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sábado, 31 de octubre de 2009

Entrevista a la escritora cordobesa María Teresa Andruetto





“Todos somos para el otro un desconocido”
En la novela La mujer en cuestión, que acaba de reeditarse, la autora explora el tema de la responsabilidad de la sociedad civil durante la dictadura. Allí elude cualquier enfoque maniqueísta. “Yo quería desplazarme del lugar del testimonio de la víctima”, dice.
Por Silvina Friera

Andruetto ganó la semana pasada el Premio Iberoamericano SM de Literatura Infantil y Juvenil.María Teresa Andruetto llega a Aeroparque desde Neuquén, donde estuvo dando un curso y unas charlas. Antes de rumbear para las sierras cordobesas, el lugar en el mundo que eligió para vivir y escribir, tiene cuatro horas de espera. Su sonrisa expansiva como una ráfaga de aire fresco conjura el cansancio del viaje, de estar “en tránsito”. Su tonada cordobesa, mitigada por el ruido ambiente, hace memoria. El disparador del encuentro es la reedición de La mujer en cuestión (DeBolsillo), una novela que va al hueso de la responsabilidad civil de la sociedad argentina durante la última dictadura militar. El lector nunca sabrá quién encarga un informe exhaustivo sobre la vida de Eva Mondino, sobreviviente del campo de La Ribera, uno de los principales centros clandestinos de detención que funcionaron en la provincia de Córdoba. El informante y narrador del texto, metódico y pulcro como un fiscal judicial, entrevista a la mujer en cuestión y a más de treinta personas. Los datos precisos son pocos. Eva estudió en la Escuela de Trabajo Social y luego se pasó a la carrera de Psicopedagogía, obtuvo el título en julio de 1976, año en que dio clases ad honorem en una cooperativa, militó en el centro de estudiantes, “esa manga de comunistas”, según dice una ex amiga de Eva, y comenzó a trabajar en un diario.

También en el ’76, la pareja de Eva, Aldo Benegas, ingresó como conscripto en la Marina y a ella la echaron del diario. El resto de la información, la desaparición de su pareja, el secuestro de Eva, su embarazo (no se sabe quién es el padre) y si el bebé murió pocos días después de haber nacido o fue apropiado ilegalmente por un alto funcionario de las Fuerzas Armadas, está sujeto al mosaico de versiones de los hechos, a lo que cada persona recuerda. A pesar de no poder establecer a ciencia cierta lo que pasó, el informante opta por los relatos que le parece se ajustan mejor a la realidad.

Andruetto publicó La mujer en cuestión en 2003. “El punto de partida tuvo que ver con una amiga que se había muerto y de la cual yo me iba enterando zonas de su vida que desconocía. Este detonante agitó algo que siempre estuvo en mi percepción: la idea de que hay mucho más mundo del que uno puede conocer en cada persona; que en el fondo todos somos para el otro un desconocido”, dice la escritora en la entrevista con Página/12. Desde que tuvo la punta del ovillo de esta novela supo que la palabra la tendrían los otros en vez de la víctima. “La dictadura me atraviesa de modos diversos y ha parecido de manera sesgada en mi narrativa. Cuando escribí la novela, ubiqué al personaje con un par de años más de los que yo tenía. Entonces la vi joven y vi también mis años jóvenes. Cuando encontré al informante, encontré la novela”, plantea la escritora.

–Todas las voces que van refiriendo distintos aspectos de la vida de Eva permiten dar cuenta de que se sabía lo que estaba pasando durante la dictadura. ¿Escribió la novela a contrapelo del “yo no sabía nada”?

–Me interesaba que las voces de lo social entraran a actuar en la novela. Más que Eva en sí, quería que se vieran los matices del cuerpo social y una idea que persiste en mí: la dictadura es algo que construimos entre todos. Más allá de que haya responsables, una buena parte de la población, y me incluyo porque no quiero salir del cuerpo social que generó la dictadura, fue haciendo caso omiso de la situación, repitiendo lo que otros decían. Diría que hubo una suerte de inercia social que acríticamente apoyó la dictadura. Aún hoy estamos todo el tiempo negando situaciones sociales difíciles o reproduciendo acríticamente ciertos conceptos.

La reedición de la novela incluye dos trabajos críticos de Pampa Arán y Pablo Dema. “Si los altos jefes militares tuvieron una responsabilidad criminal y los políticos y sindicalistas que ocuparon cargos burocráticos durante el gobierno una responsabilidad política, al resto de la ‘gente común y corriente’ se le puede adjudicar una responsabilidad moral. Esta última sería la categoría en la que entran los familiares y conocidos de Eva según sus actitudes –plantea Dema en Literatura, represión y sociedad–. En general no aparecen personajes que ignoraban lo que estaba sucediendo, la mayoría estaba al tanto y, por temor a ser detenidos o por afinidad ideológica con el gobierno, ofreció algún tipo de colaboración al aparato represor estatal.”

–¿Por qué uno de los aspectos que más se cuestionan, entre quienes estuvieron detenidos en un campo de concentración, es la colaboración?

–Ya la palabra misma es un eufemismo; colaborar está puesto en un contexto de necesidad de sobrevivencia, más allá de los matices humanos que hay entre la colaboración de los presos y las presas, y sobre en todo en el caso de las presas, donde aparece el tema de lo sexual como un elemento más de la colaboración. También hay colaboraciones que han ido más allá de la necesidad. Me interesa explorar esta cuestión, no tanto en el caso de Eva, pero sí del personaje de un cuento que escribí, “Los rastros de lo que era”, sobre una mujer que regresa del exilio y se encuentra con el represor con el que tuvo una relación apasionada. Son las zonas oscuras de lo humano que me interesa mirar, que de un modo atenuado todos las tenemos. Lo que he mirado en los personajes ha sido una manera de mirarme; uno utiliza su propio reservorio, sus emociones, como una especie de bodega o de sótano al que acude. Como hacen los actores, que tratan de buscar en ellos algo para darle al personaje. La traición era el grado más extremo de la sumisión a la que se vieron sometidos los presos.

–Cuando hay que narrar situaciones extremas, complejas y dolorosas como la dictadura, usted sugiere desde La mujer en cuestión que la víctima no tiene que tener voz. ¿En el plano de la ficción sólo es posible trabajar con las voces y las miradas de los otros?

–Yo quería desplazarme del lugar del testimonio de la víctima. En la ficción, la víctima tiene que tener una voz nula o bien esa voz se tiene que mezclar en igualdad de condiciones con lo que otros dicen de ella; que lo que ella tenga que decir valga tan poco como lo que dicen los otros. Pero también descubrí bastante después de la escritura de La mujer en cuestión, que en varias novelas vinculadas con la dictadura el horror no está directo, no está en la voz de la víctima sino que está mediado por otras voces. El horror es tan grande, finalmente, que cualquier cosa que se diga es menos que eso que sucedió. En las novelas que exploran la dictadura hubo una etapa del testimonio, de la primera persona, una etapa de un relato maniqueísta entre los buenos y los malos, pero La mujer en cuestión entra en una etapa en la que se pasa al cuerpo social. Yo fui buscando un equilibrio entre las voces.

–¿Cómo explica la evolución de Eva, que pasa del compromiso político a estar encerrada en su huerta, viviendo del trueque?

–He visto mucha gente que ha tenido grandes compromisos sociales y en algún momento se quebró o terminó en una vida que huye un poco hacia lo new age, una especie de confusión ideológica donde todo se mezcla, o gente que consideró que ha sufrido demasiado. Yo no quería que Eva fuera una heroína, no la quería una mujer totalmente consecuente todo el tiempo sino más bien necesitaba que fuera una mujer que hizo lo que pudo; cómo para vivir se va tambaleando de aquí para allá, pasando de acierto a error y de error a acierto, sobre todo cuando se trata de un vivir que es casi un sobrevivir. Una Eva coherente no me hubiera permitido ver lo que le ha sucedido a mi generación. No tengo una mirada idealizada ni de la militancia ni de los ’70. Si bien valoro muchos aspectos de esa época, también sé que hay muchas cosas que no hemos hecho bien. A mí me gusta ese lugar de quien escribe y mira lo que ve, lo que hay. La escritura, como el título de la novela, es el lugar en cuestión. La escritura es el mejor camino de conocimiento que he encontrado hasta el momento.



La ficha
María Teresa Andruetto nació el 26 de enero de 1954 en Arroyo Cabral, hija de un piamontés que había adherido al movimiento partisano y llegó a Argentina en 1948 y de una descendiente de piamonteses afincados en la llanura. Se crió en Oliva, en el corazón de la Córdoba cerealera, un pueblo marcado por la existencia de un asilo de enfermos mentales que, en tiempos de su infancia, era considerado el más grande de Sudamérica. En los años ’70 estudió Letras en la Universidad Nacional de Córdoba y militó en una fracción maoísta del Partido Comunista Revolucionario. “Yo tenía una necesidad de lo social, provengo de estratos sociales económicamente bajos, pero con mucha conciencia del lugar social que uno ocupa”, advierte la escritora. “Eugenio Montale dice que hacen falta muchos hombres para hacer un hombre; nos construyen muchas personas, aunque a veces no sabemos cuánto están presentes los que estuvieron antes.” Es autora de las novelas Tama (Premio Municipal Luis de Tejeda), Palabras al Rescoldo, El Anillo Encantado, Misterio en la Patagonia, Stefano, Veladuras y Lengua Madre; del libro de cuentos Todo movimiento es cacería; de los poemarios Kodak, Pavese y otros poemas y Beatriz y de varios de los libros para jóvenes lectores, como Huellas en la arena, El árbol de lilas, Benjamino, Dale Campeón, La mujer vampiro, El país de Juan, El caballo de Chuang Tzu, entre otros.

Sábado, 31 de octubre de 2009


Las razones de un premio




Andruetto tiene razones para celebrar en estos días. La semana pasada ganó el Premio Iberoamericano SM de Literatura Infantil y Juvenil, dotado de 30 mil dólares, que se entregará el 1º de diciembre próximo en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. El jurado sentenció que Andruetto se hizo acreedora de esta distinción “por la totalidad de su obra literaria, donde equilibra el lenguaje narrativo y poético, aborda temas y géneros diversos, propone diferentes planos de lectura y trata de manera innovadora los géneros tradicionales”. La escritora compitió entre 35 candidatos de Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Cuba, España, México, Paraguay, Perú, Portugal, Puerto Rico, Uruguay y Venezuela. En el mismo certamen, el colombiano Evelio José Rosero Diago obtuvo una mención especial. El Premio Iberoamericano SM de Literatura Infantil y Juvenil se puso en marcha en 2005 con motivo del Año Iberoamericano de la Lectura, dentro del Plan Iberoamericano de Lectura (Ilimita), programa de la Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno de la región.



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sábado, 13 de septiembre de 2008

Irma Cuña, mujer y poeta




Hablar de Irma Cuña, es hablar de la mujer y de la poeta, ambas van entramadas, son una, porque hacer poesía para Irma, era, y lo sigue siendo a través de sus poemas y lectores, hacer poiesis, amasar la vida, abrazar los riesgos, inclusive en el miedo y en los sinsabores, en la ingratitud y el desamparo. Como mujer se hizo cargo de los roles que se nos atribuyen tradicional y paternalmente, y también de los otros, de aquellos roles que pudo arrebatar en su lucha cotidiana de mujer del sur: fue hija, hermana, madre, abuela, esposa, vecina, pero también amiga, estudiante, becaria universitaria, doctoranda, docente en diferentes niveles de enseñanza, especialmente en el terciario y universitario, empleada, investigadora, difusora cultural, escritora, poeta, académica. Supo asimismo del sabor de los exilios, no solo del exilio externo, sino también de los exilios internos, dentro de la propia tierra, y de aquellos que no suelen nombrarse, los exilios interiores, de las listas no listas, del ninguneo y del olvido.
Nació en la capital neuquina, ciudad a la cual volvió en 1992 para quedarse. Aquí, en su comarca, quiso dormir el largo sueño, como ella misma preanunció en su poema Neuquina. Murió en la ciudad de Neuquén, “... sonrisa del desierto”, en el año del Centenario de su Capitalidad, un domingo de otoño, el 16 de mayo del 2004. Había nacido el 14 de setiembre de l932.
Hizo poesía con su arte y con su vida. Desarrolló docencia terciaria y universitaria (Universidad de Morón, Universidad Nacional del Comahue, Instituto Nacional del Profesorado Joaquín V. González, entre otros), fue investigadora del CONICET, desde donde se dedicó al discurso utópico latinoamericano. Profesora y doctora en Letras Españolas, vivió en México cuatro años. Se casó en Bs.As. con el escritor y economista Enrique Silvestein, quien falleció en 1973.
Tuvo hijas y nietas. Quiso a su tierra y amó la literatura.
Escribió poesía y ensayo. Publicó en libros unitarios, en antologías, en revistas, diarios, plaquetas y cassettes. Algunos títulos, en ensayo, Identidad y Utopía, UNCo, 2000; en poesía: “El riesgo del olvido”, Ediciones Culturales de la Ciudad, Municipalidad de Neuquén, l992; El extraño, cuya primera edición la realizó Siringa, Neuquén, 1977; Antología Poética, Fondo Nacional de las Artes, 1996. Este libro se ubica en la Serie Poetas Argentinos Contemporáneos, donde se hallan publicados entre otros, los poetas argentinos Diana Bellessi, Leopoldo Castilla, Horacio Castillo, Santiago Kovadloff; Poesía Junta, Ediciones Último Reino, 2000. En edición artesanal aparece en el 2003 estar en Ti/ Salmos en Neuquén, arteletra, tal vez el último de sus libros editados en vida. En el 2005 la Municipalidad de Neuquén publicó Patagónica, Neuquina y otros poemas.
El compromiso vital de Irma Cuña se evidencia en toda su obra escritural, entendiendo por compromiso no solamente el tratamiento de temas del entorno social y sus pujas de poder: a Irma le entusiasmaba la vida y con ella se comprometió. En una entrevista que tuve con la poeta en 1998 se refiere conceptual y fundadamente a varios temas, pero sobre todo al de las identidades: “Nuestra tierra es indígena, pero de un indígena asesinado. Sin embargo, es también Sayhueque, Collipilli, los que resistieron. Ellos preferían ser asesinados en masa, antes de ser tomados por el blanco. Esto queda. Como queda en las culturas el descubrir los huesos de dinosaurios. Estamos caminando sobre los dinosaurios y sobre los asesinados. El desierto tiene como definición el no: no hay pájaros, no hay flores, no hay plantas. Definirse por el no es una forma de definición. Eso gravita y se detecta a veces en las expresiones: el cegarnos para no ver ni ser lastimados por el reverbero o el desierto, nos obliga a protegernos en el imaginario, entonces ya no vivimos en una comarca real, sino en un imaginario. En ese juego de bisagra está la zona de definición de nuestra literatura, de las obras de teatro, del arte, etc. Creamos un mundo imaginario: lo real insoportable, y lo imaginario soportable, aunque no edulcorado, es allí donde estaría nuestra literatura. Huir de la realidad es una presencia que está en toda la literatura argentina (…)”.
Poesía la de Irma Cuña de gestos esbozados en palabras, apenas leves, aleteadas casi; poesía con marcas de humor e ironía, de rebeldía, de misticismo; poesía que teje y desteje múltiples campos de sentido. Lectora y lector pueden percibir esa carencia y ese no al cual se refería la poeta “...Sólo la arena es cierta:/ Me reconozco en ella. / Esa arena sin rostro, / Irrepetible...”.; también la presencia de la tierra en los detalles de la cotidianeidad, una de las tantas presencias de la memoria y las identidades. Colores y sabores se muestran en Mediodía (…) “Ya he comido/ jugando/ algunas frutas/ y ya he bebido/ por mucha sed, por el calor/ recienvenido. / Hay algunos rumores en la casa/ y apenas murmurando/ mis palabras/ voy saludando/ a los hermanos/ todos/ (…) “ En estos campos de sentido hechos con el sabor y dolor de las palabras, que no es ni más ni menos que el dolor y sabor de haber vivido, están presentes asimismo las utopías de trascendencia, no exentas del lenguaje coloquial y juguetón que acarrea ecos de la infancia en imágenes y palabras de otro tiempo: “mascarita”. En el mismo poema Mediodía expresa “(…) Saludo en Ti, Señor,/a aquellos amigables, / y a los otros/ hirsutos/ desvaídos/ mis hermanos./ Débiles como yo/ aunque atrevidos/ como yo/ simulanta y mascarita./ Hola, pues, mi Señor/” , mientras que en No me dejes caer , podemos casi oír con el corazón de la niñez la plegaria al ángel que nos cuida “(…) Cúbreme con Tus alas/ reconfórtame/restáurame/destruye el desespero./ (…)”. En otros poemas el yo lírico intenta transferirse más explícitamente al tú, al otro, a los otros, “... hay que salir al sol, a la calle, a los compañeros alargando la palabra como una mano. Jugándole al viento para airear el áspero y tierno corazón humano (…)” Su poesía sacude con el vestigio de la movilidad. Vuelvo como lectora al tópico de la arena y la duna “(...) La duna es el recuadro de mi valle (…) la duna es el paisaje de mí misma” ; la duna, móvil en su morosidad, constantemente se esfuma, pero a la vez se delinea en forma nuevamente, en inacabadas maneras de ser la mismidad y lo otro. “(…) Hay infinitas maneras de morir, aunque una sola sea la definitiva.”. Quizá por eso, como extraña y extranjera de sus propios territorios, Irma diga y prediga en El extraño, “Partimos a olvidar nuestro dedo de sombra en el desierto./ ¡Tanto andar por el aire para tocar la interminable arena !”.
. Lilí Muñoz -
lidiar@arnet.com.ar
(Publicado en el diario "Río Negro", el 13 de septiembre de 2008).

sábado, 23 de febrero de 2008

Virginia Woolf: una forma de cazar mariposas


Se adelantó a Joyce al especular con el monólogo interior, una forma de regurgitar el pensamiento como los rumiantes. Fue la primera en oír voces superpuestas, las mismas que vulneraban su mente hasta llevarla a la claridad del sol entre la niebla


Manuel Vicent, en El País -suplemento Babelia, el 23 de febrero de 2008


Los antepasados de Virginia Woolf fueron comerciantes y contrabandistas, gente de hierro, de lejana estirpe irlandesa, con pecas rojizas en los rudos antebrazos. Uno de ellos, un tal William Stephen, al final del siglo XVIII, hizo una gran fortuna en las Antillas. Compraba a la baja esclavos enfermizos, los curaba y los revendía al alza a buen precio. Gracias a este detalle piadoso uno de sus descendientes, Leslie Stephen, cien años después, ya pudo ser un hombre honorable, crítico e historiador de gran reputación, padre de cuatro hijos de renombre: Vanessa, pintora posimpresionista; Adrian, médico; Virginia, escritora, y Thoby, que pese a haber muerto muy joven de tifus, aun tuvo tiempo de fundar, con algunos amigos de la universidad, una sociedad esotérica, llamada Los Apóstoles de Cambridge, conocida después como el Grupo de Bloomsbury. ¿A quién no le gustaría tener un negrero en el árbol genealógico y haber heredado su dinero purificado por varias generaciones para poder ser un rico y divertido esnob, estéticamente malvado e ingresar en la aristocracia de la inteligencia después de pasar por el Trinity College?

Julia Duckworth, con quien contrajo segundas nupcias el señor Leslie Stephen, había aportado a la familia tres hijos de su matrimonio anterior, George, Stella y Gerald. Instalados en el 22 de Hyde Park Gate, en Kensington, barrio elegante de Londres, hermanos y hermanastros, junto con los amigos tronados de Cambridge, formaron una camada excéntrica, neurótica y promiscua, de la que Freud pudo haber sacado traumas a la intemperie con una pala. Se trataba de demostrar quién entre ellos estaba más pasado de rosca. Ganó Virginia, a quien todos llamaban la Cabra, un mote que lució con gran coherencia hasta ahogarlo definitivamente en las aguas del río Ouse. Sus padres murieron pronto y estos golpes del destino habían liberado en la adolescente Virginia una niebla en su cerebro, cercana a la locura. Largarse de este mundo tan sucio parecía ser su objetivo principal, que ensayó con un vaivén más o menos místico, una vez arrojándose por una ventana y otra tomando cinco gramos de veronal en un espléndido desayuno sobre la hierba.

La familia dejó atrás la vieja mansión de Kensington para quemar el pasado, pero los fantasmas acompañaron a los hijos a la nueva casa, el 46 de Gordon Square, en el barrio de Bloomsbury, que enseguida se hizo famosa porque en ella celebraban tertulias los jueves por la noche aquellos seres que Thoby había recolectado en Cambridge, cada cual más moderno, frívolo e inane. Cazaban lepidópteros en los jardines de sus casas de campo vistiendo de forma vaporosa y con sombreros blandos; viajaban a Grecia y a Constantinopla con muchos baúles forrados de loneta y allí compaginaban la visión de Fidias o de la Mezquita Azul con la contemplación de niños andrajosos, lo que les permitía ser a la vez estetas y elegantemente compasivos; luego, bajo un humo de pipa con sabor a chocolate, en Gordon Square, discutían de psicoanálisis, de teoría cuántica, de los fabianos, de la nueva economía y de Cézanne, Gauguin, Van Gogh y Picasso. Aquellos seres parecían felices a mitad de camino entre la inteligencia y la neurosis en una trama alambicada de relaciones cruzadas más allá del bien y del mal, pero sus telas color manteca cubrían las mismas pasiones grasientas del común de los mortales. Al final toda su filosofía se reducía a celebrar fiestas caseras disfrazados de sultanes.

Mientras cazaban mariposas y se hacían los lánguidos en las blancas hamacas de las praderas de Asham, de Monk's Hause o en la playa, George llegó a violar a su hermanastra Virginia cuando todavía era una adolescente y desde ese momento ella ya no pudo reconciliarse con el sexo. Las jaquecas y las crisis nerviosas de su mente bipolar se unieron muy pronto a la histeria de enamoramientos precoces y siempre frustrados que la aprendiz de escritora vertía en un diario íntimo junto con las sensaciones de viajes, de paisajes y de personas que la rodeaban. En la casa de 46 Gordon Square, entraban y salían los filósofos Bertrand Russell y Ludwig Wittgenstein, el crítico de arte Clive Bell, que se casaría con su hermana Vanessa, el economista John Maynard Keynes, el escritor Gerald Brenan, el novelista E. M. Forster, la escritora Katherine Mansfield y los pintores Dora Carrington y Duncan Grant. Algunos, los más talentosos, se desperdigaron pronto. Al final el grupo de Bloomsbury quedó sólo en un retén de mediocres que debió la posteridad al genio de Virginia cuando sus novelas, La señora Dalloway, Al faro, Orlando, Las olas, fueron aceptadas por el público y finalmente los críticos admitieron que esta escritora había revolucionado el arte de narrar.

No tuvo ninguna oportunidad que se les regalaba a los vástagos varones. Como a todas las mujeres de entonces le fue prohibida la universidad; Virginia estudió griego y latín por su cuenta en casa; se bebió toda la biblioteca familiar; se casó con Leonard Woolf, uno del grupo, también escritor; en su luna de miel por España tomó leche de cabra y atravesó la miseria del sur en trenes lentos y sucios o anduvo a lomos de una mula por un paisaje abrupto de la serranía de Málaga en busca de su viejo amigo Gerald Brenan. En el equipaje traía también sus depresiones. El marido aceptaba con toda normalidad que ella le dijera que Eduardo VII la espiaba entre las azaleas o que los pájaros cantaban en griego. Nunca se ha dado el caso de un hombre tan paciente y enamorado de una neurótica cuyo talento literario iba por delante de su locura. Leonard la llevaba al campo o al manicomio siguiendo las mareas de su cerebro; llegó a fundar una imprenta elitista, la Hogarth Press, para imprimir y encuadernar a mano sus propios libros junto con los de T. S. Eliot, Freud y Katherine Mansfield. Y en las fotografías aparece a su lado resignado, sonriente y admirado.

En aquel tiempo de moral victoriana ponerse pantalones de hombre, ser sufragista, fumar en público cigarrillos egipcios, dar charlas en un círculo obrero siendo una señorita de alta sociedad y enamorarse de su amiga la poeta Vita Sackville West, esposa de un lord, y vivir con ella una relación lésbica no fue para Virginia Woolf un juego estético como el que ejercían sus amigos sino una forma de romper el dogal de hierro que la ahogaba, una actitud radical que la convertiría en una bandera del feminismo.

Rodeada de enfermeras y doncellas, de maletas para viajes y regresos, de fiestas e invitados, Virginia Woolf comenzó a labrar una literatura desestructurada en la que el tiempo se convertía en un fluido de la conciencia. En este sentido se adelantó a James Joyce a la hora de especular con el monólogo interior, una forma de regurgitar el pensamiento como los rumiantes. Virginia Woolf fue la primera en oír voces superpuestas, las mismas que vulneraban su mente hasta llevarla a la claridad del sol entre la niebla. Al final fue consecuente y se permitió el lujo de suicidarse. Esta vez no podía fallar. Sucedió el 29 de marzo de 1941, en Susex. Llenó de piedras los bolsillos del abrigo y se adentró en el río Ouse hasta quedar sumergida. Unos niños encontraron su cadáver 15 días después.