´ estaba modelada a partir de las características de los grupos sociales de cierta posición y de piel blanca, contraponiéndose implícitamente con la de los trabajadores manuales, los más pobres, los incultos´, los menos ´decentes´ y los de tez morena”(…)”Y ya que la Argentina era un país de inmigración y de cultura europea, los argentinos de verdad tenían (N de la R: subrayado del autor) que ser blancos”(pp.86-87)
Adamovsky nos irá mostrando en esta obra esclarecedora cómo el sistema educativo implementado por la Generación del ´80 trató de domesticar a las masas populares; cómo los medios contribuyeron a la conformación de una imagen del “deber ser” social de nuestra “clase media” que –por diversas razones- al fin y al cabo no sería más que una “identidad subjetiva”, asegura.


La irrupción del peronismo a mediados del siglo pasado ciertamente significó una fenomenal ruptura del orden social establecido por las clases dominantes. La chusma, la negrada, los cabecitas, los “grasas”, las mujeres se hicieron ahora visibles y “naide es más que ninguno”. Imperdonable. Perón y Evita, íconos del proyecto nacional y popular encarnado por el justicialismo a mediados del siglo pasado serán estigmatizados de mil maneras por el poder, ahora seriamente amenazado.
“Algo había sido violado. ´La chusma´, dijo para tranquilizarse….´hay que aplastarlo, aplastarlo´, dijo para tranquilizarse. ´La fuerza pública´, dijo, ´tenemos toda la fuerza pública y el ejército´, dijo para tranquilizarse. Sintió que odiaba. Y de pronto el señor Lanari supo que desde entonces jamás estaría seguro de nada. De nada”. Así culmina “Cabecita negra” (1961), ese cuento magistral de Germán Rozenmacher que mostró como ninguno qué significó para amplios sectores de clase media el ascenso de los trabajadores con el peronismo. Esa necesidad de diferenciarse de las masas populares más que nada por cierto nivel educativo, su origen europeo y el color de su piel. Porque desde el punto de vista económico no son más que “trabajadores de cuello blanco”, asalariados calificados, imitadores de hábitos y costumbres de las clases superiores. De allí esa compartida “identidad subjetiva” que mencionamos arriba citando la investigación de Adamovosky.
Y curiosamente, fue el peronismo quien permitió el ascenso social de estos grupos sociales aliados a los “demócratas” que luego retrotrajeron sus conquistas sociales a condiciones de décadas anteriores; pero además, en nombre de la “libertad” persiguieron, silenciaron, reprimieron y fusilaron a grandes mayorías del pueblo argentino. En fin, después de 1955 perdimos todos. Irremediablemente.
Pero no aprendimos de la experiencia histórica. Cada tanto reaparecen expresiones racistas y xenofóbicas.
La fiesta neoliberal de los ´90 produjo la más feroz recesión social de que se tenga memoria en Argentina. Miles y miles de excluidos y desocupados salieron a las calles para reclamar trabajo y dignidad. Organizaciones sociales y sindicales cortaron calles y rutas a lo largo y ancho del país. Los “piqueteros” son la cabal representación de una década de infamias y humillaciones para el pueblo trabajador. Hasta la clase media se sintió agredida al verse pauperizada y en vertiginoso descenso.
Hace pocos días-en un contexto muy diferente- los sucesos del Indoamericano y Albariños mostró hasta el paroxismo, debido a la multiplicación mediática, cuánto de discriminación y violencia anida en nuestra sociedad.
Leña, muerte a los villeros, que se vayan los perucas, bolitas y paragüas. Basta de mantener a esos vagos que no quieren trabajar, no fomentemos la vagancia. “¡Qué país generoso!”, le dice una mujer-maestra ella-a otra frunciendo la cara en la cola del cajero del banco. Compartían la fila con los negros, feos y sucios que esperaban cobrar la Asignación Universal. (Doy fe. Fui testigo involuntario esa violencia verbal, de ese acto despreciativo en boca de personas que para mejorar sus ingresos trabajan doble turno en las escuelas, según sus propios dichos y que no era mi intención escuchar)
“El desprecio por el cabecita negra, su rechazo por parte de la pequeña burguesía liberal y democrática, muestra hasta qué extremos el prejuicio impregna nuestras racionalizaciones. Reconocer en él, en el provinciano, al hijo del país, a una de nuestras partes, significa lisa y llanamente aceptar el viejo conflicto entre capital y provincia, entre unitarios y federales, entre ejército regular y montonera, entre gobierno patriarcal y gran puerto fenicio. Es algo que está más allá de las racionalizaciones del pequeño burgués, liberal y democrático, presionado por su realidad económica, por su desmesurado sueño de grandeza, por su deseo de ingresar, económica y espiritualmente, a la clase alta. Obsesionado por su status, por su apellido gringo, por su falta de tradición, se siente, en su rechazo al cabecita negra, aliado a los que mandan. Ellos y él, por fin, tienen algo en común. Sin embargo, esto no deja de ser una ilusión. Ser diferente, ser gente, ser bien, significa no tener nada en común con ese intruso, que nos recuerda un origen humilde, de trabajo, de pequeñas humillaciones cotidianas. En. esta fantasía, el pequeño burgués transfiere sus propias carencias al cabecita negra: el otro es el indolente, el ignorante, el poca cosa, el advenedizo. ´Ahora tendrán que trabajar´, dice en 1955, a la caída de Perón. ´Los negros volverán a la cocina´ hubiera dicho cien años antes, después de Caseros” (Ilustrativo y siempre vigente análisis de Pedro Orgambide, revista Extra, 1967)
Estas actitudes explican de alguna manera el apoyo que recibió el denominado ”campo” en su corcovo destituyente cuando el gobierno nacional osó meterle la mano en el bolsillo (el más sensible de los órganos del ser humano, claro)
Aceptémoslo. En Argentina existieron y existen actitudes racistas. Por acción u omisión. No importa. Pero vale la pena ponerlo en palabras. A modo de exorcismo o de reto intelectual.
Desde 2003 hasta ahora, impulsados por un modelo neodesarrollista con justicia social, se han vuelto a visibilizar los sumergidos de nuestra historia. Y eso otra vez molesta, genera rechazo, odio, resentimiento. Saca lo peor de nosotros. Se justifican ligeramente la represión y la violencia contra los negritos, los villeros, los inmigrantes, los homosexuales.
Pero el color de la piel, el género, la elección sexual, en última instancia esconden tensiones sociales que cuando encuentran situaciones favorables se patentizan. La política, no por casualidad, es el vehículo más apto para su injusta permanencia en el tiempo o su paulatina solución de acá en más.
Depende de qué partido tomemos.

* Poeta y periodista

lunes, 21 de febrero de 2011

Jorge Isaías: los inicios del poeta


La editorial Ciudad Gótica publicó el primer tomo de poesía de Jorge Isaías en una labor de rescate de los textos iniciales que definen en general y en este caso en particular, el rumbo de una obra. El autor es uno de los principales integrantes de la generación poética de finales de los años sesenta y comienzos de los setenta. (Publicado en El Extremo Sur, Comodoro Rivadavia, nº 103, diciembre 2010-enero 2011)

Por Gerardo Burton
geburt@gmail.com

NEUQUÉN.- Cuando todavía no se sabe que una obra va a ser tal, y su autor conoce qué caminos no quiere andar más que los que elegirá para transitar, es posible elaborar hipótesis que se verificarán o no. Hay otros casos en que la obra ya tiene, en sus inicios, los elementos constitutivos principales, que la definirán en el futuro: una voz, un determinado uso de las palabras y las imágenes, un cierto tratamiento de los temas, esa ternura por la que circulan el lirismo y, a veces, la épica.
A esta segunda categoría pertenece Jorge Isaías, un poeta santafesino nacido en Los Quirquinchos en 1946 y residente desde 1964 en Rosario.
Si bien el lirismo es el eje principal en torno del cual se vertebra su obra, y toma del verso español todas las formas y posibilidades expresivas, también están las influencias de las vanguardias latinoamericanas y europeas: así César Vallejo, Vicente Huidobro, Pablo Neruda, Oliverio Girondo y otros argentinos “escondidos” como Juan L. Ortiz y Felipe Aldana. También, para no olvidar, José Pedroni.
Isaías es, además, uno de los principales animadores de las generaciones poéticas rosarinas desde finales de los sesenta: con Hugo Diz, Alejandro Pidello, Eduardo D’Anna, los Gandolfo (Francisco y Elvio), para mencionar sólo algunos, constituyó esa contracara de la historia de la poesía que, como tantas cosas en la Argentina, se cree sólo ocurrida en Buenos Aires.
Cierto, mientras las vanguardias porteñas ya habían atraído a numerosos poetas –el caso del también santafesino Francisco Urondo, que ya estaba en Buenos Aires y compartía experiencias con Raúl Gustavo Aguirre, Rodolfo Alonso, Edgar Bailey y otros, o el de Miguel Brascó-, en Rosario los poetas hallaban sus formas expresivas sobre la base de su historia y su geografía con un carácter universal y cosmopolita muy otro del que se generaba en la capital.
Isaías fue fundador del grupo La Cachimba y participó activamente en la organización y desarrollo de varias ediciones del festival internacional de poesía de Rosario, un acontecimiento que reúne poetas de todos los continentes cada año y al que asisten jóvenes de las escuelas secundarias de la ciudad, escritores, investigadores y poetas de todo el país.
En el último trimestre de 2010, la editorial Ciudad Gótica de Rosario produjo un estallido de baja densidad que permite el acceso a la obra inicial de Isaías. Publicó el primer tomo de “Poesía reunida”, que recopila su obra en seis años, de 1970 a 1976. Con prólogo de Graciela Kapracher, el volumen reúne “La búsqueda incesante”; “Conatos de un vicio”; “Poemas a silbo y navajazo”; “Pájaro anual”, “Oficios de Abdul”; y una sección de “Poemas no incluidos en libro” que corresponden a las ediciones de La Cachimba, publicaciones en revistas y en hojas sueltas o plaquetas, de autoría individual o colectiva.
Esta parte de la obra de Isaías se encontraba dispersa o agotada, o en ambos estados. No había posibilidad, dado el tiempo transcurrido y la curiosa circulación del libro de poesía en la Argentina, de acceder a estos poemas. Y entonces viene el lector, ese que descubre que el lirismo estaba desde el principio, que el amor, el dolor, la muerte, la alegría son los grandes temas de la poesía. Desde el descubrimiento de la mujer y del amor, del erotismo sencillo y hondo de estos poemas hasta la crónica de la infancia en el pueblo natal, en el barrio de tres manzanas –Isaías ha dicho que él no es un poeta regional sino “barrial”- hasta las denuncias y las profecías luego de la masacre de Trelew en agosto de 1972, el poeta se levanta desde el lenguaje para decir su palabra, para que su voz se oiga.
Como aquellas pinturas japonesas que reproducen con la pincelada el movimiento de la planta al crecer, vertical desde el suelo, así los poemas de Isaías se levantan con toda la energía de la tierra en un movimiento cósmico que devuelve la poesía a su fraternidad con el mito.



Los asedios de la lluvia

Llueve una lluvia de clavos
ateridos,
de paraguas incoloros,
de impetuosas vírgenes
violadas,
de pájaros pesados
que veo caer pesadamente,
llueve una lluvia
triste de tristeza,
llueve cabalgando peces velocísimos,
mordiendo frutales indefensos,
llueve esta lluvia sólida,
insolente,
alejada de una vez y para siempre
en mi soledad
en mi esternón, mi desamparo


Limitaciones

Comprenderán ciertas limitaciones
con que juego,
en última instancia
no soy más que un mediocre
poeta de provincia;
acosado por lentas lecturas
que no he podido digerir muy bien,
ciertos muslos sensuales de muchacha
que me han quitado consecuentemente
el sueño o la vigilia,
algunas que otras frustraciones
que como una culpa arrastro,
vindicaciones que desde hace tiempo espero,
mientras hablo no sin cierto aburrimiento
de mí mismo y mis cositas.



De antes

Parladoras fembras
acucian
este aire institutriz
y pendenciero


Folgadores mozos
acobardan
el revolotear desordenado
de tanta mariposa

viernes, 31 de diciembre de 2010

Murió Ricardo Zelarayán, un "escritor secreto"


Adiós al poeta y al mito
El escritor, cuyo sonoro apellido obra como contraseña de una suerte de culto, falleció el martes pasado. Más difícil es establecer la fecha y lugar de su nacimiento, lo que alimenta la leyenda. La obsesión del espacio y Lata peinada son algunos de sus libros.
Por Silvina Friera

La Parca es una cretina con escaso refinamiento prosódico. Nunca emplea la elipsis, ni escamotea sus intenciones. Jamás vacila. El martes murió el gran poeta Ricardo Zelarayán, tal vez el mayor mito de la literatura argentina contemporánea. La ecuación es perfecta para aceitar el culto al “escritor secreto”. La sola mención de su sonoro apellido es una especie de contraseña fascinante que incorpora feligreses de boca en boca, de lectura en lectura. Publicó pocos libros, escribió mucho más, pero esos textos se perdieron en sucesivas mudanzas, de pensión en pensión. El capital poético y narrativo que despliega en su obra –de los poemas de La obsesión del espacio (1972) hasta la mítica novela extraviada y recuperada, Lata peinada– rubrica el carril de un horizonte para alquilar balcones. “Una mezcla rara”: así se definía este poeta que descendía de indios analfabetos por el lado paterno. “Aunque yo he salido blanco como mi madre”, aclaraba. ¿Cuándo y dónde nació? Menudo problema responder una pregunta que a priori debería resultar sencilla. Algunas fuentes –el Breve diccionario biográfico de autores argentinos, de Pedro Orgambide; la mayoría de las páginas web y la solapa de la reedición de su novela La piel del caballo– consignan que habría nacido en 1940. El poeta Jorge Aulicino establece la fecha mucho antes: el 21 de octubre de 1922. Otro cantar similar se plantea con el lugar. Zelarayán podía anclar su origen en Paraná y sentirse entrerriano, pero también se llamaba a sí mismo “tucumano-salteño”. Epílogo genial estas versiones, una estocada magistral para mantener la llama encendida del mito.

La única “certeza” por ahora –hasta que biógrafos y fans demuestren lo contrario– es que Zelarayán no era porteño. Se describía como un provinciano resentido exiliado en la Capital. Su frente de combate por excelencia fue la dicotomía Capital-interior. Que su yacimiento poético sea la lengua del país profundo y mestizo no implica incluirlo automáticamente por los pagos de la gauchesca. “Aborrezco a los gauchos. El gaucho es la policía del patrón. Por eso le dan el caballo. Yo no sé de dónde sacan que soy gauchesco o neogauchesco –protestaba con razón contra el torpe facilismo de estas etiquetas–. Claro, como en mi novela (La piel del caballo) aparece un caballo, ya es gauchesco. ¡Pero hay que ser boludo! Y como soy provinciano, los porteños creen que nací en el campo.” Hay frases para conservar en el cofre antojadizo de la memoria. Decía que “una novela empieza por una frase escuchada en la calle”. Lo que entraba por la oreja de este señor inexorablemente sordo –pero con un oído biónico descomunal para escuchar lo que muchos no pueden oír–, ese colchón de voces que lo interpelaban, era apenas la punta del iceberg, la materia prima de un protolenguaje, un impulso inicial que sería infatigablemente digerido y elaborado.

A Buenos Aires llegó para estudiar Medicina, según recordó el poeta en una de las pocas entrevistas que le hicieron. Pero no pudo terminar la carrera; para un hombre de provincia, la necesidad imperiosa de trabajar eclipsaba la tentativa de educarse en la universidad. Fue corrector en la editorial Depalma, redactor creativo en agencias de publicidad, periodista y traductor. El descendiente de indios analfabetos, apodado por sus amigos “el Franchute”, hablaba inglés y francés a la perfección. A comienzos de los ’70 integró una revista fundamental: Literal. El primer libro de poemas que publicó, La obsesión del espacio (1972), un joyita de punta a punta, es una de las naves insignia para los jóvenes poetas argentinos, como han reconocido Fabián Casas y Washington Cucurto, entre otros. “La palabra misterio hay que aplastarla / como se aplasta una pulga / entre los dos pulgares. / La palabra misterio ya no explica nada”, se lee en el poema medular “La gran salina”. Casas percibe que la prosa de Zelarayán está hecha “con violentos cambios de clima e imágenes dantescas del campo”. Pero advierte que no es el campo idílico sino “la urbanización que crece en el medio de los pueblos, trayendo sus negocios, sus traficantes, sus autazos y sus machados, es decir, toda la escoria de las ciudades que destruye a la naturaleza original que ya se ha perdido”.

Zelarayán asumía una influencia “muy fuerte” de Macedonio Fernández desde el ángulo del cuestionamiento del ser, pero no tanto en el estilo; influencia palpable especialmente en sus “novelas” –encomillado que pone en tela de juicio si es posible hablar de géneros– La piel del caballo y Lata peinada. También publicó Roña criolla, poemas para calentar motores, “frases de arranque” como si pusiera primera para empujar la realidad, chispazos notables, anzuelos que atrapan a su presa. “Rezongado rezongo de palabra renga. / Pelo y barro”, se lee en “Pioja”. “Mano mansita, mosca aplastada. / La mula mansa escupe jinetes y el vuelo fracasa, / nariz en tierra”, escupe en “Gota”. El poeta no tenía inconveniente en marcar la cancha. No quería integrar la “pequeña borgesía”, pero admitía que Borges tenía “cosas hermosas”, como “La fundación mitológica de Buenos Aires”. Tampoco Osvaldo Lamborghini fue santo de su devoción. Le gustaba El niño proletario, pero se quejaba de la repetición en Lamborghini, una obsesión y exigencia que acaso pueda ser una de las columnas vertebrales para comprender por qué Zelarayán publicó poco: “Si yo veo que me estoy repitiendo, digo ‘esto no va’. Y lo tiro”. Lejos estaba de comulgar con la parodia en la literatura; la calificaba, sin medias tintas, como “una estupidez total”. “La parodia encaja perfectamente con la posmodernidad, en el sentido de que, como ya está todo hecho, lo único que cabe es la desacralización de los modelos. Es un disparate”, subrayaba en la entrevista con el poeta Fernando Molle.

Imposible no rendirse a las aristas de un mito construido, fundamentalmente, con una gran obra, una musiquita inquietante por donde se la escuche y lea. Pero se impone apostillar un plus de intensidad adicional. “No soy escritor”, decía Zelarayán, aceitando con esa frase un tópico fascinante. No respondía al estereotipo de lo que se supone es un escritor: alguien que publica regularmente. “Para merecer el título de escritor hay que publicar un libro cada dos años, cosa que yo no he hecho y no creo que pueda hacer jamás”, confesaba. “Claro, ésa es la burocracia de la literatura. Yo pienso que se escribe porque hay ganas de escribir, y resulta que si a uno no le interesa lo que está escribiendo, evidentemente, chau. Es el único privilegio del escritor: ser el primer lector.”

martes, 9 de noviembre de 2010

Lectura, poetas y plaqueta



El viernes 12 de noviembre, en el Museo Gregorio Álvarez a las 19.30, será el Tercer Conversatorio de Poetas. Allí, leeré textos de la plaqueta "nube nueve".

domingo, 7 de noviembre de 2010

nube nueve




























gerardo burton





nube nueve






la cebolla de vidrio ediciones

 



 2010, gerardo burton
dirección electrónica: geburt@gmail.com


ilustración de tapa: “he tried to face reality”, john lennon
burton, gerardo

nube nueve – 1ª. ed. – neuquén: la cebolla de vidrio, 2010. 12 págs. sin foliar 13x21 cm.

1. poesía argentina. CDDA861


gerardo burton nació en buenos aires en 1951.
desde 1986 reside en neuquén. es casado, padre de tres hijos y abuelo de una nieta.
publicó hasta la fecha, en poesía, poemas iniciales (botella al mar, 1979); con la esperanza delante y 18 poemas azules para maría (de la unidad, 1981); los juegos ocultos (la lámpara errante, 1985); infierno sin umbral (1989); aire de penumbras (1995) y radiofotos (2004, los tres en último reino). editó cinco plaquetas: cuatro sonetos (1992); elegía clara (1993); corazón perdido (2002); nunca un bolero (2006) y endecha (2009). su obra poética editada hasta 2004 está recopilada en el volumen obra junta, (municipalidad de Neuquén, 2007).
también publicó en antologías del país y del exterior y participó de festivales, congresos y encuentros de poesía y de literatura.
estudia pintura. es periodista.
 





nobody sees you when you’re on cloud nine
john lennon





nadie
en la nube nueve
ve
sólo tu espalda
rasca
un puñal
nadie
dibuja sobre
tu espalda
en la nube
desnuda
como la luz


todo recomienza: un
zorzal hacia
el cielo gris
nunca parece suficiente
nunca




flor de damasco
pétalo blanco sobre la herida
pétalos
de dolor en la lluvia
besos furtivos al caer la sombra



beso ese cuerpo
tantas veces besado
beso
ese cuerpo de sombras
beso
un manjar



ácida la fragancia
de esa piel ajada, agrio aire
de mudez en las sombras

dónde buscar que el sexo estalle
dónde la roja carne ardiente
habrá de devorar abismos
para saciarse


huellas de aves en los médanos de su cuerpo
una playa
de curiosos pictogramas
y rupestres gestos de amor en el tiempo



tiembla de deseo
el labio oculto
mientras entre nubes
alguien enciende
alguna hoguera


un bostezo, es el sexo, un
alarde en estas horas
de hastío
algo que ya no se obtiene

no hay mirada, ni canto
sólo el triste amor del anciano
del continente fragmentado, de la
oscura soledad
del lento desvanecer

cartas, palabras,
poemas que abruman





entre la rosa flor del lapacho
y el aire
qué cielo no estará



sueños de sueños, alguien atesora
una soledad de infancia, un riesgo
demorado

se deslizan peldaños abajo
entre nubes de austria
y la magnolia de la recoleta
más allá

¿dónde el cielo del lapacho
y del jacarandá próximo
cuando de sonrisas se trata
de besos
a la hora del ocaso?


sólo un sueño
esa mujer de sol
y lejanías
un laberinto de voces
que construyen paredes y paredes
donde
hubo heridas




aún el chimehuín
susurra dolores con unos labios verdes
hostiles como entonces

las manos deshechas, no más
aferrarse al encantamiento
de la miel oscura, de la sonora
voz que llama, canta

y esta vez no es el chimehuín

no los besos olvidados
tras los árboles del otoño
ni esas noches de desvelo, vigilia inútil
por supuesto, donde
las preguntas ya no arden




pies timonean el lecho
un océano de sábanas e intemperie
cielos oscuros y el ardor
de las pieles al tocarse

es una caricia, el anuncio de la herida
un tacto extendido
hacia el horizonte que bebe la pasión


como pechos se alzan
vientres se funden
en el único abrazo


en la estirada sombra donde nacen
o nacían
besos, danzas de muslos encantados


ahora la luna
establece caminos más arduos
pero de igual premio

un puerto donde estalla
el latigazo en llamas de los sexos



arden los tuétanos aún
antes de que el viento cante con espuelas de sílice
hendiendo las espaldas
de los amantes extenuados

ya no el abrazo

exangües
dos cuerpos que no sacian
sed ni hambre
de sangre, semen y salobre saliva



estalla la sombra
entre aguas verdes y el aire
transparente del alba

fue el murmullo ácido
de madreselvas en madrugada, una
caricia de luz blanca
que enardeció la memoria
de la piel sobre la piel




nunca es el mismo
amor, jamás un espejo
repite el destello

sólo el murmullo de aguas lentas
que hayan acaso
develado sueños, juegos
de olvidadas edades
lamen el sol


los viejos frutos
en la mesa descansan
entre árboles de tilo, y jazmines
que endulzan las frías mañanas


ni esos ojos
miran el mundo

cae el sol
en un estruendo
de cenizas y duraznos

lo castiga entre sollozos
lo odia
parece
y exilia de la piel
todo disfrute

navega
entre el dolor y la espuma

apenas muerde
las márgenes que oscuras
se desvanecieron en la sombra




dedos que pulsan
el mapa del placer
en cada ondulación
de la carne que ama




ahora dormir
como sobre médanos
dejar que el sueño sea viento
y que el océano descubra
el profundo lecho del horizonte

médanos esos pechos en la sombra
premio del sediento
navegante
que entre sábanas encontró mares
y un buque
de salobre carga

amante o marinero, ¿qué más
da? la nave devora
la noche derramada
sobre el dulce azote
del amor final

mientras, la leve línea
escondida, los labios
de la herida tan deseada
descansan en la sombra sin luna
y lamentan los amantes
que la luz ya cercana
los devuelva tan pronto
al vacío de las horas

las palabras siguen
más allá de las voces, anchas
o disfrazadas en el viento

las palabras ya no simulan
amores
ya no más
son el amor mismo, son el
dolor
que desgarra, imperceptible
las horas

una sola palabra, o el silencio
guardan en bolsillos
signos de otros días
que ahora no
nada sirve
salvo
sonidos que de labios
amados
caen sin cesar



la suave arena de los médanos
rubias grietas dibuja

beso cada una con la herida
de mi boca
en busca de otros labios
de selvas y de mares




beso ese cuerpo
tantas veces besado
beso
ese cuerpo de sombras
beso
un manjar




un juego de músculo y tendones
la tensión del nervio
y la fiebre que no calma la saliva

el aire arde entre dos soles
y apenas penetra una brisa de semillas

la rosada pared sólo aguarda
el dulce desmayo
y la tierra, la anciana carne

la seduce
entre calma y desasosiego
entre aires y brisas
que su pasado besan


cae la lluvia sobre el mundo callado
una brisa
apenas caricias, astillas en los ojos
como planetas fuera de órbita

nace del dolor el fuego, esta sed
que viene con el alba
que no puede
aguardar más, tanta lluvia
que ignora
las diversas formas de morir, esos
mundos en que la tierra prepara
la espera



un camino de tilos hacia el sol

la yapa (bonus track)

julia se prepara para salir

la miro peinarse, y sé
que otro la espera
y que es feliz así
y que para eso llegué
a este momento

la miro bella en el espejo
es bella
y la bendigo, aunque no sé
si está bien hacerlo

sospecho que ella
es quien bendice
mi existencia

miércoles, 27 de octubre de 2010

Miradas y debates con el castellano en el foco

Del encuentro que se realizará en el Centro Cultural Parque España, en Rosario, participarán Noé Jitrik, César Aira, Alan Pauls, Luis Chitarroni, Aníbal Jarkowski, Alberto Fuguet, Fabrizio Mejía, Ignacio Echevarría y Sergio Ramírez, entre otros.
Por Silvina Friera

Alan Pauls participará de una conferencia junto a Susana Zanetti y Horácio Costa.“Si hay cielos y climas propicios a la imaginación, como los de Grecia e Italia, deben contarse entre ellos los del Nuevo Mundo.” Así comenzaba el crítico argentino Juan María Gutiérrez la famosa América poética (1846), antología de la poesía hispanoamericana considerada como el primer proyecto literario de emancipación americanista. En el crepúsculo del siglo XIX, Rubén Darío resumió lo que significó el modernismo por estos pagos: “Tuvimos que ser políglotas y cosmopolitas, y de todos los pueblos nos viene la luz”. Desde las sombras de este relato, se podría objetar que algunas culturas se esmeraron más que otras en construir sus tradiciones, hibridando lo europeo con las cosmogonías, mitos y rituales de sus fértiles raíces indígenas. Muchos cielos y climas –el Modernismo, las vanguardias poéticas de los años ’20 del siglo pasado, los narradores del boom de fines de los ’60– galvanizaron las ansias de autonomía y libertad. Las literaturas nacionales –chilena, cubana, argentina, uruguaya, mexicana, colombiana y peruana, entre otras–, se articularon al compás de la necesidad de diferenciarse entre sí. En sus osamentas textuales conservan la aprehensión y rechazo hacia la literatura española. No se requiere escarbar muy lejos ni muy hondo para dar con esta tensión constitutiva. En 1988, Octavio Paz planteó, con ánimo de polemizar, que la falta de tradición crítica en estas tierras se debía a que en el orbe hispánico las luces habían brillado por su ausencia.

El Bicentenario resulta una excusa propicia para reflexionar sobre la constitución de las literaturas nacionales en América y su proyección hacia el siglo XXI, justamente en momentos en que otra vez, “la madre patria”, a través de su imponente y tentadora industria editorial y sus grandes premios, parece actuar como un contradictorio imperio en el que los nuevos escritores americanos quieren ser reconocidos y al que, simultáneamente, fantasean con conquistar. El ámbito para debatir estas cuestiones será el Primer Encuentro Internacional Literaturas Americanas: 200 Años Después de la Emancipación Política, que arranca mañana en el Centro Cultural Parque España, en Rosario, y que contará con la participación de Noé Jitrik, César Aira, Alan Pauls, Luis Chitarroni y Aníbal Jarkowski; el chileno Alberto Fuguet, el mexicano Fabrizio Mejía, el español Ignacio Echevarría y el nicaragüense Sergio Ramírez, entre otros escritores y críticos del continente.


Deseos renovados

“El americanismo ligado a la promesa de América como lugar de realización de ciertas utopías tuvo momentos fuertes en el siglo pasado, especialmente desde la Reforma Universitaria de 1918, y encontró una inflexión poderosa en los años posteriores a la Revolución Cubana, en los que, contra toda la evidencia que brindaban las situaciones reales en muchos países, se confiaba en que América latina sería, en un futuro que parecía estar al alcance de la mano, la tierra prometida de una sociedad más justa”, repasa María Teresa Gramuglio, quien inaugurará este Primer Encuentro, organizado por el Programa Bicentenario de la Municipalidad de Rosario y el Centro Cultural Parque España/Aecid. “Me temo que el título de mi conferencia, ‘Los deseos renovados del americanismo’, pueda generar expectativas de esa dimensión. No es así: me refiero al estricto campo de los estudios literarios, para destacar el abandono de las grandes aspiraciones totalizadoras y el trabajo riguroso con procedimientos comparatistas sobre interrelaciones literarias entre diversos países latinoamericanos. Salir del ensimismamiento habitual del estudio de literaturas nacionales encerradas dentro de sus fronteras para proyectarlas sobre el espacio más amplio de otras literaturas, incluidas las europea y estadounidense, sería un modo de realizar eso que llamo deseos renovados del americanismo, algo a lo que muchos de nosotros no estamos dispuestos a renunciar”, aclara la investigadora y docente de la Universidad Nacional de Rosario, autora de numerosos trabajos sobre Leopoldo Lugones, Manuel Gálvez, Juan L. Ortiz y Juan José Saer, entre otros.

–Sarmiento, Echeverría y Alberdi se plantearon cómo escribir en castellano sin ser español. Esta tensión que se prolonga de un modo diferente a doscientos años de la emancipación política, ¿en qué cuestiones, zonas o planteos la percibe como mayor intensidad?

–A doscientos años de la emancipación política, el castellano sigue siendo la lengua en que se escribe la corriente central de las literaturas latinoamericanas. Pero, ¿qué castellano? Ya no es el mismo: ha pasado por todas las transformaciones que el uso introduce en las lenguas. Ha pasado, además, por la máquina de las traducciones, que por otra parte muestra a las claras, sobre todo cuando provienen de Barcelona, la diversidad del castellano en la misma España. Las tensiones hoy son otras; algunas internas, debido a la vitalidad de lenguas y dialectos autóctonos; o externas, como la hibridación del castellano de los migrantes latinoamericanos en países extranjeros. Aun con tantas diferencias, retornan las embestidas al uso del castellano en América, sea proclamando la necesidad de expulsarlo para escribir poesía, sea imaginando una especie de complot (la pasión por las visiones conspirativas es inextinguible) entre editoriales, empresas e instituciones españolas, con apoyo de las universidades estadounidenses, para apropiarse de la lengua castellana en una operación cultural equivalente a las de las políticas imperiales de apropiación de los recursos naturales. Sin embargo, se sabe que, desde el romanticismo, todas las innovaciones de la literatura latinoamericana –el modernismo, las vanguardias, la novela latinoamericana del boom–, se escribieron en castellano. Sería más acertado recordar que todo gran escritor inventa un lenguaje dentro de su propia lengua: eso hicieron tanto James Joyce o Stéphane Mallarmé como Rubén Darío, César Vallejo u Oliverio Girondo. No la expulsa, la reinventa. La del complot me parece una visión muy unilateral, que no contempla el reverso innegable de esas supuestas expropiaciones: la apropiación del castellano que hacemos los latinoamericanos, hasta el punto de convertirlo en un signo de identidad transnacional que revierte sus usos e innovaciones sobre el castellano peninsular. A causa de este trabajo ya dos veces secular, el castellano es hoy una de las grandes lenguas contemporáneas, hablada, leída y entendida, con todas sus variantes, por millones de personas en más de dos continentes.


Contactos rioplatenses

Menudo problema plantea el asunto de la literatura rioplatense y sus textos clásicos. Especialmente si se tiene en cuenta una de las provocaciones de Fogwill, quien solía proclamar que la literatura argentina se debería extender 250 kilómetros más allá de la costa para llegar hasta Montevideo, porque tenían que entrar Mario Levrero y Felisberto Hernández. El escritor uruguayo Pablo Casacuberta, invitado a la II edición del Festival Internacional de Literatura en Buenos Aires (Filba), criticaba las “buenas intenciones” del escritor argentino. “Con todo respeto, no veo por qué Levrero tiene que integrar la literatura argentina”, cuestionaba Casacuberta. “Yo no preciso convencerme de que Borges era un poco uruguayo para apreciar su relevancia. Lo valoro simplemente por ser Borges. La literatura argentina es enorme, riquísima, llena de proyección universal. No necesita que se le agreguen 250 kilómetros en ninguna dirección, por más nobles que sean los motivos propuestos para ese ensanchamiento. Levrero no era un entusiasta de los sentimientos nacionales y solía decir que detrás del énfasis excesivo en la identidad solían esconderse todo tipo de monstruos ideológicos.”

La uruguaya Hortensia Campanella, directora del Centro Cultural de España en Montevideo y responsable de la edición de las Obras completas de Juan Carlos Onetti, recoge el guante. “No soy partidaria de los nacionalismos extremos ni en la literatura ni en ningún otro campo. Todos conocemos bien las boutades de Fogwill, llenas de afecto hacia lo uruguayo, por otra parte. Pero comparto con Casacuberta que la riqueza de las literaturas nacionales no necesita de ‘extensiones’. Borges pertenece a la literatura argentina aunque sea universalmente admirado, le gustara mucho visitar Montevideo y esté enterrado en Suiza. Onetti y Felisberto pertenecen a la literatura uruguaya aunque ambos hayan trabajado en la Argentina en distintos momentos de sus vidas. ¿Vamos a considerar a Onetti español porque vivió veinte años en Madrid, fue publicado, premiado y homenajeado por los españoles, e incluso se haya contagiado al final de su vida por cierto vocabulario madrileño? Indudablemente que hay zonas de contacto entre las culturas de la Argentina y Uruguay, y eso no debe suscitar malestar, sino aceptarse como un enriquecimiento mutuo.”

Campanella no anda con chiquitas a la hora de polemizar. “Aunque acabo de reconocer zonas de contacto, no hablo de literatura rioplatense”, corrige esta amable dama. “Hay zonas de contacto en la literatura urbana; pero no encuentro relaciones entre la obra de Héctor Tizón y la de Rafael Courtoisie, por ejemplo.” El crítico Nicolás Rosa dijo en una conferencia que aquello que se nombra como literatura argentina o literatura uruguaya no era otra cosa que la literatura rioplatense o de las dos orillas del Río de la Plata. Si entonces la afirmación provocó malestar, más allá de un territorio común de temas o tonos, de ciertas inflexiones compartidas, la nomenclatura “literatura rioplatense” continúa clavando, más o menos soterradamente, su aguijón de incomodidad. ¿Cómo dialogan las generaciones sucesivas de escritores uruguayos y argentinos con esta suerte de “santísima trinidad” conformada por Borges, Arlt y Onetti? “Luego de cierta ola de mimesis por parte de las nuevas generaciones, creo que hoy en día se los lee y admira como clásicos que son”, sintetiza Campanella.


¿Somos incapaces?

Lenguas en conflicto –lenguas y dialectos de la literatura americana– será otro de los ejes del debate. El jesuita y antropólogo español Bartomeu Melià cuenta que gracias a una publicación reciente de Unicef y Aecid, Atlas sociolingüístico de pueblos indígenas en América Latina (2009), se puede tener un panorama bastante exacto y detallado de las lenguas y su situación actual. “Hay 522 pueblos-naciones indígenas en nuestros 21 países. Se usan y hablan 420 lenguas indígenas; sólo en Brasil son habladas hoy 218 lenguas originarias, en México 67, en la Argentina 30, en Paraguay 20. El quechua se habla en 6 países andinos. La población indígena en Bolivia alcanza el 62 por ciento del total”, recuerda el especialista las principales cifras de ese panorama. “Es cierto que la casi totalidad de Estados latinoamericanos desconoce la realidad de sus propios países y sus políticas siguen siendo una amalgama de ignorancia y desprecio al respecto”. Autor de numerosos estudios de etnohistoria guaraní y etnolingüística –resultado de sus trabajos de campo en los pueblos guaraníes del Paraguay, Brasil y Bolivia–, Melià cree que los pueblos indígenas poco pueden esperar del Estado. “Pero se están fortaleciendo muchos de ellos al apreciar su lengua, hablarla, robustecerla mediante el registro de sus propias tradiciones y enseñanza en sus escuelas, que dicho sea, han sido y son todavía la mayor amenaza a las cultura de esos pueblos”, advierte el autor de Elogio de la lengua guaraní. “Muchos países de América latina que no sobresalimos por nuestro interés en aprender otra lengua, exigimos de los indígenas que sean bilingües o incluso abandonen su lengua. Ahí está uno de los mayores conflictos”, anticipa el antropólogo.

En este presente en que se pondera un capitalismo globalizado con algunas lenguas estandarizadas como mascarón de proa comunicacional, ¿cómo se multiplica conciencias sobre la importancia que tienen las lenguas más débiles o frágiles? “No hay lenguas débiles ni frágiles; hay, sí, pueblos indígenas a quienes se les ha despojado de sus territorios, se les han deforestado sus selvas y enajenado sus recursos naturales”, responde Melià. “Aun así, no conozco un pueblo indígena que no esté abierto a aprender otra lengua para relacionarse con los demás; no se oponen al bilingüismo, y muchos son trilingües y cuatrilingües; pero se pueden contar con los dedos de una mano los ‘nacionales’ que aprenden una lengua indígena. ¿Somos incapaces?” El formidable interrogante que arroja el antropólogo español es un cross a la mandíbula de unos cuantos políglotas que no tienen en la punta de sus lenguas ni un par de palabras en guaraní, quechua o aymara. “En muchos aspectos el sistema de un Estado plurinacional y plurilingüe ha venido para quedarse definitivamente”, confirma Melià sobre la experiencia que promueve Evo Morales en Bolivia. “Queda la rémora de siglos de opresión ideológica que ha querido desconocer la realidad lingüística. Es cierto que hay problemas, porque falta práctica en el desarrollo del nuevo plan; hay exageraciones, por lo que oigo, y reivindicaciones tal vez apresuradas. El establecimiento de autonomías socioculturales y políticas parece una salida. El camino está abierto. La conquista colonial sólo es consumada cuando se ha conquistado la lengua; por eso muchos pueblos indígenas inician su política y su lucha por el mantenimiento y desarrollo de su lengua. No todos, por desgracia.”
Autoficciones






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Por Martín Prieto *

En 1888 Juan Valera firmó en Madrid una carta dirigida a Rubén Darío, que acababa de publicar Azul en Chile, que comienza diciendo: “Todo libro que desde América llega a mis manos excita mi interés y despierta mi curiosidad, pero ninguno hasta hoy la ha despertado tan viva como el de usted, apenas comencé a leerlo”. El interés y la curiosidad de Valera eran finalmente satisfechos por un libro de autor americano, publicado en América, que trasuntaba un cosmopolitismo que no se encontraba entonces en “ningún hombre de letras de la Península”. La novedad modernista, entonces, no lo era sólo en América, de donde era oriunda, sino en España también. Este episodio extraordinario en la historia de las literaturas en lengua española es el que cierra –temporariamente– las tempranas polémicas acerca de la fundación, en América, de las literaturas nacionales, inmediatamente después de las revoluciones independentistas, pues sobre esa matriz desafiantemente cosmopolita de Darío se inscriben todos los manifiestos del cosmopolitismo americano de fines del siglo XIX y de las primeras décadas del siglo XX: el más famoso, “El escritor argentino y la tradición”, de Jorge Luis Borges. Sin embargo, en los años ’60, dos fenómenos de orígenes independientes –la aparición de dos avasallantes generaciones de novelistas hispanoamericanos y el impulso en España de una política editorial dispuesta a recuperar el mercado hispanoamericano– volvieron a convertir a la vieja metrópolis, de una manera no lineal, en un nuevo centro de legitimación de las literaturas americanas.

A partir de 2000, la caída del PBI en casi todos los países latinoamericanos, y el entonces esplendente crecimiento del español –en ese momento ubicado por encima de casi todas las potencias históricas europeas– generó un nuevo impulso migratorio de las viejas colonias a España y buena parte de la literatura americana también su mudó a España. Atraídos por los grandes premios, los encuentros, las editoriales, los suplementos culturales de los diarios, muy rápidamente los escritores de América se familiarizaron con España. Algunos, inclusive, se fueron a vivir allá. Pero esta vez, al revés de lo que sucedió en los años del boom, los nuevos escritores americanos no contribuyen a crear un mercado, sino que se suman a uno completamente consolidado, son sus beneficiarios y por lo tanto se someten a sus leyes. Entre ellas, la declinación, por parte de los autores americanos dispuestos a integrarse al mercado mundial –al que hasta hoy sólo accederán a través de España–, de los presupuestos de sus respectivas tradiciones nacionales –presentes sobre todo en temas, personajes y lenguaje– a favor de una literatura lo menos nacional posible, de un español neutro, desmarcado, y de temas o asuntos que podrían suceder en cualquier parte del mundo o que, siendo nacionales, han tenido la suficiente circulación y repercusión internacional como para ser propios ya de la aldea global. Estos pueden ser desde la aggiornada serie de los dictadores latinoamericanos hasta la guerra de Malvinas, pasando, claro está, por las recesiones económicas de principios de siglo, que fueron, por otra parte, las que dieron origen al renovado vínculo entre las literaturas americanas y española, convirtiéndose de este modo en singulares autoficciones del fenómeno.

* Escritor, director del Primer Encuentro Internacional Literaturas Americanas.

(Publicado en Página/12, el 27 de octubre de 2010)