viernes, 3 de abril de 2009

Alfonsín, empleado del mes

Por José Natanson (publicado en Página 12 el 3 de abril de 2009)

Como el Empleado del Mes de McDonald’s, el Personaje de los Medios sonríe desde su foto congelada. A menudo es una personalidad internacional (Gandhi, el más mencionado por las reinas de la belleza), puede ser un artista (digamos Mercedes Sosa) y a veces hasta un escritor politizado (típicamente Ernesto Sabato). Entre todos sus records, Raúl Alfonsín se lleva también el de ser el primer político argentino de primer nivel convertido, por magia catódica, en un Personaje de los Medios.

El Personaje de los Medios es esférico: ni una sola arista amenazante, ni un solo ángulo escondedor ni un doblez oculta segundas intenciones. Y si el Personaje de los Medios no es infalible como el Papa, sus desvíos se atribuyen a equivocaciones siempre bienintencionadas. Vive en un mundo desprovisto de conflictos, donde las buenas soluciones se encuentran en base al diálogo y el consenso, un mundo sin poder ni intereses.

Alfonsín, el Personaje de los Medios, hizo cosas extraordinarias sin pelearse nunca con nadie. Fue silbado en la Sociedad Rural porque previamente había consensuado su política agropecuaria; sufrió 13 paros generales porque había logrado concertar con el peronismo su modelo económico; le dijo “llorón” a Saúl Ubaldini porque lo quería, y tuvo que soportar una corrida financiera porque los banqueros creían en la democracia. La Iglesia aceptó de buen grado la Ley de Divorcio, el peronismo no le tumbó la Ley Mucci por un voto y hubo tres levantamientos carapintadas porque no destrató a los militares (en esta particular versión de Alfonsín, se ha llegado a decir que juzgó a los militares pero dialogando siempre con ellos).

Y para que esta breve columna no se convierta en un panegírico, digamos también que Alfonsín no impulsó las leyes de obediencia debida y punto final para salvar a su gobierno sino para salvar a la democracia, no cedió en sus convicciones cuando invitó a un representante de la vieja corporación sindical a formar parte de su gabinete y no habilitó la reelección de Menem para reposicionarse internamente ni para sellar el bipartidismo mediante módicas concesiones (el tercer senador por la minoría), sino para evitar una Constitución aún peor que la que finalmente se sancionó. Alfonsín era tan querido que no tuvo que resignarse a que Fernando de la Rúa (al que, por supuesto, siempre admiró) fuera el candidato presidencial de la Alianza, y el amor popular era tal que no perdió con Eduardo Duhalde la elección de senadores del 2001.

La apropiación de las figuras históricas es una operación política clásica y hasta legítima para dotar de cierta densidad a las ideas del presente. Desde un Néstor Kirchner que quiere conectar con la memoria del primer peronismo a un Hugo Chávez que resignifica a Bolívar en clave izquierdista (ha llegado a decir que El Libertador no fue comunista porque no le dieron los tiempos). No hay que escandalizarse ante los intentos de apropiación de la figura de Alfonsín que recorren los sets de televisión, pero asombra la liviandad con la que incluso sus protagonistas recuerdan momentos que fueron muy duros y conflictivos. Cada uno tiene el Alfonsín que quiere y sólo el tiempo dirá qué Alfonsín se merece.

jueves, 2 de abril de 2009

Alfonsín: la consagración a la política


Raúl Alfonsín, el militante tenaz, el político apasionado, el primer presidente tras la dictadura. El recuerdo de un hombre respetado y discutido que dejó su marca en la etapa democrática que se iniciaba en el ’83. (Nota publicada en Página 12 el 1 de abril de 2009)

Por Mario Wainfeld


Fue jefe de una tenaz minoría progresista dentro del radicalismo durante añares. Tuvo digna conducta contra la dictadura y rayó alta su presencia en la APDH. Fue congruente con ese pasado cuando llegó a la Casa Rosada. Ganó la mayoría en la UCR y la presidencia en campañas inolvidables, bañado en multitudes. Recuperó el verbo político, se colocó a la vanguardia en la lucha por los derechos humanos, poniendo en el banquillo a las cúpulas militares. Se hizo centro de la política durante un buen trienio, sus adversarios debieron replicarlo para hacerse competitivos. Dos récords se lleva: le cupo ser el primero que batió al peronismo en elecciones presidenciales libres y más tarde el primer mandatario democrático que entregó la banda a un dirigente de otro partido. Acaso como nadie llenó la Plaza dos veces con muchedumbres multipartidarias, en ambas ocasiones las defraudó. Exaltó la democracia con palabras inolvidables, también consagró las “Felices Pascuas”. Cedió ante los carapintadas, firmó las leyes de la impunidad. Coqueteó con la hegemonía, concertó el Pacto de Olivos y la Alianza. Prometió un sistema durable y eficiente, terminó envuelto en la hiperinflación y la anomia. Amaneció peleando contra las corporaciones, más adelante transó con ellas, sin mayor fortuna. La gestión del Estado no fue su fuerte, un síndrome radical: para peor le cayeron tiempos difíciles. Llevó a su partido, la novia de sus ojos, más alto que nunca y acompañó la mayor caída de su historia.

La mera enumeración previa, que se tratará de ampliar y hacer más cartesiana en las líneas que siguen, habla de un personaje de primer rango, en las maduras y en las verdes. No sería serio, ni justo ni interesante pretender describirlo en cuatro palabras o en un título.

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De la primavera al Plan Austral: La campaña del ’83 y su desembarco en el gobierno resultaron sus horas más gloriosas. Sintonizó las ansias de una sociedad herida, encerrada y privada de libertades básicas. Orador formidable y fogoso, enunció las menciones necesarias: la exaltación de la vida, la promesa “con la democracia se come, se educa, se cura”, el reproche a todo tipo de autoritarismo. La ilusión se palpaba en las calles: afiliaciones masivas, concentraciones de decenas o cientos de miles de argentinos esperanzados. Construyó su triunfo interpelando a una mayoría social amplia, ganó hasta en la provincia de Buenos Aires, fue plebiscitado.

Conservó el impulso triunfal hasta fines del ’85, redondeando. Se quiso comer la cancha, plasmar y conducir un tercer movimiento histórico, superador del justicialismo y del radicalismo. “Por cien años más”, coreaban sus partidarios. La reforma constitucional, el traslado de la Capital a Viedma eran parte de esos sueños fundacionales que se fueron diluyendo cuando encontraron resistencia, fuera y dentro de su coalición inicial.

En el primer tramo, dispuso la investigación de la Conadep y el Juicio a las Juntas. Su propósito inicial –que los tribunales militares juzgaran a los represores– fue desbaratado por la solidaridad entre los uniformados. Todavía duraba la buena estrella: ese error de diagnóstico ayudó a que la Cámara Federal tramitara esa causa ejemplar, un hito imborrable.

En su arrebato inicial quiso reformar el régimen sindical, mediante la llamada ley Mucci. Le fue un búmeran, perdió apenas la votación en el Senado y consiguió la reconstitución del peronismo cerrado en defensa de la CGT. Una digresión breve: es tentador buscar un paralelo con lo sucedido décadas después con las retenciones móviles.

A medida que rodaba la gestión de gobierno se fue percibiendo la insuficiencia (si no la pobreza) de su diagnóstico sobre la coyuntura y sus eventuales soluciones. No bastaba el ímpetu democrático para relanzar la economía y abrir las ventanas de las fábricas. El peso de la deuda externa, el ancla del déficit, los cambios estructurales fueron subestimados en campaña y en los pininos de su mandato. Tampoco había noción del fin de un ciclo económico, que (simplificando mucho) corrió entre 1945 y el Rodrigazo de 1975. La pesadilla de la dictadura acaso camufló el final de un modelo que no se podía regenerar, en promedio estimado por radicales, peronistas y desarrollistas. Esa perspectiva angostada no era exclusiva de Alfonsín, de lejos el primus inter pares: era una carencia común de la clase política, frizada largo tiempo, lanzada al ruedo de sopetón por la catástrofe de Malvinas.

Su primer elenco de gobierno fue tropezando con un universo que no entendía del todo. Alfonsín, igualmente, mantenía el centro del ring. Confrontaba con las corporaciones, discutía de cuerpo presente con los que lo rebatían: se encaramó a un púlpito para regañar a un cura, lo refutó a Ronald Reagan en el corazón del imperio. Con el índice en ristre, ceñudo e implacable, reivindicaba ser la izquierda posible. Había que ver lo que decía el establishment sobre él, en aquel olvidado entonces.

La economía se le pialaba, la inflación galopaba. El peronismo renovador se hacía cargo de su innovación republicana, era su victoria pero le restaba originalidad. Saúl Ubaldini empezaba a ocupar las calles. Hubo un cambio de elenco, los compañeros de siempre relevados por técnicos más jóvenes y sintonizados con la época. La narrativa fundacional y ambiciosa, la utopía progresista, fue derivando a un relato “modernizador”. La gobernabilidad, entendida como la limitación de las demandas sociales, ganó terreno. Comenzó a definirse a los reclamos como eventuales desestabilizadores: la democracia se podía poner en riesgo si abundaban los reclamos acerca de cómo se comía, educaba o curaba. Cual un disyuntor que podía saltar si se agregaba mucho voltaje.

Dos años antes de la cita más evocada, en abril de 1985, Alfonsín llamó a una movilización para alertar contra un posible golpe. Fue esa una de las Plazas más colmadas y multicolores de la que se tiene memoria. Un arco político asombroso por lo vasto lo bancó. Nada comentó él del golpe, anunció (y pidió anuencia para) la “economía de guerra”, la defraudación fue grande pero todavía no rompió el hechizo. No fue un golpe de knock out, pero sí una premonición.

El consabido plan de estabilización, el Austral, contó con apoyo sensible de la población y obró los clásicos efectos inmediatos de esos programas. Se frenó en seco la inflación, lo que pareció dar sentido a la nueva moneda. La UCR revalidó en las elecciones parlamentarias de ese año, un canto de cisne inadvertido.

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En caída: Su prospecto de democracia fincaba en la civilidad y los partidos, las corporaciones eran su bestia negra. Contra la Iglesia Católica, mantuvo la lid bastante tiempo: le torcieron el brazo en el Congreso Pedagógico, por mayor organización y militancia. Pero primó sobre el oscurantismo católico cuando promovió y logró la sanción de la Ley de Divorcio, un paso enorme en la secularización y modernización de la sociedad civil.

En su fatal ’87, viró su relación con las corporaciones económicas: no había podido vencerlas, las sumó a su gobierno. Los “capitanes de la industria” lograron puestos dominantes, la cúpula rancia de la CGT se quedó con el Ministerio de Trabajo. Fue un retroceso a pura pérdida: melló su capital simbólico sin compensación pragmática alguna.

En ese devenir, llegó Semana Santa. Otra vez congregó una asistencia masiva, fiel, con decenas de miles de espontáneos, de todo pelaje. Tenía a toda la sociedad y al peronismo remozado a su vera, cedió ante las demandas de los militares amotinados. Una doble duda será perenne. La más obvia, es si estaba forzado a rendirse: su entorno y él mismo siempre porfiaron que sí, que evitaron un mal mayor, que salvaron al sistema democrático. No fue ésa la lectura preponderante, ni la de este diario. Otro interrogante, quizá más táctico pero enorme, es por qué eligió, amén de retroceder, engañar a la multitud que lo vitoreaba y le ponía el cuerpo. Cuatro años atrás estaba un paso por delante del conjunto de la sociedad, el punto óptimo para un líder popular. En las Felices Pascuas, decepcionó.

Jamás se le perdonó el “doble discurso”. La sociedad era, todavía, exigente, menos vencida que en el futuro inminente. Carlos Menem podría, más adelante, confesar que había roto el contrato electoral y ser reelegido.

El discurrir de la economía no lo ayudaba, el peronismo renovador le dio una paliza en las elecciones de 1987. Los años siguientes fueron tremendos, en caída libre. El gobierno se fue amoldando, sin logros palpables, a los dictados de los organismos internacionales de crédito. El contexto internacional no ayudaba, los precios de las materias primas rozaban el piso.

El gobierno perdió identidad, acechado por la malaria, la inflación y la pérdida general de rumbo. Eduardo Angeloz, un competidor interno que no le gustaba ni medio, fue el candidato. Se adelantaron los comicios para ver si se mejoraba el score, Carlos Menem ganó por goleada. Entre la anomia, los saqueos y la hiperinflación fue forzoso adelantar la entrega del mando y dejarle las manos libres para dictar las arrasadoras leyes de Reforma del Estado y de Emergencia económica. No es cuestión de quitarle responsabilidad a ese presidente y a la sociedad que lo acompañó pero el declive del alfonsinismo les hizo el campo orégano.

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Un lugar en el mundo: La política exterior sigue siendo uno de sus buenos legados, en la línea de la autonomía defendida por los gobiernos nacional-populares. Argentina fue eje de una firme presencia regional en la normalización democrática de Nicaragua. Alfonsín cortó de un tajo las veleidades belicistas de militares y dirigentes argentinos dirimiendo los conflictos territoriales con Chile. Sometió a consulta popular no vinculante el tratado por el canal de Beagle, goleó a los falaces nacionalistas o dinosaurios que le hicieron frente.

Puso el cimiento del Mercosur, un proyecto inacabado y formidable, típico del último cuarto de siglo, un giro a favor de la unidad de la región.

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Compañeros y correligionarios: Creyó llevarse puesto al peronismo, cuya capacidad de reconversión y adaptación le fue torciendo la mano. Desistió de su afán hegemonista e innovador y se acomodó al rol de consocio del bipartidismo. Una de las tareas comunes era ocluir el surgimiento de terceras fuerzas, aun al precio de consentir lados oscuros del enemigovio. La provincia de Buenos Aires fue el territorio dilecto de esa transacción compleja, complaciente, llena de canjes lícitos o no tanto, justificada en nombre de la gobernabilidad y de defender la organización partidaria.

Eduardo Duhalde fue el dirigente con el que tuvo más afinidades, en esa provincia y en su difuso pensamiento económico (llamémoslo) desarrollista-productivista. Lo apoyó en su gobierno provisional, al que sumó dos ministros radicales, bien plegados a la corporación militar y a la judicial que regentearon.

Con Carlos Menem cerró el círculo de socio menor del bipartidismo, al suscribir el llamado Pacto de Olivos. Otra vez eligió conceder en un trance complejo. Ese acuerdo es, a ojos del cronista, injustamente criticado por su origen secreto. Las negociaciones políticas suelen iniciarse así, nada hay de escandaloso en ello. En este caso, el producido se sometió al voto popular y la Constituyente. Fue legal y legítimo, el cuestionamiento válido es a su fondo: habilitó la concentración del poder menemista, a cambio de quedar como la oposición de su majestad.

Néstor Kirchner le llamó la atención de entrada, pero siempre le incomodó que no le prodigara deferencia. Si bien se mira, hay mucho más del primer Alfonsín en el primer Kirchner de lo que se suele aceptar en trincheras distintas, hubiera venido bien un reconocimiento del otro. Un punto alto de la injusticia fue cuando el ex presidente omitió mencionarlo en marzo de 2004, en el acto de la recuperación de la ESMA. Su punto de vista está contado con más detalle por el propio Alfonsín, en el reportaje que se publica en esta misma edición.

Luego, acompañó la candidatura de Roberto Lavagna por la UCR: evitar la consunción radical que vio de cerca en 2003 fue su última obsesión. Un peronista a la cabeza de los boinas blancas, el fin de una tradición. Alfonsín ya había consentido un ensayo general, mucho más gravoso para la Argentina, sobrevolado en el párrafo que viene.

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La Alianza: El Frepaso le sacaba ventaja al herido radicalismo, pero tal vez ninguno se bastaba para remover al menemismo en 1999. Carlos “Chacho” Alvarez quiso acortar camino, lo eligió para sugerirle la formación de una coalición política. Alfonsín se prendó más de la idea que su mayor beneficiario inmediato, Fernando de la Rúa. Atisbó en la Alianza una tabla de salvación y, zorro viejo al fin, acaso intuyó la victoria en la interna abierta. Era otra ofrenda en el altar de su partido: él detestaba a De la Rúa a quien siempre clasificó como un pelmazo de derecha, con sagacidad premonitoria.

Atravesó el mandato de De la Rúa con patente incomodidad. Tenía aliados apreciados en el primer gabinete: Federico Storani, José Luis Machinea, el propio Alvarez. Pero lo desazonaba la tonalidad del gobierno, su política claudicante y recesiva. Su influencia era módica y cada vez que hablaba “los mercados” le ladraban y lo acusaban de aumentar el riesgo país, hacer bajar el Merval y exacerbar la inflación. Ninguna de esas variables precisaba su ayuda, pero el rencor del poder económico le calzaba los puntos. Fue apenas ayer, no se rememora ya.

Ante el escándalo de las coimas senatoriales, calló en ejercicio de la solidaridad corporativa. Con los nuevos gabinetes terminó su poca empatía y optó por ser orgánico antes que sincero, un tributo a la flaqueante gobernabilidad que no es sensato censurar.

Adiós: Le cupo ser protagonista y (por un entrañable rato) líder de una etapa aún inconclusa e insatisfactoria. Un referente de primer nivel, en logros, errores, recuperación de derechos y regresiones. Jamás dejó de ser un militante, un hombre consagrado full time a la pasión política, el mejor (con gran margen) entre sus correligionarios. Y no escapó a las carencias de su partido y de su época. Advenían las primaveras democráticas y transcurría, en materia económico social, “la década perdida”. Esas dos referencias ulteriores acaso circunscriban su responsabilidad en los fracasos y su participación en los éxitos, sin anularlos: el tono de época tiene su peso, que en el momento no se termina de pulsar.

¿Cómo se redondea el juicio sobre una figura central? ¿Por las grandes metas que se propuso? ¿Por sus acciones más gloriosas? ¿Por sus peores errores y defecciones? La discusión política suele elegir alguna de esas opciones, lógicas en el fragor pero incompletas.

Digamos que el apabullante relato de su trayectoria se abre a cien interpretaciones o alineamientos, también proporcionales a su entidad.

El cronista votó contra Alfonsín en el ’83, se desayunó bastante pronto de que su victoria era lo mejor que pudo pasarle a la Argentina y lo escribió hace casi 25 años. Lo apoyó en las urnas en la consulta popular sobre el Beagle y le hizo el aguante en la Plaza cuando “la economía de guerra” y las “Felices Pascuas”, padeció el imaginable desencanto ulterior, que lo marcó para siempre. Escribe esta columna con tristeza, sentimiento subjetivo de pérdida y respeto aunque sin renegar de las discrepancias.

El ex presidente se afilió al radicalismo a los 18 años y militó hasta dar el último suspiro. Fue un militante inclaudicable, amén de un dirigente de primer nivel, un presidente ungido por clamor popular, un batallador en el llano o en la cima. La vocación política signó su existencia. Atravesó con entereza su enfermedad y murió en la casa donde siempre vivió. Por si es menester subrayarlo: todas estas referencias son elogios en la escala de valores del cronista. Los políticos democráticos de raza, aun aquellos con los que se disiente o se embronca, le caen mejor que la nueva cosecha de deportistas (fogueados en deportes individuales), empresarios ricos, hijos de empresarios ricos o gentes de la farándula que surfean en la antipolítica en pos de votos, a veces con buena fortuna.

Voló muy alto, sufrió reveses crueles. En los últimos tiempos, cuando flaqueaba su salud, recibió reconocimientos un poco tardíos pero merecidos de sus adversarios políticos. El canibalismo de la lucha política argentina es proverbial, él se ganó una tregua y algo habrá hecho para lograrla.

El cronista no cree en generalidades tales como “el juicio de la historia”. La historia no es un área de consensos, desangelada: es un terreno de disputa, tanto como la política. Y luchadores-emblema como Raúl Alfonsín, como el Cid, como Perón siguen luchando después de muertos. Su legado, su mensaje serán recuperados por otros, con coherencia o sin ella, para bien o para mal. A diferencia del Cid no será ganador en una sola, última batalla: revistará en combates y aun derrotas ulteriores a su partida, tal el sino de los políticos vocacionales e incansables que la siguen peleando cuando sus cuerpos dijeron “basta”.

mwainfeld@pagina12.com.ar

jueves, 5 de marzo de 2009

Los silenciados

Por Horacio González *
¿Han sido Scalabrini Ortiz, Jauretche, Discépolo y Manzi intelectuales y artistas silenciados? La afirmación de la Presidenta, en su discurso en la Biblioteca Nacional, fue criticada con esa saña habitual que hace pasar a primer plano una rara ironía, que más que eso es odio. Un odio, diríamos, que finalmente devora la ironía. Sin embargo, el tema permite un debate realmente importante. Si exceptuamos los “proscriptos” del siglo XIX, que tuvieron una voz tanto más poderosa cuando se lanzaron al exilio montevideano o chileno, la cuestión del “silenciamiento” debe datar de la decisión que dice tomar Scalabrini Ortiz a comienzos de los años ’30. Ahí decide, figuradamente, “suicidarse” luego del premio que recibe por El hombre que está solo y espera. Escribe algo en torno de los “intelectuales del régimen”, festejados por la gran prensa, que los adula para evitar que se estudien los verdaderos problemas argentinos. Proclama que evitará para él ese destino. Quería decir que ya no estaría disponible para los diarios señoriales y que, en adelante, investigaría los “dramas invisibles” del país. No esperaba otra cosa, entonces, que un “silenciamiento” impuesto por la prensa tradicional. El tema del silenciamiento todo le debe al ensueño del propio Scalabrini. En contrapartida, bajo una consigna de retiro espiritual, desplegaría la vocación de explorar el “subsuelo de la nación”. Se convertiría en un buscador de las gemas ocultas de verdades que yacían en las penumbras de la historia. Un investigador así debía esperar el ataque de los grandes medios, el aislamiento por parte del aparato de conmemoraciones oficiales y la sistemática denigración de las usinas generadoras de prestigio cultural. De esta constancia, de estos grandes mitos, se nutría su épica personal.

La leyenda eminente que construye Scalabrini se refiere así a un intelectual que se retira proféticamente de una escena falseada y retorna con un manojo de verdades potentes. Poco a poco, éstas debían expandirse en una parábola de redención. Esta gran alegoría fue tomada por los jóvenes militantes de décadas pasadas y aún pervive. La Presidenta la recibe de ese modo, en sus años de militancia estudiantil. Desde luego, Scalabrini nunca pasó inadvertido, fundó numerosas revistas y participó de la vasta publicística del grupo Forja, que partía precisamente del antagonismo entre los intelectuales resistentes, al margen del sistema de aprobaciones autorizado y la “cultura colonizada”, que es efectivamente dominadora. Pero se revelaba “falsa, toda falsa”, como él mismo había escrito. Su caso, sin embargo, es el ejemplo de una biografía triunfal. No se llevó bien con Perón y, de hecho, el comienzo de su nombradía ante un público más vasto lo obtiene menos con sus grandes libros sobre los ferrocarriles y el imperialismo inglés –escritos entre fines de los años ’30 y comienzos de los ’40– que con la publicística forjista, primero, y luego con los grandes artículos de la revista frondicista Qué.

Scalabrini siempre mantuvo la idea de que el intelectual crítico es un “proscripto”. Se da el lujo de rechazar una delegación cultural que deseaba conferirle Perón desde el exilio. Además publicará Perón un libro con su firma, pero su médula eran los artículos scalabrinianos. Rara fusión político-literaria en la historia cultural argentina. La carrera de Scalabrini es la coronación laica de lo que llamaríamos la saga del intelectual sacrificial argentino, que arraiga en la metafísica de la soledad y, a la vez, en la teoría crítica del imperialismo. Tiene estirpe lugoniana. Mantiene una ética de la aflicción y se niega al reconocimiento del Estado. Pero grandes avenidas llevan hoy el nombre tanto de Lugones como de Scalabrini.

Jauretche es jacobino, yrigoyenista, gauchi-político, montonero y post-peronista. Es el Pierre Bourdieu argentino, agudo estudioso de las “distinciones culturales” pero con un idioma de fogón y payada. Se da a conocer públicamente con su poema “Paso de los Libres”, a la sazón prologado por Borges en 1933. Se trata de uno de los más ajetreados y polémicos prólogos de la historia del prologuismo argentino. Publicista de pura cepa, Jauretche sacará de su galera modernista y criollista las consignas de Forja. Disentirá también con Perón y tendrá su hora más gloriosa con los libros que comienza a publicar a fines de la década del ’50, donde relucen los aún hoy mentados tratados sobre las zonceras y el medio pelo argentino. Menos partidario que Scalabrini de las teologías laicas de salvación social, Jauretche nunca se consideró un “silenciado”, aunque tiene un lado echeverriano –con mucha más gauchesca, evidentemente– que se revela en su recóndito deseo de escribir las “palabras simbólicas” del resurgimiento de una “joven Argentina” industrializada. Adversario de La Nación –como David Viñas, que en eso es también un yrigoyenista de izquierda–, Jauretche elaborará una mitología literaria de duelista y juglar plebeyo. Aceptó su destino sin quejas y siempre recordó el fusil que empuñó en Paso de los Libres. Alguien quiso reconciliarlo con Borges en un encuentro en el bar Castelar, de Córdoba y Esmeralda. No pudo ser, eran hijos perseverantes de sus propios fantasmas.

Con Manzi y Discépolo hay menos dilemas. Es claro que ambos nunca cesan en su reinado sobre la misma Buenos Aires “que está sola y espera”. Manzi tiene mucho de Rubén Darío –bastante se ha dicho sobre esto– y el tango “Sur” no deja de ser una escalofriante traducción de la refutación borgeana del tiempo. Discepolín es una suerte de pervertido monje medieval, autor de una inconsolable teología negativa en la forma de grandiosa plegaria maldita. Su personaje “Mordisquito” –de honda actualidad– es una pieza maestra de su encuentro con un peronismo que aún no sospechaba la derrota. Ninguno de los dos se consideraban silenciados y, aunque también cultivaban, sobre todo Manzi, innumerables recelos contra las empresas culturales “cuyo guardaespaldas era el general Mitre”, eran autores de letras que se sostenían en los oscuros destinos amorosos, en una grave desesperación existencial y en la vida errante de la ciudad nostálgica.

De los cuatro nombres mencionados en el discurso de la Presidenta no podría decirse otra cosa de que son hijos notorios y bien reconocidos de su época. Si bien no son acallados, se entiende lo que se quiere decir cuando se recoge el gran simbolismo de que actuaron intentando bucear en los pensamientos del subsuelo. Se trata de ese mundo “invisible” del yacimiento recóndito de las poéticas de transformación social, a las que alude toda utopía. Y a la utopía le gusta siempre sentirse ante el peligro del silencio. Jauretche descubre las pepitas de un venerable refranero épico; Manzi explora los límites difusos entre los suburbios y la ciudad de manera lírica, no sociológica ni histórica; Discépolo desciende al núcleo de ludibrio y ultraje que quizá permitiría luego pensar una vida renovada y Scalabrini pone en relación la idea del submundo invisible que resurge, con una teoría económica crítica de la subordinación nacional. En cambio, obras de época que tuvieron gran vigencia y hoy están olvidadas podrían ser las de Eduardo Mallea y la de Manuel Gálvez, el primero hacia los años ‘40, héroe literario del diario La Nación que explora el sonambulismo interior de personajes desarraigados, y el otro, un escritor popular que recorrerá varios géneros masivos, la novela histórica, la biografía novelada, la novela naturalista evangélica y el ensayo social. El de Gálvez es un testimonialismo que conserva algunos signos de la derecha católica y otros de populismo piadoso, con una pizca de Zola. Scalabrini conseguirá desarrollar caracterologías que están en ambos, en Gálvez y en Mallea, pero lo hace con la mayor gracia literaria que le permitirá su espíritu abierto, no confesional por un lado, modernista por otro. Trasciende porque su materia se asocia a un legendario llamado a plasmar en resarcimiento social las vigilias nacionales. La hipótesis del “silenciamiento” se refería más bien a una redención colectiva de un tiempo apenas intuido, que vendría sin ataduras, antes que a una inquisición que lo hubiera condenado.

Pero un verdadero dilema se establece con Ezequiel Martínez Estrada, con su escritura fuertemente dramatúrgica y su voz admonitoria. Se conoce el peso profético de esta voz. Trabaja el núcleo agonístico de una fantasmagoría nacional que toca en un plano más sofocado todos los temas scalabrinianos y borgeanos. Es su opuesto complementario. Hasta hoy, La cabeza de Goliat, Radiografía de la Pampa o Filosofía del ajedrez son textos magníficos y refinados, que deberán adosarse a la esencia misma de una historia nacional, popular y libertaria. La gran fábula del proscripto pertenece plenamente a Martínez Estrada. Es la metáfora capital de un sujeto reparador, en lo esencial nada diferente al de Scalabrini.

Rememoro rápidamente esta historia, no porque cada obra tenga un refugio seguro en tal o cual corriente de ideas. Cada obra es en sí misma su propio mundo moral. Pero puede elegir participar voluntariamente de un legado mayor. En el debate actual, la maniática ojeriza imperante busca ofuscadamente las cinco patas del gato en las breves menciones presidenciales sobre su panteón personal de obras y lecturas. Pero más allá de las banales injurias, es evidente que lo que hoy se precisa es revelar la trama interna, profundamente vasta y ramificada, que involucra a esos nombres pronunciados.

No habrá conocimiento crítico capaz de disputa en una sociedad democrática si no resurgen medios de comunicación mucho más autorreflexivos y plurales, si no se recrea un lenguaje público que saque de su silencio todas las grandes obras y aventuras culturales del país. Un lenguaje no masacrado por los módicos profetas del encono, que niegan que en la Argentina haya un nudo intelectual a desatar, el de la renovación de su propia cultura crítica, erudita y de masas. Es un tiempo para revelar que los autores citados surgen de un plano más profundo, donde quedan en suspenso las trincheras triviales de nuestra politización primera y donde adquiere otra luz su carga emancipadora. No debe perderse la oportunidad de descender al río subterráneo de las literaturas políticas argentinas, al Aqueronte de nuestras luchas socioculturales, para construir un tejido inédito de las voces presentes y pasadas de la autonomía intelectual de la sociedad argentina.

* Sociólogo, ensayista, director de la Biblioteca Nacional.

jueves, 19 de febrero de 2009

Mariani, el gran poeta refugiado en la Patagonia


Esta nota fue publicada hace un tiempo en la página que ´Raúl Mansilla modera en Neuquén (http://www.escritorespatagonicos.8m.com). Andrés Cursaro, su autor, es responsable también de la selección de los textos. Ambos, Mansilla y Cursaro, son poetas reconocidos en la Patagonia.


"If ain't got swing, it doesn't mean a thing"
Duke Ellington



"En Zapala, ciudad ubicada en el centro de la provincia de Neuquén, el poeta Mariani construye lentamente una de las obras más sólidas y escondidas de la Argentina. Al resguardo de su entrañable amiga Adriana Marcus, lejos del show literario, refugiado en la inmensidad de la Patagonia y sin un centavo en el bolsillo, se las ingenia para seguir creando, para anteponer la intensidad de la vida a toda preocupación mundana".

Este era el inicio de una larga nota-entrevista publicada en 2001. Ahora, tres años después, Mariani se ha ido definitivamente de este mundo. El poeta murió en Zapala, el 13 de agosto pasado. Dejó una obra magnífica y totalmente desconocida en la mayor parte del país. Sus libros, editados de manera artesanal en Zapala con la ayuda de Jorge Casella e Inés Finando, circulan de mano en mano y son difíciles de hallar en los estandartes del gran mercado nacional.

Zapala fue el refugio de Mariani. Allí llegó en 1998 luego de "varias y largas temporadas en el infierno", según parafraseaba irónicamente a Arthur Rimbaud.

Nació en Buenos Aires, el martes 13 de enero de 1936, vivió 23 años en distintas ciudades de Brasil -donde se "graduó" en el conocimiento de instituciones psiquiátricas-, regresó por un breve lapso a la Argentina, viajó a España, mendigó en las calles de Madrid y, finalmente, fue repatriado. "Gracias a mi hermano sobreviví", contó alguna vez.

Amigo personal de Enrique Molina, Roger Pla y Rómulo Macció, y socio en varios "emprendimientos fracasados" del dibujante y pintor "Freddy" Martínez Howard, Mariani fue uno de los actores del panorama literario de Buenos Aires entre 1963 y fines de los '70: fundó y co-editó la revista "Opium", publicó, en 1973, "7 poemas grassificantes" (Ediciones de la flor alta) y en 1968, editorial Sudamericana editó sus "7 historias bochornosas" (reeditado en Zapala el año pasado).

En Brasil, ya en 1976, la editorial Da Maconha, de Sao Paulo, publicó sus "7 Pue-más" (bilingüe). Otros poemas suyos fueron publicados en Zapala en los libros: "Poemas de oreja", "Mamotretos y ladrillo... de oreja", "Mejunje de nuevos" y 'nuevos' poemas de oreja", "Entremeces eróticos (sazonar a gusto)", con ilustraciones de Inés Finando, y "Mamotreto Nº 13". Allí fue el impulsor de la revista "De culo al barro", como en España, mientras dormía en las calles, de la publicación "La Damajuana".

Dueño de un admirable rigor crítico, lector voraz, provocador por convicción, "libertario y ácrata", Mariani es dueño de una de las voces más auténticas de la poesía del país. Su obra no conoce los límites. De gran intensidad, sus poemas se escriben en registros y estéticas diversas donde Góngora se abraza con Marosa Di Giorgio y Ezra Pound, se topa con Raúl Gustavo Aguirre, Francisco Madariaga, Leroi Jones y César Vallejo. "Busco que las frases sean duras, pero que tengan swing. Si no tiene swing, no valen nada. A veces estoy leyendo a Góngora y meto cosas de él en lo que estoy escribiendo. ¡Lo mal hecho con frases geniales de Góngora! Pero primero de todo hay un proceso inconsciente en el que vuelco todo lo que se me ocurre. El ritmo y el sonido. Escucho el ritmo adentro mío. Depende del sonido que esté escuchando y cómo lo esté escuchando. Puede ser el ruido más sutil, como el de un ‘zippo’ al cerrarse. Y, a veces, tiene que ser la furia. Y si viene con furia ya nunca voy a poder escribir sobre la gota. Y si además estoy escuchando algo ‘en vivo’, la música no viene solo de adentro -contó una tarde de calor en su refugio patagónico-. Cada poema para mí es una cosa nueva. No tengo una línea definida. Algunos son contenidos, otros son exabruptos. Los mamotretos, generalmente, son hacia afuera, con momentos groseros inclusive. Depende de la intensidad que tengan las cosas que me pasan". Y citó entre sus autores preferidos a Góngora, Ezra Pound, Gregory Corso, Dylan Thomas, Jorge Luis Borges, Leroi Jones, William Faulkner, Raymond Chandler, Edgar Alan Poe y Kafka.

Modelo publicitario, actor de fotonovelas, amigo de la nocturnidad, de los bares, lector voraz, amante del jazz, del fernet y los cigarrillos, provocador por convicción, obsesivo de las correcciones, coherente hasta la médula. De nada valen estos adjetivos que podrían, de alguna manera, representar su nombre porque como el mismo Mariani dijo: "no digo mi nombre, no lo uso, porque no soy el que dicen los papeles. O soy, pero ¿qué importancia tiene? Los nombres no definen a la persona".



(*) Poeta y periodista. Reside actualmente en Rada Tilly (Chubut). Conoció personalmente a Mariani en Zapala. Allí lo visitó en reiteradas ocasiones. Compartió ferias del libro y diversas presentaciones. Preparó, a pedido del propio Mariani, su antología poética: "10 centavos de ira i otros etcéteras"que dedicó a Adriana Marcus, Jorge Casella, "Kolo" Franco y Claudio Sáez y que se publicará próximamente.



Poemas de Mariani

LA BELLEZA?

-a ezra pound-
eya se interesaba, decía interesarse
por nuestras así yamadas ilusiones
i pedía comprensión para su estado de viudez poética (solía gritarlo)
un poco de calor a secas, alguna vez también pidió; pero a nos solo nos el
estado de nuestras finanzas, la copa de vino, alguna rajadura, i todo
aqueyo que poco nos importaba, qué poco nos importaba por aquel entonces
pero como es relativamente barato -o lo parece- i a veces de nada más se trata
que de beber muy lentamente
i como al descuido
de la copa del dolor
i del hastío
yo la sentaba en mis rodiyas
i arturo erraba, como era su costumbre, a. rimbaud por los corredores
del herror que se escribe sin hache, i nos vendía de la canasta de sus rosquitas
esa su mercadería peligrosa pero nada Bella, imbéciles!
i eya que se disculpaba balbuciente era, de alguna manera, qué o quién era?
i luego descubriera su valor de plus valía i pasara a ser eya la perseguidora
i a exigir una suelta de palomas (blancas) por su par de senos en pleno
i solicitudes, ruegos, filosofía de medianoche
una sesión de análisis
por una sola sesión de manoseos
nunca un orgasmo verdadero de luces de locura de cristales pisoteados
nunca
i hoy la perseguida yace en este catre
maltrecha, desgreñada
mostrando una peluca mal calzada
lanzando una risotada que rebota por el cuarto
i un olor que no proviene de su sexo precisamente
algo que no huele: tufa
ah, demonios, qué arrastrada inmunda es LA BELLEZA
con sus presidios, con su sonrisa de papel carbónico o presidente
en la sonrisa pónte de pie maldita!, cúbrete las varices…, no te hagas
pis encima, sirve la comida i fuera!, vuelve a tu perrera
déjame morir la pipa fabulosa
‘67/’70.

SUGERENCIAS PARA "ACABAR" MEJOR
-a ana gentile-
arrójate en disolución
al fuego eterno
de un momento de piel
i ganas amariyas
la carroña de tus excusas
dáselas a los coyotes
plañideros que se reúnen en la sala de estar
echa a chorrear las campanas
de tu hábil animalidad
i deja abierta las compuertas
de tu verdadera reputación
ahora permite a la tropiya de mis excesos
"morir en ti, mecida por la muda música de tu cuerpo"
’71

IDILIOS

sopla el viento cálido del este
su caricia es demorada i penetrante
algarabía de colores, aromas, formas!
la floresta toda es saturnal festejo, i bebe

mariposas ebrias en el prado
leves roces, finas vibraciones
sorprenden a las flores
las envuelven, las abrasan, las voltean...

trazos giros signos
siguen su camino
suaves sueltos libres

la tarde es poseída ahora por silencio
algunas hojas caen del árbol
se posan sobre la tierra húmeda
estremeciéndose apenas

lasas
se entregan a la quietud del todo

tierra, hojas, mariposas, árbol
viento..., son música diversa
i el soplar, estar, caer, volar
vibrar
es música-memoria
de lo que es
de lo que fue
i de lo que va a ser
o no

'97/'00


EL PIOJO (I YO)
(letrilla)
-a miguel de molina-
miro ese piojo
allí, i le veo
él no me ve
ni sabe, creo
de asuntos de ver
mirar…, ser visto
i para qué
yo me pregunto
precisaría él
(un piojo)
de saber de ver
de ser visto
-o de a mí verme?…
"helos ahí", se mofan
"unidos por el destino"
señoras: qué necedad!
señores: qué desatino!
él está allí
El Chupador!
yo… aquí
el chupao…
unidos?; juntos?
qué va!; qué nada!
así de solos estamos
su vida huera
e ingloria muerte
(como las mías, igual)
apenas en el papel
se entrelazan
-i no tan fuerte
siga él de ese
modo, silente
irreverente
(i ‘picante’)
con la rutina
de las sangrías
a que su piojidad
le inclina
de bien chuparse
al mariscal, o a la dama
al figurón de la corte
o al magnate; al cardenal
a la alcahueta, o al/la vate!
que siga entonces el curso
que desde siempre transita
de ese sistema-destino
que es su sino, i es su meta
que yo, de igual modo
mas "por las mías"
inciertos caminos persigo
alfombra de espinos mis días
vacías estepas mis horas
sin vino
‘98


NO!, LA ‘PAPA’ NO ES UN TUBÉRCULO
-a rómulo macció-



la ‘papa’
señores la
‘papa’
es un dolor
agudo sin frente
ni fondo
ni derivaciones
la ‘papa’
un edicto empedernido
un emplazamiento
sin apelación
posible la ‘papa’
en los pectorales
un magno
direccionado
golpe
al plexo solar
i ah desnudo (la ‘papa’!
señores)
un lunes
cualquiera
frente a
frente
al comité
de frente!
que investiga pena señala
castiga
las actividades anti-papas
foundant
puré de papas
o papa noicette
con aceite de oliva
para los pecadores
hirvientes
sin perejil sin sal
para los liberales
intelectuales
papa lorette
las fritas rodajas
pisadas
de papa
señores, no
la ‘papa’
no es eso, no
’67

POETAS SIN PADRINO
"never more", said the raven
"never more". -e a poe-

hallarán qué amargo nuestro gusto amargo es i dichoso
que nuestro sabor, a equívocos; i el olor: a bienimal sin filtro

que nuestros días/noches, transit, no merecen
la atención de los biógrafos, ni de nadie

i que nuestras pieles carnes tripas
secas magras flojas
i vísceras enrarecidas por la mucosidad ambiente
configuran un todo sombrío, anormal, ominoso
i decadente, tal vez
o rigurosamente ingobernable-incoercible?

si persisten, hallarán también que nos carcomen
nos acosan, nos acaban porqués, cómos i quizascuándos
científica, civil i castrense(mente?) condenables

ay, prometeos
orfeos, charlie parkers
sin Futuro-galardones-mausoleo-lauros-crédito-sitial
en LA academia-almuerzos-guitA-gloriA-CD Room-patio i dep de serv

sucia! es la imagen de vuestra imagen otro tanto
i sucias! las heridas-pústulas que nO
no cicatrizarán nuncA
'68/'98



BLUES PARA CÉSAR VALLEJO (I)

te mando este abrazo estrecho
te saludo, césar
desde aquí, tirado en este camastro
en un cuartucho, en una pensión
(camastros, siempre camastros)
la manta concienzudamente gris
la sábana quisquillosa
la almohada harta de esperarme
te saludo con el vaso lleno de tristezas
tristezas de la pared
tristezas de la mesa coja
de los botones que me aflojan
del pantalón siempre cansado
del día en la ventana displicente
te saludo así, sin ruido alguno
brindo a tu presencia muda entre las sombras
i pienso que hoy es tal vez un jueves
como aquel -tu jueves- del cual tenías "ya el recuerdo"
zapala ’98
madrid ’99


BLUES PARA CÉSAR VALLEJO (II)
-a "kolo" franco-
tras cuarenta años de ausencia
vuelvo a tí, césar vallejo
digamos que te hago una visita
de amigo; i también para saldar algunas... deudas
me borré, es cierto, anduve te esquivando
(fantasticaba por colombia, por rio de janeiro)
trataba de olvidarte…!
(estúpido de mí, huir de la tormenta
en tu mirada)
pero estoy aquí, de nuevo
i, aunque rajado por el medio a todo o nada
dispuesto a recorrerte las arrugas-laberinto
con una copa de vino medio agrio
un poco de hachís (del bueno)
un viejo blues por lonnie johnson
i tu recuerdo áspero entre los dientes amarillos
afuera, es claro, el aguacero que nos rompe

madrid/zapala ‘99

10 CTS. DE IRA

hay una fiera, grávido de alcohol el ojo
es rabia agazapada en esta casa
la silueta palpitante que se arrastra
visceral, en algún lugar de la estructura
ávida, acechante, por las penumbras del orden

o se mantiene, letal como un cuchillo
ante el brillo helado
de un próximo estallido

tensa

su hondo animal proclama entonces su amenaza
se proyecta baba bestia, crece sombras a través
del vasto decorado de 1000 sueños extranjeros
vomitando una secuencia de adjetivos nacionalsocialistas

ácidos, impublicables
la masa irada (las garras activadas
de odio), en salto instrumentado por la comedia
del deseo
trazará un demorado surco mutilante
exactamente
en el cementerio central de las defensas dormitorios intestinos
el grito que degrada un es privilegio
feroz final dilacerante, hiende el espacio
i rasga, es ciego
inaugurando así un nuevo ciclo, feliz?
de calores resplandores metalúrgicos
asesinos

de horror, su hedor se expande
rio '88


EL CÓNDOR (PLAN)

-a "federico", es claro,
i a los miles i miles que...

a las 5 de la tarde
a las 3, a las 7
ó 0 hs, a toda hora, en fin
los agentes del ORDEN
los guardianes de LA LEY
vejaban-picaneaban-destripaban
i babeaban de placer
a las 5 de la tarde…

i a la una a las dos i a las tres!
la gloriosa, la de guerra
la de brown, la flotilla nacional
se tiñó de rojo sangre
torturando-agujereando-amasijando
i ametrallando
con holgura
evidenciando para ello "una rara habilidad"

…a las 5 de la tarde!

i a las 11, las 9 ó las 6
de la mañana, tanto da
erectos-aquerridos herederos del grande
capitán, en vez de dedicarse seriamente
al rataplán
se sumarían al PLAN
pa’milonguear
sin parar
secuestrando-violando-pisoteando
i masacrando a todoelmundo por igual

…por la tarde

i por la mañana i por la noche
(invierno, otoño, etc)
todos eLLOS por igual
sin parar
hasta acabar
hasta acabar
hasta acabaar

madrid/zapala ’99


GÁTIDOS


aparecen i se perfilan i trotan i mían te siguen se enredan-confunden con tus piernas tropiezas los pisas maldices que chillan se apartan no cejan se enredan maúllan van-vienen-van i se agitan i saltan i claman tú sabes qué hambre! te apremian te urgen ...que esperen! no esperan lamentan comida! los amas-los odias-los amas que mían te arañan las piernas qué hambre! se quejan... el cuenco la ración el platito la leche sonríes de dientes les sirves i se abalanzan se empujan se apiñan derraman no importa que callan i por fin "se organizan" i lamen o sorben o mastican con furia i te olvidan mastican o lamen o sorben te sientas suspiras i fumas.

tú fumas i piensas. ellos comen.



terminaron se hartaron te ignoran caminan se estiran bostezan se lamen-relamen se enarcan no eructan-eructan se arquean se van i alguno te mira al pasar caminando i se va con los otros que se dispersan o vuelven i se lamen se lavan se echan o sientan erectos o se acuclillan o saltan sobre la pared hacia el techo o trepan al árbol la parra o sobre el pilar a mirar a lo lejos silencio te sirves un vino silencio.

tu bebes i piensas. ellos ocian.



...que corren que frenan que saltan que paran que arrancan que rotan i retozan contentos? (tan serios)... subiendo-bajando-rodando... o se congelarán un instante acechantes... tensos... pegados al suelo... un pasito... una pausa... otro paso... el apronte... la espera... i el salto! sobre una presa algún 'algo' amarillo o verdoso que revolotea/ba entre las plantas las flores las ramas las hojas la blanca pelota pinchada un bichito o el pichón que cayó que se agita que gime que chilla!!... sus plumas.

tú te atragantas. ellos devoran.



devoran se lamen se lavan se echan o sientan digieren bostezan se paran se estiran te miran mían te olvidan se alejan los llamas te ignoran se echan al sol o a la sombra del árbol la parra las plantas que huelen que muerden silencio caminan i paran orinan o cagan te miran tú fumas se encogen se estiran i un ruido cualquiera que un perro un caballo a la puerta se alarman se tensan vigilan no es nada se calman se abstraen en un punto lejano o cercano cualquiera no sabes se paran-se sientan-se paran-caminan-se alejan i alguno se acerca te roza i le tiras la cola i se queja i te araña muy leve i te mira (se mofa?) no es nada es en broma no importa sonríes te mira te lame se vuelve se arquea se estira se junta con otros dormitan silencio atardece la brisa el cigarro el vinito meditas.

tú meditas. ellos...



i oscurece i te vas para el cuarto i son dos o tres que te siguen los pisas tropiezas maldices i entran i corretean i saltan sobre o se ocultan bajo la cama o la mesa o el sofá i reaparecen se estiran súbito se lamen i/o se despulgan despiojan o deslendran te miran-te ignoran i miden calculan i saltan sobre la mesada i caminan los frascos la jarra de lata es el vaso de vino! que eluden i bajan i corretean tras una araña que huye i se oculta o tras la polilla que atrapan i se disputan i desmenuzan-devoran se lamen i enfilan hacia la repisa que recorren que cae algún libro no importa... i se descuelgan se miran se enfrentan se trenzan fingiendo que luchan o luchan en serio revolcándose retorciéndose bufando i gruñendo i se apartan se miran se vuelven i juegan con un zapato o la pierna de un pantalón o una media o saltan sobre la cama tu cama o sobre la mesa tu mesa i transitan el tratado de la deseperación-la olivetti-el proceso-pessoa-ezra pound tu regazo suspenso sus uñas... te aguantas... se acomodan runrunan i fumas i bajan/los bajas silencio se van a la cama tu cama se acomodan los miras te miran... sus ojos... te invitan les hablas te ignoran (te niegan?) se aovillan se duermen.

tú piensas. ellos existen.

zapala '00

HISTORIA REPETIDA
(5 tanguitos provocados por la música de astor piazzolla)

"el espíritu, no la letra"

I
desde cuándo de estas manos mías
aleladas, apretadas manos de tormentas
las putas que yo amo
consecuentemente
mueren de vez en cuando en buenosaires
asestando
escamoteando
copyright
dedicatoria

II
ciudad
cuándo reaparecerá tu voz
rompiendo la intermitencia desta yuvia
amanecida fina mañana burocrática
ante mis ojos en desuso
-tu voz
(porque yueve fantasmal en buenosaires)

III
cuando apareciste vos
todo el asfalto cotidiano se convirtió de pronto
en un inmenso valle, verde, hasta entonces desolado
i clamoroso de silencios que giraban
silencios que giraban

IV
desde los últimos recónditos lugares
desde este destemplado buenosaires
desde los inicios mismos destas noches mal paridas
que ni siquiera acaban mal
qué significa, ciudad
exiliarse repetirse en cada esquina
cada mar
al sur

V
por dónde seguiré buscando tus caricias, tus gemidos
que no olvido
preguntándole a qué vivos repentinos luminantes
letreros de neón
si es que te vieron
pasar por dónde, digo, les grito
"mozo!, sirva otra copa..."
me pregunto

'64/'68

sábado, 17 de enero de 2009

Píldoras para seguir leyendo

Relatos mínimos, emociones máximas


Humor sin carcajadas pero con efecto residual; guiños cómplices que esconden la verdad cuando todos saben que no existe; moderno y posmoderno más allá de cualquier vanguardia; prosa poética pero no tanto; podría haber sido una novela quizás mala, pero no le falta ninguna palabra y sorprende su agudeza. Quizás tenga raíces en el retruécano español o en el aforismo fácil. Algunos lo asimilan a los epitafios, otros a los graffitis y algunos burócratas, a necrológicas o currículos vitaes. Se trata del microrrelato, microficción o minificción que esta semana entra (o sale) de la academia al público y de los autores a todos. En tres días, estudiosos, escritores, críticos, investigadores y públicos desmenuzaron este género que procura sorprender con ingenuidad y que engaña al pretender dar lo más con lo menos, como una reticente y pudibunda amante. La cita fue en el V Congreso Internacional de Minificción en la Universidad Nacional del Comahue, realizado entre el 10 y el 12 de noviembre en Neuquén capital.

Gerardo Burton
geburt@gmail.com



Una mirada superficial podría anotar que la fiebre del microrrelato o la minificción en la vida literaria actual tiene dos soportes fundamentales. El primero es que, por su brevedad, se puede incluir muchos textos en una gran cantidad en una pequeña publicación. Pueden leerse en el colectivo, de pie; en el bar mientras se aguarda la hora de la cita, en la cola del banco o en la sala de espera del médico.
El segundo es que resulta un recreo a los académicos: el microrrelato exige una suprema condensación de sentido; propone un juego de espejos o de ecos de referencias literarias o extraliterarias; puede recomendarse como un sudoku para mantener alerta el sistema neurológico.
Ninguno de ambos argumentos explican el furor que existe –en el mundo, en América, en Argentina y en la Patagonia- por escribir, leer y estudiar el microrrelato. Un insidioso podría arrimar una conspirativa teoría supuestamente elaborada por la industria editorial. Pero no es así.
No es literatura de veraneo, de esa autoayuda que deja tranquila la conciencia luego de haber leído algo agradable, ingenioso y de un sentido demasiado común al estilo José Narosky.
Al contrario, si el microrrelato está bien compuesto, el efecto residual es casi mortal, como el de algunos insecticidas. Una sonrisa que quiso ser carcajada y no lo fue por alguna nube pasajera, al rato se convierte en mueca amarga.
Claro que eso sucede con los de mayor vuelo pues no se trata de soplar y escribir microrrelatos, y hay el riesgo de que todo termine en una aventura intraliteraria de la que los lectores quedan –una vez más- fuera.
No hay peligro, sin embargo, cuando se trata de analizar la historia del género. Aunque los estudios más recientes fijan su tradición en un siglo o poco más –con el surgimiento del simbolismo primero y luego del modernismo, al menos en el ámbito hispanoamericano, con Leopoldo Lugones, Horacio Quiroga y Rubén Darío en el trayecto-, sus orígenes pueden rastrearse más lejos: cuentos breves de Oriente –Japón, China, los persas, por caso-; las crónicas de Indias; los “carnés” de viaje. Y más todavía: epitafios latinos; epigramas; los graffitis que adornan muros en las ciudades modernas. Las greguerías.
El microrrelato se caracteriza por la brevedad, fragmentariedad, la reescritura de textos con un sentido doble o múltiple, empleo poético de la lengua, intertextualidad y humor.
Según Laura Pollastri, que investiga sobre minificción desde hace ya más de dos décadas, se produjo un doble proceso de legibilidad estética y de legitimación histórica con el género. Lo asimiló a lo ocurrido con el barroco, que en cierto modo, “fue rescatado por las vanguardias” de comienzos de siglo pasado. Es decir, el microrrelato “existía pero no se lo leía como tal, se lo asimilaba” a la prosa poética, al aforismo, al cuento breve, señaló.
Pollastri subrayó algunas características que permiten distinguir el microrrelato de los demás géneros, sean narrativos o poéticos: la escritura y el manejo de la palabra; el modo de construir determinada subjetividad que se acerca a la lírica, a una experiencia que no es estrictamente poética; la lectura previa –el microrrelato es un género para lectores, aseguró-.
En cuanto a los aspectos teóricos, se señalan la economía de recursos (en el microrrelato todo está dicho con menos palabras que las necesarias, mientras que sus componentes, en su totalidad, funcionan como estrategias narrativas; todo cuenta, en el sentido “económico”, todo suma, a la vez que en el sentido “narrativo” del término, todo relata.
Guillermo Bustamante Zamudio y Harold Kremer señalan que el cuento corto “se alimenta del poema, del ensayo, de la epístola, del relato, del cine, de la noticia periodística, de la tradición oral”.
El equipo del Centro Patagónico de Estudios Latinoamericanos –que también integran Bernarda Torres, Gabriela Espinosa y Silvia Mellado, entre otros especialistas e investigadores- subraya “la fuerza enorme del cuento en América Latina” como uno de los rasgos determinantes del fenómeno actual. Para Espinosa, por ejemplo, el microrrelato pasó por un “proceso de canonización mediante el cual pasó de ser un género menor a mediados del siglo pasado a la aceptación actual, inclusive por los medios masivos de comunicación”.
Se refirieron también a los vehículos no formales de difusión de los textos: blogs; minirrelato vinculado con los videoclips y otros lenguajes y estilos.



SELECCIÓN DE TEXTOS:




• Ana María Shúa

Simulacro

Claro que no es una verdadera Casa y las geishas no son exactamente japonesas; en épocas de crisis se las ve sin kimono trabajando en el puerto y si no se llaman Jade o Flor de Loto, tampoco Mónica o Vanesa son sus nombres verdaderos. A qué escandalizarse entonces de que ni siquiera sean mujeres las que en la supuesta Casa simulan el placer y a veces el amor (pero por más dinero), mientras cumplan con las reglamentaciones sanitarias. A qué escandalizarse de que ni siquiera sean travestis, mientras paguen regularmente sus impuestos, de que ni siquiera tengan ombligo mientras a los clientes no les incomode esa ausencia un poco brutal en sus vientres tan lisos, tan inhumanamente lisos.

Tarzán

Avanzando en oleadas malignas, las hormigas carnívoras no han dejado más que esqueletos blanqueados a su paso. Horrorizado, Tarzán sostiene en su mano temblorosa la calavera pelada de un primate. ¿Se trata de su amada mona Chita? Condenado al infinitivo, el rey de la selva se pregunta ¿ser tú, Chita, mi buena amiga mona? ¿La compañera que alegrar mis largos días en esta selva contumaz? ¿Ser o no ser?

Ana María Shúa nació en Buenos Aires en 1951. Tiene una importante obra en continua evolución, que abarca novela, literatura infantil, microrrelato, miscelánea y otros géneros. Entre sus obras figuran “Los amores de Laurita”; “Soy paciente”; “El libro de los recuerdos”; “La muerte como efecto secundario”.



• Rosalba Campra

En pos de la simplicidad

(dedicado a los correctores de estilo de las editoriales)

Esta historia no me pertenece. Tampoco puedo decir que como me la contaron yo la cuento, porque para menor afán de los personajes he ido cambiando varias cosas. Así, en mi versión, a la hija recién nacida de la nueva favorita no la roba una concubina despechada y la abandona en un bosque; ni los campesinos que la encuentran la venden a un carbonero; ni la mujer del carbonero, celosa, la cede gratis a uno de los ínfimos burdeles que rodean la ciudad, ni la toman prisionera los piratas cuando por fin ha conseguido escapar; ni el ilusionista que la rescata la usa para probar sus trucos más peligrosos; ni el príncipe heredero que se enamora de ella a verla en un espectáculo en palacio es asesinado cuando, después de haberle ofrecido matrimonio, está regresando a sus habitaciones sin la protección de los guardias; ni ella, de pie bajo la luz de la luna junto al estanque de los lotos empieza a desvestirse para poner fin a sus desdichas ahogándose; ni se oye el grito de la que un tiempo fuera la nueva favorita y es ahora emperatriz, que acaba de enterarse del asesinato de su hijo y que, asomándose a la ventana del pabellón especialmente construido para admirar la magnificencia de los lotos en flor, reconoce el lunar en forma de mariposa de aquella hija raptada hace tantos años en la piel blanquísima de la espalda de la desconocida que va entrando en el agua.

Rosalba Campra nació en Córdoba, vivió en París y actualmente reside en Italia, donde enseña literatura hispanoamericana. Ha publicado novelas y relatos –“Formas de la memoria”, “Los años del arcángel”, “Herencias”- y ensayos y editó libros-objeto.

--
• Mario Goloboff

Historia

Había una vez un caballero manco a quien le dio por soñar con un escritor loco que pretendía destruir todas las obras de su tiempo, y fundar otra nueva, distinta, gigantesca.
Cuando despertó, y vio el paisaje al alba y el sol que aparecía, pensó que era destino justo de las armas el ser pasadas por las letras.


Tango

Aquel hombre bebió para olvidar a la mujer que amaba, y la mujer amó para olvidar al hombre que bebía.


Mario Goloboff: nació en 1939 en la provincia de Buenos Aires. Es poeta, narrador, crítico y docente universitario.


--
• María Rosa Lojo

La pena

El hombre tiene una pena grande, domesticada como un animal, maciza. Es torpe, el pelo le tapa los ojos, y apenas puede mirar hacia delante. en las noches de invierno se sienta con el hombre junto al fuego. Él la protege, la alienta, no la deja morir porque la pena se le confunde con su vida misma.
Por las mañanas le abre la puerta hacia el mundo y ella corre por calles implacables, de cara al viento, extremada y oscura en un deseo que no sabe su objeto.

Las aguas grandes

Bajo las aguas más grandes de esta tierra hay una ciudad. No es una ciudad encantada ni sus habitantes conocen la eterna dicha. Trabajan en oficios silenciosos y se calzan los pies con botas mullidas que recuerdan la seda. Son pálidos y húmedos y evitan mirarse en los espejos porque sus ojos tienen el don de transparencia.
su ciclo es apenas un techo de roca parecido al cristal. Exploradores solitarios suben para tocar la superficie que filtra las vibraciones de luz.
Alguien –siempre- mira desde abajo, con sed y amor, las aguas que se despeñan. Piensa que podría abrir una mínima compuerta y salir al otro lado del mundo donde el cielo termina. Pero el miedo es más fuere y decide aguardar a que el día acabe y la luz se retire, para llorar su pérdida.


María Rosa Lojo nació en Buenos Aires en 1954. Es doctora en letras, poeta, investigadora del Conicet. Publicó 16 libros de ensayo, narrativa y poesía-microficción; entre ellos: “Visiones”, “Forma oculta del mundo”.

--
• Eugenio Mandrini

No todo es desierto en el desierto

En los tiempos en que gobernaban los poetas se castigaba duramente a quienes no lo eran, como el caso de ese que fue abandonado en el desierto donde, sin embargo, no murió de sed, ni de no saber nadar cuando el viento hacía oleajes de las dunas, ni de inmensidad, ni de ausencia de oasis o lluvia o manta en la noche de fiebre. Y ni siquiera murió de muerte.
Se hizo espejismo.
Sus camaradas de fulgor coinciden en reconocer que nunca hubo en el desierto un poeta como él en el viejo arte de crear visiones de la nada.


Parpadeos

Hay tres clases de ciegos, ¿o tres no es el número perfecto? está ese al que no hay explosión ni asamblea de luciérnagas que lo saquen de la sombra profunda. Está el otro, el que aún ciego, conserva un esbozo de penumbra y al resplandor de un fósforo queda de pronto en éxtasis y bajo la luz furiosa del mediodía cree que los ojos le vuelven. Y finalmente está aquél, ese que palpa afanosamente los contornos y las grietas, los movimientos y temblores de los breves mundos. Ése, el tercero, es el amante.

Eugenio Mandrini nació en 1936. Sus microrrelatos aparecieron en las revistas Puro Cuento y Ñ. También escribió poesía –“Campo de abismo”, “Parpadeos para el ojo que sale de mí”- y es miembro de la Academia Nacional del Tango. El año pasado obtuvo el premio nacional de poesía instituido por la revista Nómada.

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• David Lagmanovich

El teniente me dijo

El teniente me dijo que yo era un negro roñoso. Le contesté negro sí, no lo niego, pero yo me aseo todos los días, mi teniente. El teniente me dijo que me había desacatado y me condenó a tres días de calabozo. Cuando salí, el teniente me volvió a decir lo de negro roñoso y no contesté nada. Después el teniente me dijo algo sobre mi hermana, que había venido del interior a visitarme. Le pedí con todo respeto que no hablara así de mi hermana. El teniente me dijo entre risas que él me hablaba como quería, y que ya éramos cuñados. Entonces sentí en la mano el fierro que llaman arma reglamentaria y apreté el gatillo. El teniente no volverá a decir nada nunca más.


David Lagmanovich nació en Córdoba en 1927 pero se considera tucumano. Es escritor, periodista y profesor universitario. Publicó más de 30 libros, entre ellos “Códigos y rupturas: textos hispanoamericanos”; “Microrrelatos”; “La hormiga escritora” –narrativa y crítica- y “Oficio de palabras” –poesía-.

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• Raúl Brasca

La participación del público

cuando salió al escenario aquel famoso lanzador de cuchillos y pidió al público una ayudante, todas las muchachas levantaron la mano. La elegida se paró contra la placa de madera con los brazos en cruz y el lanzador preparó cinco cuchillos que lanzó con inaudita velocidad. Los dos primeros clavaron a la madera las manos de la muchacha; otros dos le cortaron las orejas con la precisión de un cirujano; y el quinto le atravesó limpiamente el corazón. el público aplaudió a rabiar, pero cuando el siguiente lanzador requirió también una asistente, las muchachas se hundieron en sus butacas procurando desaparecer. Sabían que era un principiante.

Raúl Brasca nació en Buenos Aires en 1948. Es autor de ficciones, crítico y ensayista. colabora con suplementos literarios de diarios nacionales. Publicó el volumen de microrrelatos “Todo tiempo futuro fue peor”.



DICEN LOS QUE ESCRIBEN

• Siempre hemos leído microrrelatos, pero en formato de necrológica, currículo vitae o anuncio por palabras. La diferencia está en la elección del tema, el tono de la narración y la voluntad de crear una historia, tres requisitos que impiden que ciertos informes policiales se conviertan en obras maestras del género, porque el microcuento es una mezcla de haiku, horóscopo y video clip. Fernando Iwasaki.
• La minificción es el género literario más reciente y complejo, el más irónico y experimental. Es un género serial, que dialoga con la escritura literaria y extraliteraria. cada minificción es una maquinaria textual que propone una manera de releer lúdicamente la historia de la literatura. en el siglo XXI es natural interpretar o reinterpretar novelas o cuentos como una serie de minificciones. Lauro Zavala
• Los microrrelatos tienden a desaparecer si se los mira de frente: son demasiado tímidos y traslúcidos. Para escribirlos, basta con tomar un poquito de caos y transformarlo en un miniuniverso. Como las pirañas, son pequeños y feroces. Aconsejo descartarlos si no muerden”. Ana María Shúa
• La minificción tiene la capacidad de transgredir, con gracia y precisión, nuestras expectativas de lectura: es el reverso insospechado de los que habíamos aceptado como realidad. Juan Armando Epple


Bibliografía consultada

Pollastri, Laura (ed.): El límite de la palabra. antología del microrrelato argentino contemporáneo, Palencia (España), Menoscuarto, 2007.

Diario El País: Entrevista a José María Merino, Madrid,01/09/07.

Lagmanovich, David y Pollastri, Laura: Microrrelatos argentinos, Gral. Roca, Publifadecs, 2006.

sábado, 29 de noviembre de 2008

Los poetas

Por Sandra Russo

(Publicado en Página 12 el 29 de noviembre de 2008)

Hay que cuidar la idea de la batalla cultural para que no se convierta en un lugar común, en un entremés del habla pública, en una zona habilitada para vehículos todoterreno. Hay que cuidarla del lugar común porque los lugares comunes, en el lenguaje, diariamente llevan a cabo su paradoja: cuanto más comunes y frecuentadas son algunas expresiones, menos se cree en ellas; dejan de ser palabras dichas por personas, para convertirse en implantes siliconados del discurso.

Dicho esto, me pregunto: ¿qué tan importante es para nosotros la poesía? Me lo pregunto no internándome en un altillo a leer a Pessoa o Ungaretti sino saliendo a la calle. Me lo pregunto, por ejemplo, en un patio de comidas de un shopping. ¿Qué tan importante es para nosotros la poesía? O en una sala de espera de dentista, o en la peluquería. Hace unos años hubo un cambio de tendencia, y en las peluquerías clase A hay revistas de actualidad, pero también de diseño y arquitectura. Todas las mujeres leemos, en la peluquería, las de actualidad; nunca vi a nadie leer las otras. En los consultorios médicos, en cambio, lo que hay son revistas dominicales de diarios, y revistas de actualidad muy viejas: uno allí lee cómo se enamoraban los ídolos que ya se separaron. ¿Qué tan importante es para nosotros la poesía, visto y considerando que a pesar de cómo seamos y qué pensemos y dónde vivamos y a quién votemos la poesía sigue siendo la palabra que usamos en el racimo de momentos inenarrables que a cada uno nos toca? ¿Es absurdo, por ejemplo, exhortar a los peluqueros y a los médicos a que ofrezcan para esas esperas libros de poesía? ¿No estaría bueno convertir esa espera en la oportunidad de un hallazgo?

Hace unos años, cuando era legislador porteño, el querido Elvio Vitali presentó el proyecto de la Pensión para los Escritores y Escritoras de Buenos Aires. La Comisión de Cultura acaba de dar dictamen favorable, pero, ¿adivinen qué? Ahora el asunto lo debate la Comisión de Finanzas. El recorrido probable del proyecto que intenta socorrer y amparar sobre todo a los poetas es el que siempre experimenta la cultura cuando se enfrenta con las finanzas: pierde. La cultura solamente tiene chances si las finanzas están pensadas en función de una política. Por eso me pregunto qué tan importante es para nosotros la poesía, haciendo un paneo rápido por las historias de esas decenas de hombres y mujeres que en toda época, pero sobre todo en las recientes, cultivaron un arte que iba a contracorriente de todo: del mercado editorial, del gusto general, de los respectivos gobiernos, de las tendencias literarias, de los beneficios económicos, de la fama, de los contratos, de la aprobación del padre y de la madre. Hombres y mujeres que custodiaron la poesía argentina para que tengamos una. ¿Queremos o no que haya una poesía argentina? De los poetas podemos esperar poesía, pero por qué esperamos tanto, tanto sacrificio. Nunca son poetas que viven de la poesía. Nunca es gente que trabaja de lo que sabe. Nunca pueden alimentar a sus familias o comprarse un saco con el trabajo creativo que eligen y para el que están dotados. Esos hombres y mujeres han sido y son torneros, empleadas administrativas, cajeros de banco, traductoras, gestores, cualquier cosa, se han ganado la vida como pudieron, casi nunca nombrados los Empleados del Mes. Muchos de ellos y ellas contrajeron con la poesía un compromiso que los condenó a una vejez sin red, sin reconocimiento, ni serenidad.

Me pregunto qué tan importante es para nosotros la poesía, porque como sociedad maltratamos tanto a los poetas que parece que no nos importara. Y sin embargo, pensemos como pensemos, en nuestras vidas privadas, en lo hondo, en lo que no le contamos en nadie, yo creo que siempre estamos esperando la dosis de poesía que nos corresponde. O que guardamos allí, en el motor que nos empuja cada día a hacer las cosas, los dos o tres momentos en los que la poesía se nos hizo presente y nos sentimos seres extraordinarios, de otro orden.

Lo de la batalla cultural y los lugares comunes, que mencioné al principio de esta nota, obedecían a que es necesario leer el tratamiento de este proyecto de ley desde esa perspectiva. En la batalla que perdimos, en la que idolatró el consumo desenfrenado y la desaprensión social, también perdieron los poetas. Ahora hay una oportunidad de reparar ese abandono. Deberíamos tratar a los poetas como a lo que ellos hacen, como a lo que ellos mantienen vivo, y sí nos importa y sí nos refleja. Eso que nos permite ver lo invisible, oír lo inaudible y asistir a la fiesta a la que no nos invitaron. Como en este poema de uno de los enormes y olvidados poetas argentinos, Edgar Bayley:

Los desiertos reales

Los desiertos reales

los mares imaginarios:

no hay palabras para elogiar a esta magnolia

tampoco hay forma de destruir las palabras

ni el oficio de florista.

(Guarden compostura:

en la soga de colgar se agita la flor blanca)

una tez de flores de cerezo:

la última gota de sangre

los desiertos reales

los mares imaginarios

no pueden compararse a esta magnolia.

martes, 4 de noviembre de 2008

La Argentina emboscada

Publicado en la edición del 4 de noviembre de 2008, en Página/12.

Por Horacio González


Algo grave, emboscado, ha ocurrido en el ámbito del pensamiento argentino. Algo injusto, destructor de símbolos, ha ocurrido en el ámbito de la convivencia. La injuria fácil parece ahora conducirnos. Un arrebato sin arte ni compasión compone fáciles escenas de masacre. En tiempos sin continencia, donde sólo se posee el atributo de la honra, se ataca la conciencia de las personas. Se ataca el nombre y su estima, aquello que es el elemento impalpable y frágil, lo más vulnerable que se tiene y lo que es más susceptible de culpa. Ahora, una parte importante de la política recae en un oficio turbio: destruir la honra, el nombre que sostenemos, los pocos hechos que nos animan para considerarnos partícipes de lo absolutamente humano.

De seguirse así, el impulso comunitario, el ser genérico convivencial, amenaza con desaparecer. El ataque contra Mercedes Sosa, León Gieco, Teresa Parodi y Adriana Varela es una novedad absoluta en estos 25 años de democracia. Vivimos tiempos en que corre peligro la conciencia autónoma. Difícil es describir el modo en que se está vulnerando la idea de que se actúa por actos libres, autorreflexivos. De a poco, agazapado en penumbras, avalado por moralistas de alcantarilla y dictaminadores de fangal, se introduce la idea de que no hay actos libres. Que las personas actúan sin fe deliberativa ni autorreflexión. Que van inducidas a los actos, que los déspotas le suministran estipendio para que se revele una vez más que los artistas populares acatan mandos y cobran por ventanilla. Sólo a la Argentina emboscada se le ocurren estos pensamientos. Y los emboscados, con su saber oscuro, van por los símbolos. Los hostigan publicando fotocopias, mendacidades e insinuaciones. No bajan la imputabilidad unos años, deciden que todos son imputables. No hacen apenas como Standard and Poor’s. No sólo suben el riesgo, sino que nos hacen a todos riesgosos.

Los emboscados quebrantan símbolos. Una hipótesis genérica y totalista sobre la corrupción como gangrena diabólica justifica la emboscadura, la teología folletinesca de los redentores. Un país, este país, si marchase a tener un solo concepto de cuño moralizador rigiendo sus conflictos, convertiría a los ciudadanos en robots salvíficos, sospechando todos de todos, esperando a los mesiánicos libertadores y consumiendo mendrugos de información abaratada. En la era del individualismo posesivo, la idea de que lo que consumimos es miedo y no tiempo, mensajes anónimos y no vida pública, va ganando las ciudades. Los emboscados pueden ganarnos. Un oscurantismo puritanista pero sin verdaderos puritanos dictamina que todo obedece a una metáfora de pudrición de la carne. Cuanto más subida la disgregación de la fe pública, más se impone la idea de corrupción como sospecha metodológica que alcanza alturas del verbo originario. La pregunta por el equivalente dinerario –cuánto cuesta un viaje presidencial, un concierto de rock público, un viaje de músicos– es la inversión absoluta del reino de las viejas teorías sobre la dádiva, el aspecto de gratuidad, ceremonial y artesanía republicana que tienen los actos públicos. ¿Cuánto costó escribir el Facundo? ¿Revisaron los libros de la Imprenta Coni a ver si se pagó lo indebido para publicar el Martín Fierro? ¿Alguien financió el 17 de Octubre? ¿Cuántos platos de lentejas recibieron los que pusieron las patas en la fuente? ¿Cómo pudo pagarse Martínez Estrada el viaje a Cuba si ganaba trescientos pesos? ¿Cuál era el sueldo de Scalabrini dirigiendo la revista Qué? ¿Tenía Leopoldo Lugones una jubilación de privilegio? Los emboscados hacen sus preguntas y empequeñecen la vida cívica. No hay más dones, solo hay mercancías.

Los emboscados consideran que todo el Estado está enredado en los hilos de la putrefacción. Con su mesianismo inclemente hacen retroceder el lenguaje político a las épocas de Savonarola o del Gran Inquisidor. En vez de crear un sentimiento de reparación social que obligue a reconstruir las instituciones públicas con nuevos saberes y críticas reparatorias, no basadas en el fácil escándalo, sino en la capacidad de recrear la política sin tinglados en las sombras, eligen la purificación exasperada, dirigida sobre el pobre ciudadano atrincherado, cuya modesta salvación advendría entonando el credo contra “la época más corrupta de la historia”. La andanada de salmos de los emboscados no contribuye a refundar la necesaria cautela republicana contra los abusos; lleva a la demolición de la institución pública. No otra cosa significa el ataque contra los cantantes populares que en este extenso ciclo histórico se han asociado, por decisión autónoma y convicción social, a los horizontes populares y democráticos, cualesquiera sean. Un artista popular es una conciencia atravesada por los ríos complejos de un momento social. Ellos supieron ser autores de himnos colectivos, recreadores de clásicos olvidados de la lengua musical del país o dieron su voz como sello irreversible, como un bien intangible que fijaba con la mediación del trovador, una queja o una exhortación pública.

Al artista popular lo acechan poderes, dubitaciones constantes sobre su condición de payadores en la era mediática, en el difícil equilibrio entre el compromiso social y el inmediatismo de la política. ¿Quién podría afirmar que los baladistas y cantantes mencionados no representan cabalmente ese drama, convocados por poéticas de vasto arraigo, actuando entre las fronteras de la masividad y de las exigencias de que no sucumba en lo meramente multitudinario el necesario impulso creativo, el timbre original y elevado que debe tener el misal de los desposeídos? Quizá son menos trágicos que Jimi Hendrix o Elvis Presley, cuya filmografía ensayaba en sus comienzos ciertas críticas a la industria cultural. Pero por diferentes motivos se hallan de una manera u otra vinculados con el destino de Charly García, que sumido en hondo drama, lleva el pensamiento sobre el país hacia los límites de la alegoría intensa, a veces arrebatadora, a veces ingenua, casi siempre sobrecogedora. Los monjes de la emboscadura reinante quieren desmerecer a estos músicos con el mecanismo de la indagatoria de trastienda, la seudoinvestigación sobre boletas y comprobantes de vuelo, la vigilancia contable sobre lo que sea, sobre el legado de Violeta Parra o sobre los recuerdos de Antonio Tormo. Los emboscados saben lo que hacen. Esperan su cosecha con la guillotina preparada, esta vez para declarar que se avecina el fin para un ciclo que se llamó de los derechos humanos y que no significa otra cosa que preguntarnos si podemos seguir siendo un país, no una factoría de denuestos.

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